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Shelley, rebelde con causa

A pesar de la enorme importancia de la obra poética de P. B. Shelley (1792-1822), no existía una gran antología de su obra en español. Zenda adelanta las palabras previas de José Luis Rey, traductor de esta Poesía selecta que Reino de Cordelia ha publicado en una bella edición bilingüe.

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Radical e inconformista en vida y pensamiento, Percy Bysshe Shelley (1792-1822) se formó en una tradición conservadora. Fue estudiante en Eton y Oxford. Esbelto y excéntrico, sin gusto ni experiencia en los deportes, fue maltratado por los alumnos mayores. Y decidió dedicar su vida a luchar contra la violencia, la injusticia y la opresión. Era rebelde, pues, pero rebelde con causa. En muchos poemas critica a la sociedad y la política inglesas (véase, en esta antología, el poema Inglaterra en 1819). Escribió de sí mismo que llegaría a ser sabio, libre y justo, y que con esas armas lucharía siempre contra la tiranía tan presente en el mundo.

Los tiranos le obsesionaban, aunque no defendía el uso de la violencia como medio de combatirlos. El famoso panfleto La necesidad del ateísmo puso al poeta inglés contra las cuerdas de la mentalidad religiosa que imperaba en las aulas universitarias. Shelley se mantuvo en sus trece y no quiso desdecirse y, con gran tristeza y abatimiento, hubo de aceptar su expulsión inmediata de Oxford. Seis meses había durado en la Universidad, lo cual le distanció además de su padre ya para el resto de su vida.

Shelley, en Londres, tras su fracaso académico se enamora de Harriet Westbrook, la dulce hija de un tabernero. El poeta se casa con ella en Edimburgo, pese a considerar el matrimonio como algo totalmente obsoleto. Tenía entonces 18 años de edad y su mujer, 16. La joven pareja, repudiada por sus respectivas familias, se convirtió en un matrimonio que peregrinaba de un lado a otro. Y así es como llegan, en 1812, acompañados por Eliza, hermana de Harriet, a Dublín en pos de una nueva causa: sumarse al movimiento por la emancipación del Catolicismo y a la lucha a favor de los oprimidos y los pobres.

Es cuando vuelve a Londres el momento en que Shelley se convierte en fervoroso discípulo de quien llegaría a ser su nuevo suegro, el filósofo radical William Godwin, autor de obras y panfletos destinados a lograr la justicia política. En 1813 Shelley publica en edición reducida y no venal su primer poema importante, La reina Mab, un poema visionario que intenta, al modo de un Carlos Argentino Daneri británico e idealista, abarcar el Universo todo. Shelley demostró siempre tener más fe en sí mismo que en Dios, cuya existencia cuestionaba a menudo.

Optimista y confiando plenamente en el poder transformador del espíritu y la poesía, soñaba con una Humanidad libre de ataduras de todo tipo, para lograr al fin la paz y la felicidad para todos.

El poeta se separa de Harriet y se enamora de la bella Mary Wollstonecraft Godwin, la hija de su mentor y maestro Godwin. Shelley tenía sus propios principios y uno de ellos era que no se puede convivir sin amor. Por ello se fuga con su nuevo amor, Mary. Con ella y con su hermanastra Claire se marcha a Francia y, según su arraigado concepto del amor libre, invita a Harriet a unirse a ellos.

La fuga y la boda de Shelley con Mary enoja muchísimo al padre de ella, aunque mantiene en teoría postulados libérrimos parecidos a los de Shelley, quien, por lo demás, se hace cargo de las deudas de su suegro. A su regreso a Inglaterra, nuestro poeta se encuentra con el repudio general: hasta sus amigos le hacen el vacío, considerándolo un terrible sujeto inmoral, ateo y revolucionario. Shelley, tras la muerte de Harriet, se casa con Mary y se mudan a Italia en 1818. Desde entonces Shelley se vio para siempre a sí mismo como un proscrito, un descastado de quien se burla y a quien rechaza la misma humanidad a la que él había pretendido servir.

En Italia Mary y Shelley llevan una vida errabunda, él con mala salud y perseguido por los acreedores, ya que mantiene su compromiso de ir pagando las deudas de su suegro Godwin y de otros escritores pobres como Leigh Hunt, en lo cual se le va la herencia de su abuelo. Entre 1818 y 1819, la pareja pierde a sus dos amados hijos, Clara y William.

Pues bien: es en estas circunstancias tan duras como Shelley aborda la composición de sus mejores poemas. Su gran poema Prometeo liberado es de 1819 (el extenso poema no figura aquí porque quiero darlo exento). En la figura de Prometeo, Shelley se refleja a sí mismo, o incluso a cualquier poeta cuyos ideales le hagan enfrentarse a los dioses (los tiranos) para favorecer y liberar a la humanidad. Al tiempo, escribe numerosos poemas líricos más breves (es curioso que todos los románticos e incluso los posrománticos victorianos quisieran lograr cada uno su gran y extenso poema narrativo; lo cual tiene una explicación: eran estos poemas narrativos, y no los líricos como ocurre ahora, los preferidos por el público lector más amplio).

En los años siguientes escribirá su famosa Defensa de la poesía y el largo poema amoroso Epipsychidion, celebración del amor más allá de la muerte y de las almas que se aman por encima de todo obstáculo. Generalmente, se ha señalado su larga elegía a Keats, Adonáis, como su obra maestra. Esta lamentación y a la vez glorificación de la efímera condición humana no debe eclipsar, creo yo, a otras obras cimeras como El triunfo de la vida o su magnífico Mont Blanc.

Shelley era un terrible platónico, un platónico que creía a ciegas en que hay un mundo de sombras y sufrimiento y otro mundo superior donde viven los Ideales y Paradigmas. Por otra parte, también es cierto que Shelley creía en el materialismo o empirismo filosófico, en el radical escepticismo de Hume. Así que tenemos, por una parte, a un Shelley idealista y a otro más escéptico, aparente paradoja que se resuelve si comprendemos que un poeta puede ser platónico en lo que se refiere a la Belleza (la Verdad para Keats) y escéptico ante lo que consideramos sociedad.

Ahora bien, si hubo algo en lo que Shelley creyera con todo su ser es en la capacidad visionaria y liberadora de la Poesía. Suya es la frase célebre: «Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo». Para él, la poesía no es solo testimonio de lucha y arma de transformación espiritual; es, ni más ni menos, la ley que rige los planetas y al hombre. La poesía es una rebelión y una revelación, y además es la base de la verdadera moral. Nuestro Juan Ramón Jiménez, tan seguidor de Shelley, lo resumió así: Amor y Poesía. He ahí los dos elementos que han de regir este mundo y a los hombres.

Tan amplia es la cosmovisión de P. B. Shelley, el poeta inglés que murió en 1822 cuando se hizo a la mar y se ahogó junto a su amigo E. Williams. Su poema El triunfo de la vida quedó sin terminar por ese otro triunfo de la muerte. Byron, el supuesto ególatra que no tenía elogios para nadie, dijo de Shelley que había sido «el mejor y el menos egoísta de los hombres». Sus cenizas están en el Cementerio Protestante de Roma, cerca de la tumba de Keats: Adonáis y su profeta descansan para siempre, ya sin nostalgia de los cielos italianos.

Quisiera dedicar esta traducción a mi editor Chus Visor. Y agradecer a Jesús Egido su apuesta por este libro. Es para mí una gran alegría haber conseguido elaborar la antología más extensa y abarcadora de Shelley en nuestro idioma. Desde mi adolescencia he amado la poesía de Shelley (su maravilloso Himno a la belleza intelectual fue la primera obra suya que me deslumbró) y he sido un ferviente admirador también de la persona, no solo del poeta. Él lo escribió: «el eterno universo de las cosas». Quién sabe si ese universo eterno no acabará siendo, también, el del espíritu.

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Autor: Percy B. Shelley. Traductor: José Luis Rey. Título: Donde están los eternos: Poesía selecta. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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