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Banderas en la niebla, de Javier Reverte

Banderas en la niebla

Diciembre de 1936. España arde en una encarnizada guerra y, en muchos lugares, se pelea pueblo por pueblo, casa por casa. Sin conocerse ni saber siquiera el uno del otro, dos hombres de orígenes muy distintos van a encontrarse en una misma suerte: un sangriento enfrentamiento en las sierras jienenses de Lopera, donde el destino unirá sus nombres para siempre.

José García Carranza, «El Algabeño», es un torero sevillano, mujeriego y falangista, que se une desde primera hora a los sublevados y participa de manera activa en la represión del pueblo andaluz al frente de los «caballistas» de ultraderecha. John Cornford, estudiante en la Universidad de Cambridge y bisnieto de Charles Darwin, es un joven poeta insuflado de espíritu romántico que, en pleno estalinismo, se convierte en uno de los primeros voluntarios en alistarse en las Brigadas Internacionales.

El dibujo de sus biografías, trazado por Javier Reverte, nos muestra dos de las caras de aquel épico conflicto bélico: la de una España tradicional hundida en un mundo de valores del pasado y la de unos jóvenes que, imbuidos de ideas revolucionarias, vinieron a luchar a España.

A continuación, puedes leer las primeras páginas de Banderas en la niebla, de Javier Reverte.

 

Madrid, un sábado de fines de agosto de 1925

Hay hombres que sienten atracción hacia la muerte quizá porque la entienden como parte de la naturaleza humana y, por ello, no son capaces de controlar sus vidas. Tal vez no sea otra la razón por la que acuden alegremente a la guerra, dispuestos a matar y a morir. Pero los jóvenes descubren demasiado tarde que las guerras las planean los viejos mientras son ellos, al fin, quienes mueren en los campos de batalla.

Desnudo, José se acoda fumando en la baranda de hierro del balcón que da a los jardines del palacio ducal, en las cercanías de la madrileña plaza de España. Sopla una brisa templada desde el oeste, desde más allá de los bosques de la Casa de Campo, un airecillo empapado del olor a la melancolía de la tierra, ese aroma carnívoro que despiertan las tormentas del revoltoso fin del verano. A sus espaldas, sobre la espaciosa cama iluminada tan sólo por la luz de una luna imperiosa, el hombro desnudo de la duquesa se dibuja con un brillo nacarino bajo el dosel, el resto de su cuerpo oculto y enredado con descuido entre las sábanas blancas. El hombre oye la voz, casi un susurro, que llega desde el dormitorio:

—José, ven.

—¿Qué prisa tienes? —responde.

Han hecho el amor durante un largo rato y ahora, cumplido el sexo, los pensamientos y las apetencias de José transitan lejanos a la sensualidad. De súbito, sin razón alguna que la provoque, se formula a sí mismo una pregunta extraña: ¿cuáles serían los motivos que impulsaron a Dios a inventar el Infierno y al Diablo a burlarse del Cielo? José, que es matador de toros y católico, cree en Dios, en el Diablo y en el Infierno. Y de pronto le deja perplejo pensar que mañana puede morir en la plaza empitonado por el cuerno de un animal salvaje, o salir del ruedo insultado por miles de personas que cuando menos le llamarán payaso, o despachar con brío y arte al animal y convertirse en el ídolo de una multitud enfebrecida. Un destino sin sentido el que aguarda a los toreros: o mártir, o pelele, o héroe. ¿Adónde iría él, caso de morir?, ¿al Cielo, al Infierno? De cualquier manera, como siempre, rodeado de sangre… Sangre, una palabra que ahora le suena vil.

Y se vuelve a decir a sí mismo: ¿qué es lo que empujó a Dios a crear a los seres humanos?

Y reflexiona: puesto que los hombres, y él entre ellos, aman a veces la cercanía de la muerte, tal vez Dios ama la muerte.

A menudo le acometen pensamientos de ese cariz en la víspera de las corridas, cuando trata de imaginar la noche antes la salida furiosa de toriles de los animales que le han tocado en suerte, a sabiendas de que alguno de ellos podrá acabar con su vida en un descuido, apuñalándole con una de sus astas.

Y la lidia de la tarde de mañana le propone un horizonte particularmente sembrado de peligros. No sólo por los toros, fieras reses de la divisa portuguesa de Palha (una de las ganaderías bravas consideradas entre las más peligrosas, responsable de la muerte de numerosos toreros a lo largo de la historia de la tauromaquia), sino por el carácter de los dos diestros que le acompañan en el cartel para confirmarle como torero de prestigio en la plaza de Madrid. Antes que grandes artistas, puede decirse que ambos espadas son, en realidad, hombres de un valor rayano en la temeridad. El sevillano Ignacio Sánchez Mejías esconde bajo sus trajes de luces un cuerpo zurcido por más de veinte heridas recibidas en la lidia. Su forma de banderillear y muletear, arrimado a tablas, mantiene el alma de los espectadores, allí en donde actúa, suspendida entre la admiración y el terror.

El otro, el mexicano Juan Silveti, es tan audaz al meterse en los terrenos del toro que su sobrenombre taurino, «el Tigre de Guanajuato», no resulta banal: más que torear, parece combatir con los astados como un felino enrabietado, como si fuera a morderlos. Y hay ocasiones en que los animales parecen temerle. Ha recibido más de treinta cornadas en su carrera y se dice que, en su tierra, se ha visto envuelto en «balaceras» a menudo y que lleva cuatro «plomos» alojados en el cuerpo, además de un par de puñaladas. En el mes de julio último, los periódicos contaron que, estando en la capital mexicana, bien borracho, interrumpió una representación teatral de Don Juan Tenorio, disparando al aire con dos pistolas y subiendo luego al escenario, de donde echó a patadas al actor principal mientras proclamaba a gritos que él era «el único macho» que se merecía doña Inés.

José sabe bien que los dos, Ignacio y Silveti, han logrado fama y prestigio sobre todo «por sus cojones», como se dice en buen español: porque ambos los tienen bien puestos y en su sitio. Y para esa tarde del día siguiente, en la plaza de Las Ventas, a José García Carranza, «el Algabeño hijo», no le cabe otro papel que situarse a la altura de sus dos audaces padrinos, en el festejo que habrá de confirmarle en Madrid con el alto honor de matador de toros bravos.

Ahora piensa en la muerte, el miedo, la cobardía y el Infierno. Todo tan alejado del sexo…

—¿No vienes, José? —repite la mujer.

—Ya voy, duquesa…, un minuto.

No se mueve, sin embargo. Disfruta al percibir el tardío aroma de las matas de jazmines y, más allá de la terraza, entre los arbustos y las arboledas del jardín, ha creído distinguir el paso de una sombra. Pero no se inquieta, a pesar de que los hombres le despiertan a menudo más temor que las bestias. Tal vez sea uno de los sirvientes del palacio o una doncella dada al chismorreo. Del duque no tiene por qué preocuparse: es sabido que consiente sus cuernos con una simulada indiferencia y que se ausenta a menudo de España para esquivar sonrojos.

José arroja al vacío lo que queda del cigarrillo y la brasa gira viva en el aire un par de segundos antes de desvanecerse en la oscuridad. Alza la vista y contempla la turba de estrellas que forman una corona alrededor de la luna, algo alejadas de ella, como si temieran aproximarse a su lívida calavera. Llegando desde la lejanía, quizá desde la iglesia de San Francisco el Grande, resuena el campaneo de las once de la noche, un repique que a José se le antoja como un toque de muertos.

—¿Qué pasa, José? —insiste ella. Se vuelve y gana en unos pasos el lecho. Al caminar, su cuerpo se cimbrea, flexible, como una vara de fresno joven. Con veintitrés años, es un mozo de pelo negro brillante, rostro con rasgos angulosos y barbilla dura, fornido y grácil al mismo tiempo, y dotado de un aura de resuelta masculinidad. La mujer alza la sábana cuando el hombre se tiende a su lado. Se aparta hacia su izquierda, hace hueco a José y deja caer la tela sobre los dos cuerpos. Es una muchacha de largos miembros, busto alto y carne morena; no muy hermosa, pero sí sensual. Y en la cama se remueve como una olorosa planta carnívora.

—¿Quieres más batalla, duquesa? —dice él—.Me he quedado sin pólvora.

—¿No presumes en los cafés de Sevilla de buen lidiador de hembras?

—Con los toros gano casi siempre; con las mujeres como tú, casi nunca.

—¿Y eso se lo cuentas a tus amigos fanfarrones?

—En Sevilla, casi todos los hombres tememos la verdad.

—No imaginaba que un sevillano pudiera pensar eso, José…

—No te envanezcas; pero sólo te lo reconozco a ti, duquesa.

—Me gusta más que me llames Momó.

—¿Quién te lo puso?

—Me lo han dicho desde niña. —Se arrima a él—. Quiero tus caricias, José.

—¿Por qué las aristócratas sois tan descaradas? Cualquier gitana de La Algaba, mi pueblo, es más pudorosa que tú —señala el torero mientras pasea la mano por su cintura desnuda.

Ella ríe.

—No es eso…, ya te explicaré. Pero ¿dónde queda tu renombre de gallardo caballista?

—Mañana toreo…, te repito.

Ella se separa, alza el cuerpo levemente y le mira burlona:

—A pie, claro…; no a caballo.

Luego añade, sonriendo, dulzona:

—¿Te preocupa tanto la corrida como para olvidar que sólo nos cubre una sábana?

—Demonio de hembra… En la plaza de Madrid nos jugamos mucho los toreros. Madrid te da y te quita todo. Puedes ganar la gloria y el dinero. O perder el valor, la vergüenza, el honor…, incluso la vida. Debo descansar.

Ella se aparta un poco:

—Estaré en mi palco para verte.

—¿Quieres que te brinde la muerte de un toro? Si te agrada la idea, incluso me dejaría coger por el morlaco para ganarte el corazón.

—Bravatas… Y olvida mi corazón, que no voy a dártelo. Y no me brindes ningún toro: la gente murmura, ya sabes.

—Eso pasa en Sevilla; aquí estamos muy lejos.

—Hay rumores que corren más rápido que la pólvora encendida. De Madrid llegan a Sevilla como un fogonazo.

—¿Y qué más te da que haya habladurías?

—Las cosas suceden; pero no está bien que vayan de lengua en lengua. Mi marido…

—A tu marido le importa un bledo con quién te acuestas. Se dice que es un maricón camuflado.

—No quiere que se hagan comentarios sobre él, eso no le gusta a nadie. Y maricón no es…, es otra cosa.

—Entonces, un pishafría. La mujer se inclina hacia el hombre y deja un beso en su comisura izquierda.

—Ni se te ocurra brindarme un toro. O mejor: hazlo mentalmente.

—Si así lo quieres…, prometido queda.

—¿Vendrás a verme después de la corrida? Tengo que contarte algo.

—No puedo: he invitado a cenar a mis compañeros de terna. Iremos a un tablao y no sé cómo terminará la noche. Eso…, eso si no nos coge el toro a uno de los tres y a los otros dos nos toca ir de velatorio. Los Palha son unos animales terribles: ágiles, listos, una cornamenta ancha y abierta que parece cubrir toda la plaza como la capa de Satanás… Dímelo ahora.

—Y si hay velatorio, ¿no dejarías un rato a un cadáver frío por venir con una mujer viva y caliente?

—Hay normas que no deben burlarse.

—Rezaré por ti, José.

—¿Escucha Dios a las pecadoras?

—Cuando eres noble y rico, Dios nunca duda en acudir en tu ayuda. La vida es un toma y daca. Yo no soy pecadora: Dios me consiente todo, haga lo que haga…, si es con gusto. Tú no lo entiendes…

—Ten cuidao, duquesa, que Dios también inventó el Infierno. En eso pensaba ahí afuera, mientras fumaba. Y esa idea no me deja tranquilo.

—Al Infierno sólo van los tontos. Intenta aprender, que aún eres joven. La salvación del alma es un negocio.

—Todo lo que tiene que saber un hombre yo ya lo sé, duquesa. Y en cuanto a los asuntos de Dios, no veo que tengan que ver con los negocios: los orígenes de mi familia son pobres…

—¿Y eso qué importa? Somos dos animales en una misma cama. ¿Nunca has pensado cuál es la razón por la que atraes a las mujeres?

—Explícame por qué te gusto a ti.

—A lo mejor por bravucón.

—¿Quieres ofenderme? Creo haber hecho una buena faena contigo, duquesa.

—Remátala entonces, Algabeño…, porque aún quedan brasas en la hoguera.

—Calla y duerme. El que va a rematarme es un toro de Palha si sigues dando guerra.

—Al menos acaríciame, anda.

 

Ella por fin dormía. Y José, tendido sobre su costado derecho, miraba hacia el balcón, hacia el cielo por donde trepaba la luna, con el sosegado caminar de quien se sabe dueña de la noche, mientras que, a su paso, las asustadas estrellas iban diluyendo sus luces.

José García Carranza, el Algabeño hijo, pensaba otra vez en la sangre y en la muerte, y en los dos Palha que le iban a tocar en el sorteo en apenas unas pocas horas. Siempre sentía miedo el momento antes de salir al ruedo y, a veces, también al término de la corrida. Pero nunca al enfrentarse a la bestia que debía matar.

Porque matar para él era un oficio y sabía cumplirlo con certeza. Lo había aprendido de su padre, el Algabeño, que nació pobre y se abrió camino en la existencia ejecutando toros. No hubo en su tiempo otro estoqueador como él.

Reflexionaba también en la gloria posible y recordaba los años dejados atrás. Y le deprimía levemente la sensación de que había corrido demasiado aprisa en ese tiempo y que su vida gozaba de una plenitud capaz de embotar sus sentidos. ¿Era joven? No tanto como decían quienes esperaban verle muy pronto devorado por el éxito. ¿Y era viejo su corazón? Menos de lo que otros desearían.

Ahora estaba tendido al lado de una hermosa mujer, joven, de piel tersa y perfumada, la más importante aristócrata de España, casi una reina. Y esa misma tarde, en la plaza de Las Ventas, acudiría a ver la corrida el presidente del Directorio Militar, el dictador don Miguel Primo de Rivera, acompañado del embajador de México, que no se perdía una tarde de toros en la que actuara su paisano el Tigre de Guanajuato. Así pues, era un festejo de altura en el que sólo faltaría el rey, de quien se decía que no andaba a bien con don Miguel, por mucho que el general no cesara de proclamar su lealtad inamovible a la Corona.

José volvió a levantarse, sin hacer ruido, y regresó al balcón. Y encendió otro cigarrillo mirando la noche. No hacía frío, tan sólo soplaba una leve brisa ajardinada. Cerró los ojos y se vio a sí mismo alumbrado por la luz de su memoria, corriendo por las anchuras desnudas del campo sevillano, persiguiendo a un becerro con una muleta en la mano, tratando de provocar una embestida que el animal le hurtaba. Y alcanzó a vislumbrar el rostro severo de su padre y a escuchar la voz que le decía:

—José, tú no serás torero.

—¿Y por qué, si no deseo otra cosa?

—Porque yo me enfrenté a los toros para que tú estudiaras y fueras alguien.

—¿Y no es nadie un torero, padre?

—Un torero es sólo una persona que mata o muere. Y que cree no necesitar de los otros.

—A mí no me hacen falta los demás.

—Eso sólo pueden decirlo las bestias o Dios. Y tú eres sólo un hombre, algo muy noble y frágil al mismo tiempo. Tendrías que haber terminado tus estudios de Derecho, sólo con eso me hubieras dado una alegría.

—Pues ya ves, padre: salí torcido.

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Autor: Javier Reverte. Título: Banderas en la niebla. Editorial: Plaza y Janes. Venta: Amazon, Fnac

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