Querido desconocido:
No puedo sincerarme con nadie: soy prisionera de mí misma y de mis decisiones. Sí, son las decisiones las que determinan nuestro destino, y ahora no estoy segura de haber actuado bien, pero no puedo dar marcha atrás. He arrasado con todo: con mi vida en la Cólquida, con mi familia, con mi reputación y con mi propia conciencia. ¿Y todo por qué? Por este amor que me consume.
Llegó como una tormenta inesperada. Se presentó ante mi padre, altivo, pidiendo que le entregara el vellocino de oro; nadie se había atrevido a tanto. Siguiendo las leyes divinas, mi padre lo hospedó. Cuando lo vi por primera vez, agazapada tras el trono, nuestras miradas se cruzaron casi en la oscuridad. En esos ojos, oscuros como turmalinas negras, vi el destello de una esperanza. Me aferré a ella como quien se aferra a la vida minutos antes de la muerte. Quería salir a toda costa de aquel lugar al que llamé hogar durante tantos años, y en mi cabeza se instaló una idea: enamorarlo para que me sacara de allí.
La misma noche de su llegada se celebró un banquete. Me presenté envuelta en mis mejores galas, maquillada a la usanza oriental, resaltando mi mirada con el frío kohl. Cuando entré en la sala, me miró como si me reconociera, y un escalofrío recorrió mis pies. En la mesa, Jasón contaba a mi padre los pormenores de su viaje y la causa de su extraña petición, sin dejar de mirarme. Sentí como si una pluma acariciara mis entrañas. Me concentré en mi propósito: mirarlo con picardía, sonreírle de vez en cuando, hacer lo que las amantes de mi padre hacían.
Mi padre, sorprendentemente, aceptó que se llevara el vellocino de oro, pero le impuso unas pruebas. Lo escuché atentamente y algo se encendió en mi mente: debía ayudarlo, debía hacer que me amara, tenía que llevarme con él.
Fue fácil. Nada se salva de mis artes mágicas. La primera prueba consistía en uncir a los colcotauros y arar con ellos la tierra. Aquellos bueyes salvajes echaban llamaradas por la boca; yo sabía que eran imposibles de domar. Solo con mi ayuda podía salvar aquel obstáculo. Así que aquella misma noche me presenté en sus aposentos y lo tomé por sorpresa. Le expliqué mi plan: yo lo ayudaría a superar las pruebas de mi padre, pero él debía sacarme de allí, llevarme con él a donde fuera, pues a los ojos de todos sería una traidora y mi recompensa sería la muerte.
Las promesas superaron mis expectativas: añadió a la huida un matrimonio, y como una tonta caí en sus garras. Aquella noche perdí mi virginidad en manos de un ser que me traicionaría y que olvidaría todo lo que hice por él… pero entonces yo no lo sabía.
El día de las pruebas llegó, y yo estuve a su lado para aconsejarlo y ayudarlo. Primero le di una poción que aumentaba la fuerza de un hombre y unos ungüentos para hacerlo inmune al fuego. Con aquella fuerza sobrenatural pudo domar a los bueyes, ponerles el yugo y, casi sin esfuerzo, arar la tierra pactada.
La segunda prueba estaba encerrada en la primera: en los surcos debía plantar unos dientes de serpiente que mi padre le había entregado. Así lo hizo, con cautela, pues sabía por mí que de aquella extraña siembra nacerían esqueletos armados hasta los dientes, un ejército que acabaría con su vida. Cuando ya habían surgido la mayoría, arrojó una gran piedra entre ellos, provocando que se destruyeran entre sí. Imbuido de un valor sobrenatural, acabó con los que sobrevivieron.
Ufano, y sin desvelar la verdad sobre sus hazañas, se presentó ante mi padre para exigir lo acordado: el vellocino. Mi padre se negó a cumplir su parte del trato y lo expulsó del país de malas maneras. Pero Jasón no podía renunciar a su sueño de gobernar Yolco, y yo no podía olvidar el mío de escapar de aquella tierra. La solución fue simple: robar el vellocino.
Lo acompañé hasta el páramo, donde una serpiente lo custodiaba. Ejercía un influjo hipnótico sobre quien la miraba. Con unas hierbas mágicas la dormí. Robamos el vellocino y partimos rumbo a la libertad: yo, traidora a mi patria y a mi familia, apátrida para siempre, sabiendo que si volvía me esperaba la muerte.
Y ahí ejecuté mi primer crimen, cometido por amor. A esas alturas yo ya estaba rendida a sus promesas, al hombre. Mi hermano Apsirto nos siguió con una flota y nos dio alcance. Quería el vellocino… y mi vida. Jasón se la ofreció a cambio del botín. Ahí debí darme cuenta, pero el amor cubre nuestros ojos con la seda de la ilusión.
Tramé un plan: cuando vino a por mí, lo maté. Sí, fueron mis manos, hoy cubiertas de crimen, las que asesinaron con el filo de la espada a mi propio hermano. Huimos, perseguidos esta vez por mi padre, que ya rozaba la popa. Entonces tomé una decisión aún más terrible: descuarticé a quien había compartido el lecho materno y arrojé sus restos al mar para que mi padre los viera y supiera que era su hijo. Así logramos escapar.
Ahora, aquí en Corinto, alejada del pasado, intento expiar mis crímenes. Sé que no tengo patria ni familia, más allá de mi marido y del hijo que crece en mis entrañas. Me doy cuenta del dolor que he provocado, pero todo lo hice por aquel que es invencible: el amor.
Y por mis ansias de libertad, hoy vivo encadenada a este hombre. Ha cumplido sus promesas y se siente feliz por este regalo de la naturaleza. Yo solo pido a los dioses que tengan misericordia de mí… y a ti, que me lees, que entiendas que no fue la maldad lo que me llevó a todo esto, sino el amor.


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