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Pólvora quemada

Pólvora quemada

Navegamos al sur de Gran Canaria, con rumbo a la isla de Tenerife, en un velero de cincuenta y dos pies de eslora. Está a punto de anochecer. Por fin, la Vía Láctea refulge en un cielo estremecedor cuajado de estrellas. Su resplandor se asemeja a las llamas salidas de las fauces de un dragón como indicio de su inminente llegada. Me tumbo en la bañera de popa y observo el espectáculo.

Me resulta fácil imaginar a un individuo alto, fibroso, de barba poblada y pelo hirsuto, vestido con la piel de un animal que le cubre el tronco hasta las rodillas. Está comiendo la carne asada de la pieza cazada el día anterior junto a una hoguera crepitante, a la entrada de la caverna en la que vive con su grupo familiar, un abrigo rocoso, ahora llamado Cro-Magnon, en la región de Dordoña, Francia. Todos duermen. Sólo él está despierto, masticando despacio mientras contempla el cielo nocturno. En ese instante, una lluvia de meteoritos se precipita y le hace ponerse de pie, lentamente, con cautela. Se pregunta, asombrado, qué es aquel fuego que cae, esos puntos de luz de trayectos raudos y cortos que atraviesan la rama ardiente que contempla todas las noches en la negrura de los cielos.

Sigo tumbada en la popa, imaginando, mientras observo cómo el palo mayor del velero oscila sobre un fondo oscuro cuajado de estrellas que parece sostener la Vía Láctea.

"Los humanos hemos caminado, cabalgado, navegado miles de años, para explorar otros territorios en donde respirar aire puro y construir el refugio que albergase a los nuevos individuos que nacen, para crecer y multiplicarse"

Algo más de 40.000 años después, otro tipo, afeitado, perfumado, vestido con ropa de algodón cara, atiende al torrente de datos que vomita la pantalla que sostiene en sus manos. No mira al cielo. No lo hace, porque no puede. También está en una caverna. Pero ésta es artificial y construida bajo la superficie del planeta. La Estación Internacional de Marte está enterrada a varios metros de profundidad para que no sea afectada por la radiación solar o las interminables tormentas de polvo del planeta rojo, que pueden durar meses.

Resultaría tremendamente irónico que la especie humana cabalgase por la Historia durante miles de años para salir de una caverna y acabar en otra; más sofisticada, sí, pero una caverna al fin y al cabo. Además, esta última se ubicará en un mundo de atmósfera irrespirable, donde las personas se esforzarán por recordar el canto de los pájaros, el rumor de las cascadas y el rugido del mar. O donde acabarán por olvidarlo todo. Donde tendrán que afrontar un nuevo concepto de soledad abstracta que ni siquiera está aún diagnosticada, en los manuales de psiquiatría.

Siempre me he preguntado por qué en la mayoría de novelas y películas los asentamientos humanos en la Luna se establecen en su superficie, y en el planeta rojo están bajo ella, a muchos metros de profundidad. La radiación solar es dañina en ambos lugares, tanto en nuestro satélite como en el planeta vecino.

Pero retomemos lo de Marte, la próxima y penúltima frontera. Porque a fronteras no nos gana nadie. ¡Qué más da una más o una menos!

"¿Por qué malgastar recursos para que la especie regrese a una caverna enterrada bajo la superficie de otro planeta absolutamente hostil para la vida humana?"

Los humanos hemos caminado, cabalgado, navegado miles de años, para explorar otros territorios en donde respirar aire puro y construir el refugio que albergase a los nuevos individuos que nacen, para crecer y multiplicarse. Los que ahora se perciben a sí mismos como visionarios se equivocan al concluir que viajar a otros mundos inhabitables es algo esencial para la supervivencia de una especie que destruye su propio planeta con solvente eficacia. La imaginación y la especulación llevada a esos límites, es peligrosa. Desvanece las posibilidades de reconocer nuestros límites. ¿Por qué y para qué se quieren colonizar otros mundos, en este caso, Marte? ¿Por la falta de recursos en el nuestro? ¿O para esquivar la superpoblación? ¿O para prevenir el advenimiento del apocalipsis cuando el Sol se convierta en una gigante roja? Esa que engullirá todo lo que encuentre a su paso, dejando de cumplir la función de estrella de la vida para convertirse en estrella de la muerte, mucho más efectiva que la de Star Wars. Dentro de 5.000 millones de años, es bastante probable que nada de esto importe. Es muy posible que hayamos desaparecido mucho antes como lágrimas en la lluvia o como polvo cósmico, que es mucho menos romántico. O con suerte, con mucha suerte, aún estemos por aquí algún tiempo más del que suponíamos y creamos que ya no interesan los viajes espaciales, como se alude en la novela El fin de la Eternidad, de Asimov. Entonces, ¿por qué malgastar recursos para que la especie regrese a una caverna enterrada bajo la superficie de otro planeta absolutamente hostil para la vida humana? Porque me cuesta trabajo creer en la posibilidad de terraformar otros mundos para habitarlos, construyendo en ellos ciudades maravillosas. Para hacerlo, primero hay que llegar hasta ellos y crear una atmósfera respirable, o crear conejeras inmensas para que los humanos vivan en ellas. Una cosa es la idea y otra muy distinta llevarla a cabo. La imaginación humana no tiene fin. Es infinita como el Universo que trata de entender y vencer con verdadera desesperación. Ahora pienso si esto no será nuestra perdición. Una imaginación desbocada es algo muy peligroso. He disfrutado de la ciencia ficción desde siempre. Y me parece algo más que un género literario o cinematográfico. Pero es lamentable que ese tipo de novelas o películas nos impidan darnos cuenta de dónde están nuestros límites. Resulta romántico creer que no los hay. Pero existen.

Es lícito especular con el futuro tecnológico. De hecho, son las hipótesis especulativas las que hacen avanzar a la ciencia. Y con ella, el bienestar de la especie. La idea más disparatada creada por la imaginación humana es la de la Civilización tipo III en la Escala de Kardashev, baremo con el que se mide el nivel tecnológico según la energía que una cultura es capaz de aprovechar. Propone la posibilidad de un desarrollo tecnológico que permite recolectar la energía de una galaxia entera, estrellas y agujeros negros incluidos, usando para ello megaestructuras desaforadas difíciles de imaginar, y construir. Entonces ya no importarán los pájaros ni ningún animal, ni los árboles de los caminos, bosques y selvas, ni las cascadas. Ni el rugido del Mar que ahora percibo mientras observo la Vía Láctea en todo su esplendor, desde la Tierra. Oliendo a salitre y sintiendo como el viento arrecia.

"De hecho, en la Tierra, los artefactos, lo construido por los seres humanos, ya suman más teratoneladas que lo puramente orgánico. Esa es una realidad estremecedora"

Empeñarnos en eliminar, paulatinamente, la belleza de los mares, los bosques y las selvas para instalarnos en una asepsia inimaginable, estéril y sombría, hace que el camino hacia un horizonte alejado de lo natural no nos resulte extraño, dejando que impere lo artificial. Sospecho que es el gran objetivo a conseguir: que la humanidad no eche de menos la Naturaleza. Que la deje atrás para afrontar lo artificial sin fisuras en el ánimo ni en los recuerdos. Que sepa adaptarse a la carencia de los árboles, lagos, bosques, selvas, ríos y mares. Porque su entorno será un abismo existencial, elaborado con material ajeno a la esencia de la especie humana. Espero con todas mis fuerzas que no sea así, pero hay una probabilidad muy alta de que eso ocurra. Si la imaginación humana ha contemplado la idea de un Mundo hipertecnológico, donde una maceta de geranios sólo se podrá contemplar de manera holográfica como quién contempla una postal del puerto de Cádiz del año 1950, es muy posible que acabe siendo una realidad en las generaciones venideras. La asepsia artificial como entorno. De hecho, en la Tierra, los artefactos, lo construido por los seres humanos, ya suman más teratoneladas que lo puramente orgánico. Esa es una realidad estremecedora.

Es la una de la madrugada y las condiciones cambian. El viento alcanza una velocidad de cuarenta nudos. El armador del barco le pregunta al piloto si consultó el parte meteorológico en la web de Aemet antes de zarpar. El piloto dice que sí. El mar ruge en la estela alborotada de nuestra popa. De pronto, el velero se escora. Bajo como puedo a la cabina para enfundarme, con dificultad, el traje de agua. Subo a cubierta y miro de nuevo el brazo de nuestra galaxia, ese fuego de dragón escupido desde el confín del Universo. Y allí sigue. En ese instante, escuchamos cómo el viento acaba de rasgar el foque. Al salir del resguardo de sotavento de la isla de Gran Canaria, el Paso del Descojonado nos da su particular bienvenida. Mi imaginación se desborda, de momento sin peligro, mientras me siento a observar las maniobras de recogida de la vela. ¿Qué se les romperá a los astronautas, en su nave, en la ruta hacia Marte? ¿O hacia el sistema Alfa Centauri? Aquí, en el mar salado del planeta Tierra, si algo se rasga o quiebra, al menos puedes seguir respirando el aroma a salitre mientras luchas contra la adversidad. En una nave interestelar, si algo falla, estás jodido. Y acabas oliendo a metal caliente, o a pólvora quemada. Eso dicen los astronautas cuando les preguntan a qué huele el espacio exterior.

"La humanidad, su imaginación o su conciencia creen estar abocadas a ese futuro aséptico entre las estrellas. Quizás para dejar de ser humanos y convertirnos en otra cosa"

El viento no amaina. Piloto y armador discuten si es mejor volver a puerto o seguir. Miro hacia arriba y veo al palo mayor oscilar con fuerza bajo el fondo estrellado. Es cierto que la bóveda celeste ha embelesado a los humanos desde el albor de los tiempos. Y sigue atrayéndonos de manera irresistible. La fascinación por desvelar sus secretos es arrolladora. Pero me pregunto a qué se debe ese desprecio por nuestro propio mundo, ese maltrato sistemático y desconsiderado. No tengo la respuesta. O quizás sí. Creo que la tengo. Somos una especie agresiva, violenta, desaprensiva y arrogante.

Por esto, no estoy segura de que sepamos corregir nuestros errores. Tengo mis dudas de que impere la cordura para hacer preferible conservar una Tierra habitable en vez de llegar al sistema Alfa Centauri lo antes posible. La ciencia ficción no es la vida, sólo es un recurso de nuestra imaginación para satisfacer el viaje a las estrellas, sin riesgo. No es ninguna hoja de ruta.

Ese proyecto humano de minería interestelar, campamento de verano en las lunas de Júpiter o emigración masiva a un mundo terraformado para alimentar necesidades imaginarias, absolutamente superfluas, juega en contra de nuestra propia supervivencia. Que todo eso suponga una necesidad vital es falso. No hay base sólida científica, histórica, económica o demográfica que avale una inversión planetaria para colonizar mundos. Es una entelequia. Y como tal deberíamos tratarla. Pero no me he caído de un guindo. La humanidad, su imaginación o su conciencia creen estar abocadas a ese futuro aséptico entre las estrellas. Quizás para dejar de ser humanos y convertirnos en otra cosa. Y, mientras tanto, se seguirán gastando recursos en futilidades mientras desaparecen especies animales, bosques, selvas, se secan lagos, ríos y los mares se convierten en una sopa de plástico. Perdón. Nosotros ya somos una sopa de plástico. Me van a disculpar pero, para no poder impedir lo inevitable, es decir, la desaparición de la especie humana cuando lo dicte la Naturaleza, o la IA, dudo mucho que merezca la pena andar un camino tan sofocante.

Mi traje de agua está empapado. Aún puedo ver, por la popa, las luces de la costa lejana. Como veo la luz de la galaxia, más lejana aún, que ha recorrido miles de años para que pueda contemplarla desde el océano Atlántico. Finalmente, el armador del velero le pide al piloto que vuelva a puerto.

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