Bataraz, del araucano: gallo de plumaje jaspeado, salpicado de blanco y negro. En el Cono Sur, gallo de riña por antonomasia. Conviene saberlo antes de entrar, porque en esta obra el gallo no es metáfora ni mascota: es un instrumento de tortura con cresta.
Lo vi en febrero en La Inaudita, quinta y última parada de una microgira que pasó por cinco salas en toda España. Antes de que entrara el público, Camacho ya estaba en el suelo del escenario, con el saco en la cabeza, en una postura que ningún cuerpo aguanta de buena gana, para levantarse en el primer parlamento verdaderamente entumecido. No es una anécdota de camerino: es la diferencia entre representar el encierro y traerlo puesto.
Lo primero que me llegó fue el olor. Un olor que no estaba, claro, porque en la sala olía a libro viejo y a vino, pero que se me subió igual desde una noche de calabozo que pasé por tonto con diecisiete años, de las que se cuentan, o no, en la barra con más gracia de la que tuvieron. Orín rancio, cemento sudado, un frío que viene de dentro, del miedo. El que haya dormido una noche encerrado sabe que ese olor no se lava: se archiva.
El preso lleva meses hablando solo cuando le meten al gallo en la celda. Le pone Tito. Le habla, le riñe, comparte con él la media ración, le explica el barrio de su infancia —el gallego que sembraba en cualquier palmo de tierra baldía, el negro que empujaba una carretilla a la que llamaba el Chevrolet, el carnaval de febrero—, le cuenta que con los de las celdas contiguas ha reinventado el morse a golpes en la cañería, porque hablar a ciegas y a martillazos sigue siendo hablar. La alternativa, que también aparece y que Rosencof no se ahorra confesar, es hablarle a una alpargata.
Y entretanto pasa lo otro. El simulacro de fusilamiento en mitad del campo, la fosa, la orden de apuntar, y luego la lluvia que no era lluvia sino seis soldados orinándole encima, y el coronel que llega, pregunta si está bien y, ante el silencio, se suma al riego como quien mea contra un árbol. Camacho lo cuenta sin subrayarlo y sin pedir permiso. La sala aquella noche respiraba la nausea.
Al gallo se lo llevan de vez en cuando y vuelve maltrecho. Tarda uno en entender —el preso tarda, nosotros tardamos— para qué lo metieron ahí: no por compañía, sino para quebrar al preso. Un bataraz de riña criado a base de palizas, con el encierro de un hombre por gimnasio. Ahí está la vuelta de tuerca, y es de las que dejan clavado: cuando el gallo empieza a ganar, el que se ha vuelto invencible es el preso. Se afila con él, se le funden los instintos, aprende de un animal lo que ningún interrogatorio pudo enseñarle. Lo dice el propio Rosencof: en este preso están todos los presos. Yo añadiría que en ese gallo estamos todos nosotros.
Al final liberan a Tito. Al hombre no. Y sin embargo el que sale de la sala con la sensación de haber estado preso es el que ha pagado la entrada.
La frase me sigue rondando medio año después: no van a sacarme la dignidad. Es lo que dice el protagonista cuando ya no le queda nada más que decir, y es lo que une una celda de Montevideo de una celda del Helicoide, de Lefortovo, de un túnel de Gaza o de cualquiera de las que ustedes puedan ir sumando sin que yo se las deletree. La geografía cambia, la sintaxis del preso libre no.
Uno sale del teatro y se encuentra la calle llena de gente suelta, con el móvil en la mano, cautiva de rejas más blandas y mejor diseñadas, que no huelen a orín y por eso mismo no se ven. Mientras los presupuestos de cultura de este país siguen engordando ferias, pantallas y saraos institucionales, hay un uruguayo de noventa y tres años cuya única obra pendiente es que no se olvide lo que le hicieron, y un actor que se tira al suelo con un saco en la cabeza media hora antes de cada función para que ustedes lo entiendan sin que nadie se lo explique. El que pueda programarlo, que lo programe. El que pueda leerlo, que lo lea.
Y el que tenga la suerte de no saber a qué huele un calabozo, que la conserve.



Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: