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‘Poemas de ausencia y lejanía’, de Antonio Otero Seco

‘Poemas de ausencia y lejanía’, de Antonio Otero Seco

Libros de la Herida edita Poemas de ausencia y lejanía, por primera vez en España la obra poética completa de Antonio Otero Seco (Cabeza del Buey, Badajoz, 1905 – Rennes, Francia, 1970), exiliado republicano, autor de lúcidos versos a lo largo de una intensa vida, periodista, novelista, autor teatral, profesor y agitador político y cultural. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en las universidades de Sevilla, Granada y Madrid. Frecuentó a los principales inte­lectuales y artistas de su tiempo. Es, por ejemplo, el autor de la última entrevista que concedió Federico García Lorca, amigo de Manuel Chaves Nogales, así como de la primera novela inspirada en la Guerra Civil, Gavroche en el para­peto (1936), escrita en colaboración con Elías Palma.

Condenado por el régimen en uno de los habituales e ignominiosos consejos de guerra a treinta años de prisión, Otero Seco padeció la crudeza de las cárceles franquis­tas. Después de su excarcelación, volvió a sufrir detenciones y torturas hasta conseguir huir a Francia, disfrazado de cura y con documentación falsa, en 1947. Ahí empieza su segunda vida, en la que siempre estuvo presente una punzante nostalgia por la patria perdida. Enseñó español desde 1952 en la Universidad de Rennes y ejerció como crítico literario, reseñando obras literarias españolas del exilio y del interior, textos que fueron recogidos en un volumen póstumo, Obra periodística y crítica: Exilio 1947-1970. Admirado y querido por sus alumnos, según el hispanista bretón Jean-François Botrel, Otero Seco era «un caballero triste y melancólico, bondadoso y retraído a la vez, ejem­plo de dignidad en la adversidad». Hasta 1956 no pudo reunir junto a él a su familia. Desde 1967 fue crítico en Le Monde, donde dio a cono­cer lo mejor de la literatura española contemporánea. La obra incluye un prólogo del crítico, escritor y comisario artístico Juan Manuel Bonet, e incluye también el enlace a una grabación sonora inédita en la que podremos escuchar al propio Antonio Otero Seco recitando sus versos en 1960. La selección de poemas y el trabajo documental ha sido realizado por Juan Manuel Bonet, Edouard Pons y Antonio y Mariano Otero San José.

Aquí puedes conocer el booktrailer del libro, una videocreación que incluye la canción que Fiona Aráez y Daniel Mata han compuesto sobre el poema ‘París’, así como la creatividad visual del artista plástico Patricio Hidalgo. Los editores de Libros de la Herida, José María Gómez y David Eloy Rodríguez, consideran un acto de justicia literaria e histórica publicar esta obra poética completa por el enorme talento del escritor y su lúcido talante ético, y comentan que además, en Francia la obra de este autor está bien editada, tanto su poesía como sus libros sobre Lorca y Dalí y su correspondencia. Para contribuir en la recuperación de su memoria y su figura, presentamos una selección de textos de un autor que desde su exilio defendió con valentía la literatura y la cultura española.

***

EXILIO

Morirás en exilio… Moriremos.

Alicio Garcitoral

Moriremos de asco, como los alacranes
que se clavan la uña venenosa en el pecho
cuando el hombre los cerca con brasas y con humo
por diversión estúpida de final de semana.

Moriremos de pena, como las catedrales
que buscan el suicidio derribando sus torres
con una sangre espesa de barbas de vitrales
sobre el asfalto duro indiferente al tiempo.

Moriremos de angustia, como la mar que muere
para que vivan siempre los que no mueren nunca,
con una guardia póstuma de los peces espada
y un arrepentimiento final de tiburones.

Moriremos de odio, con la espina clavada
―como un rejón de fuego vomitando blasfemias―
en esta pobre vida cansada de morirse
y harta de no morirse, del sí, del no y del puede.

Moriremos a chorros, como mueren los ríos
que buscan por salvarse un caballo sin cola,
hasta que el mar nos trague y recojan los barcos
nuestro grito de rabia en radar subconsciente.

Moriremos dos veces, como muere la luna
que se levanta muerta y se acuesta menguante,
con un collar de estrellas brillando en nuestro pecho
y un lecho azul de nubes para nuestro descanso.

Moriremos de pie, como muere la espiga
cansada de su viejo papel de dirigente,
lanzando cada grano a un punto de la rosa
para que otras espigas nos germinen mañana.

Moriremos de angustia porque estamos muriendo
de esta angustia diaria que nos busca y nos cerca.
Moriremos gritando las verdades que ahora
no suben a los labios porque no las sepamos.

Moriremos pintando la brújula que sabe
marcar los cuatro rumbos en los ángulos rectos:
En el nombre del Norte, del Sur, Este y Oeste
dejamos, sin el nombre, la huella de este cántico.

Moriremos de ausencia, como mueren las madres
que un día nos despidieron clavadas en la tierra,
como árboles de acero, seguras de que nunca
podrán darnos un beso ni cerrarnos los ojos.

Moriremos de otoño, como mueren los árboles
cansados de dar frutos y nidos gritadores;
pero mañana un nuevo arañar de raíces
cuajará en nuevos pájaros y en frutos rezumantes.

Mañana volveremos a estar sobre los mares,
en los ríos que peinan su cola de caballo,
en las madres que vuelven a mostrar nuevas sendas
y en la rosa y el nido y en la cuna y la escuela.

Bajaremos de todas las montañas de sombra
con un pico de acero para abrir nuevas luces;
para adornar el pelo de las novias llorosas
con una clara estrella y una rosa de alba.

Le diremos al mundo lo que ahora le decimos,
pero con voces nuevas y palabras antiguas.
Y escribiremos este mensaje de alegría
en la frente de todos los hombres de este mundo:

Venimos de lo eterno y hacia lo eterno vamos;
venimos del ayer, del hoy y del mañana;
venimos a deciros con pólvora o sonrisa
lo que estáis esperando que os digan: aquí estamos.

***

MARTÍN MANZANO, ALCALDE DE MÓSTOLES,
FUSILADO EN LA CÁRCEL DE PORLIER

En esta noche negra que cubre todo el cielo
mientras gritan los muertos con voces traspasadas,
quiero decirte, HERMANO, mi adiós de despedida.

Bajo el compás abierto de tus piernas serenas
pasa el río que nadie salvó con la mirada.
Si en esa ruta tienes tú rol de navegante
deja que en ti salude al mejor Capitán.

Que aguarden esos hombres que esperan en la puerta
la corona de espinas de tus brazos labriegos
para cerrarla a golpes de llaves y eslabones
al cuello de tus manos aún no decapitadas.

O que vuelvan al mundo de su cuadro de Goya,
donde el farol devora la rueda de los días,
porque tú eres la Vida con sus pomas maduras.

Tu sangre, derramada antes de ser vertida,
endurece la arcilla del hombre de la calle
y abre venas y surcos en la tierra sedienta
donde duermen tranquilos tus hijos y los míos.

Toma mi corazón. Llévalo en esa mano,
con geografía de montes y ríos de trabajo,
para que sea mañana una robusta encina
cerca del jaramago, de la estrella y la rosa.

Me duelen tu tranquila serenidad de justo,
tu verdad que harakiran las duras bayonetas;
tu bondad verdadera, tu sonrisa de niño,
tus manos puerperales, de vuelta del arado;
y ese perdón tranquilo, de semilla espontánea,
sin hiel y sin vinagre, que Cristo envidiaría.

Me duele el agua clara tranquila de tus ojos,
tu postura de siempre, tu voz de cada día,
tu cigarro sin miedo, tu tranquila conciencia,
tu sonrisa, tu amable despedida sin vuelta.

Desde la alta colina en que nos dejas solos
déjame que te grite con voces que me llaman
desde todos los rumbos cruzados de la rosa
la verdad que me dictan los hombres que no han muerto:
Mañana, cuando se oigan avanzar nuestros pasos,
tú estarás con nosotros porque tú eres la IDEA.

***

CARTA A ALFREDO PALMERO, PINTOR

Palmero:
¿Recuerdas una noche de diciembre
en un piso sin muebles de Duque de Sesto?
Aún no teníamos treinta años
pero el mundo era nuestro.
Era una bella noche, Nochebuena
bella y buena porque era nuestro Nacimiento.
Tú y yo nacíamos cada día
―enemigos del tronco y del injerto,
amigos de la rama, libre y loca,
sin prisión en la tierra, ave libre en el cielo―
y cada noche nos moríamos
sobre una dulce almohada de proyectos.
Y al día siguiente, sorprendidos
de ver y de vivir, de no estar muertos,
volvíamos a la noria de las horas,
a partir el minuto como un huevo,
a vivir el mañana, porque el hoy no importaba,
bajo el arco de sombra de los sueños.
La vida es dura y muerde cada día
pero tú y yo teníamos una carne de acero.
Mi pluma era un pincel, tu pincel una pluma,
pluma y pincel clavados en lo eterno.
Luego, la vida fue lo que es siempre: La Vida:
el cara y cruz, el envés y el reverso,
la sonrisa dolida, el dolor con un tirso
de cascabeles claros con agujeros negros.
Me veo peregrino acudiendo a tu puerta.
Te veo samaritano con los brazos abiertos
y unos ojos de pena que se abren asombrados,
con una luz de gracia y sonido fraternos
―Milagros, sí, Milagros, milagrosa Milagros―
con la gracia serena, marmórea, de un soneto.
Después, después, después… Pinchados
en esa estrella loca ―¡oh, rosa de los vientos!―
que nos lleva y nos trae, nos recoge y nos tira,
nos levanta y nos hunde
y nos grita Memento,
giramos como locas zurrumberas nostálgicas
con mucha menos carne y con muchos más huesos.
Y desde esta atalaya de los sesenta años,
rodeados de nostalgias, sitiados de recuerdos,
cuando un rumor de muerte nos ronda los oídos
y unos huevos de larva de ida sin regreso
pone un morse nervioso en las frentes cansadas,
lanzamos un mensaje como un granizo eterno:
Más que ser o haber sido, lo importante
es el futuro humilde y humanista: Seremos.

***

PARÍS

París: Cuando yo esté muerto
dile al Sena que se pare
debajo del Puente Nuevo.
Y que con dedos de espuma
para que se entere el cielo
me dibuje este epitafio:
»Se nos murió Otero Seco.«

Que los pescadores quiten
en ese día el anzuelo
y que levanten sus cañas
como mástiles de duelo.
Que las bañistas de estío
cubran con arena el sexo
por perdón de mis pecados
y adhesión a mis deseos.

Que el Sena se haga de escarcha
para que en mi Nacimiento
de lejanía y nostalgia
sea diamante de agua y cielo.

Que suenen en mis oídos
con son frívolo y eterno,
sus rumores, sus potins,
sus boutades y sus ecos
hechos de risas, de oui,
de bonsoir y de besos.

El día que yo me muera
dile de mi parte al viento
que en la flauta de los puentes
venga a gritarme: ¡Memento!

El día que yo me muera,
París, ¡qué cerca y qué lejos!,
el día que yo me muera
que vaya el Sena a mi entierro.

—————————————

Autor: Antonio Otero Seco. Título: Poemas de ausencia y lejanía. Poesía completa. Editorial: Libros de la Herida. Venta: Todos tus libros, AmazonCasa del Libro.

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