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Poemas del temblor y la espuma

Poemas del temblor y la espuma

Todavía conservan ese aire de clandestinidad. Fueron originalmente publicados y distribuidos en el año 1974 como simples fotocopias grapadas, según nos dice el prólogo de Sergio Fernández Martínez, quien ejerce también de traductor. Podemos imaginar el escenario. De mano en mano los poemas, traficados entre gente de confianza que supiera contagiarse de esas estampas que hablaban sin tapujos de la realidad homosexual de muchos, de la realidad a secas. Años más tarde conocieron otras reediciones, asentada la fama y personalidad de su autor, pero igual que las olas de ese mar que a veces se menciona entre los versos, rumoroso y empeñado en salpicarnos con todos sus matices, era momento de que volviese una vez más a nuevas manos en las que, durante y después de su lectura, no podrá negarse la potencia expresionista que ha permanecido intacta, la crudeza descrita con tesón y la importancia poética de su autor, para muchos no catalanoparlantes, seguramente un desconocido, todavía.

El libro de Biel Mesquida, El hermoso país donde los hombres desean a los hombres, esconde tras su título —ciertamente cursi— un rigor en su arte poético que es de lamentar por no haber podido tener un mayor reconocimiento u otras traducciones y ediciones —las hubo, pero ésta última sabrá gozar de un mayor alcance, además de ser la primera vez que se traduce por entero el libro al castellano— que hubieran permitido antes la posibilidad de acercarse con verdadero interés a esta visión tan descarada del amor homosexual en las postrimerías del franquismo.

"Con motivo de la naturaleza a la contra y revolucionaria que su autor quiso hacer palpable, como si fueran pieles recientemente sudadas por un placer incontenible, los poemas son expresionistas y recargados de metáforas y símbolos"

Por otra parte, y esta opinión es estrictamente personal, el mundo que se muestra, pese a la innegable calidad literaria, resulta un tanto ajado. La excesiva cerrazón del momento histórico obligaba a unas conductas y comportamientos que, por suerte, se fueron limando y derivando al aperturismo y la aceptación, con sus reservas, por supuesto, e incluyo nuestra actualidad, siempre presta a ofrecernos su reverso caduco, rancio y homófobo, retrocediendo varios pasos ante lo ya conseguido. Pero decía: a uno estas imágenes de búsquedas nocturnas y encuentros furtivos le sugieren más valor en el conocimiento de las mismas que una identificación con quienes debían conformarse con ellas o armarse de valor para realizarlas, tales como el cruising, práctica fundamental en muchas de las composiciones, pero que con el paso del tiempo, de tan fetichizada ahora, ha perdido su motivo y, la diferencia de edad y tipo de despertar sexual que alguien de mi generación haya podido tener, vuelven esas escenas sombrías. Así mismo, una apreciación se da la mano con la otra. Son partes del testimonio que Mesquida nos ha dejado.

"Tienen estos poemas la tristeza de una actitud pasiva, de quien espera que se le aparezca la maravilla y cuando lo hace dura tan poco que no puede ser preservada más que en una poesía"

Con motivo de la naturaleza a la contra y revolucionaria que su autor quiso hacer palpable, como si fueran pieles recientemente sudadas por un placer incontenible, los poemas son expresionistas y recargados de metáforas y símbolos, constantemente aludiendo al «brillo de los placeres asesinados», a la parte del paisaje que se vale del solo filo de una cintura, de una espalda, del «peso de tu entrepierna contenida en tus jeans cuando cruzabas los jardines públicos». En los más extensos, se pierde esa fuerza por lo abigarrado de sus imágenes. No es posible centrarse, pero quizá no sea lo adecuado ni lo buscado, y uno cae en remolinos de forcejeos, acechos y batiburrillos varios del fragor sexual. Mucho mejor en los breves, en los ensayos de epitafios o los apuntes de quienes salen de caza. De ejemplo, Epitafio para una juerga: «A veces, en cualquier atardecer de otoño, dos chicos cogen sus viejos caballos de cartón y, a la misma hora que los guardianes cierran los jardines públicos, parten sin motivo./ Mientras cabalgan, felices, hacen trizas entre la lluvia todos los retratos y las palizas del libro de familia./ Y no regresan nunca más./ Alguien recuerda que un día, hace tiempo, vio cómo se descosían las bocas escondidos tras gavillas de flores marchitas».

Tienen estos poemas la tristeza de una actitud pasiva, de quien espera que se le aparezca la maravilla y cuando lo hace dura tan poco que no puede ser preservada más que en una poesía. Y son un acto revolucionario, insiste Mesquida: con esos espermas se hacen pintadas «en los muros de las familias, de los partidos, de las iglesias, de las patrias, de las naciones: de los ídolos», porque en este libro no hay más ídolos que los muchachos y señores que prevalecen en su deseo y por él, en una época en que no eran más que vagos y maleantes, y se entregan a los temblores de los cuerpos que descubren, aunque los días queden borrados por la espuma y en cuanto vean de paseo a otros chicos percibirán en ellos las huellas de los dedos anteriores, del sexo pasado que supera lo que ya no se recuerda. Mesquida sabe y nos hace saber de lo fugitivo en la permanencia, de cuán hundidos nos deja el exceso: «Nos cubriremos con polvo de espejos y no veréis más que un clima de esplendor donde ninguno de vuestros esqueletos sedientos encontrará ni la fiebre ni la imagen».

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Autor: Biel Mesquida. Traducción: Sergio Fernández Martínez. Título: El hermoso país donde los hombres desean a los hombres. Editorial: Letraversal. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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