Antes de diseccionar Roofman: Un ladrón en el tejado, una consideración. Tanto la película protagonizada por el casi siempre infravalorado Channing Tatum como otro estreno de enorme éxito de estas semanas, Five Nights at Freddy’s 2, canalizan el mundo de las franquicias de finales del XX y primeros del XXI con un diabólico sentido de la nostalgia. Si en el (fallido) film de terror adolescente de Universal las mascotas animatrónicas de una cadena de pizzerías sembraban el terror como receptores de almas de sus consumidores, en Roofman el ladrón Jeffrey Manchester interpretado por Tatum se deja caer por los tejados de los McDonalds, así como los extintos Blockbusters y Toys “R” Us de una típica Smallville estadounidense en época de crisis económica, para tratar de suplir las carencias de ese American Way degradado que nunca acabó de llegar para generaciones enteras.
No es tampoco un tema baladí a la hora de comentar Roofman, basada en la historia real de un preso huido de la cárcel por atracar más de 60 McDonalds que, tras escapar de prisión, vivió en una juguetería de la citada franquicia durante meses. La historia es real, pero la mirada es la de Derek Cianfrance, director de obras de insobornable romanticismo como Blue Valentine y la extraña Cruce de caminos, y uno de los pocos de practicar un cierto tipo de cine comercial americano extinto como solo un coetáneo como Steven Soderbergh podría entender.
La película, con Tatum divirtiéndose en solitario en los pasillos de un comercio durante gran parte del metraje, admite no pocas analogías con la igualmente infravalorada La terminal, de Steven Spielberg, estrenada en 2004 (de manera nada casual, el mismo año en el que se ambienta Roofman, y por eso mismo dos relatos de crisis de identidad en tiempos de crisis económica en EEUU). Que este escenario capitalista y corporativo, un cuarto de siglo después, se nos antoje como pequeño comercio en tiempos de grandes tecnológicas comiéndose grandes superficies como un Toys “R” Us, no hace sino reforzar el mensaje de una película que es mucho más que la suma de sus partes.
Porque cuando Cianfrance dirige sus miras hacia el romance entre Tatum y una cotidiana y fascinante Kirsten Dunst, el film no pierde enteros sino que los gana. El sentimiento vertido por el director en esta triste historia de amor, la innegable química física entre ambos actores y el inteligente pero también idiota devenir de los acontecimientos causados por Manchester, un criminal que también es buena persona, elevan Roofman hacia un territorio inclasificable, un tipo de cine que EEUU facturaba con relativa comodidad hace 20 años pero que cada vez asoma menos la cabeza por las carteleras.
Divertida y dulce, pero también tremendamente triste, en ningún momento cursi pero con una malicia que se compagina con lo romántico, Roofman es una de las buenas películas norteamericanas de 2025. Quizá algo pasada de duración, defecto común en el entretenimiento actual, este film sobre el glamour de la clase obrera a pesar de los pesares sabe jugar con una premisa estúpida y hacer de ella un baño de realidad. Uno que, por cierto, no excluye del todo la fantasía, por mucho que ese gran sueño americano se les escape a todos los implicados.



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