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Primeras páginas de Hijos de la Stasi, de David Young

Primeras páginas de Hijos de la Stasi, de David Young

David Young, ganador del CWA Historical Dagger Award 2016, el más prestigioso premio para novela policiaca histórica del ámbito anglosajón, ha conseguido con Hijos de la Stasi ser el libro del mes por la sección de novela negra del TimesUna original, trepidante y sorprendente novela policiaca ambientada en Berlín Oriental en plena Guerra Fría, en la que se analizan las dificultades del procedimiento policial de una de las policías políticas más peligrosas de todos los tiempos: La Stasi.

Sinopsis de Hijos de la Stasi

Berlín oriental, 1975.

Cuando la detective Oberleutnant Karin Müller es llamada para investigar la muerte de una adolescente al pie del Muro, al ver el cuerpo comprende que no se trata de una muerte más: la chica huía, sí, pero de la parte occidental.
Müller pertenece a la Policía del Pueblo, cuyos poderes están de facto limitados por la todopoderosa Stasi. Por una lado le piden que descubra la identidad de la chica, pero le aseguran que el caso está cerrado y la animan encarecidamente a que se abstenga de hacer ninguna pregunta. Las pruebas no cuadran, y Müller enseguida se da cuenta de que el escenario del crimen es un montaje. Pero las mentes curiosas no tienen buena prensa en regímenes como el de la República Democrática Alemana, y Müller no se da cuenta de que la pista que está siguiendo la llevará por un sendero lleno de peligros que afectarán a su vida personal…
Con reminiscencias de las obras de Tom Rob Smith y Philip Kerr y la película La vida de los otros, Hijos de la Stasi es una historia absorbente y excelentemente trabada, llena a rebosar de intriga, infidelidades y traiciones.
A continuación, puedes leer las primeras páginas de Hijos de la Stasi, de David Young.
1

Febrero de 1975.
Primer día. Prenzlauer Berg, Berlín Oriental

El timbre inmisericorde de un teléfono sacó a la Oberleutnant Karin Müller de su sueño. Extendió la mano por su lado de la cama para cogerlo, pero los dedos abrazaron el vacío. Notó entonces que le dolía la cabeza como si se la estuvieran batiendo a martillazos. El teléfono no paraba de sonar; y cuando levantó la cabeza de la almohada, la habitación le daba vueltas, le sabía la boca a hiel, y el bulto que había a su lado debajo de las sábanas sacó una mano para coger el auricular por el otro lado de la cama.—¡Tilsner! —dijo su ayudante, Unterleutnant Werner Tilsner, cuya voz resonó como un aullido en los oídos de la inspectora cuando volvió a bramar, volcado sobre el aparato—: Scheisse! Y ¿qué narices hace ese ahí?

La Oberleutnant iba poco a poco acostumbrándose a su entorno; y en ese proceso, la voz de Tilsner al teléfono no era más que un ruido de fondo. Alguien había cambiado la posición de los objetos en el apartamento: la cama de matrimonio en la que se encontraba era distinta; y la ropa de cama no era ni por asomo la que cubría el lecho conyugal que compartía con Gottfried, su marido. Todo tenía un aspecto más… más caro y lujoso. Vio en la cómoda fotos de Tilsner con su mujer Koletta y los dos niños: el chico era adolescente y la niña, pequeña. Estaba toda la familia feliz en verano, de vacaciones en un camping, y todos sonreían delante de la cámara. ¡Oh, Dios! ¿Dónde estaría ahora su mujer? Podía volver en cualquier momento. Entonces se acordó: Tilsner le dijo que Koletta se había llevado a los niños a pasar el fin de semana a casa de su madre. El mismo Tilsner que le contaba en ese mismo instante un cuento chino a quienquiera que fuera el que lo había llamado por teléfono. —

No sé dónde está la inspectora, no la veo desde ayer por la tarde en la oficina —mentía con una sangre fría de la que Müller no se creía capaz—. Voy a ver si la encuentro y, cuando lo haga, estaremos los dos en la escena del crimen lo antes posible, camarada Oberst. ¿En el cementerio de St. Elisabeth en Ackerstrasse? Sí, me hago cargo.

Müller se sujetó la dolorida frente con una mano e intentó evitar la mirada de Tilsner, quien ya colgaba el teléfono y se zafaba de las mantas para dirigirse al baño. Hecha un ovillo entre las sábanas, pensó en lo gélida que había sido la noche. Hizo muchísimo frío, se acostó con la ropa puesta, y con la presión de la falda, sentía ahora la fricción de las braguitas contra la piel. Antes de eso, había tomado vodka Blue Strangler, demasiado vodka.

Tilsner y ella jugaron a ver quién aguantaba más, chupito a chupito, en un bar de Dircksenstrasse; un juego estúpido que, al parecer, había acabado con los dos encamados en el lecho conyugal de él. Y a la inspectora todavía le sabía la boca a alcohol. No recordaba muy bien lo que sucedió después del bar, pero Gottfried no debía enterarse de que había pasado la noche en casa de Tilsner, ¡eso nunca! Tilsner había vuelto del servicio y le acercaba un vaso de agua en el que una pastilla efervescente se deshacía haciendo burbujitas.

—Bébete esto. —Müller echó un poco hacia atrás la cabeza con una mueca de asco cuando tuvo delante aquel brebaje que silbaba como una serpiente—. No es más que una aspirina. Haré café mientras te arreglas un poco. —Una sonrisa insolente y muy poco respetuosa se dibujó en su rostro sin afeitar de mandíbula cuadrada. Pero la culpa era de ella por meterse en una situación así: era la única mujer al frente de una brigada de homicidios en todo el país, y no podía consentir que la tomasen por puta.

—¿Y no sería mejor que fuésemos derechos allí? —gritó para que él la oyera desde la cocina—. Parecía urgente. —Le retumbó cada palabra en la cabeza como un martillazo.

—Lo es —gritó Tilsner—. Han encontrado el cuerpo de una chica en un cementerio, cerca del muro.

De un largo trago, Müller engulló la aspirina disuelta en el agua y tuvo que hacer un esfuerzo para no vomitar en el acto.

—Pues entonces vámonos ya —gritó, y la voz reverberó en los techos altos del viejo apartamento.

—Tenemos tiempo para un café —respondió Tilsner desde la cocina, entre un ruido de tazas y cacerolas que delataba que no estaba acostumbrado a moverse entre cacharros, que muy posiblemente solo entrara allí en el Día Internacional de la Mujer—. Además, le he dicho al Oberst Reiniger que no sabía dónde estabas, y los de la Stasi ya están allí.

—¿La Stasi? —preguntó Müller. Había llegado a paso lento y trabajoso hasta el baño y se miraba en el espejo. El maquillaje del día anterior había perdido consistencia alrededor de los ojos, azules y llenos de venitas rojas. Se frotó las mejillas con los dedos, intentó estirar las partes fláccidas y luego se estuvo toqueteando el pelo rubio, cortado en una media melena que le llegaba a la altura de los hombros. La única mujer al frente de una brigada de homicidios, que ni siquiera había cumplido los treinta aunque tenía menos cara de niña aquella mañana, respiró hondo por ver si el aire frío del viejo apartamento le sofocaba la náusea.

Müller sabía que tenía que aclarar sus ideas y recuperar el control de la situación.

—Si el cuerpo está al lado de la barrera antifascista, ¿eso no es competencia de la policía de fronteras? —Las palabras le retumbaron dentro de la cabeza; aun así, siguió gritando para que Tilsner la oyera desde el fondo del pasillo—. ¿Qué pinta en esto la Stasi? ¿Y por qué tenemos nosotros que…? —Lo dejó ahí cuando alzó la vista y vio la imagen de él reflejada en el espejo: Tilsner, justo detrás de ella con una taza de café humeante en cada mano, se encogió de hombros y alzó las cejas.

—¿Eso qué es, la pregunta del millón? Yo solo sé que Reiniger quiere que nos presentemos al oficial de más rango de la Stasi en la escena del crimen.

Empezó a desenredarse el pelo con el cepillo de Koletta y vio que él la observaba detenidamente.

—Tendré que limpiar ese cepillo cuando acabes —dijo. Müller lo miró a los ojos. Eran azules, como los suyos, aunque le brillaban de un modo sorprendente teniendo en cuenta todo el vodka que se había metido entre pecho y espalda la noche anterior. A modo de explicación, él volvió a dedicarle su sonrisa insolente—: Es que mi mujer es morena.

—Que te den, Werner —escupió Müller contra el reflejo de él que se proyectaba en el espejo, y empezó a quitarse el rímel con los discos de algodón de Koletta—. Entre nosotros no ha pasado nada.

—Muy segura estás tú de eso, ¿no te parece? Porque yo no lo recuerdo así.

—No ha pasado nada. Lo sabes muy bien, y yo también lo sé. Dejémoslo ahí, ¿vale?

La sonrisa de él rayaba en lascivia, y Müller intentó recordar por entre los resquicios de lucidez que le dejaba la resaca. Se puso roja, pero se dijo a sí misma que estaba en lo cierto. Al fin y al cabo, había dormido con la ropa puesta, y la falda era lo bastante estrecha como para rechazar avances no solicitados. Se dio la vuelta, le quitó la taza de la mano y tomó dos tragos largos de café mientras el humo que salía del brebaje empañaba el espejo del baño a aquella temperatura gélida. Tilsner la rodeó entonces con un brazo, agarró el algodón manchado de rímel y se lo guardó en el bolsillo. Luego cogió el cepillo y arrancó los pelos rubios con un peine. Müller entornó los ojos: el muy cabrón tenía práctica en aquellas lides.

* * *

Bajaron la escalera del bloque de apartamentos sin cruzar ni una sola mirada, atravesaron el portal de paredes descascarilladas y salieron a la luz de la mañana de invierno. Müller vio el Wartburg sin distintivos al otro lado de la calle. Le trajo recuerdos de la noche anterior, la insistencia de él en que fueran a su apartamento a tomar café para que se les pasara la borrachera, como si le importara bien poco conducir bajo los efectos del alcohol. Se frotó la barbilla y recordó de repente que había sentido su mentón sin afeitar como una lija cuando sus labios se fundieron en un beso. Pero ¿qué pasó después?

Subieron al coche; Tilsner se sentó al volante. Giró la llave de arranque, y la débil luz de la mañana le arrancó en la muñeca un reflejo al reloj caro que llevaba puesto. Ella arrugó el ceño, recordó el mobiliario lujoso que había visto en el apartamento y miró a Tilsner con curiosidad. ¿Cómo podía permitirse todo aquello con el sueldo de un subinspector que no llevaba mucho tiempo en el cuerpo?

El Wartburg volvió a la vida con un espasmo. Müller iba recordando poco a poco detalles de la noche anterior. ¿Fue solo un beso o hubo algo más? Miró con recelo a su izquierda justo cuando Tilsner metía con una rascadura la primera marcha, pero él no apartaba los ojos del frente y tenía una expresión seria en la cara. Habría que inventarse una excusa muy buena para contársela a Gottfried. Estaba acostumbrado a que llegara tarde por el trabajo que tenía, pero no a que pasara toda la noche fuera de casa sin avisar siquiera.

Hacía una semana que la nieve cubría las calles, y las ruedas del coche cabecearon un poco al incorporarse a una calzada que nadie se había molestado en despejar. El cielo sobre sus cabezas venía henchido de nubarrones grises, heraldos de un tiempo todavía más inclemente. Müller sacó la mano por la ventanilla y plantó la sirena en el techo del Wartburg; siguió el maullido de gato estrangulado que anunciaba su presencia, y atravesaron de esta guisa los escasos kilómetros que separaban Prenzlauer Berg del cementerio del Distrito Centro.

La pareja de detectives seguía sin haber cruzado palabra cuando aparcaron el Wartburg en Ackerstrasse, la calle que dividía los cementerios colindantes de las parroquias de St. Elisabeth y Sophien, circundados ambos en su límite noreste por la barrera antifascista. Tilsner señaló con la cabeza la entrada del primero de ellos, y ella lo siguió debajo del arco metálico de la puerta. La calma del cementerio, lleno de lápidas oscuras y estatuas que brotaban del manto blanco, casaba mal con el aire que se respiraba en el resto de la ciudad. Ángeles con las alas llenas de verdín guardaban algunas tumbas, marchito ya el bronce que brillara un día, pasto del paso de incontables inviernos berlineses.

Fueron caminando hasta la parte del cementerio en la que estaba el cadáver. Un círculo formado por oficiales de la Stasi y policías de fronteras rodeaba la forma inerte de la chica, cubierta con una lona. Un hombre de gabardina, que había permanecido oculto detrás de una lápida, en cuclillas junto al cuerpo, se irguió todo lo alto que era. Müller vio que debajo llevaba un traje de paisano; pero por el ademán, imaginó que se trataba del oficial de la Stasi del que había hablado Tilsner por teléfono. Se giró y les sonrió. Tendría algo más de cuarenta años, llevaba tupidas patillas a la moda y se había dejado el pelo relativamente largo. Podría haber pasado por un presentador de los telediarios de la República Federal Alemana a los que su marido Gottfried, pasando por alto las reconvenciones que ella le hacía, era tan aficionado.

No conocía a aquel hombre, pero quedaba claro que él sí la conocía a ella.

—Camarada Oberleutnant. Gracias por venir. Oberstleutnant Klaus Jäger. Menos mal que por fin dimos con usted. —Le tomó la mano enguantada a Müller y se la apretó con fuerza antes de hacer lo mismo con la de Tilsner, en un saludo que tenía algo de cierta calidez no fingida—. Por favor, vengan conmigo un momento y les pondré al corriente de algunos detalles —apoyó una mano en la espalda de ella y llevó a los dos hacia un cenador de madera coronado por un tejado cubierto de nieve, lugar de recogimiento, sin duda, para la contemplación de aquellos seres queridos que ya no se contaban entre los vivos. Müller miró por encima del hombro hacia donde estaba el cadáver, pero Jäger no tenía mucho interés en enseñárselo todavía.

Ocuparon los tres un banco al abrigo de uno de los vértices del tejado hexagonal y, flanqueado por los oficiales de la Kripo, Jäger se sentó en el centro. Olía a loción para después del afeitado, y Müller creyó que era una fragancia occidental y cara. Luego pensó que ella olería a Blue Strangler en estado puro, de cuarenta grados, y que ojalá no lo oliera él.

Con un gesto de la mano, Jäger señaló la zona acordonada, allí donde se afanaban los fotógrafos y forenses, y dijo:

—Mal asunto. Era casi una niña, no creemos que tuviera más de quince años.

—¿Asesinada? —preguntó Müller.

Jäger asintió con un leve movimiento de la cabeza:

—Eso pensamos.

—¿Asesinada cómo, camarada Oberstleutnant? —preguntó Tilsner—. Y ¿por qué solicita la ayuda de la brigada criminal de la Policía del Pueblo si el Ministerio para la Seguridad del Estado ya lo está investigando?

—Sí, ¿cómo es que la Seguridad del Estado ha tomado cartas en el asunto? —añadió por su parte Müller, sin darle tiempo al oficial de la Stasi a contestar a su subordinado—. Dada la cercanía de la escena del crimen a la barrera de protección antifascista, esto es competencia de la policía de fronteras, ¿no le parece, Oberstleutnant Jäger? —Llevó la vista más allá del ajetreo que rodeaba el cadáver, hacia el primer muro de la barrera. Según rumores, al otro lado había un campo de minas, y luego un segundo muro, un armatoste que se extendía kilómetros y kilómetros alrededor del sector occidental. Cada cincuenta metros aproximadamente, como girasoles  gigantes, se alzaban las torres de los focos apuntando al cielo. A plena luz del día, enmarcado todo por el cementerio sepultado debajo de la nieve, Müller pensó que la estampa inspiraba cierta paz, solo rota por el ladrido de algún perro patrulla. De noche todo cambiaba. Pero si esas defensas lograban disuadir a los Republikflüchtlinge —aquellos que, en lugar de quedarse a construir una Alemania más justa, se arriesgaban a cruzar hacia el oeste—, pues que siguieran allí levantadas por lo que respectaba a Müller.

Jäger tardó unos instantes en responder, luego soltó una risita plácida:

—Muchas preguntas son esas, y no puedo contestar a todas.

Todo lo que estoy en condiciones de decirles es que ustedes han recibido instrucciones de su superior, Oberst Reiniger, porque yo se lo pedí, para que me asistan en el caso. Y aunque el oficial al cargo seré yo, ustedes llevarán la investigación a todos los efectos. Puede que se trate de un caso difícil, tal y como habrán podido colegir, pero será su caso. Y lo será hasta cierto punto. Porque no quiero que se dé mucha publicidad a la intervención del Ministerio para la Seguridad del Estado. —Jäger se remangó un poco, como si fuera a ponerse manos a la obra—. Lo que sí puedo contarles es por qué intervenimos nosotros. Parece ser que a la chica la dispararon desde el otro lado del muro, puede que fuera la policía de fronteras de la parte occidental. Y lo hicieron cuando intentaba escapar hacia Berlín Oriental. —El teniente coronel de la Stasi hizo una pausa y miró a Müller directamente a los ojos—. Es, hay que admitirlo, un caso de lo más excepcional.

Müller notó que Tilsner, sentado al lado del oficial de la Stasi, lanzaba un silbido al oír aquello; pero no sabía si aquella reacción se debía a la sorpresa, o era que no se lo creía.

—¿O sea que se las ingenió para escalar un muro de cuatro metros —preguntó Müller—, cruzar la barrera de control, escapar de los perros y de los guardias de la República Federal y, entonces, escalar otro muro de cuatro metros, y a todo esto van y la disparan desde la parte occidental?

Ojalá, pensó ella, que la incredulidad que rezumaba aquella pregunta no fuera tomada por puro sarcasmo.

—Tal es el informe oficial, y provisional, de los hechos que hace el Ministerio para la Seguridad del Estado. Se ha solicitado su ayuda, la de la Kriminalpolizei, para averiguar la identidad de la chica, y para hallar pruebas que apuntalen dicho informe. —Jäger volvió a mirar a Müller fijamente a los ojos, con tanta seriedad que ella sintió un pequeño escalofrío—. En caso de que encontraran ustedes pruebas que lo desmientan, les aconsejo que no las aireen lo más mínimo. Y que me las traigan en el acto. —Müller asintió despacio—. Unterleutnant Tilsner —preguntó—, ¿comprende usted también el alcance de todo lo que digo?

—Por supuesto, camarada Oberstleutnant. Mantendremos la discreción más absoluta. Puede usted contar con ello.

Jäger lanzó un suspiro, como si el caso ya lo hubiera hastiado, se levantó y los animó a seguirlo.

—Será mejor que les enseñe el cadáver. Eso sí, les aviso: no es nada que regale los sentidos. Por razones obvias, como verán ustedes mismos en unos instantes, va a ser muy difícil identificar el cuerpo.

Müller hizo una mueca de asco, y ella y Tilsner siguieron al oficial de la Stasi. Ya lo pasaba mal cuando tenía que examinar los cadáveres en circunstancias más o menos normales. Pero tratándose del cuerpo de una chica tan joven, y sabiendo que identificarlo sería «muy difícil», era todavía mucho más desagradable.

La nieve helada, y el mismo hielo, crujían con un leve estallido debajo de sus pasos por el camino del cementerio que los llevaba a donde se encontraba el cuerpo. Müller pisaba con fuerza por ver si así le llegaba algo de sangre caliente a los dedos de los pies. Se quedó un poco rezagada pues se apoderaba de ella una sensación ominosa: había algo en todo aquello que no encajaba.

El corro de agentes de los distintos ministerios abrió hueco para dejar que ellos tres se acercaran; y a un gesto de Jäger, uno de sus hombres levantó la lona que envolvía como un sudario el cadáver.

Müller miró el cuerpo: la chica tenía la cara boca abajo, enterrada en la nieve. Una de las piernas presentaba daños ostensibles, quizá debido al alambre de espino de la barrera; la otra había quedado en un ángulo inverosímil con respecto al resto del cuerpo. Presentaba heridas en la espalda, pues había manchas de sangre en la camiseta que asomaba debajo de una prenda de color negro hecha trizas que podía haber sido una especie de capa. En apariencia, la ropa que llevaba no era de invierno. La regularidad con la que aparecían las heridas podría indicar disparos a ráfagas, y además el cuerpo había quedado lejos de la barrera de protección, en dirección a Berlín Oriental. Eso al menos sí casaba con el cómputo oficial de los hechos. Se giró para mirar hacia el Muro, vio los focos, la torreta y los edificios de la capital federal al otro lado, coronados por una orla de anuncios llamativos. ¿Desde qué punto exacto la habían disparado? ¿Cómo había logrado adentrarse tanto en la parte oriental acribillada como estaba a balazos?

—Verdammt! —exclamó de repente Tilsner desde la ventajosa posición que tenía detrás de la cabeza de la chica. Müller vio que Jäger alzaba las cejas, pero no recriminó a su subordinado por maldecir en público—. Eso no hay quien lo identifique. Menudo desastre.

Esta vez Jäger sí intervino:

—Por favor, Unterleutnant, «eso» es la cara de la chica. No hable de ella como si fuera un objeto inanimado, porque habrá alguien, en alguna parte, que seguro que la está echando en falta, por muy desagradable que sea. El guarda del cementerio encontró el cadáver al amanecer, pero parece ser que antes había dado con ella un perro callejero.

Müller dio un pequeño rodeo hasta donde estaba Tilsner y vio lo que había provocado aquella reacción: le habían arrancado la piel desde la barbilla hasta la cuenca del ojo, dejando al descubierto la carne, como una piltrafa de escaso valor que queda olvidada en la tabla del carnicero. Tenía abierto ese lado de la boca, pero no había dientes, y en su lugar vio las encías hechas trizas, ensangrentadas. ¿Cómo iba un animal a hacer algo así? Solo de verlo, y hasta de pensarlo, se le revolvía a una el estómago. Müller no pudo reprimir la arcada y buscó a toda prisa una lápida para ocultar a los demás su figura, doblada en dos mientras la cena y el vodka le salían por la boca en un recorrido inverso al de la noche anterior. Hizo como que le daba la tos para salir del paso y, con la bota, lo enterró todo en la nieve.

—¿Se encuentra usted bien, camarada Müller? —preguntó Jäger.

Ella dijo que sí con la cabeza e intentó evitar la mirada de Tilsner. Recobró el ánimo y volvió a mirar al cuerpo. Entonces vio la mano de la chica, abierta, sobre la nieve: era la mano de una adolescente, pulida y lisa, sin mácula. Pero lo que le llamó la atención a la detective fueron las uñas negras que culminaban cada uno de los dedos. Claramente, hacía las veces de pintura de uñas, pero tenía un aspecto veteado y mate. Müller se puso de rodillas. De cerca, se veía que las uñas estaban pintadas con un rotulador, como haría una niña en el parvulario. Aquello no dejaba lugar a dudas sobre lo joven que era la chica. Tendría poco más de diez años, trece o catorce como mucho. Era la hija de alguien. Y tenía la edad que habría tenido su hija si… Abortó ese pensamiento. Sintió otra vez cierta tensión en la garganta y se le humedecieron los ojos. En ese punto su mirada se topó con la de Jäger y pensó que si vomitar ya había sido demasiado, llorar ahora sería imperdonable, sobre todo delante de un oficial de alta graduación del Ministerio para la Seguridad del Estado.

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Autor: David Young. Título: Hijos de la Stasi. Editorial: Harper Collins. Venta: Amazon