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Proyecto Silverview, la novela póstuma de John le Carré

Proyecto Silverview, la novela póstuma de John le Carré

Proyecto Silverview (Planeta), la novela póstuma de John le Carré, es un thriller polémico y una denuncia sobre la corrupción en los círculos de poder, de la que Zenda adelanta las primeras páginas.

Era el gran día, el día señalado, el día que Stewart Proctor y su mujer, Ellen, llevaban todo el mes esperando: el  vigésimo primer cumpleaños de sus mellizos, Jack y Ka tie, que, gracias a la Providencia divina, caía en sábado.  Tres generaciones de Proctor, empezando por el tío Ben,  de ochenta y siete años, y terminando por Timothy, el  sobrino de tres meses, convergían en la casa de Stewart  y Ellen —amplia, sensata, recoleta— y su terreno de las  colinas del Berkshire. 

La familia Proctor nunca habría recurrido al término  clase alta para describirse. Incluso buena posición les  ponía los pelos de punta. Y cualificada era igual de malo  que élite. La familia era liberal, inglesa del sur, progresista, devota del esfuerzo y blanca. Tenía principios y asumía compromisos. Estaba integrada en todos los niveles  de la sociedad. Su dinero estaba en fideicomisos y no se  mencionaba. En cuanto a la educación, sus miembros  más brillantes iban a Winchester, los segundos más brillantes a Marlborough y alguno que otro, de aquí y de allá, cuando así lo decretaban la necesidad o los principios, asistían a colegios públicos. Cuando se avecinaba  alguna votación, no había entre ellos votantes de los  Conservadores. O, si los había, ponían especial cuidado  en no decirlo.

Haciendo recuento, los Proctor contaban actualmente entre sus miembros a dos sabios jueces, dos consejeros de la reina, tres médicos, un jefe de redacción de periódico formato sábana, ningún político, gracias a Dios, y una buena cosecha de espías. Un tío de Stewart había  sido encargado de visados en Lisboa durante la guerra, y  ya se sabe lo que ello significa. Durante los primeros días  de la guerra fría, la manzana podrida de la familia reclutó un desastroso ejército rebelde en Albania y le dieron  una medalla por ello. 

En cuanto a sus mujeres, en ese tiempo apenas había  una Proctor que no estuviera enclaustrada en Bletchley  Park o Wormwood Scrubs. Como todas las familias de este  tipo, las Proctor sabían desde la cuna que el sanctasanctórum espiritual de la clase dirigente británica eran sus ser vicios secretos. Saberlo les otorgaba un extra de solidaridad, aunque nunca se mencionara de modo explícito. 

Tratándose de Stewart, había que ser muy torpe para  preguntar lo que hacía. O por qué, a los cincuenta y cin co años, tras pasarse un cuarto de siglo en el Foreign Office de Londres o en una sucesión de cargos diplomá ticos, no era embajador en alguna parte, o subsecretario permanente de algún ministerio, o sir Stewart. 

Se sabía, no obstante. 

Esta, pues, era la familia reunida aquel soleado sábado de primavera, bebiendo Pimm’s y prosecco y jugando a tonterías y celebrando el doble cumpleaños de los  mellizos. Ambos —Jack, en tercer curso de Biología, y  Kate, en tercer curso de Literatura Inglesa— se las habían apañado para escabullirse de sus respectivas universidades, y a última hora del viernes ya estaban en la  cocina ayudando a su madre, Ellen, a adobar alitas de  pollo, preparar costillas de cordero, traer carbón y bolsas de hielo; ocupándose además de que su madre tuviera en todo momento un gin-tonic al alcance de la mano,  porque no era que fuese alcohólica, pero juraba ser inca paz de cocinar sin tener preparado algo fuerte que beber. 

Lo único que había quedado por cortar, por orden de  Stewart, era el césped del campo de cróquet, en espera de  que él regresara de Londres en el tren de Paddington de las  19.20. Pero, con las últimas luces del día, Jack tomó la decisión ejecutiva de cortarlo él mismo, porque había lío en el  cotarro, como le gustaba decir a la familia, y Stewart ten dría que pasar la noche en el piso de Dolphin Square antes  de coger el expreso del gorrión tempranero —otro término  familiar— a la mañana siguiente. 

De manera que había un poco de tensión, por si al fi nal lograría venir o se vería retenido en Londres por los  líos del cotarro hasta que —¡por fin!—, prontito, a las  nueve de la mañana del sábado, llegara el viejo Volvo ver de resoplando por la cuesta que sube desde la estación de Hungerford, con un Stewart sin afeitar pero muy son riente, saludando con una mano y con la otra en el volante, como los pilotos de competición, mientras Ellen le  preparaba una bañera en el piso de arriba y Katie gritaba  «¡Mamá, mamá, que ya está aquí!» y se precipitaba a ha cer beicon con huevos, y su madre le contestaba «¡Déjalo  respirar al pobre hombre, por Dios!», porque era irlande sa de antigua estirpe, y más cuando había una crisis feliz  que celebrar.

Y ahora, por fin, todo ocurría en tiempo real: música  de rock sonando como un vendaval por el repetidor que  Jack había subido desde el salón; baile en la terraza junto  a la espartana piscina —los Proctor no calientan sus piscinas—, jugar a la petanca en el viejo arenero de los mellizos, al cróquet infantil a seis bandas, y Jack y Katie y sus  amigos de la universidad dando muestras de su eficacia  con la barbacoa, y Ellen, tras sus tareas, pausada y hermosa con su vestido largo y su rebeca, y un sombrero flojo de  paja sobre su famosa cabellera caoba, tendida en una  tumbona como una viuda rica, y Stewart haciendo furtivos viajes a su madriguera de la trascocina de la parte trasera de la casa, a hablar por su teléfono verde ultraseguro,  pero sin dejar de escoger sus palabras y usando tan pocas  como le era posible; para reaparecer cinco minutos más  tarde como el mismo anfitrión de costumbre —atento,  discreto, simpático— que todos conocían; a quien nunca  faltaba una palabra para la anciana tía, o el vecino nuevo;  a quien nunca se le pasaba por alto el vaso de Pimm’s que requería reposición urgente, ni la presencia de una botella  vacía de prosecco con la que alguien estaba a punto de  tropezar. 

Y, cuando cae el relente, cuando solo quedan los fa miliares cercanos y sus parejas, es Stewart quien, des pués de otra rápida visita a la vieja trascocina, se sienta  al Bechstein de la sala para su tradicional interpretación  cumpleañera de la Hippopotamus Song de Flanders &  Swann, y, como bis, la exhortación de Noël Coward a la  señora Worthington —«De rodillas estoy, señora Wor thington, por favor, señora Worthington»—, para que  no ponga a su hija en el escenario.  

Y los jóvenes cantan, y el dulce aroma de la marihuana penetra misteriosamente en el aire, y al principio  Stewart y Ellen fingen no darse cuenta, para enseguida  descubrir que ambos están muy cansados, y con un «Ya  es hora de que los viejos nos vayamos a la cama, ¿nos  perdonáis?», suben a su dormitorio. 

—Pero ¿qué diablos pasa, Stewart, haces el favor de decírmelo? —Ellen plantea la pregunta con amabilidad,  con su rápido acento irlandés, dirigiéndose al espejo de  su tocador—. Has estado como sobre ascuas desde tu re greso a casa esta mañana. 

—Eso no es cierto ni por lo más remoto —protesta  Proctor—. He sido el alma de la fiesta. En mi vida he  cantado mejor. Media hora de charleta con tu querida tía Meghan. Una paliza a Jack jugando al cróquet. ¿Qué  más quieres?

Con estudiada deliberación, Ellen se quita los pen dientes de diamantes, desenroscando primero el perno  de detrás de cada lóbulo, para luego meterlos en su estuche forrado de satén, y guardar el estuche en el cajón  izquierdo de su tocador. 

—Y estás sobre ascuas ahora mismo, mírate. Ni si quiera te has desvestido. 

—Me va a llegar una llamada a las once por el teléfono verde, y de ninguna manera pienso pasearme por la  casa en bata y zapatillas delante de los jóvenes. Me hace  sentirme como un anciano de noventa años. 

—Entonces ¿vamos a saltar todos por los aires? ¿Es  una de esas otra vez? —le pregunta Ellen. 

—Lo más probable es que no sea nada. Ya me cono ces. Me pagan por preocuparme. 

—Bueno, pues no te quepa duda, espero que te estén  pagando muchísimo, Stewart. Porque no te he visto así  de mal desde aquella vez en Buenos Aires. 

Buenos Aires, donde fue segundo jefe de oficina en  vísperas de la guerra de las Falkland, con Ellen como  número dos encubierto. 

Ellen, exalumna del Trinity College de Dublín, también es antigua miembro del Servicio, lo cual, en cuanto  a Proctor y a la mitad del Servicio se refiere, es la única  clase de pareja que se puede tener. 

—No vamos a ir otra vez a la guerra, si eso es lo que esperas —dice siguiendo con la charla, por llamarla de  alguna manera. 

Ellen ofrece una mejilla al espejo, aplica limpiador en ella. 

—¿Tienes entre manos otro caso de seguridad in terna? 

—Sí. 

—¿Puedes contármelo, o es uno de esos otros? —Es uno de esos otros, lo siento. 

La otra mejilla. 

—Y ¿no será una mujer la que te ocupa? Tienes toda  la pinta de que es una mujer, eso lo nota cualquiera. Tras veinticinco años de matrimonio, a Proctor no  dejan de maravillarlo los bandazos psíquicos de Ellen. —Pues ya que lo preguntas, sí, es una mujer. —¿Tiene algo que ver con el Servicio? 

—Paso. 

—¿Ha trabajado en el Servicio? 

—Paso. 

—¿Es alguien a quien conozcamos? 

—Paso. 

—¿Te has acostado con ella? 

Nunca, en todos sus años de matrimonio, le ha hecho  Ellen una pregunta así. ¿Por qué esa noche? ¿Y por qué  precisamente una semana antes de embarcarse en una  gira por Turquía que llevaba mucho tiempo planeando,  bajo los auspicios de su ridículamente guapo y joven tutor de Arqueología de la Universidad de Reading? 

—No, que yo recuerde —replica con ligereza—. Según se dice, la dama en cuestión solo se acuesta con los  Once Titulares. 

Barato y demasiado cercano a la verdad. No debería  haberlo dicho. Ellen se suelta el incomparable pelo caoba  y lo deja caer sobre sus hombros desnudos, como llevan  haciendo las mujeres desde el principio de los tiempos. 

—Pues ojalá te andes con cuidado, Stewart —le aconseja a su reflejo—. ¿Vas a tomar el gorrión tempranero  mañana? 

—Tiene pinta de que no me queda otro remedio. —A lo mejor les digo a los chicos que es un encuentro Cobra. Les dará un buen toque. 

—Pero no es un Cobra. Por el amor de Dios, Ellen  —protesta Proctor, inútilmente. 

Ellen detecta una imperfección debajo de un ojo, le  da unos toques con un algodoncillo. 

—Y espero que no vayas a pasarte la noche entera  merodeando por la vieja trascocina, ¿verdad, Stewart?  Porque para una mujer eso es tirar la vida por la ventana. Y para un hombre. 

Con expresiones de júbilo resonando en todos los pasillos, Proctor recorre la casa hasta llegar a la vieja trascocina. El teléfono verde reposa en un pedestal rojo, como  un buzón de correos. Hace cinco años, cuando lo instalaron, Ellen tuvo el capricho de colocarle un pañito encima, para mantenerlo caliente. Allí lleva desde entonces. 

Foto cedida mundialmente El legado de los espías. ©Nadav Kander

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Autor: John le Carré Título: Proyecto Silverview. Editorial: Planeta. Venta: Todostuslibros y Amazon

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