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Pupilas llenas de fuego

Pupilas llenas de fuego

Creía que no lo volvería a ver más. Pero sabía que se trataba de una creencia vana. «Bicho malo nunca muere», decía mi abuela. Y mi madre. Y todo el mundo, en realidad. Siempre había estado ahí, rondando. En mi vida y en la de los demás, como un cáncer, consumiéndolo todo de a poco, sin que nadie se apercibiera de su presencia hasta que fuera demasiado tarde. Cualquiera que me oyera hablar así de él pensaría que no hablo de una persona, sino de una enfermedad o un demonio hecho carne. Puede que sea todo eso. Una diabólica trinidad de la que cuesta desprenderse. Un chicle en el cabello o una mierda en el zapato. Lo cierto es que llevaba mucho tiempo sin verlo. Lo había intuido cerca, pero no es lo mismo.

No recuerdo el día que conocí a Elodio. Se sentaba en una de las mesas del fondo en clase. Aún no habíamos cambiado de milenio. Recuerdo su nombre completo: Elodio Ramón Vitupero. Era de los últimos de la lista que el profesor de turno repasaba cada mañana. Al principio, sobre todo. Luego ya nos conocía a todos. Incluso sentía nuestra presencia según el ambiente que reinara en el aula.

"La soberbia y la inquina unidas a través de la natural simbiosis de la genética. Cadenas de ADN entrelazadas e instruidas para una batalla sin ganadores"

No solía acercarse a nadie. Solo los más marrulleros lo querían de su parte. Se pegaba a ellos en los descansos entre clases y también en los recreos. Se sumaba a los hinchas en los partidos improvisados en el patio y jaleaba como el que más cada vez que los chavales destacaban una injusticia, invalidaban un gol o señalaban una falta inexistente. En las dos manifestaciones que hubo durante mi paso por el instituto, estuvo en primera fila repitiendo las arengas más hostiles, arremetiendo contra el sistema político y el profesorado, obvio cómplice del entramado social. Vociferaba insultos y movía a las masas a seguir su inquina sin despeinarse siquiera. Si sonrió alguna vez, no lo vi. El tiempo diluyó su rostro en mi memoria y, hasta que lo vi de nuevo, había permanecido en ella con el ceño fruncido, los ojos brillantes, irradiando esa insania, y los dientes apretados cuando no abría la boca para esputar aquellas palabras malsonantes e hirientes. Nunca quise ser su amigo. Él, no obstante, trató de ganarse el favor de todos.

Lo vi de casualidad en televisión, paseándose con una bandera bicolor y un aguilucho. Apenas había cambiado. Su rostro seguía siendo el de entonces. Fue un flashback inmediato. Alzaba el puño con un niño, que no debía tener más de cinco o seis años, sobre los hombros. La boca se le desencajaba cada vez que gritaba. Los ojos seguían encendiéndosele como entonces. El niño repetía sus gestos. Había heredado sus facciones. Su maldad. Me consternó aún más verlo de la mano de Mira. A ella también la recordaba del instituto.

Ella llegó unos cursos después que Elodio. También recordaba su nombre completo: Mira Dolores Miego. Al contrario que él, ella se sentaba en las primeras filas. Siempre levantaba la mano. Se apuntaba a todas las actividades voluntarias y colaboraba en las extraescolares. Formaba parte del equipo que llevaba el periódico del instituto y también de la radio. Era quien organizaba las fiestas sorpresa, quien se encargaba de elegir y comprar los regalos de los profesores. Además, puedo afirmar sin riesgo a equivocarme que era la más guapa de secundaria. O, como poco, una de las que más. Años después de abandonar los estudios alguien me dijo que había ganado algunos concursos de belleza y que era candidata a la alcaldía. También había escrito un libro y participado en algunas películas como extra. Cuando la vi de la mano de Elodio, caí en la tentación de saber qué había sido de su vida y la stalkeé en Instagram y Facebook. Al escribir su nombre en el buscador, me aparecieron decenas de referencias en IMDb y en Filmaffinity y tenía su propia entrada de Wikipedia. No había perdido el tiempo. Incluso pude ver algunas de las entrevistas que le hicieron en YouTube. El mentón siempre alto, la espalda recta, las pestañas largas y los párpados caídos. Con esa pose de afectación y suficiencia. Soberbia. Como siempre.

"Por eso se me revolvió el estómago cuando los vi ahí, tan altivos como siempre, con los puños alzados, rodeados de banderas y de voces rabiosas"

El que aquellos dos se conocieran no era un hecho extraño, sino de lo más común. Ya en clase, aunque se sentaban en pupitres extremos, se notaba la química entre ambos. Así y todo, nunca los vi cruzar una palabra. El flechazo o lo que fuera debió surgir después. Y no imaginaba el entorno en que aquellas dos almas tan mezquinas pudieran coincidir sino a merced de sus «bondades». De no ser porque aquellos actos tan multitudinarios alimentaban el alma de Elodio y satisfacían la necesidad de atención de Mira, jamás los hubiera ubicado allí, entre tanta gente, soportando los gritos, la violencia y el afán de conflicto. La destrucción de la calma y, por qué no decirlo, la paz. Desequilibrar los ánimos y hundirlos, a ser posible. Busqué la imagen de las noticias y me fijé en el niño, heredero de aquellas dos víboras. En él se apreciaban, efectivamente, los rasgos de ambos. La soberbia y la inquina unidas a través de la natural simbiosis de la genética. Cadenas de ADN entrelazadas e instruidas para una batalla sin ganadores.

Creí que no volvería a verlo. Que no volvería a ver a ninguno de los dos. Por eso se me revolvió el estómago cuando los vi ahí, tan altivos como siempre, con los puños alzados, rodeados de banderas y de voces rabiosas. Y si ellos estaban ahí, nada bueno podía suceder en lo venidero. Porque no eran los únicos. Y, quizá, tampoco los peores. Las nuevas generaciones clamando una justicia que no entendían, un equilibrio que no hacían sino derruir con aquel acto de vandalismo verbal, tan agresivo, tan oprimente, tan devastador. Elodio miró a cámara. Dije que no lo había visto sonreír nunca. Y así había sido. Hasta entonces. Allí estaba él, con las pupilas llenas de fuego y los labios curvos en mitad de una sonrisa y un rictus de asco. En el pasado lo quise bien lejos de mí. En eso, no había cambiado de opinión. Con Mira tuve una historia, pero de ella ya me acordaré otro día.

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