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Poemas de Me moriré en París, de César Vallejo

Poemas de Me moriré en París, de César Vallejo

Pese a que la trayectoria del poeta peruano César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892 – París, 1938), una de las grandes figuras de la lírica hispanoamericana del siglo XX, parece seguir el devenir de la lírica hispana (del Modernismo a las vanguardias y del experimentalismo vanguardista hacia una poesía humana y comprometida), su quehacer poético se caracteriza por una permanente inquietud renovadora y una firme independencia en medio de las influencias del momento.

Nórdica libros publica Me moriré en París, cuyo título recupera los versos más conocidos y premonitorios de Vallejo: «Me moriré en París con aguacero/un día del cual tengo ya el recuerdo”.

Zenda publica la introducción de Víctor Fernández y varios de los poemas, en una edición ilustrada por Sara Morante.

UN PERUANO PERDIDO EN PARÍS

La carta, pese a lo muy desesperada que era la situación en aquel momento, no llegó a su destinatario. En el último momento, Juan Larrea decidió no enviarla a Vicente Huidobro, tal vez por pudor o porque pensó equivocadamente que ya no había nada que hacer. Escrita desde París el 3 de abril de 1938, en ella Larrea advertía de la delicada situación en la que se encontraba un amigo común: «No sé si sabrás que Vallejo se encuentra en gravísimo estado con una fiebre que pasa de cuarenta grados y medio y dura hace ya más de un mes. Se halla hospitalizado en una clínica sin que ninguno de los análisis a que se le ha sometido permita atribuir a enfermedad alguna determinada la causa de su dolencia. Todo se puede temer en el día de hoy aunque por mi parte no pierda las esperanzas. Figúrate en qué estado se encontrará Georgette [Vallejo]».

Un peruano perdido en París. Ese era César Vallejo, solo y abandonado por todos aquellos que, en abril de 1938, habían prometido ayudarlo. El día 15 todavía sacó las fuerzas necesarias para escribirle una carta a su amigo Luis José de Orbegoso suplicando un simple gesto de apoyo. «Un terrible surmenage me tiene postrado en cama desde hace un mes, y los médicos no saben aún cuanto tiempo seguiré así. Necesito una larga curación, y encontrándome sin recursos para continuarla, he pensado en usted, don Luis José, en el gran amigo de siempre, para pedirle su ayuda en mi favor. En nombre de nuestra vieja e inalterable amistad, me permito esperar que el querido amigo de tantos años me tenderá la mano, como una nueva prueba de ese noble y generoso espíritu que le ha animado siempre y que todos conocemos».

A las pocas horas, César Vallejo murió en la capital francesa, como él dijo en un poema, «con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo». Desaparecía un hombre que se había apagado «dignamente», como dijo su amigo Juan Larrea. Dejaba tras de sí una de las obras poéticas más apasionadas del siglo pasado, además de una vida de compromiso, de identificación con los más desfavorecidos, con aquellos que, como él, lo habían tenido difícil para sobrevivir tanto desde un punto de vista personal como intelectual.

«Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo». Ese día fue un 16 de marzo de 1892. César Abraham Vallejo Mendoza era el menor de los doce hijos de una familia de Santiago de Chuco (Perú) en la que se mezclaban la sangre indígena con la española. La historia de César Vallejo es la de un escritor que trató de sobrevivir pese a las adversidades, jugando una partida con la vida que pagó cara, muy cara.

El poeta había llegado a la capital francesa el 13 de julio de 1923, aunque París sería su residencia hasta febrero de 1930, tras pasar una temporada en España y la Unión Soviética. La ciudad supone un gran impacto en César, un sueño largamente acariciado y con el que espera poder tocar de una vez por todas lo más alto. Al día siguiente escribió una carta cargada de optimismo a su hermano Víctor Clemente:

París! París! ¡Oh qué grandeza! He realizado el anhelo más grande que todo hombre culto siente al mirar sobre este globo de tierra. ¡Oh qué maravilla de las maravillas!

Llegué ayer 13, a las 7 de la mañana, en el expreso de La Rochelle. Mi salud buena. He visto aún poco. La Torre de Eiffel, Cuartel de los Inválidos, el Sena, el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos, el Palacio y el Lago de Versalles. Esto no es nada. París no tiene principios ni fin. Es para no acabar.

Hoy, 14, es la fiesta nacional de Francia. En este momento acabo de llegar del palacio de la Legación del Perú, donde he sido agasajado con un almuerzo, por invitación del Ministro Plenipotenciario doctor Mariano H. Cornejo. Qué almuerzo más lujoso! Criados de correcto frac lo han servido. Cornejo brindó por la alegría de tener aquí al poeta Vallejo. Éstas son sus palabras textuales. He saboreado el champán auténtico de Francia. Ya han de ver ustedes periódicos, ahí donde se da cuenta de todo esto.

La fascinación por la ciudad empieza a traslucirse en las primeras crónicas enviadas por el corresponsal y poeta. A los pocos días de su llegada puso en el papel sus impresiones para El Norte, el diario en el que colaboraba con cierta regularidad. Eso es lo que encontramos en el artículo titulado «En Montmartre». En él podemos leer que no pasa desapercibido, encontrando apoyo en un desconocido que no duda en invitarlo a visitar Montmartre. Vallejo se presenta como «un obrero de Perú» que llega al barrio parisino «en momentos que una vulgar feria regresiva agita ahí sus guiñoles y cascabeles, diabólicamente. Una pequeña asoma a un tablado de luces, abrazada al cuello de un monstruoso mamífero de pie hendido, de cuyo lomo emergen para arriba dos absurdas extremidades, las que según como camina el animal, oscilan extrañamente en el aire, dibujando unas señas de pesadillas, ante las muchedumbres, transportadas de goce, como niños».

César Vallejo era otro latinoamericano en París, como Miguel Ángel Asturias que coincidió con él en La Coupole, en Montparnasse. Muchos años después, Asturias rememoraría al poeta en aquel café, a ese hombre al que llamaban cholo Vallejo. «Era un poeta peruano que ofrecía la curiosidad de tener siempre heladas las manos. Era hombre sumamente callado, pero muy cordial. Cuando se tomaba sus primeras copas cambiaba. Aquel hombre silencioso empezaba a cantar, a contarnos cosas de su país y, de repente, salía a la calle cantando y se nos desaparecía».

Su huella se empezó a hacer notar por los bulevares, por las calles de Montmartre y Montparnasse, las mismas por las que era fácil coincidir con Picasso, Breton, Miró o Éluard. Vallejo está en el ojo del huracán de la renovación / revolución que está teniendo lugar en el mundo del arte. Es el fruto de la semilla que había plantado poco antes Arthur Rimbaud. El poeta sigue esos pasos y se encuentra con el hombre moderno, un espejo en el que le gusta verse reflejado porque se siente identificado con los nuevos tiempos, los de las máquinas y la velocidad.

Mas la disciplina de la velocidad existe, heredada o aprendida. Ella consiste en la posesión de una facultad de perspicacia máxima para la recepción, o mejor dicho, para traducir en conciencia, los fenómenos de la naturaleza y de reino subconsciente, en el menor tiempo posible; emocionarse a la mayor brevedad y darse cuenta instantáneamente del sentido verdadero y universal de los hechos y de las cosas. Hay hombres que se asombran de la actividad de otros. Hay escritores europeos —por ejemplo— que en el transcurso de un solo día han leído un bello libro, han saboreado una gran audición musical, han peleado y se han reconciliado tres veces con sus mujeres, han pasado una hora conversando con un hostilano, han escrito dos capítulos de un libro, se han cambiado cuatro veces de traje para diversos actos, han tenido una larga mirada sobre Dios y sobre el misterio…

Vallejo incluso visitó las galerías en las que Picasso estaba marcando su territorio como principal voz del arte moderno. Gracias al escultor Joseph Decrefft, el poeta tuvo la oportunidad de conocer al pintor, por aquel entonces ya convertido en un burgués rico que se había casado con una bailarina rusa. «Cuando le vi, llevaba hongo y su cara, un poco cínica y otro poco apretada en pascalianas fricciones de domador de circo, pulcramente rasurada, me hizo doler el corazón. ¿Por qué? ¿Por su estriado gesto de saltimbanqui trágico? ¿Por sus pómulos de héroe, que han tenido que ver de costado el sueño de sus vastas retinas? Al descubrirse, apareció el ala de cabello, como pegada a la frente. Se alejó de nosotros la pareja, el pintor y la bailarina, sonriendo, haciendo cortesía, medianas ambas tallas, acaso pequeñas, ella de azul y adarme al ristre y él muy de prisa, con su andar de negociante en leña, que olvidó su cartera en el telégrafo».

El poeta buscará también su voz en la política. En 1928 abandonará por un tiempo París para conocer en primera persona Rusia, adhiriéndose sin dudarlo al marxismo. Cree que allí encontrará la solución a sus problemas. Unos pocos meses antes de emprender el viaje, cansado de la imagen de pobre peruano al que hay que socorrer, escribió una carta a Pablo Abril de Vivero donde le expone que «la verdad es que yo no debo merecer el más mínimo socorro, en concepto de los peruanos. El más desgraciado y oscuro de los vagabundos peruanos consigue pasaje y pasaje en dinero. Las recomendaciones se cruzan en el aire y llueven en pasajes, pensiones, asignaciones, premios, regalos, etcétera. Solo este pobre indígena se queda al margen del festín. Es formidable. Y se diría que hasta el azahar ayuda a mi desgracia: un yerro curialicio en el misterio, me privan hasta ahora de una cosa tan modesta e insignificante que los otros obtienen al vuelo. Si nos atuviéramos a la tesis marxista […], la lucha de clases en el Perú debe andar, a estas alturas, muy grávida de recompensa para los que, como yo, viven siempre debajo de la mesa del banquete burgués». De toda esa experiencia surgirán un puñado de artículos y el libro Rusia en 1931. Reflexiones al pie del Kremlin.

La esperanza no la encontró en Rusia pese a los varios viajes y las muchas páginas dedicadas a aquella experiencia. A su regreso, tras una fallida breve temporada en España tratando de hacerse con algún respaldo editorial importante y que nunca llegó, Vallejo volvió a París, aunque el permiso para quedarse no lo obtendría hasta 1932. Mejor seguir en esa ciudad, pese a las deudas y los problemas que se hacían cada vez mayores. «Estoy muy contrariado por esta vida de París, que me persigue desde hace tantos años, sin dejarme trabajar ni hacer nada en serio», apuntó en una carta de marzo de 1930. El único respaldo firme lo encontró en una costurera y escritora parisina llamada Georgette Philippart: «Nos tratamos tres meses y un día desapareció. Mi madre cae enferma, se muere y ese día regresa Vallejo a la calle Molière. Me vino a presentar las condolencias y me dijo, así como si me dijera: “Por favor, alcánceme los fósforos”, que debíamos vivir juntos. Y yo no dije ni sí ni no, siguió la conversación, pero ni por un momento pensé en decir que no. Sin estar enamorada, hacía tiempo que sentía que tendría que ser así: era la predestinación».

El mito de Vallejo se iba alimentando. Pablo Neruda lo conoció en París y vio en él al «gran cholo; poeta de poesía arrugada, difícil al tacto como piel selvática, pero poesía grandiosa, de dimensiones sobrehumanas». Fue en otro café, en La Rotonde, donde Vallejo demostraría ser de una raza «con virreinato y cortesía» mientras que Neruda hizo gala de una «educación antiliteraria» que lo «impulsaba a ser maleducado». El chileno diría de su homólogo peruano que «tenía un hermoso rostro incaico entristecido por cierta indudable majestad». En el fondo a Vallejo lo que le gustaba, según Neruda, es que «le hablaran así de sus rasgos aborígenes».

Viviendo y sobreviviendo en diferentes hoteles, César y Georgette hicieron de París su refugio, aunque lo abandonarían momentáneamente cuando decidieron ir a España para saber en primera persona lo que estaba siendo la guerra que estalló en 1936. Era el escenario perfecto para una lucha social, para que se impusieran las ideas que había visto en Rusia. Eso le hace escribir que:

Por primera vez, la razón de una guerra cesa de ser una razón de Estado, para ser la expresión directa e inmediata, del interés del pueblo y de su instinto histórico, manifestados al aire libre y como a boca de jarro. Por primera vez se hace una guerra por voluntad espontánea del pueblo y, por primera vez, en fin es el pueblo mismo, son los transeúntes y no ya los soldados, quienes, sin coerción del Estado, sin capitanes, sin espíritu ni organización militares, sin armas ni kepis, corren al encuentro del enemigo y mueren por una causa clara, definida, despojada de nieblas oficiales más o menos inconfesables.

Vallejo participó, junto con Vicente Huidobro y Pablo Neruda, en el II Congreso Internacional de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en 1937. Allí constató las diferencias entre los intelectuales, la lucha de egos y las discusiones por razones completamente alejadas de los motivos reales de aquel encuentro. Le deprimió la cobardía de muchos que ni pensaron en visitar el frente porque creían que las balas enemigas se veían mejor desde los ventanales de los hoteles. En su libreta de apuntes dejó constancia de cuanto lo separaba de los demás intelectuales, anotando en esos días que «todos esconden un revólver contra mí».

El poeta, cansado y derrotado, casi ya herido de muerte, se perdió en París para siempre. César Vallejo murió a las 9.20 de la mañana del 15 de abril de 1938. Ese día llovía en París. Unos días antes, con Vallejo agonizando en la clínica del Boulevard Arago, Georgette le preguntó al doctor Lemière qué enfermedad estaba consumiendo a su marido. «Veo que este hombre se muere, pero no sé de qué», le contestó.

Víctor Fernández,

Barcelona, 2019

LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

Todos han muerto.

Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.

Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mo-
zas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos
días, María!»

Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego
también murió a los ocho días de la madre.

Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tan-
to cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima
mujer.

Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la ma-
ñana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.

Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.

Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo
cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.

Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en
mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el
mes de agosto de años sucesivos.

Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete
tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio,
mucho antes de que el sol se fuese.

Murió mi eternidad y estoy velándola.

UN HOMBRE PASA CON UN PAN AL HOMBRO

Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

HOY LE HA ENTRADO UNA ASTILLA

Hoy le ha entrado una astilla.
Hoy le ha entrado una astilla cerca, dándole
cerca, fuerte, en su modo
de ser y en su centavo ya famoso.
Le ha dolido la suerte mucho,
todo;
le ha dolido la puerta,
le ha dolido la faja, dándole
sed, aflixión
y sed del vaso pero no del vino.
Hoy le salió a la pobre vecina del aire,
a escondidas, humareda de su dogma;
hoy le ha entrado una astilla.

La inmensidad persíguela
a distancia superficial, a un vasto eslabonazo.
Hoy le salió a la pobre vecina del viento,
en la mejilla, norte, y en la mejilla, oriente;
hoy le ha entrado una astilla.

¿Quién comprará, en los días perecederos, ásperos,
un pedacito de café con leche,
y quién, sin ella, bajará a su rastro hasta dar luz?
¿Quién será, luego, sábado, a las siete?
¡Tristes son las astillas que le entran
a uno,
exactamente ahí precisamente!
Hoy le entró a la pobre vecina de viaje,
una llama apagada en el oráculo;
hoy le ha entrado una astilla.
arrastraban candado ya los déspotas
y en el candado, sus bacterias muertas…

¿Batallas? ¡No! Pasiones. Y pasiones precedidas
de dolores con rejas de esperanzas,
de dolores de pueblos con esperanzas de hombres!
¡Muerte y pasión de paz, las populares!
¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendámonos!
Tal en tu aliento cambian de agujas atmosféricas los vientos
y de llave las tumbas en tu pecho,
tu frontal elevándose a primera potencia de martirio.

El mundo exclama: «¡Cosas de españoles!» Y es verdad.
Consideremos,
durante una balanza, a quemarropa,
a Calderón, dormido sobre la cola de un anfibio muerto
o a Cervantes, diciendo: «Mi reino es de este mundo, pero
también del otro»: ¡punta y filo en dos papeles!
Contemplemos a Goya, de hinojos y rezando ante un espejo,
a Coll, el paladín en cuyo asalto cartesiano
tuvo un sudor de nube el paso llano
o a Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros
o a Cajal, devorado por su pequeño infinito, o todavía
a Teresa, mujer que muere porque no muere
o a Lina Odena, en pugna en más de un punto con Teresa…
(Todo acto o voz genial viene del pueblo
y va hacia él, de frente o transmitidos
por incesantes briznas, por el humo rosado
de amargas contraseñas sin fortuna)
Así tu criatura, miliciano, así tu exangüe criatura,
agitada por una piedra inmóvil,
se sacrifica, apártase,
decae para arriba y por su llama incombustible sube,
sube hasta los débiles,
distribuyendo españas a los toros,
toros a las palomas…

Proletario que mueres de universo, ¡en qué frenética armonía
acabará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine impelente,
tu violencia metódica, tu caos teórico y práctico, tu gana
dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a traición,
a tu enemigo!
¡Liberador ceñido de grilletes,
sin cuyo esfuerzo hasta hoy continuaría sin asas la extensión,
vagarían acéfalos los clavos,
antiguo, lento, colorado, el día,
nuestros amados cascos, insepultos!
¡Campesino caído con tu verde follaje por el hombre,
con la inflexión social de tu meñique,
con tu buey que se queda, con tu física,
también con tu palabra atada a un palo
y tu cielo arrendado
y con la arcilla inserta en tu cansancio
y la que estaba en tu uña, caminando!
¡Constructores
agrícolas, civiles y guerreros,
de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito
que vosotros haríais la luz, entornando
con la muerte vuestros ojos;
que, a la caída cruel de vuestras bocas,
vendrá en siete bandejas la abundancia, todo
en el mundo será de oro súbito
y el oro,
fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de sangre,
y el oro mismo será entonces de oro!

¡Se amarán todos los hombres
y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos tristes

PARÍS, OCTUBRE 1936

De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.

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Autor: César Vallejo. Título: Me moriré en París. Editorial: Nórdica libros. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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