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Primeras páginas de Vienen mal dadas, de Laura Gomara

Vienen mal dadas de LAURA GOMARA

Vienen mal dadas (Roca Editorial), la ópera prima de Laura Gomara, es una novela negra repleta de acción que retrata la capital catalana más oscura en tiempos de crisis. El libro se presenta este martes en Barcelona a las 19 horas en la Casa del Llibre (Rambla de Catalunya, 37).

Aquí puedes leer las primeras páginas de la novela.

 

20 MINUTOS

Aparece una mujer ahogada en la costa de Calabria

REDACCIÓN. 05.07.2011

Un grupo de turistas españoles encontró el cadáver de una mujer joven, todavía sin identificar, en una playa calabresa de la provincia de Vibo Valentia en torno a las cinco de la tarde de ayer. El mar devolvió el cuerpo, que fue recogido por los servicios médicos y trasladado al hospital de la localidad más cercana. La Policía cree que la mujer murió ahogada. Sobre las causas, no se descarta ninguna posibilidad, incluido el suicidio; la mujer estaba completamente vestida y no llevaba traje de baño.

 

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16 de abril de 2014

En la sala de espera, limpia y funcional como un acuario, se estaba caliente, mucho más que en el cuartucho donde Ruth se había helado hasta los huesos mientras la chica que la depilaba le explicaba los beneficios del aquayoga. Se puso la cazadora de paño negro y se ajustó el fular rojo alrededor del cuello. Después sacó la cartera.

—Como te decía, este mes estamos de rebajas, tenemos una oferta en láser, piernas enteras al setenta por ciento. —La esteticista, vestida con un uniforme blanco parecido al de las enfermeras, mascaba chicle mientras dibujaba un setenta dentro de un círculo rojo en el folleto de propaganda.

Ruth sacó de la cartera el vale que le habían regalado las compañeras de la oficina por su cumpleaños y lo dejó sobre el mostrador. La chica del chicle continuaba a lo suyo.

—Te saldría a trescientos cincuenta y ocho euros las cinco sesiones, en vez de los mil trescientos que sería el precio completo. Es una ganga. —Escribió en rojo mil trescientos y lo tachó con gesto teatral mientras Ruth jugaba con el cierre de la cartera.

—Bueno, tal vez a final de mes —dijo dando por hecho que tanto la chica como ella sabían que no sería así—. De momento aquí tengo el vale para la sesión de prueba.

La chica miró el vale de refilón, pero lo dejó donde estaba, en el centro de la mesa.

—Piensa que, cuando llegamos a un número de ofertas nos llaman de arriba y nos las cortan. A final de mes puede que no pueda hacértela… Lo digo por ti, para que no te quedes sin ella.

Ruth se encogió de hombros y pensó en la comisión que se llevaría la chica por cada venta, ¿un cinco por ciento?, ¿tal vez un quince? Ella había llegado a llevarse el veinte.

—Mira, hacemos esto, tú me dejas a cuenta algo, no sé, treinta euros, y yo te reservo la oferta. A final de mes vienes y pagas el resto.

Treinta euros, claro.Y quinientos si quieres, pensó Ruth.

—No, no puedo.

La esteticista no levantó la vista del papel en el que había estado escribiendo el precio final.

—¿Cómo que no puedes? —preguntó distraída.

Ruth pensó que nunca se acostumbraría cuando las mejillas comenzaron a arderle.

—Es que, mira —dijo despacio, como si estuviera hablando con un niño muy pequeño—, tengo diez euros para pasar lo que queda de mes, no tengo nada más en el banco hasta que cobre, así que no puedo dejarte nada a cuenta.

No le importaba que una desconocida supiera de su miseria. Sabía que la verdad la haría callar y que aquella noche se iría a la cama con algo en lo que pensar. Pero no podía evitar la reacción física de la vergüenza. Las mejillas ardiéndole, por muchas veces que se repitiera la escena. Aquella pérdida de control le irritaba mucho más que la pobreza en sí. Por fin, la chica la miró, ahora era a ella a quien se le subían los colores.

—¿Diez euros? ¿Hasta final de mes?

Ruth asintió con la cabeza ligeramente inclinada y una sonrisa helada. La esteticista se puso pálida. Había dejado de mascar el chicle. Ruth notó cómo miraba su cazadora de paño que tan solo le llegaba hasta la cintura, el pelo largo y limpio, con la raya a un lado, los zapatos elegantes aunque algo gastados, las uñas cortas, cuidadas y sin pintar, la cara lavada, de un color intenso, aceitunado, con maquillaje suave en los párpados. Después los ojos verdes, los apellidos comunes que aparecían en su ficha. Santana Rivera. No, no era extranjera. Parecía normal, del barrio, con familia. La chica parpadeó una vez. Estaba procesando la información, Ruth esperó a que se diera cuenta de que tenía que pasar el vale por el ordenador y darle un ticket. Cuando la chica se lo entregó, Ruth lo metió en la cartera, que cerró con un clic.

—Tal vez dentro de unos meses. —Sonrió. La chica aún no se había recuperado, pero reaccionó rápido.

—Sí, cuando quieras. ¡Ánimo!

Por supuesto, pensó Ruth mientras cerraba tras ella la puerta acristalada y se enfrentaba a la noche y a un chaparrón que no esperaba, ¡ánimo!, cuando ella quisiera, todo en este mundo es cuestión de voluntad. Si no somos ricos es porque somos unos vagos y no queremos esforzarnos. Si te mueres de hambre es tu culpa. Tu culpa. Tu culpa.

Consultó el reloj, le daba tiempo a pasar por casa y cambiarse para el trabajo. Su segundo trabajo. No estaba siendo un buen año. Los mil euros al mes que ganaba en sus empleos a tiempo parcial no cubrían la hipoteca y los gastos mínimos, los cientos de miles de pequeños detalles. Tan solo aquel mes: dentista —una muela partida por la mitad—, cuarenta euros; transporte…, bueno, hacía un par de meses que había dejado de pagar por el transporte; alquiler, cien euros; gastos del piso, treinta euros… Hipoteca, setecientos euros. Mejor no pensar en ello. Todavía podía apañárselas para sobrevivir como las ratas. A base de arroz, café soluble y verdura, con diez euros para pasar quince días.

Sin tolerar imprevistos.

Sin ningún incidente.

 

18 de abril

—Sí, sí, estuve allí ayer pero no necesitan a nadie. (…)

—No, no digas eso. Hoy he engrasado un par de persianas en Gràcia, al menos nos da para pasar unos días. (…)

—Ya, ya sé que tus padres… (…)

—Pero espera. (…)

—Vale, hasta ahora.

El mecánico cerró la tapa del móvil. Era un modelo antiguo, de los que ya nadie quería, que había sacado por veinte euros cuando su Smartphone había cascado el huevo y le habían dicho en la tienda, después de tres semanas de espera, que el arreglo costaría ciento cincuenta euros. Lo guardó en el bolsillo y miró el vagón con aire abatido. La mayoría de los pasajeros tenía la vista fija en una pantalla, muchos de ellos le daban golpecitos con cara de concentración, otros sonreían, unos pocos parecían preocupados, como si les hubieran dicho que su madre acababa de morir o que la bolsa había caído medio punto en Singapur.

El metro dio un frenazo y el mecánico se agarró con fuerza a la barra cromada. A unos metros de él, sonó un estrépito metálico que le hizo volver la cabeza. A un hombre mayor se le había caído el andador. El anciano a duras penas se mantenía en pie aferrado a una barra horizontal mientras una mujer negra le acercaba el aparato. El resto del vagón seguía abstraído en sus teléfonos. El mecánico ahogó un juramento. Se preguntó si él también era así antes de quedarse sin nada y empezar a ver lo que pasaba a su alrededor.

Tras las paradas del centro de la ciudad, el vagón empezó a llenarse de gente del barrio que volvía a casa. No eran personas que él conociera, pero en Barcelona, como en muchas otras ciudades grandes, suponía él, puedes decir de qué zona es una persona solo con verla. Las mujeres a las que había engrasado la persiana aquella mañana, por ejemplo, eran claramente burguesas del Eixample Dret, o el Ensanche Derecho como se decía antes, que se habían instalado en Gràcia porque las cosas no iban, tampoco para ellas, todo lo bien que debían.

Había estado hablando un buen rato con la dueña, una catalanona con buen ojo para los números y una voz de mando que se oía desde el otro lado de la calle, y creía que al final había aceptado sus servicios porque le había parecido menos garrulo que los demás tipos que entraban, día sí y día también, ofreciendo lo mismo. A veces los ricos decidían darte limosna, camuflada como un trabajo que ni era digno ni estaba bien pagado, porque les parecías agradable o más civilizado que el resto, como un perro callejero pero mestizo, fruto de una juerga nocturna de un buen macho labrador con una perrita larga de amarre y corta de miras.

Miró las paradas que quedaban hasta el fin de la línea y palmeó el móvil en el bolsillo del pantalón. Los padres de Esther ya no podían seguir pagando la hipoteca de su hija. Sería cuestión de meses que el banco los echara a la calle, sin dejar de exigirles el pago. Ya les había pasado a cuatro vecinos de la escalera y a más de diez en el bloque. Ni siquiera se podían ayudar entre ellos, como hacían antes. Los primeros años de la crisis se habían llevado los pocos ahorros que tenían y ahora todos, incluso los que tenían trabajo, vivían al día, sin posibilidad de planificar más allá de final de mes.

Al menos, pensó como un suspiro, ellos no tenían niños pequeños. Su hija tenía ya nueve años y no necesitaba demasiado. Un plato caliente en la mesa y libros de aventuras de la biblioteca del barrio. Una cama donde dormir y la terraza de casa de sus abuelos, donde había espacio suficiente para construir un fuerte apache. Sus vecinos de puerta con puerta tenían un niño de seis meses y otra de año y medio. Solo con pensar en el precio de los pañales, la comida y los cachivaches que necesita cada crío que viene al mundo, se mareaba.

El mareo dio paso a la rabia que empezó a agolparse en su interior como si fuera sangre y el mecánico movió la cabeza para intentar borrar aquellos pensamientos. Fijó la vista en un hombre trajeado, grande y oscuro, que lo miraba con insistencia desde hacía un par de paradas. No parecía el típico ejecutivo. En vez de maletín de piel y móvil de última generación tenía la nariz rota, mal cicatrizada, y una pose relajada, con las manos en los bolsillos del pantalón. El aspecto de un nuevo rico del cemento o de la droga, peligroso como un lobo y demasiado grande para un barrio como aquel.

El hombre apartó la mirada y la dirigió al otro lado, donde solo quedaban el anciano y la mujer negra. El mecánico se quedó mirándolo un rato, más para no pensar en llegar a casa y enfrentarse a una vida que nunca imaginó que acabaría siendo así, que porque el tipo le despertara curiosidad. Sin aquellos ojos de depredador clavados en los suyos, parecía un tipo más normal, atlético y corpulento, con nariz aguileña y rasgos angulosos. Le recordaba a un amigo portugués con el que había ido al colegio, un as del balón, como decían entonces.

El convoy se detuvo bruscamente y una voz femenina anunció por los altavoces que era el final del trayecto. El mecánico cogió la deteriorada caja de herramientas que tenía entre las piernas y esperó a que los demás pasajeros salieran. A su derecha, el viejo del andador esperaba su turno para bajar el escalón. La mujer negra salió corriendo hacia las escaleras. Cuando por fin el viejo se puso en marcha, lo hizo con un chirrido metálico amplificado por las cavidades del túnel. El chirrido del andador era casi insoportable. Un par de personas se giraron a mirar de soslayo al viejo que avanzaba por el andén despacio pero con la cabeza alta. El mecánico esperó un poco, echó a andar tras él por el andén y lo alcanzó unos metros antes de llegar a la escalera.

—Venga, hombre, que le echo una mano con eso —dijo elevando la voz—. Si ese juguete suyo sigue dando esos alaridos, las vecinas de abajo le denunciarán por escándalo público.

El viejo lo miraba sin comprender. El mecánico le sonrió, se arrodilló junto a la caja de herramientas y la abrió. Ante él se desplegó un mundo de llaves, pinzas, alicates y organizadores llenos de pequeños frascos. Alcanzó el espray de teflón que usaba para la cadena de la bici de su hija y lo aplicó con cuidado en las juntas del andador. Después comprobó que el rozamiento hubiera desaparecido en todas las juntas.

—De momento ya está, pero tiene que llevar ese cacharro suyo al taller o un día le dará un disgusto. —Movió enérgicamente el aparato para comprobar que ya no sonaba y lo posó frente al anciano.

—Gracias, joven —dijo con sorna y le tendió la mano—. Ramon Julivert, cantante de ópera.

El mecánico encajó la mano extrañado.

—David Muñoz, engrasador de persianas, antes mecánico.

—Y quiero que sepa que hace diez años que uso este trasto y nunca me ha dado ningún problema. Es un artilugio de precisión, de la casa Walsen, y va suave como la seda.

El mecánico asintió, ya veo, le dijo, mientras cerraba la caja y la levantaba con esfuerzo, pero estoy seguro de que sus vecinos me enviarán un lote de Navidad.

El hombre trajeado en el que se había fijado David observó la escena desde la boca de las escaleras. El andén de enfrente se había ido llenando de gente, se acercaba el siguiente convoy. El mecánico se despidió del anciano en la puerta del ascensor y se acercó a las escaleras eléctricas. El hombre trajeado fue tras él. Su nombre era Hugo Correa.

Sinopsis de Vienen mal dadas:

Ruth Santana es una joven desahuciada y pluriempleada que vive en el umbral de la pobreza para pagar lo que considera su deuda con los bancos. Vive en una ratonera insalubre y desde hace unos meses espera a la salida de los supermercados para coger pan o yogures. Por alguna razón que ni ella misma comprende, sigue luchando.

Una noche, un desconocido le hace una oferta. Quiere que le ayude a reventar cajeros automáticos. El hombre le ofrece dinero rápido para pagar su deuda con el banco y volver a llevar una vida normal. Le ofrece la libertad. A cambio, Ruth tendrá que renunciar a sus escrúpulos. Y, tal vez, a algo más.

De la mano de Hugo Correa y su dispar banda de atracadores, Ruth Santana descubrirá una Barcelona más oscura, más peligrosa y más viva de la que había imaginado.

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Autor:Laura Gomara . Título: Vienen mal dadas. Editorial: Roca. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro