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Quinta sombra. Puerto de Brindisi, 19 a.C.

Quinta sombra. Puerto de Brindisi, 19 a.C.

—Qué hermosos han sido los días de nuestra juventud, querido Virgilio. Qué llenos de amigos, de lecturas, de viajes, de sabias palabras de los maestros, de Musas seductoras de equívocas palabras que gustaban de contar mentiras semejantes a verdades.

—Cierto, Horacio. Se equivocan quienes piensan que hemos servido al emperador Augusto o a Cayo Mecenas; es a ellas a quienes entregamos lo mejor que teníamos: el talento, la imaginación y las palabras. Hemos traído al mundo algunos hermosos versos por ellas inspirados; tantas horas entregadas al trabajo de la escritura, tanto ardor, tanta esperanza. Y mira, ahora que estoy a punto de embarcar en un futuro incierto, como Eneas, y así como él cargó a hombros a su padre cargo yo ahora con esta vejez inevitable, no son las musas, a las que tanto debo, a las que me llevaría en este periplo, sino a ella.

"Poderosa como Juno, nos recibió sirviéndonos en su aposento el vino de la bota Sabina, tan solo con una diadema de mirto"

—Si, viejo amigo. Hay mujeres que han nacido para ser recordadas cada noche en la proa mientras la nave negra bate las olas. Y ella es una de esas mujeres. ¿Te acuerdas de aquella vez, en la excelsa Roma?

—¿Cómo voy a olvidarlo? Yo aún presumía de ser libre, pero ya estaba atrapado en su piel y su deseo desde hacía tiempo. Por eso cuando me lo pidió, mirándome con aquellos ojos que no dejaban lugar a dudas, tuve que aceptar: “Quiero compartir lecho y caricias con los dos poetas más grandes de la Historia”. Y así fue. Poderosa como Juno, nos recibió sirviéndonos en su aposento el vino de la bota Sabina, tan solo con una diadema de mirto graciosamente enredada en los cabellos que le cubrían la mitad de la espalda.

"Vuestros cuerpos enlazados en aquella danza acompasada, indecente, amorosa, desesperada y brutal"

—Jamás contemplé una piel tan suave, querido Virgilio; jamás vi a hembra alguna acercarse con tan descarada seguridad a mi verga empinada. Trenzaba su lengua impúdica con la destreza de la reina de los lupanares de Subura, lamiendo el miembro duro sin dejar de mirarme con aquellos ojos oscuros, insondables. En cuclillas, agarrada a mis muslos, sus pezones pedían, hinchados, unos labios o unas manos. Tirando de ellos con placentera violencia la obligué a subir hasta mi boca y la asfixié con besos obscenos de lengua chorreante y dentelladas ciegas. Ella recibía mis besos y mi embestida mirándote a ti. Esa mirada. Nunca olvidaré esa mirada. Había virado el brillo de sus ojos a un dorado de miel, como si tu sonrisa cómplice iluminara por dentro su deseo. Entonces, pareciendo que obedecieras a un código establecido, te decidiste a intervenir, y al acercarte tú, sentí que yo desaparecía para ella. Mi verga seguía dentro de su coño; mis manos tiraban de su hermosa cabellera hacia atrás, obligándola a ofrecerme un cuello blanquísimo que mordí hasta casi hacerlo sangrar. Pero ella era tuya; tus besos en su espalda le hacían gemir con una ronquera singular, como de pantera en celo; y entonces, casi sin darme cuenta, con un movimiento de sus caderas me expulsó suavemente del templo custodiado por sus piernas, columnas perfectas, para dejarte entrar a ti. A cuatro patas la penetraste, amansándola como un nuevo Alejandro a su Bucéfalo. Yo me retiré para veros mejor, porque aquel espectáculo era verdaderamente digno de un filósofo o de un poeta. Una sacerdotisa en su templo, o una reina en el himeneo tomada por Júpiter Tonante, no se habrían comportado con tal sublime obscenidad. Vuestros cuerpos enlazados en aquella danza acompasada, indecente, amorosa, desesperada y brutal eran de tal hermosura que me corrí contemplando aquel espectáculo único; feliz por haber sido convocado como testigo de la cópula entre dioses.

—Aún continuamos enredados hasta bien entrada la mañana del siguiente día. Y durante algunos años seguí prefiriéndola entre todas.

"Sentí como si aquel beso me llevase a través del tiempo por un Purgatorio y un Infierno recorriendo los siglos"

—Amado Virgilio, encontrarás el amor o el consuelo, que a esta edad siempre es lo mismo, en el acogedor pueblo griego al que ahora te diriges; sus mujeres te recibirán con ternura y te acompañarán en una dulce vejez, ya lo verás.

—Sea como tú dices si Fortuna no cambia, pero aun así, y a pesar del tiempo transcurrido desde aquella noche, te confieso que ayer tuve la osadía de regresar a su casa; llamé de nuevo a su puerta solo para despedirme de ella. Necesitaba probar su dulzura por última vez. ¿Y sabes, amigo Horacio? Sentí como si aquel beso me llevase a través del tiempo por un Purgatorio y un Infierno recorriendo los siglos; tocando los labios de todas las mujeres que tendrán que nacer y morir hasta llegar de nuevo a esa otra que, en un día desconocido de un mundo diferente al que hoy contemplamos, me buscará de nuevo para besarme, rozando apenas la boca fría de mi esfinge de mármol.

Y ella será la última mujer que bese a Virgilio.

Entonces podré por fin descansar en paz.

Sexta Sombra 1811, Southwark, Londres, por J. C. Pursewarden 

Cuarenta sombras de cuarentena, nueva sección en Zenda

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