Tuve a bien ser valiente y releí Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Lo hice después de leer Los nuevos Bartleby: Crónica de un cansancio colectivo, de Daniel Gascón, que ha sido publicado en la joven editorial Rosamerón. En realidad, ambas rimas, se incluyen en un mismo volumen, siendo la traducción de la obra de Bartleby, de Francisco M. Soria. Esta clase de ediciones son todo un acierto porque el lector puede interpretarlas de diferentes modos. Por ejemplo, como un prólogo interpretativo y bastante libre del opúsculo que es Bartleby. Por otro, y así la he considerado yo, como una glosa extensa, libérrima y brillante, de carácter ensayístico, de la obra de Melville. También, incluso, alguien podría interpretarla como un pretexto que sobre el texto de Melville ha hecho Gascón para escribir sobre literatura, compromiso de los jóvenes, filosofía, sociología, putrefacción social e incluso de política, pero sobre todo, para escribir sobre el cansancio que acusamos hoy como sociedad y la demostración de que vivimos no solo aturdidos, sino zombificados en una sociedad que está trazada sobre unas coordenadas que preferiríamos que no existieran.
De un modo u otro, Gascón nos aboca en este texto a que reflexionemos sobre la sociedad que hemos configurado y que disfrutamos mientras chapoteamos en el hastío existencial y la decadencia que hemos normalizado y que magníficamente ha retratado Michel Houellebecq.
Gascón escribe ciento veintidós páginas que son ciento veintidós razones que refutan lo que ya ha defendido Cory Doctorow en su obra Mierdificación. En un reciente reportaje sobre este autor, este afirmaba que nosotros, sin regulación, comeríamos carne con heces de rata y lo mismo está ocurriendo con la tecnología. Y así sucede y así se nos cuenta. Eso sí, hay que advertir que el verbo comeríamos es un condicional y que impide, realmente, que estemos comiendo literalmente carne con heces de rata; pero no sucede lo mismo con la perífrasis “está ocurriendo”, que revela en qué estadio nos encontramos en nuestra relación enmierdada con la tecnología.
El resultado es que Daniel Gascón nos aconseja, después de provocar que nuestro pensamiento se fije en la estela que va dejando el protagonista de Bartleby, el escribiente, desde que aparece en las primeras páginas de la obra hasta su final —qué final—, a volver a los años anteriores a 2010, que suponían un tiempo donde comprábamos libros, música y películas en físico. Porque lo que consigue este opúsculo de Melville, después de leer la primera parte de Los nuevos Bartleby, es actuar como si se tratase de una vacuna cuya efectividad y consistencia residiría en hacer carne de nuestra carne ese preferiría no hacerlo. Preferiría, por poner otro ejemplo, no seguir alimentando los intereses comerciales de quienes nos han conducido a considerar el mundo entero, así lo afirma Barbara Mingo, como si fuese una tienda, donde todo se vende y todo se compra. El narrador de Bartleby, y vaya que es brillantísimo el narrador de Bartleby, nos recuerda que, como ocurre a menudo, el roce constante con mentes mezquinas termina por desgastar las mejores resoluciones incluso de los más generosos. Por eso, quizá, haya que considerar nuestras decisiones y nuestro comportamiento para regresar a la consistencia de lo que escribía Bartleby, teniendo en cuenta, como nos recordaba Chejfec en Últimas noticias de la escritura, que en lo físico, y en su caso era lo manuscrito, era garantía de verdad.
Al final, el lector que relea Bartleby después de Los nuevos Bartleby no solo ejercitará su músculo literario, sino que sopesará considerar su lectura como una verdadera vacuna contra la zombificación que le rodea. Leer ambos textos me ha recordado a que todavía podemos practicar cierta disidencia humilde y peligrosa: la de quien, con voz baja pero inquebrantable, se atreve, constantemente a decir preferiría no hacerlo, prefería no hacerlo, preferiría no hacerlo.
Todo en este mundo se ha convertido en mercancía o en pantalla que mediatiza, por lo que volver a lo físico, a lo manuscrito, por ejemplo, a la lentitud deliberada, empieza a no ser considerado una actitud nostálgica, sino una obligada ducha que nos limpiará de tanta mierda y que nos ayudará a resistir para seguir siendo ciudadanos inteligentes que luchan contra una rara maquinaria que nos está invitando a desaparecer: yo, preferiría no hacerlo.
—————————————
Autor: Daniel Gascón. Título: Los nuevos Bartleby: Crónica de un cansancio colectivo. Traducción: Francisco M. Soria. Editorial: Rosamerón. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: