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Proyecto ITINERA (XXXVIII): Clásicos para vivir

Proyecto ITINERA (XXXVIII): Clásicos para vivir

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

En vísperas de una nueva ley de educación, de las cuales un servidor ha perdido ya la cuenta, los que amamos el mundo clásico tenemos que volver a las trincheras para tratar de evitar un nuevo recorte de las humanidades en los planes de estudio. Resulta una tarea tan absurda como demostrar que para cocinar una paella necesitamos arroz, pero cada vez que los políticos piensan en nuestro sistema educativo, un verso de Homero se marchita. En un magnífico, lúcido y necesario ensayo, el profesor Nuccio Ordine asegura que «lo sublime desaparece cuando la humanidad, precipitada en la parte baja de la rueda de la Fortuna, toca fondo. El hombre se empobrece cada vez más mientras cree enriquecerse» (La utilidad de lo inútil, Acantilado, pag. 21). En efecto, parece que lo que algunos denominan saberes inútiles se contrapone al criterio de utilidad dominante: el económico. Sin embargo, como ha sostenido el profesor —de matemáticas— Ricardo Moreno en una obra reciente, «no es que se equivoquen por desdeñar el legado grecolatino, es que el desdén por el legado griego y, en general, el desdén por lo antiguo, es lo que nos ha llevado al fiasco educativo que tenemos» (Los griegos y nosotros, Fórcola, pag. 18-19).

No es mi intención en estas líneas escribir un alegato en defensa de los clásicos. Otros ya lo han hecho mucho mejor que yo. Mi único propósito es evidenciar el efecto que estos autores tuvieron sobre un humilde niño de barrio que vivió su infancia en el Madrid de los años 80, para que sea el lector el que saque sus propias conclusiones sobre lo relativo que puede llegar a ser el concepto de utilidad y hasta qué punto este debate es un síntoma de la progresiva deshumanización que caracteriza a nuestro tiempo de mercados y globalización.

"Tendría siete u ocho años cuando trasteando en un desvencijado armario de mi casa encontré una edición ilustrada de la Odisea. Olía a papel viejo, las hojas amarilleaban"

Me crié en una antigua casa, de principios del siglo XX, en la calle Bravo Murillo, esquina con la glorieta de Cuatro Caminos, en el límite entre los distritos de Chamberí y Tetuán. En mi familia nunca faltó de nada, pero tampoco sobró. No teníamos VHS, ni calefacción, ni aire acondicionado, ni coche propio. En 1982, cuando tenía cinco años, dejamos de ir a la playa. Como tampoco teníamos pueblo al que trasladarnos, pasaba los veranos en un enorme y solitario mar de asfalto. La única nota de color la ponía la piscina municipal de Francos Rodríguez, a la que íbamos a refrescarnos con frecuencia.

Pero el verano en la ciudad se hacía largo. Casi ochenta días con sus noches entre el fin de un curso y el comienzo del siguiente. El exceso de tiempo libre y, sobre todo, el tedio que se apoderaba hasta de los más pacientes hacían estragos. No faltaban tentaciones tan dañinas como la dichosa heroína, el alcohol u otras drogas. Los años 80 no fueron fáciles en los barrios humildes y modestos de Madrid. Muchos amigos y conocidos canalizaron su ocio hacia terrenos tan tenebrosos que ya no están aquí para contarlo. Otros tuvimos la fortuna de recibir unos valores indispensables en nuestro hogar para capear el temporal y encontrar alternativas que contribuyeran a llenar nuestras vidas de una forma más saludable. Es así como encontré mi tabla de salvación personal.

"Los libros se convirtieron, junto con el fútbol, en mis pasatiempos preferidos. Los veranos ya no eran grises, Homero les había puesto color"

Tendría siete u ocho años cuando trasteando en un desvencijado armario de mi casa encontré una edición ilustrada de la Odisea. Olía a papel viejo, las hojas amarilleaban, el color de los dibujos iba perdiendo vigor, pero su contenido vivaz seguía brillando a los ojos de un niño. Recuerdo que la mitad del libro estaba dedicada al Cid Campeador y la otra mitad a Odiseo. Quizás fue fruto del calor estival, pero mi atención se centró en aquellas magníficas imágenes del mar, que hojeaba y ojeaba con deleite sentado sobre el fresco suelo de baldosas rojas de la habitación. Recurrí a aquel libro decenas de veces. Días después encontré otro de Alejandro Magno, una versión para niños de las vidas de Plutarco, de tapa verde dura y estilo cómic en blanco y negro. Le acompañaba Julio César, de cuyas campañas también me empapé durante aquellas interminables tardes de canícula. Mi dosis de suerte se agotó. Ya no aparecieron más joyas en el armario, pero la mecha se había encendido. Había encontrado un extraordinario refugio contra el tedio.

Desde entonces destiné mis modestos ahorros, fruto de las ganancias conseguidas haciendo recados para mi abuela, a comprarme libros ilustrados en la «Librería Pedagógica», de la calle Santa Engracia, a pocos metros de mi casa; en la extinta «Ágora Nexum» o, incluso, en el kiosco de la isleta, regentado por Conchita, quien me anunciaba amablemente las novedades que podían ser de mi interés. Los libros se convirtieron, junto con el fútbol, en mis pasatiempos preferidos. Los veranos ya no eran grises, Homero les había puesto color: el vinoso ponto, la aurora de rosáceos dedos… Aprendí poco a poco a apreciar la belleza en pequeños y cotidianos detalles. La épica griega había despertado en mí un universo lleno de sensaciones imaginarias. Mi vida era más intensa gracias a que alguien, miles de años antes que yo, había capturado aquellas palabras aladas para convertirlas en una inigualable puerta a otros mundos. Mi imaginación volaba por todos los rincones del Mediterráneo sin salir de Madrid.

"Con el tiempo sustituí las ediciones ilustradas por las obras originales. Homero, Tucídides, Jenofonte, Sófocles, Esquilo, Eurípides.."

Algunas personas de mi alrededor se convirtieron en cómplices de mis flirteos. El que antes se percató de aquellas escaramuzas fue don Samuel, maestro del colegio “El Porvenir”. Le conocí ya mayor, casi retirado, pero su pasión por la historia y su devoción por la enseñanza se mantenían tan vivas como el primer día. Me puso un mote: “Heródoto”, que conservamos en la intimidad, para que no me arruinara la existencia en el colegio. Él era la voz de muchas de las cosas que yo había leído y el guía de otras que me quedaban por leer. Su hija Mari Paz, también profesora, mantuvo bien alto el testigo. Mi tío, Miguel Ángel, fue otro de los artífices de que aquella semilla germinara. Me regaló una Historia Universal Ilustrada para niños, colección que todavía conservo. Mis padres me hicieron socio de la Biblioteca municipal «Miguel de Cervantes», a la que iba cada semana a la caza de algún clásico. Así fui construyendo una férrea muralla contra el aburrimiento y un refugio seguro contra los terribles cantos de sirena que se escuchaban en callejones y parques semiabandonados del barrio.

Con el tiempo sustituí las ediciones ilustradas por las obras originales. Homero, Tucídides, Jenofonte, Sófocles, Esquilo, Eurípides, Aristófanes, Ovidio, Suetonio, Safo… A medida que devoraba sus obras notaba que algo iba cambiando en mi forma de pensar. Era la madurez. A veces me parecía establecer un diálogo a solas con ellos, como si no hubieran muerto, como si su infinita experiencia acudiera continuamente en mi ayuda. Orienté mi carrera profesional hacia el periodismo, pero nunca les di la espalda, porque siempre me fueron útiles, en especial cuando comenzaron a llegar las responsabilidades de gestión. Ningún gurú de la empresa ha sido más eficaz para mí que Marco Aurelio o los Siete Sabios de Grecia. En ellos siempre encontré la palabra adecuada, el consejo acertado, el consuelo necesario. Ni siquiera estudiar un MBA me ha resultado tan provechoso para dirigir equipos, departamentos y personas como la lectura de los clásicos. Ellos ya pensaron en nosotros y por nosotros.

Recuerdo mi reencuentro con el mar. A mediados de los 90. Fue un viaje a Asturias con mi amigo Alfredo Orte. Mi primer trabajo remunerado me había permitido disfrutar de unas modestas vacaciones. Al atardecer, con el sol poniéndose en el horizonte mientras inyectaba de tonos anaranjados el cielo del Cantábrico, la rumorosa masa de agua lucía un color tinto, como aquellas imágenes homéricas que me habían reenganchado a la vida. Entonces, mientras disfrutaba de la brisa vespertina, me di cuenta de que el valor de los clásicos no podría medirse jamás con dinero, sino por su capacidad de hacer de nuestra existencia una experiencia mucho más intensa. Vivir con los clásicos es vivir, al menos, dos veces. Quien sea incapaz de entender que hay saberes que son un fin en sí mismos y no un instrumento, quien no comprenda que lo antiguo ejerce un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo civil y social de la humanidad, está condenado a cercenar la dignidad de las futuras generaciones.

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