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Proyecto ITINERA (XLVII): Los griegos y nosotros

Proyecto ITINERA (XLVII): Los griegos y nosotros

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

En el mundo que habitamos hay cosas buenas que merecen ser conservadas y cosas no tan buenas que deben ser mejoradas. Y sucede que casi todo lo bueno procede de Grecia. Sostenía el poeta Shelley lo siguiente: “Todos somos griegos. Nuestras leyes, nuestra literatura, nuestra religión, nuestras artes tienen su raíz en Grecia”. Y las luces que nos ayudan a mejorar las cosas menos buenas también nos llegan de Grecia. ¿Por qué es esto así? ¿No debemos cosas a Egipto y Babilonia, de quienes los mismos griegos se consideraron deudores? ¿Qué es lo que tiene la civilización griega para que nos marque de un modo tan cualitativamente diferente de lo que nos marcaron las otras? Porque si en Grecia se hicieron cosas bellas, también se hicieron en Egipto y Babilonia. Pero los griegos, además, reflexionaron sobre la idea de belleza. En Grecia se hizo matemática, lo mismo que en Egipto y Babilonia. Pero los griegos, además, reflexionaron sobre la naturaleza de los conceptos matemáticos. Los griegos se relacionaban entre sí y con los pueblos vecinos. En algunas ocasiones vivían en amistad con ellos y en otras estaban en guerra. Lo mismo que cualquier otro pueblo. Pero los griegos, además, reflexionaron sobre la amistad y el amor, la paz y la guerra. Esto es, los griegos no sólo hacían cosas, sino que también reflexionaban sobre las cosas que hacían. Dicho de otro modo, los griegos filosofaron. El filosofar consiste precisamente en reflexionar sobre lo que hacemos cuando no estamos filosofando. Digamos que el quehacer filosófico consiste en la reflexión sobre el resto de los quehaceres. La ciencia y la técnica por sí solas no significan progreso si no están acompañadas por un pensamiento que explore sus posibilidades más humanas. Y esta necesidad de pensamiento es lo que nos obliga a seguir reflexionando, a seguir siendo griegos para seguir siendo civilizados.

Quienes desprecian el estudio de las lenguas clásicas y de la filosofía amparados en la “caducidad de los saberes” (expresión muy querida por la pedagogía de vanguardia) olvidan que los griegos no solo son nuestros maestros en el arte de pensar, son también nuestros compañeros de viaje, porque solo dialogando con ellos es posible filosofar. Porque si pensamos como pensamos es porque los griegos pensaron como pensaron. Es por esto que entendemos perfectamente a Antígona y a Creonte, a Héctor y a Aquiles, podemos ponernos en la piel de cualquiera de ellos y comprendemos sus razones y sus puntos de vista. Los diálogos de Platón nos interesan porque los temas que tocan nos conciernen y porque sus preocupaciones son las nuestras. Las obras de los griegos nos son contemporáneas porque somos griegos. Así de fácil y de sencillo. Renegar de Grecia es renegar de nosotros mismos.

"Fue la nostalgia de la antigüedad griega, el amor a la ciencia por sí misma y no como sierva de la teología, lo que dio lugar al Renacimiento"

Quienes nos llaman nostálgicos y reaccionarios a quienes defendemos la enseñanza del latín y el griego y dicen muy solemnemente que “hay que mirar hacia adelante y no hacia atrás” olvidan que nuestra memoria es frágil, y que es preciso mirar hacia atrás de vez en cuando para recuperar las cosas que hemos olvidado por el camino, y ese hábito de mirar hacia atrás no tiene nada de reaccionario. Porque fue la nostalgia de la antigüedad griega, el amor a la ciencia por sí misma y no como sierva de la teología, lo que dio lugar al Renacimiento. Y la revolución heliocéntrica tuvo lugar cuando Nicolás Copérnico miró hacia atrás, hacia Grecia precisamente, y se encontró con las teorías de Aristarco de Samos. Tuvo la suficiente inteligencia para comprender que una idea no es mala solo por ser antigua, y supo tomársela en serio. Dalton elaboró su pensamiento reflexionando sobre las teorías de Demócrito, y Darwin tiene un precedente clarísimo en Anaximandro de Mileto. No son simples coincidencias. Los ilustrados del siglo XVIII también miraron hacia atrás y descubrieron y reivindicaron el sentido grecorromano de ciudadanía. Hay un hermoso libro, titulado Diálogos sobre física atómica, en el cual Heisenberg cuenta cómo el punto de partida de algunas de las reflexiones que desembocaron en sus teorías físicas fue la lectura del Timeo de Platón.

"El diálogo entre los amantes del saber y los ignorantes es siempre un diálogo de sordos"

El actual desprecio por Grecia y por las lenguas clásicas no es un error de los muchos cometidos por nuestras autoridades educativas, es el error que está en el principio de casi todos los demás. Corre por ahí un dicho muy certero que afirma que si los todos los españoles hubieran leído los Episodios nacionales la guerra civil no se habría producido. Igualmente, si quienes elaboraron la reforma educativa hubieran sido personas más cultas, más admiradoras de nuestro pasado y hubieran leído a los clásicos grecolatinos, nuestro sistema escolar sería mucho mejor.

Cuando se me pregunta por qué defiendo el estudio de las lenguas clásicas, me viene a la memoria Italo Calvino, quien en su muy recomendable libro ¿Por qué leer los clásicos? dice: “¿Por qué se deben leer los clásicos? Pues porque es mejor haberlos leído que no haberlos leído”. Del mismo modo, ¿por qué hay que estudiar latín y griego? Pues porque es mejor saber latín y griego que ignorar el latín y el griego. Es cierto que quien ama el saber ya no hace la pregunta, y quien no ama el saber no entiende la respuesta. Por esta razón, el diálogo entre los amantes del saber y los ignorantes es siempre un diálogo de sordos. La tragedia de la educación en España consistió, precisamente, en que sus reformadores fueron reclutados entre los segundos. Y así nos va.

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