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Por fin algo de luz

A las buenas, querido lector.

Supongo que si eres lector asiduo de este diario pensarás que no tengo motivos para sentirme dichoso. Que sí, que yo no me canso de repetir frases sobre la buena actitud que se debería tener ante los problemas, pero está claro que una cosa es decirlo y otra bien distinta hacerlo. Pero déjame decirte que sí, que cada día he agradecido sentirme vivo, sentirme capaz de luchar contra todo y contra todos —en el buen sentido, claro—. Y claro, he tenido mis momentos de todo tipo. Y sí, sería muy hipócrita decir que siempre he tenido una sonrisa en la cara, que he sido de hierro, cuando no es verdad. Pero hay momentos en los que he sonreído porque sí, porque la vida me ha hecho hacerlo. Sé que esperas que hoy siga contándote mi particular calvario, pero no lo haré. Déjame contarte por una vez algo bueno, algo que me hizo sonreír, que me hizo llorar, pero de alegría. La historia no comienza del todo bien, pero te prometo un final feliz. Hoy no habrá libros, no habrá escritura, no habrá nada más. Quédate hasta el final y me cuentas. Porque quiero que me cuentes.

Como sabrás, las cosas no me iban del todo bien en cuanto a salud. Corría el año 2013 y yo empezaba a estar hartito de tanta mierda a mis espaldas. Fue entonces cuando la salud no empeoró en sí, pero sí mi estado de ánimo ante una noticia que recibí. Te la cuento tal cual sucedió.

"Sentí que todo el mundo se me caía encima, dejé de tener ganas de sonreír, de luchar por nada, de vivir, al fin y al cabo."

Desde el mismo día en el que me casé mi mujer y yo acordamos que queríamos tener un niño —supongo que no es una cosa que se acuerda y eso está hasta mal dicho, pero bueno, buscando otras palabras podría decir que decidimos que era un buen momento—. Pues bien, hasta ese año 2013, ya llegando a agosto-septiembre, mi mujer seguía sin quedar encinta. Claro, como era lógico algo de desesperación llegó y, bueno, comenzamos a informarnos algo sobre el tema. Pensábamos que era quererlo y ya está. Una vez empezamos con esa información nos dimos cuenta de que a muchas parejas les costaba mucho tiempo conseguirlo. Que dos años largos no eran tanto y que en el momento menos pensado podía sonar la campana. Sí, eso hubiera sido lo lógico, pero tras el historial que arranqué en febrero de 2012 con el tema de las enfermedades empezamos a pensar si no habría algún problema de por medio y por eso no conseguíamos nuestra meta. Ni corto ni perezoso fui al médico de cabecera, le expliqué el problema y solicité una prueba. No tardé en realizarla ni en obtener resultados. Quizá yo me los tomé en el momento peor de lo que eran, pero sí era cierto que me iba a ser muy complicado ser padre. Ojo, cuando hablo de complicado no digo imposible, pero claro, yo en ese momento lo vi como lo que no era en realidad, una imposibilidad.

El médico me comentó que podía deberse a muchos factores como por ejemplo los kilos de pastillas que tenía que tomar cada día para ir controlando a mi cuerpo y su dolor. Incluso las propias enfermedades podrían participar en el juego y hacer que fuera más complicado.

Yo no escuchaba. Sólo pensaba que la ilusión de mi vida se iba a ir al traste. Como te he comentado más arriba, tuve mis momentos de bajón durante todo lo anterior a esto, los he tenido incluso después y, sin duda, volveré a tener alguno alguna vez más adelante, no lo dudo, pero lo que me pasó en ese momento fue mucho más allá.

Sentí que todo el mundo se me caía encima, dejé de tener ganas de sonreír, de luchar por nada, de vivir, al fin y al cabo.

Mi mujer, que siempre me daba esa hostia necesaria de realidad para que tirara para adelante me vio tan mal que prefirió dejarme —en el buen sentido, no pienses mal— pues sabía que nada me podría consolar, que era mi ilusión, nuestra ilusión y se había hecho añicos. Y todo eso porque decidí tomármelo por el lado que no era.

"Se hizo la prueba. Pasaron cinco minutos. Lloré más que en toda mi vida. Tanto o más como ahora mismo, que al recordarlo tengo los dedos empapados de lágrimas."

Como es tendencia en nosotros, vi el vaso medio vacío, no busqué la parte que faltaba para llegar al cien por cien cuando en realidad tendría que haber mirado para el otro lado. El caso es que, de alguna manera mi cerebro reaccionó por otro lado. Yo no fui consciente hasta más tarde, pero tomé la decisión de dejar de tomar las pastillas por un tiempo, por si eso mejoraba —tomaba trece al día en esos momentos— y mi cuerpo empezó a doler como yo no recordaba. Mi mujer, que estará leyendo esto ahora se estará enterando junto a vosotros que lo hice, pero quizá fue una medida desesperada a ver si en un tiempo mi cuerpo se recuperaba por otros lados y podía ver cumplido nuestro sueño. Nunca se me olvidarán las noches sin poder dormir ni un solo minuto con las piernas retorciéndose por el dolor. Tampoco olvidaré cómo una mañana intenté levantarme de la cama y caí al suelo al ser el dolor tan intenso que me era imposible dar un paso. No se me irá la imagen de mi hermano teniendo que venir a por mí y tomarme en sus brazos para poder bajar por las escaleras.

Pero tampoco se me olvidará el día catorce de noviembre de 2013. Recuerdo que era jueves. Yo todavía jugaba a pádel cuando podía, mi mujer también. Como tantas veces había pasado —con una desilusión tras otra—, ella sufría un retraso con cierta visita. Le pedí que ese día pasara por la farmacia para comprar una prueba. Ella no quería, no quería una nueva desilusión, pero supongo que lo que menos quería era volver a ver mi cara destrozada. Yo pensé que la tontería de mis “medidas para recuperarme desesperadamente” habían dado su fruto. No sabía por qué, lo creía. O lo quería creer, no sé. El caso es que la “obligué” a pasar a comprar la prueba. Ella tenía partido de pádel en un rato, pero accedió a complacer mis desesperados deseos de volver a romperme en mil pedazos. Se hizo la prueba. Pasaron cinco minutos. Lloré más que en toda mi vida. Tanto o más como ahora mismo, que al recordarlo tengo los dedos empapados de lágrimas.

Sí. Estaba embarazada.

Pensar que ocurrió gracias a la tontería de dejarme las pastillas por un tiempo es mucho suponer. Pero lo estaba. Grité, gritó. Lloré, lloró. Temblé, temblamos.

"Estos casi tres años han servido para que crezca como persona. Sé que siempre se dice, pero tenerte a mi lado me ha hecho centrarme en ti y a saber cómo actuar frente a diversas situaciones."

A partir de ese momento empezamos con las alegrías propias que surgen al contárselo a familiares y amigos. Yo me olvidé de todo, ya no estaba enfermo, de repente. Sí que es cierto que volví con la medicación pues en cierto modo me estaba jugando la vida y ahora no sólo tenía que vivir por mi mujer, tendría que hacerlo también por quién venía. No creas que todo fue plácido. Y no, no me refiero al embarazo, que como todos tuvo sus más y sus menos pero en general fue genial. Te hablo del miedo. El miedo a que algo tan bonito que nos había pasado pudiera acabar mal en algún momento. Supongo que todas las parejas pueden tener ese miedo. Y no me creo con derecho a tenerlo por encima de nadie, pero entiende que sea lógico que cada paso que dábamos, a cada médico que visitábamos y cada mes que pasaba ese miedo crecía. Quería abrazar por encima de todo a esa personita que tenía por seguro me llenaría de vida.

Y llegó julio de 2014, LA FECHA.

Tras casi tres días en el hospital en los que vi a mi mujer pasar un auténtico infierno pues el niño no decidía venir de ninguna de las maneras, a las 21:14 del 21-7-14, tras una cesárea que se me hizo eterna, llegó Leo. Era rubio como un limón, con los ojos azules como el cielo y pesaba casi como cerdo en edad adulta. Pero qué guapo era el cabronazo. Pensé que lloraría la primera vez que lo vi, pensé que no sería capaz de tenerlo entre mis brazos, pero no, me quité la camiseta y lo acurruqué contra mí. No existía nada más en el universo. Solos él y yo. Y las ganas de ser de nuevo tres eran infinitas. Nos dejaron pasar con la mamá enseguida, ella lo tomó y vi en su rostro esa felicidad que no se puede describir con palabras. Entonces decidí lo que quería hacer en la vida. Mis planes cambiaron de pronto. Pasé de querer cuidarla a ella a querer hacerlo con ambos. No dejar que nunca les pasara nada. Estar siempre ahí, de un modo u otro. Ahora sé que lo haré.

Estos casi tres años han servido para que crezca como persona. Sé que siempre se dice, pero tenerte a mi lado me ha hecho centrarme en ti y a saber cómo actuar frente a diversas situaciones. Sabía que quería ser padre, pero nunca supe si sabría hacerlo o no. No sé si sabré responder esa pregunta algún día. Tampoco quiero que me la respondas tú, pequeño. Lo que sí sé es que me dejaré los poros de la piel en luchar cada día por tu madre y por ti, para que no os falte de nada. Y no me refiero sólo a lo material. Gracias por venir a mi vida.

Y tú, queridísimo lector, podrías contarme qué te ha parecido este texto. Puede que te haya gustado, puede que no, pero mi correo (BlasRuizGrau@hotmail.com) y mi twitter (@BlasRuizGrau) están abiertos para que me lo cuentes. Nos vemos pronto.

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