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Proyecto ITINERA (XLVIII): La generación de las palabras vacías

Proyecto ITINERA (XLVIII): La generación de las palabras vacías

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

A lo largo de los últimos quince años he desarrollado responsabilidades de gestión en el ámbito empresarial como director de diferentes departamentos. Primero en el sector de la comunicación, después en el de la restauración. Desde entonces han pasado por mis manos decenas de proyectos de variada envergadura. Presta a su cita con el paso del tiempo, la experiencia me fue enseñando que sólo llegaban a buen puerto aquéllos en los que había un liderazgo capaz de concentrar esfuerzos en un único propósito. Los proyectos corales, repartidos entre diferentes áreas, solían naufragar antes de su esperado destino. Una palabra resonaba con fuerza antes de la catástrofe: transversal. Cada vez que esta fatídica etiqueta recaía sobre un proyecto, mi intuición me dictaba que había sido sentenciado. En efecto, poco puede esperarse de lo que se aborda “entre líneas”, de forma superficial, sin que nadie preste la atención suficiente.

Hace unos meses que trato de digerir un plato de mal gusto. La Cultura Clásica había sido agraciada con la fatal categoría de «transversal» en la Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de la Educación, la discutida LOMLOE. El vasto y determinante legado de Grecia y Roma pasará a convertirse en una nota a pie de página de otras asignaturas. El mundo grecolatino será reducido a la categoría de lo anecdótico. La agonizante presencia de estas materias en nuestros planes de estudios puede recibir, de esta manera, su estocada definitiva. El párrafo de la temeraria sentencia dice así:

”En el conjunto de los tres cursos» —se refiere a Educación Secundaria Obligatoria— «los alumnos y alumnas cursarán alguna materia optativa, que también podrá configurarse como un trabajo monográfico o un proyecto de colaboración con un servicio a la comunidad. Las Administraciones educativas regularán esta oferta, que deberá incluir, al menos, Cultura Clásica, una segunda Lengua Extranjera y una materia para el desarrollo de la competencia digital. En el caso de la segunda Lengua Extranjera, se garantizará su oferta en todos los cursos”.

"Es pertinente recordar que latín y griego son las “lenguas vehiculares” de la cultura occidental. Renunciar a ellas es un acto de barbarie sin precedentes"

Que en la asignatura de matemáticas se hable del teorema de Pitágoras, que en historia conozcamos las campañas de Alejandro Magno o César, que en literatura se mencione a Homero o los autores de tragedias no es consuelo suficiente. El legado clásico no está en los personajes y sus obras, tampoco en los acontecimientos pasados. Su herencia late en las palabras, que son las verdaderas depositarias de la forma en la que griegos y romanos pensaron sobre el mundo y sobre nosotros. El término griego con el que nos referimos a la “palabra” es logos, que también tiene el significado de “razonamiento” o “argumentación”. Sin el latín y el griego, que todavía habitan en buena parte de los rincones de nuestra lengua, todo lo que significó nuestro pasado queda reducido a un mundo de sombras sin vida. Ahora que el debate sobre la LOMLOE ha puesto de moda la expresión “lengua vehicular”, es pertinente recordar que latín y griego son las “lenguas vehiculares” de la cultura occidental. Renunciar a ellas es un acto de barbarie sin precedentes.

La ironía de nuestros días es aplastante. Al leer el borrador de la norma, los desafíos a los que pretende hacer frente y sus cuatro objetivos principales, un escalofrío recorre mi cuerpo. En el artículo 1 del capítulo I del título preliminar de la ley se proclama que ésta se inspira en varios principios, uno de los cuales dice así: “La transmisión y puesta en práctica de valores que favorezcan la libertad personal, la responsabilidad, la ciudadanía democrática, la solidaridad, la tolerancia, la igualdad, el respeto y la justicia”. Garantizar una “educación en valores cívicos para ejercer una ciudadanía crítica y participativa”, se apunta en el artículo 2. Si no fuera por las consecuencias dramáticas de la reforma, uno podría tomar tales afirmaciones como un chiste. ¿Se puede hablar de democracia y ciudadanía sin remontarse a los pueblos que gestaron tales términos? ¿Se pueden inculcar estos principios vacíos de contenido a las nuevas generaciones?

"Democracia, ciudadanía, libertad o justicia serán palabras vacías de contenido real para toda una generación"

Los ciudadanos de la vieja, y casi olvidada, Atenas conquistaron el derecho de hacerse iguales ante la ley y ante la posesión y administración de la palabra. Así se desarrollaron dos bellos conceptos: isonomía e isegoría, la igualdad ante la ley y el derecho a expresarse ante los demás. Fue el segundo, en mayor grado, el que llevó a la convicción a los atenienses de que la educación era un pilar básico de la democracia. Así lo manifestó Aristóteles en la Política:

“Puesto que toda ciudad tiene un solo fin, es claro que la educación tiene que ser una y la misma para todos los ciudadanos, y que el cuidado de ella debe ser cosa de la comunidad y no privada, como lo es en estos tiempos en que cada uno se cuida privativamente de sus hijos y les da la instrucción particular que les parece […]. Cuál debe ser esta educación son cuestiones que no deben echarse en olvido, porque actualmente se discute sobre estos temas, y no todos están de acuerdo en lo que deben aprender los jóvenes […]. Examinar la cuestión partiendo del actual sistema educativo induce a confusión, y no está claro si deben practicarse, únicamente, las disciplinas útiles para la vida, o las que, sobre todo, tienden a formar hombres justos y decentes, y que podrían parecer inútiles” (VIII, 1, 1337a11 ss.).

La educación se constituyó desde entonces en la garantía máxima de la libertad. No se trata, como apunta Emilio Lledó, de poder decir, de poder expresarse. Se trata de poder pensar lo que se dice, de aprender a saber pensar para, efectivamente, tener algo que decir. La libertad de expresión no está en poder decir lo que pensamos, sino en pensar lo que decimos (Sobre la educación, p. 26). Esa retahíla de grandes palabras, con las que nuestros legisladores en materia educativa se llenan la boca, se quedan vacías si las desposeemos de su alma, del contexto cultural en el que se desarrollaron, del modo en el que nuestros antepasados las concibieron.

"La LOMLOE es una absoluta decepción. Una oportunidad perdida. Una norma que parece obedecer a las modas del momento más que a un proyecto a largo plazo"

Resulta descorazonador comprobar que el debate sobre una nueva ley educativa, de las que ya he perdido la cuenta, vuelve a perderse en la indescifrable maraña de los intereses políticos, en los que cada facción se parapeta en sus filias y fobias para zarandear al oponente. Mientras discutimos sobre el mayor o menor espesor de las ramas, el tronco desfallece. El drama de nuestra sociedad es que no se trata de un tronco cualquiera, es el tronco por el que fluye la savia de las nuevas generaciones. Jóvenes a los que vamos a privar de ser libres si cercenamos los fundamentos básicos del saber humanístico. Democracia, ciudadanía, libertad o justicia serán palabras vacías de contenido real para toda una generación. Como afirma el lúcido Lledó, si nos acostumbramos a ser conformistas con las palabras, acabaremos siendo conformistas con los hechos. Y la libertad no admite conformismo alguno (Sobre la educación, p. 79).

La LOMLOE es una absoluta decepción. Una oportunidad perdida. Una norma que parece obedecer a las modas del momento más que a un proyecto a largo plazo. Sus cuatro objetivos hacen aguas. Pretende modernizar el sistema educativo, pero solo lo debilita bajo la falacia del progreso cercenando parte de lo que han sido sus pilares durante mucho tiempo. Busca garantizar la equidad y combatir el fracaso escolar mejorando los resultados del alumnado, pero tan ambicioso objetivo no se consigue rebajando el listón para que la mayoría pueda pasar de curso, sino haciendo que su trayecto educativo les permita adquirir conocimientos sólidos que les conviertan en ciudadanos libres de decidir su futuro independientemente de su origen o condición. La educación se debe cimentar sobre el conocimiento, no sobre los métodos. Con el destierro definitivo de la cultura clásica, la reforma da carpetazo también a su último objetivo: estabilizar el sistema educativo como pilar básico de las políticas de conocimiento y reconstruir el consenso de la comunidad educativa. He aquí otra palabra vacía: consenso. La LOMLOE nace pues, para muchos de nosotros, como una ley fracasada antes de su publicación definitiva.

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