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Primeras páginas de El dios de nuestro siglo, de Lorenzo Luengo

Primeras páginas de El dios de nuestro siglo, de Lorenzo Luengo

Daniella Mendes, una joven detective, investiga la desaparición de tres niños en una ciudad de clase alta estadounidense, donde las familias viven de espaldas a las tensiones raciales que comienzan a socavar las poblaciones periféricas. Entre largas noches de insomnio, sufriendo los rigores de su inoportuno embarazo y de la peor ola de calor del siglo, Daniella indaga en el entorno más cercano de los tres pequeños en busca de pistas que la lleven a resolver el caso, sin sospechar lo que se esconde bajo una superficie de aparente normalidad.

El dios de nuestro siglo es la mentira, que protege nuestra identidad, sostiene la vida en común y da cuerpo a un thriller psicológico que refleja el lado más oscuro de la sociedad actual, una original novela policial que desmonta los principios morales sobre los que se asienta la vida de una comunidad que se descubre incapaz de proteger a aquellos que en teoría encarnan la pureza y el bien.

A continuación, puedes leer las primeras páginas de El dios de nuestro siglo, de Lorenzo Luengo.

 

Las noches no se portan nada bien con los vivos. Eso es lo primero que aprendes cuando alguien te cuelga una placa del cuello y te dice que ya puedes salir a patear la calle. Las noches —a menudo lo veo— dejan cuerpos desconocidos en la orilla del día, como cadáveres devueltos por la marea. Aparecen en maleteros de coches, en parques solitarios, en contenedores de basura junto a bolsas ahítas, sombrías esculturas de carne embelesada tendidas como ofrendas a no sabes qué dioses, tendidas entre objetos que mides y descartas, el papel o el andrajo, la monda helicoidal, el condón ovillado en que hierven y bullen todos estos viscosos bosones de vida: el artístico assemblage de la muerte violenta. Aparecen vestidos y aparecen desnudos, agrupados a veces en inmensos retablos; y en posturas que revelan su lucha o su rendición a fuerzas inmortales parecen anunciar un mensaje, una advertencia, alguna verdad que perdura cuando el cuerpo ha sido ya expulsado de toda narrativa, y sientes que esa verdad penetra sigilosamente en los hombres y mujeres que los observan al pasar, todavía apegados a sus sueños, fugaces transeúntes que arden quedamente en los primeros sudores del alba. Te miran o no te miran, los muertos de las calles, con los ojos empañados por un astro tardío y la boca torcida en su escéptico mohín. Prestándose sin ganas, como si todo este asunto de la muerte no fuera con ellos, a la barroca atención de sus custodios habituales: los servicios mé- dicos, los forenses, los detectives de Homicidios. Y ahí yacen en su magnífica quietud, enmarcados en tiza, perimetrados por cintas amarillas. Escrupulosamente aislados de la vida que pasa. Bueno, para ellos ya pasó del todo, ¿no es cierto? Lo último que reciben ni siquiera lo notan, la humedad salina del amanecer. El viejo cian de todas las ma- ñanas, que para iluminar el mundo primero ha de remontar el artificio, nuestro ceremonial miedo a la noche, las frías corrientes luminosas donde están representadas cada una de las formas de combatir la oscuridad ideadas por el hombre: los pulsantes neones, la marquesina halógena, la farola junto al tenebroso escaparate, con su teatrillo fantasmal; y también, por supuesto, los azules y rojos de los coches de policía… que combate un tipo distinto de oscuridad. Quizá no sea la mejor manera de explicarlo, pero hasta nosotros lo decimos a menudo: la ciudad está viva. Lo decimos, nada menos, quienes nos encargamos a diario de tomarle el pulso, los que acudimos a retirar de sus arterias los trombos sin vida. Y, la verdad, creo que no exageramos. Existen lugares (aviones en pleno vuelo, las montañas de las afueras) desde donde la ciudad deja ver su antigua forma de neurona prensada, sus largos y elásticos senderos sinápticos que la comunican con otras muchas ciudades, inmersas todas ellas en sus delirios de asfalto y acero. A veces pequeños destellos tras las ventanas refieren sus sueños lúbricos, sus fantasías, su talento para la ternura. Pero los muertos no dejan de aparecer. Congestionan sus nodos, sus redes, sus dendritas, sus axiones. Y la ciudad los teme, los teme porque no puede digerirlos. Porque siguen allí como un recuerdo constante, como una idea fija o una pesadilla recurrente, una célula enferma. Y tiene razón, la ciudad, tiene razón al temerlos.

Las células de su demencia.

*

Me hice policía por un motivo: aquel día nadie quería ser otra cosa. Policía o bombero. O el general al mando de las armas tácticas y las bombas de racimo en Afganistán, Irak o Pakistán: cualquier sitio donde tuvieras a tiro al cabrón que nos había causado tamaña herida. Porque nos habían hecho un daño inconmensurable, y yo quería hacer un daño inconmensurable, y un bien inconmensurable. Porque el mundo ya no era el mismo lugar de un minuto atrás, un lugar de aturdido embeleso, estirado hasta el lí- mite de sus bordes de hastío tras quince años de historia sin mucho que hacer. Pero la historia volvió a ponerse en marcha, y su agarrotada maquinaria produjo un ruido siniestro: el del metal corrugado a novecientos kilómetros por hora, el de todas esas rugientes toneladas de cemento y asbesto, y también el de su nube armagedónica, royendo la ciudad. El del silbante viento, rasgado por los cuerpos al caer, y todos esos otros cuerpos lanzados a la mente colectiva, precipitados al mito, estallando entre centelleantes vidrios como si también ellos fueran cristal puro, la nube de rubí que todos presenciamos. Cuando vi por televisión la caída de las torres, lo primero que pensé fue que nadie podía haber imaginado algo ni remotamente parecido a aquello. Luego, al cabo de un minuto de reflexión —con los libros abrazados contra el pecho, cuando ya debía encontrarme camino de la facultad—, comprendí que está- bamos asistiendo al fin del mundo, y que nadie iba a poder escribir una sola palabra después de aquello. De modo que dejé mis estudios de Literatura Creativa en el segundo curso y casi sin pensarlo me matriculé en Criminología. No fui la única en obrar así. El siglo xxi había sido un parto difícil, y el recién nacido era un verdadero monstruo. Pero, después de sus primeros coletazos, quise creer que aún cabía una posibilidad de convertirlo en algo mejor: una criatura fea, pongamos por caso, pero de buen corazón. Así que, al igual que muchos otros que vieron las imágenes de aquel horror por televisión, me hice policía. Por patriotismo, por cuidar de los míos, por un sentimiento de gratitud y justicia hacia los chicos de azul que perdieron la vida al intentar rescatar de las torres a los miles de infortunados que terminaron pereciendo en ellas. Por eso de «proteger y servir» que ponía en el lateral del coche patrulla. Sí, por todo eso me hice policía. Y luego me hice detective de Homicidios por otro motivo: resultó que era buena en mi trabajo.

El camino, sin embargo, no fue sencillo. Y no me refiero a la parte práctica, los dos años que pasé en la academia, macerándome en testosterona y que si el jabón de la ducha, que si lo que harás tú con esa porra o si para pistolón el mío, ni a los cuatro encadenando guardias en el distrito central, antes de ocupar el cargo de inspectora de Desapariciones y Secuestros en la sección criminal y dar desde ahí el salto al Departamento de Homicidios. Me refiero a mi familia, y en particular a mi padre. Como abogado de prestigio, con despacho propio en el hemisferio más caro de Los Ángeles y una única hija para mantener vivo su legado, jamás vio con buenos ojos mis pretensiones de ser escritora. ¿Por qué escritora? ¿Y escribir para qué? Bueno, ni yo misma lo sabía. Pero me gustaba esa clase de vida: mirar tras las ventanas los árboles esculpidos por el otoño, al pie de un bonito estanque o de un lago en calma, mientras a golpe de inspiración iba rellenando páginas y páginas de quién sabe qué. (Lo que más tarde, gracias a dos o tres casos sin nada que ver entre sí, descubrí que apenas se asemejaba a la vida de un escritor de verdad: una vida en sótanos y cuartos alquilados, entre facturas sin pagar, pastillas contra la desesperación y sudor nicotinado, y esas montañas de folios en blanco a los que mirar con ojos despavoridos, como a criaturas crueles. Como a enemigos.) Luego, cuando no tuvo más remedio que aceptarlo, empezó a pensar que tal vez no sería tan mala idea poner en negro sobre blanco la clase de historias que él tan bien conocía: historias de picapleitos metidos en follones con grandes empresas, de asuntos turbios en despachos de los que tienen su propio helipuerto en un rascacielos de Wall Street, de leguleyos sin escrúpulos y políticos corruptos, con su argumentario de delitos desbrozado por un astuto fiscal en el estrado. Al final, la posibilidad de tener una Jane Grisham en casa hasta pareció entusiasmarle: y él podría asesorarme con su larga experiencia, con su conocimiento del terreno y todo eso. Pero cuando decidí abandonar también aquello y hacerme nada menos que poli… hacerme, nada menos que poli… mi padre se lo tomó como una nueva traición. A la altura de lo que le costó aceptar que salía con chicos (durante mi último año en el instituto, ni siquiera pronto), que tomaba la píldora, o que los raptos de ansiedad y desánimo que sufría desde los doce años y él calificaba desdeñosamente como «llamadas de atención» eran en realidad la manera en que se iba construyendo un deseo de ponerme al filo de las cosas, por así decir, y saltar por la borda. Nada de lo que hacía estaba bien, y si algo parecía estar bien, yo misma encontraría la forma de hacer que fuera a peor. Nací, en resumidas cuentas, para decepcionarle: era mujer, tomaba mis propias decisiones, y para colmo estaba mal de la cabeza. Si en algo me parecía a mi padre —un irlandés hecho a sí mismo, pero del modo en que se hacen acantilados o montañas— era en que nuestra forma de vida se basaba en el carbono. Y poco más.

Nos hablábamos cada vez con menor frecuencia, y de no haber sido por mi madre, la verdad es que no nos hubiéramos hablado en absoluto. Siempre que mi madre me llamaba por teléfono para saber qué tal me iba se oía por ahí su voz —no la atronadora del abogado de éxito, sino la de un jubilado con manías—, y siempre para berrear lo mismo: «Pregúntale por sus muertos —decía—, pregúntale con cuántos muertos se ha visto este mes».

Y yo, tras un doble suspiro (el mío y el de mi madre), replicaba:

—Pocos muertos, mamá. Dile que pocos muertos.

*

Hay, sin embargo, habitantes mucho más siniestros de la consciencia urbana. Son los fantasmas. Los fantasmas de los no-muertos.

Miren a su alrededor y podrán verlos. Están en las puertas de las tiendas de barrio, en aeropuertos y paradas de tren, en los paneles informativos de los supermercados y en los cartones de leche, trivial pero eficazmente descritos: 1,60, 1,90, cabello negro o rubio, ojos verdes o camisa a cuadros, con un vago recuerdo a sus medicaciones, sus diversas cicatrices, su constelación de marcas de nacimiento. A veces, no lo niego, volvemos la cabeza y fingimos no haberlos visto. Hasta los polis lo hacemos, y probablemente nosotros con mayor razón que nadie. Porque sabemos qué hacen ahí, y qué pretenden al llamarnos. Porque nos sentimos responsables de su angustia, culpables de que sigan intentando hacerse oír desde el bosque oscuro en el que se encuentran. Y encogemos los hombros y pasamos de largo por un buen motivo: ellos, quienesquiera que sean, ya no son de aquí. No son de ningún lugar que conozcamos. Pertenecen a una región en la que ninguno de nosotros queremos adentrarnos: un agujero negro del mundo ordinario, donde toda partícula de materia (hasta la propia luz) es torturada. Puede ser un sótano de una casa en las afueras, o un refugio contra huracanes arteramente convertido en mazmorra. Y allí, con laboriosos métodos y extraños instrumentos, forjados en retorcidas cavernas de la psique, uno de esos tipos de habla suave y brazos sin vello, de los que asesinan con regularidad y sueñan con herramientas no inventadas que trituran la carne a expensas de un desconocido dolor, y cuya pesadilla es el recuerdo de la ternura y el amor humano (con su horrendo despertar al borde de las lágrimas), habrá procedido a su deshumanización. Habrá quitado esto y luego lo otro, primero el habla, luego la visión de las cosas corrientes y por último hasta el propio corazón. Y lo que alguna vez encontramos, si es que con un poco de suerte volvemos a encontrarlo, ya no es un hombre, ni una mujer, ni tampoco es un niño… sino algo ajeno, disecado, desconectado. Una especie de muerto en vida, con la mirada a diez palmos de ansiedad y espanto de nuestra antigua forma de amar y conmovernos, nuestra vieja y obsoleta experiencia cotidiana.

Sí, la gente desaparece. Pero a veces no existe un porqué. Lo hay para algunos, los pocos, los desaparecidos voluntarios, los que ya vivían de antemano en un agujero negro y buscaban denodadamente ocupar algún pequeño ámbito de luz; y me pregunto si muchos de ellos no dejaron caer los brazos un buen día para que el agujero negro los devorase para siempre. Pero a veces la gente desaparece, y no hay ningún motivo. Algo se cruzó en su vida y ellos, sencillamente, desaparecieron, sin más.

¿Dónde están? ¿Qué ha sido de ellos?

La ciudad está viva. La ciudad los retiene en alguna parte. Pero nunca dice dónde.

***

Se diría que sólo hablo de muertos. ¿Pero qué puedo hacer? Soy detective de Homicidios.

Cosas como futuro, cosas como virtud o como anhelo, cosas con las que no te atreves ni a soñar, cuando tienes un trabajo como el mío. Porque la muerte es un camino de ida. Pero para quienes tratamos a diario con sus obras a veces no está mal un poco de esperanza.

La noche del 22 mi turno comenzó con el anuncio de una desaparición: Dave, el hijo de los Mulkern, parecía «haberse esfumado —cito las palabras exactas del detective Lubbock— entre sus propias sábanas». Se había metido en la cama «después de todo un día martilleando latas, montando un cohete en el jardín de un vecino», y una hora después ya no estaba en ella. Once de la noche. Vientos caliginosos, sensación térmica de treinta grados, a una hora escasa de la lenta madrugada. Pregunté a Lubbock si el caso ya había sido asignado y recibí un cauto afirmativo, y luego fui informada del cuándo y a quién. «Puedo vivir con ello», dije, mirando no exactamente a Lubbock sino más allá de Lubbock. «O puede que no», añadí. Lubbock sólo tuvo tiempo de musitar Daniella y rebañar el aire en un vano intento de atrapar mi brazo, mientras yo me precipitaba pasillo adelante y le decía Quédate atrás, o No te metas en esto o algo parecido. El resto ya lo sabes, capitán. Fui directamente a tu oficina —taconeando con ganas, se podría decir—, abrí la puerta sin llamar, me senté en la única silla libre a pesar de ver ante mí la mano alzada del permiso denegado, y estirando las piernas debajo de la mesa, con las palmas prensadas y sudadas bajo los muslos, dije claramente lo que opinaba.

Dije:

Coover va a cagarla.

Sin levantar la vista de lo que tuvieras entre manos, me pediste que volviera a mi mesa y dijiste que no, que Coover no la iba a cagar.

Yo te dije Oh, sí. Coover la va a cagar. Y tú la vas a cagar con él.

Otra vez.

Me quedé mirándote un buen rato, mientras tú seguías revolviendo en tus papeles como haciendo alarde de lo ocupado que estabas. Después me levanté, abrí la puerta, y con la edulcorada entonación del buen juicio y del sentido común, la voz de la mujer que intuye sabiamente más de lo que un hombre puede ver, dije que Coover ya la había cagado antes, y que era cuestión de tiempo que la volviese a cagar.

Y esta vez, capitán, puede arrastrarte con él.

Y lo volví a decir:

Puede arrastrarte con él.

Bueno, ni así dijiste más. Seguiste con la cabeza metida en tus asuntos como si contigo no fuera la cosa, como quien escucha las protestas de una tía que no quiere quedarse simplemente en un polvo de una noche. Entonces me marché.

¿Y sabes qué, capitán? Mientras me alejaba, pude ver que habías levantado la vista de tus papeles. Que me observabas detenidamente. Y estoy segura de que esta vez no era para mirarme el culo, capitán Cesana.

*

Para terminar —es un decir— conmigo.

Escribo esto a las tres de la madrugada del 24 de julio, a veintidós grados centígrados, con la ciudad desmantelándose por todas esas millas de actividad y ruido que habíamos conseguido ganarle al desierto. Porque una generación entera se ha quedado sin futuro, y los perfiles conocidos (grúas gigantes, chimeneas gigantes, hangares y fábricas) están desapareciendo poco a poco. También escribo mientras la televisión informa de nuevas algaradas en el centro urbano, en general provocadas por negros y mexicanos. No, doctora Werneck, no es racismo: es lo que hay. Si fueran alemanes, o escandinavos, hablaría de alemanes y escandinavos. El capitán puede dar fe de que me llevo razonablemente bien con todo el espectro de colores humano. Mire, sin ir más lejos, mi apellido: Mendes, de soltera Kershaw, Downer por parte de madre. Otra cosa que mi padre no soportó de mí. Hubiera querido verme casada con un Pennoyer o un Baxendale de toda la vida y acabé con este tizón en nuestra raigambre irlandesa. Y eso que Keith no era ni siquiera hispano. Adoptó el apellido de su padrastro, que por lo visto se comportó mejor con él que el tal Goodbar que le otorgó sus genes.

No voy a decir que no lo comprenda.

Por lo demás, estos son los informes que leerán de mí. Nada de «visita a J. M. 09.00» o «contrastar con Dep. Prbs.». Decimos coloquialmente que «el diablo está en los detalles», y yo parto de la base de que trabajar como detective es luchar contra el Mal. Podría poner un millón de ejemplos de informes escritos aquí mismo, afanosamente compuestos tecla a tecla en un lenguaje aquejado de contracturas, abreviado, sólo un paso evolutivo por encima de los emoticonos, que yacen en el cajón de «no resueltos». ¿Y por qué están en el cajón de «no resueltos»?

Llámenme loca, pero siento que hay una relación entre las palabras y las cosas que va mucho más allá del mero hecho de nombrarlas. Siento que el Mal acecha detrás de las cosas cuyo nombre ignoramos. Siento que hemos puesto un nombre a las cosas no porque temamos vivir entre objetos perdidos por el uso sino porque aspiramos a habitar vastos confines de verdad y belleza. Siento que esta es la razón por la que tememos todo aquello que no se deja ser nombrado. No, señor, un buen detective no debería dejar nada a los diminutivos, a las frases abreviadas, a la contracción del lenguaje. No debería dejar ninguna escapatoria al diablo.

Y yo soy una buena detective.

Así que no esperen eso de mí.

No, señor, no lo haré.

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Autor: Lorenzo Luengo. Título: El dios de nuestro siglo. Editorial: Seix Barral. Venta: Amazon y Fnac