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Hacer por hacer

Un andar solitario

Es conocido el soneto que escribió Lope de Vega para describir las esencias del amor («Desmayarse, atreverse, estar furioso…»), pero no lo es tanto el que sobre el mismo tema, y con idéntica estructura enumerativa y antitética, pergeñó Quevedo algo después («Es hielo abrasador, es fuego helado…»). Hay en este último un verso afortunado, quizá el que más de toda la composición, que en cierta manera resulta premonitorio: «Un andar solitario entre la gente». A la hora de referirse a ambos poemas, tanto el de Lope como el de Quevedo, no muchos tienen en cuenta la figura del portugués Luís Vaz de Camões, y no deja de ser injusto porque por fuerza tuvo que jugar un papel fundamental en esta historia. A Camões, que murió en 1580 —la misma fecha en que nació Quevedo y en la que un joven Lope de Vega cumplía dieciocho años—, se lo conoce sobre todo por ser el autor de Os Lusíadas, el gran texto épico de la literatura portuguesa, cuya fuerza le bastó para erigirse en el nombre más destacado de la poesía en lengua lusa hasta que la irrupción de Fernando Pessoa, ya en el siglo XX, lo relegó al segundo lugar del podio. No se le presta demasiada importancia a su obra eminentemente lírica, al menos fuera de su país, y quizá ahí radique la causa de que en España no se conozca mucho un soneto en el que es fácil reconocer las fuentes de las que beberían, algo más tarde, dos de los nombres más eminentes de nuestro Siglo de Oro. También en este caso se trata de una composición dedicada por entero a describir el amor, empleando la fórmula de la que luego se apropiarían sus colegas españoles, en la forma y en el fondo. «Amor é fogo que arde sem se ver», arranca el texto, y los endecasílabos se suceden entre paradojas y contradicciones («é ferida que dó e não se sente», «é cuidar que se ganha em se perder»…) hasta concluir en una pregunta retórica que carece de respuesta aun a día de hoy. Es también en el segundo cuarteto, en este caso en su exacto punto medio, donde nos encontramos esas palabras, «é solitário andar por entre a gente», que reutilizará Quevedo más adelante en lo que parece una de sus tretas: al mismo tiempo que pretende homenajear a Lope al remedar uno de sus poemas más célebres, también le pone la zancadilla al evidenciar la inspiración portuguesa del texto. Me hizo ver la coincidencia Antonio Muñoz Molina hace unos años, en el transcurso de una conversación que mantuvimos en su casa. Él acababa de titular con ese verso uno de sus libros —quizá el más incomprendido de cuantos ha dado a imprenta, tal vez uno de los más valiosos— y me decía que no le sonaba propio de los siglos en que fue escrito por duplicado en dos lenguas distintas, sino que le encontraba adherencias decimonónicas por tratarse de unas palabras que llevan implícito el concepto de ciudad. Eran aquéllos, no hace falta decirlo, tiempos prepandémicos, en los que uno salía a la calle desprovisto de cualquier cautela y había que mantener un cierto grado de lucidez para percatarse de esa soledad íntima a la que despistaba el bullicio colectivo. Fue más sencillo apreciar ese andar solitario en los tiempos del confinamiento y los inmediatamente posteriores, y vuelve serlo ahora que el virus amenaza de nuevo y muta y oculta nuestros rostros tras la mascarilla y caminamos nuevamente con los temblores viejos de los días aciagos. Regresan a los titulares las predicciones catastróficas para el invierno que se avecina y uno no sabe a qué atenerse ni dilucidar ya si esto es bueno o malo, si no habrá venido el coronavirus a demostrarnos lo solos que estamos aun cuando creemos que no nos falta compañía, para enseñarnos de una vez por todas —y habrá quien rechace la lección, porque es más cómodo detenerse en lo urgente que mirar cara a cara a lo importante— que al final, haga uno lo que haga, siempre habrá quien murmure o hable o se extravíe en maledicencias, y que por tanto nunca vale demasiado la pena amilanarse.

Todo misterio

"La obra de Fernando Pessoa constituirá siempre un misterio porque siempre nos estará vedado el conocimiento de lo más relevante: la manera en que él mismo pensaba presentarla"

Por mucho que se hayan analizado sus textos, por mucho que la crítica y la filología hayan derrochado esmeros y pasiones en el estudio concienzudo de unos versos y unos párrafos que sólo cabe ubicar entre lo más valioso de la literatura universal, la obra de Fernando Pessoa constituirá siempre un misterio porque siempre nos estará vedado el conocimiento de lo más relevante: la manera en que él mismo pensaba presentar su propia obra. Cuando murió, a una edad aún temprana, sólo había dado a imprenta un libro de poemas, firmado además con su nombre, y guardaba en su recurrente baúl varios cientos de textos, algunos inéditos y otros ya alumbrados en publicaciones efímeras. Fue su apertura tardía, cuando él llevaba ya unos cuantos años enterrado en el cementerio de Prazeres, la que deparó el desvelamiento de uno de los mayores portentos culturales del último siglo, ese desfile de heterónimos, a cual más deslumbrante, y esa entrega solitaria y concienzuda a una obra que arroja una luz tan fulgurante que es imposible resistirse a su hechizo. Un grupo de estudiosos comprobó que algunos de esos textos revestían una unidad, en su forma y su fondo, que delataba su adscripción a un mismo proyecto, y tuvieron a bien ensamblarlos bajo el título genérico de Livro do Desassossego. Ocurrió en 1982, pronto hará cuarenta años, y quizá sea el ejemplo más acabado de que seguramente nuestra interpretación de la obra de Pessoa sería muy distinta si él mismo hubiera tenido ocasión de ordenarla y darla a conocer del modo que había planeado, nada aleatorio si se tienen en cuenta sus veleidades sebastianistas y el carácter prologal de Mensagem, un poemario que encierra en sí mismo una profecía que se acabó viendo incumplida por la muerte. No está él para aclararlo y tampoco seremos capaces de adivinar sus deseos —si acaso, de aproximarnos a ellos—, pero al menos nos quedará la posibilidad de volver a menudo sobre esas palabras que diseminó en papeles dispersos, como huellas difusas en el vago y prolongado camino hacia la eternidad.

Un cuento chino

"Hay libros a los que acudo con frecuencia sólo para ojearlos, detenerme en unas pocas páginas y entregarme a una lectura tan breve como tranquila y desprovista de cualquier pretensión"

Hay libros a los que acudo con frecuencia sólo para ojearlos, detenerme en unas pocas páginas y entregarme a una lectura tan breve como tranquila y desprovista de cualquier pretensión. Me ocurre con El Quijote, con el Tristram Shandy, con los Ensayos de Montaigne, con el Ulysses, con casi todo Cunqueiro y con ciertos poemarios (La realidad y el deseo, Palabra sobre palabra, el Libro de buen amor o Las personas del verbo, por poner algunos ejemplos) en los que voy sobrevolando al azar versos que me rescatan de la desidia y me infunden algo de fortaleza para proseguir con las tareas del día. Uno de esos volúmenes es la Antología de la literatura fantástica que prepararon Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. Lo abro por las últimas páginas, en esta mañana otoñal que huele a invierno, y me reencuentro con un breve relato de Wu Ch’Eng En, escritor chino de la dinastía Ming que vivió en el siglo XVI. Cuenta la historia de un emperador que inopinadamente se encuentra con un dragón. Éste se confiesa aterrorizado porque los astros le han revelado que, al día siguiente, uno de los ministros del imperio lo decapitará. El emperador, conmovido por los temores de la bestia, le promete que la salvará de su destino y se obstina en mantener a su ministro ocupado durante toda la jornada; al atardecer, le propone jugar una partida de ajedrez que se alarga hasta el extremo de que el ministro se adormece. Lo despiertan de su sueño dos capitanes del ejército, que irrumpen en el salón portando entre sus manos la cabeza de un dragón bañada en sangre. «Cayó del cielo», informan al emperador. El ministro dice: «Qué raro, yo acabo de soñar que mataba a un dragón así.»

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