Inicio > Blogs > Proyecto Itinera: En busca de los clásicos > Proyecto ITINERA (XXXVII): La muerte que viene de lo alto

Proyecto ITINERA (XXXVII): La muerte que viene de lo alto

Proyecto ITINERA (XXXVII): La muerte que viene de lo alto

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

La humanidad siempre ha temido, de una manera u otra, a los innumerables e invisibles habitantes de los aires, perniciosos portadores de maldiciones, de muerte y sobre todo enfermedades, ya sea en su actual forma científica y microscópica, o bajo su aspecto tradicional de demonios, algo que ha quedado plasmado de mil formas para la eternidad, pero con gran precisión y viveza en la célebre obra del pintor James Ensor titulada La Mort poursuivant le troupeau des humains, de 1896.

Esta demonología aérea tan peculiar era bien conocida y compartida por autores de todo credo y procedencia. Tampoco la muy tempranamente cristianizada Hispania fue una excepción, como prueba el testimonio de san Gregorio de Elvira (obispo que fue de la actual Granada), y uno de los grandes escritores eclesiásticos hispanos. De su vida, lamentablemente, no sabemos gran cosa. Suponemos que murió hacia 392, y desde luego no fue mal escritor (como se aprecia en la edición bilingüe que se publicó a cargo de Joaquín Pascual Torró). Su producción conocida hasta ahora es eminentemente exegética y bellamente alegorista. Su gran preocupación era la interpretación del texto bíblico a beneficio de sus fieles en el seno de la predicación, así como el combate contra las herejías, singularmente las distintas formas de arrianismo que existían en su tiempo. Este autor fue muy leído durante la Edad Media hispana y su eco llegó nada menos que a san Isidoro de Sevilla.

"La humanidad siempre ha temido, de una manera u otra, a los innumerables e invisibles habitantes de los aires, perniciosos portadores de maldiciones, de muerte y sobre todo enfermedades"

Su acendrado catolicismo niceno y ortodoxo no impidió, sin embargo, que también en él se confirmara la norma habitual según la cual ningún autor cristiano de los siglos IV y V podía ser entendido al margen de la educación pagana tradicional, lo cual debe incluir no sólo la educación letrada recibida en las escuelas, sino asimismo la educación ancestral trasmitida de padres a hijos que aborda todo tipo de creencias, también las que parezcan burdas, iletradas o poco respetables, aunque la percepción se haga desde la corrección tranquilizadora de una interpretatio christiana. En ese sentido san Gregorio no fue una excepción. Su concepción de la naturaleza se enraizaba en la visión cristiana, casi lírica, de un mundo vivo en perpetua teofanía que alababa la obra de Dios. La naturaleza no es ella misma un dios, no es creatrix, pero al ser parte de la Creación tiene su parte de divina. El escritor hispano, que conocía muy bien a san Pablo y los escritores africanos, reafirmaba de una forma lírica su amor a la vida:

Además, para consuelo nuestro, ved que toda la naturaleza está pensando en nuestra futura resurrección (in resurrectionem futuram omnes natura meditatur): el sol se sumerge en el ocaso y nace, los astros desaparecen y retornan, las flores mueren y reviven (occidunt ac reuiuescunt), los árboles después de su decaimiento se cubren de hojas, las semillas no renacen sino después de haberse corrompido (Tratado sobre las Sagradas Escrituras, XVII 29).

Esta clara alusión al ciclo natural no es en modo exclusivo pagano y se entiende perfectamente en el seno de la concepción de la naturaleza en una sociedad agrícola, pagana o cristiana. Sin embargo, hay un universo cultural en el trasfondo de la obra del obispo granadino que no supone en principio ningún conflicto para el cristianismo, pero que tiene claramente un origen ambiental, que no es ni cristiano ni pagano, que paganos y cristianos admiten por igual aunque a veces lo valoren de manera distinta.

"La enfermedad siempre está causada por uno o varios de los daemones que habitan el cielo, y las obsesiones o las pasiones corporales se presentan a menudo bajo la forma de una enfermedad"

Uno de estos elementos constantes lo constituye el notable auge que alcanzó la demonología durante la Antigüedad Tardía. Tanto paganos como cristianos concebían el mundo lleno de daemones por todas partes, los cuales solían tener una actividad que podría resultar peligrosa para el hombre. El aire mismo está lleno de demonios portadores de males y enfermedades, así lo creen todos. Comentando el Levítico, e integrando el pasaje paulino de Efesios 6, 12, el obispo de Granada nos ofrece un interesante testimonio de la existencia de creencias en el demonismo durante el imperio romano en la Península Ibérica, como por otra parte era de esperar:

¿Y qué debemos entender por las moscas y los tábanos que son ahuyentados por la cola, sino todos los demonios y espíritus errantes por el aire (daemones et erraticos spiritus aeris) que molestan no sólo a los cuerpos, sino a las almas de los creyentes? Por eso, el bienaventurado apóstol Pablo recuerda estas moscas y tábanos, es decir, estos errantes y volálites (erraticos et uolatiles) espíritus del aire de este mundo, cuando dice: «No es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos que están en las regiones subcelestes» (aduersus spiritalia malitiae in subcaelestibus). Por todo eso todos los demonios que molestan los cuerpos o las almas de los creyentes deben ser ahuyentados con la cola de la religión. (Tratado sobre las Sagradas Escrituras, X 31-32).

Estos espíritus que pueblan las regiones aéreas transmiten enfermedades y causan los trastornos del alma que llevan a los vicios o directamente las posesiones demoníacas. Es precisamente en el mismo tratado homilético donde el obispo alude a los espíritus que ocasionan una amplia variedad de enfermedades físicas y morales:

Son espíritus inmundos (inmundi sunt spiritus) que a menudo se introducen en los cuerpos humanos (in corporibus hominum inserunt), y excitan la picazón de la lujuria y de las distintas pasiones (Tratado sobre las Sagradas Escrituras, X 20).

"El demonismo era también creencia propia de una gran parte de autores que fácilmente denominaríamos cultos"

La enfermad siempre está causada por uno o varios de los daemones que habitan el cielo, y las obsesiones o las pasiones corporales se presentan a menudo bajo la forma de una enfermedad; entonces se considera factible que también hayan sido causadas por los malos espíritus que flotan en el aire. Durante el final de la Antigüedad los daemones dejaron de ser únicamente divinidades de rango menor entre los dioses y los hombres, y pasaron a ser genéricamente malos espíritus e incluso almas en pena. No sólo los hechiceros y nigromantes, como el legendario Cipriano antes de su milagrosa conversión, afirmaban que estaban en tratos con estos demonios y malos espíritus y que los empleaban para sus fines malignos. El demonismo era también creencia propia de una gran parte de autores que fácilmente denominaríamos cultos, como el historiador Eusebio de Cesarea o un autor importante como el bizantino Pselo, que en el siglo XI dedicó un tratado al tema. En el fondo estos malos espíritus no son sino los más lejanos ascendientes de los modernos estragos víricos que padecemos hoy, y que a veces resultan tan burda e irracionalmente explicados en la era que solo con sarcasmo deberíamos seguir calificando como del conocimiento y de la información.

La humanidad, al fin y al cabo, lucha siempre contra enemigos invisibles, y la propia ignorancia no es precisamente el menor de ellos. Quizá sea esta el demonio más peligroso de todos, porque nace de una infame y abyecta mezcla entre maldad e inocencia. Atemorizada a lo largo de la historia por presencias que no puede controlar, la raza humana se obstina por contener en la esfera de lo cotidiano, de lo familiar, aquello que la amenaza, pero lo hace sin éxito, condenada a doblar periódicamente la rodilla ante estos desconocidos habitantes de los aires, portadores de miasmas, espíritus que nos devuelven, un día u otro, a las entrañas de la tierra, madre universal de todas las criaturas.

5/5 (6 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)