El más socialista de los periodistas, curiosamente, no estaba afiliado al PSOE cuando escribió este artículo. Se había dado de baja en 1921 y no recuperaría la militancia hasta 1930. En este texto, publicado unos meses antes del final de la dictadura de Primo de Rivera, Luis Araquistáin hace una llamada a la acción en un momento de especial incertidumbre. Sección coordinada por Juan Carlos Laviana.
Alguna vez he escrito que lo peor de los toros no es que fomenten la brutalidad del público, sino su cobardía individual y colectiva. Que le acostumbren a ver todos los toros —los de la vida y los de la Historia— cómodamente desde la barrera y a que cada cual espere a que los otros toreen por él, para su diversión o para su seguridad.
¿Qué hacen los socialistas? ¿Por qué no se echan a la calle en tumulto y se dejan ametrallar dignamente, para que cualesquiera de los señores caídos en desgracia, cualesquiera de esos liberales o conservadores de la vieja guardia autocrática, con disfraz constitucionalista, tan diestros en ametrallar obreros, muy dignamente también, recobren el poder y vuelvan a gobernar a beneficio de las sociedades anónimas y arancelarias, de las clases eclesiásticas, con sus aranceles celestes de los terratenientes y en general de todas las oligarquías históricas que desde hace siglos esquilman a la nación y, con saña especial, al proletariado?
¿Por qué, en obsequio de esa minoría oligárquica de las togas, hoy declarada cesante por sus viejas amigas las armas, no sacrifican los socialistas medio siglo de organización obrera, de preparación obrera para el poder y para una radical transformación de la sociedad y el Estado, aunque ello trajera por consecuencia una recaída del proletariado en un estado de desesperación que oscilaría entre la emigración en masa o la violencia anárquica? ¿Por qué son tan «materialistas» cuando está en juego el «idealismo» de unos cuantos abogados sin besamanos palaciegos, sin acta parlamentaria y sin cartera ministerial?
¿Qué hacen los socialistas?, preguntan desde sus casinos y cafés los que no hacen nada más que esperar a que todo se lo den hecho o rehecho, porque ellos han dividido la fauna política en dos castas: los que tienen el deber de sacrificarse por los demás, como los socialistas, y los que tienen el derecho de que alguien se sacrifique por ellos, como los oligarcas en disfraz, sus paniaguados y la pequeña burguesía que, ansiosa de mejores negocios y menos gabelas, aguarda heroicamente detrás del mostrador a que alguien se eche a la calle por el liberalismo y la democracia del Estado burgués.
¿Qué hacen los socialistas?, preguntan también ciertos republicanos de viejo y nuevo cuño, algunos de éstos reacñados o contrarreformados, aunque no todos paladinamente. Yo no sé lo que hacen los socialistas, porque no estoy en las intimidades de su partido; pero supongo que, aparte sus labores habituales de propaganda y organización sindical, estarán esperando a que alguien llegue a ellos, no a exigirles con malos modos una acción ciega y unilateral, sino a ofrecer un programa que por lo menos coincida con el mínimo de los socialistas en la necesidad de destruir las oligarquías parasitarias tradicionales y de preparar la constitución de un Estado exclusivamente de productores, es decir, de trabajadores manuales e intelectuales o técnicos. Un programa mínimo que se comprometa a desamortizar los bienes terrenales de la Iglesia, a declarar absolutamente laica la enseñanza pública y privada, a fraccionar los latifundios y distribuirlos en la forma más conveniente a los cultivos locales, a coordinar la producción económica nacional bajo el control del Estado, a abolir todas las castas y todos los privilegios que no se funden en el trabajo personal, a preparar la organización de un Estado de hombres libres y creadores, en sustitución del Estado de sociedades anónimas y de hereditarias oligarquías medievales.
Ante un programa así o parecido —y desde luego más completo y definido, lo que aquí sería imposible— estoy seguro de que los socialistas no permanecerían indiferentes (la lucha de clases —inexorable desde que hay sociedades humanas— tiene muchos caminos). ¿Pero dónde está ese programa? ¿Qué grupo o grupos políticos lo han formulado? Que lo digan. Entre tanto, nadie se extrañe de que el socialismo permanezca señero y hierático como una montaña en medio de las agitaciones sin trascendencia del llano. Pero no inmóvil como una montaña. En realidad el socialismo es como una montaña en movimiento hacia el porvenir, y los que todavía pertenecen al pasado por su mentalidad o sus intereses, en vez de esperar que la montaña vaya a ellos, harán bien en ir a la montaña movediza, antes de que los separe un abismo espiritual y material insalvable.
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Artículo publicado en El Socialista el 1 de mayo de 1929


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