Primera parte
Cuando escuchamos que una madre ha terminado con la vida de sus hijos, no podemos sino hacernos la misma pregunta: ¿por qué? No nos entra en la cabeza que aquella que los llevó en su vientre durante nueve meses, que los amamantó, que los protegió del peligro, que los consoló en la tristeza y les curó las heridas del cuerpo y del corazón, pueda cometer crimen tan atroz. La tinta ha esculpido en miles de páginas lo terrible de este acto; ha indagado en sus causas, en sus formas, en el arrepentimiento o en la ausencia de él tras consumarlo. Pero, en mi caso, siempre ha errado.
Mi juventud está plagada de cadáveres: muertes que perpetré movida por un amor mal entendido, un amor que creí capaz de salvarme de una existencia triste y estéril. Nací en un lugar inhóspito, mecida por la tempestad de las aguas sombrías de un mar oscuro como la noche. Recuerdo mi tierra como una prisión, un espacio donde nada crecía salvo mi apatía. Era una tierra salvaje, dominada por bosques y fieras extrañas, donde la bruma de los ríos abundantes alimentaba la imaginación, fecundándola con historias de seres extraordinarios y gestas imposibles.
Pero en Palacio nada de aquello sucedía. Los días transcurrían entre los hilos del telar, las caminatas y un conjunto de enseñanzas oscuras. Ese era el sino de las mujeres de mi casa. Mi tía fue mi maestra. No permaneció mucho tiempo entre nosotros, pero sí el suficiente para enseñarme, a escondidas de mis padres —que aborrecían y temían aquellas artes—, los rudimentos básicos e instarme a continuar por mi cuenta. Así aprendí a observar el paso de las estaciones y los cambios que provocan, el baile de las estrellas, el camino de la luna y del sol, el movimiento de las aguas, el sonido de la tierra, el secreto oculto de las plantas y cómo su combinación podía alterar su naturaleza y convertirlas en algo benéfico o maléfico.
Entre la observación, la práctica clandestina y el telar, mi vida se volvió una rutina que se hizo insoportable al llegar a la pubertad.
Las noticias de tierras lejanas llegaban a mis oídos como el rocío en la mañana de un verano tórrido. Las esperaba; más aún, las ansiaba. Eran el único consuelo frente a la monotonía. Me imaginaba en aquellos lugares remotos, surcando el mar, viviendo aventuras y, cuando la edad lo permitiera, casada con alguno de aquellos héroes. Mi existencia se tornó cada vez más sombría: cada día más taciturna, más absorta en mis estudios, más huraña y triste. Me veía condenada a una vida sin emoción, casada tal vez con alguno de aquellos palurdos que jamás habían visto otra frontera que la que delimitaba nuestra tierra.
Comencé entonces a elevar plegarias a los dioses, suplicándoles que ocurriera algo que cambiara mi destino.
Lo que no sabía era que ya habían sido escuchadas, quizá mucho antes de que mis libaciones humedecieran sus altares; quizá desde el mismo instante en que el caos se ordenó en lo que llamamos universo. A unas jornadas de distancia, entre los brazos de otra mujer, se encontraba él, aguardando a que vientos propicios empujaran el navío que lo llevaría a cumplir su destino… o, mejor dicho, el nuestro.


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