Año 2014 en Gaza. En un rincón milagrosamente intacto en medio de la ciudad devastada, entre montañas de escombros, cráteres y edificios reducidos a esqueletos, un anciano lee y disfruta de un té rodeado de pilas de libros, a la puerta de su vieja librería. Al fotoperiodista francés Julien Desmanges, que deambula en busca de esa imagen impactante que le reclama su periódico, le sorprende su actitud sosegada y le pide permiso para hacerle una foto. Una foto que rompería el tono habitual de su trabajo. El librero asiente, posará para él, pero con una condición: que le permita contarle antes su historia.
Hijo de madre musulmana y padre cristiano, Nabil nace el uno de enero de 1948 en plena Nabka (“catástrofe” en árabe), el desplazamiento forzoso de 700.000 palestinos tras la creación del Estado de Israel. Su familia debió abandonar Bilad al-Shayj, el poblado donde sus ancestros sudaron sangre para cultivar una tierra áspera e ingrata. «El éxodo de mi familia fue como una marea negra que lo engullía todo», recuerda. Pasaron por Nazaret y dos campos de refugiados: Agabat Djabar y Djabaliya, donde Nabil creció y conoció al que sería su gran amigo, Háfez. En Gaza su situación mejoró algo y, gracias a su afán de saber, obtuvo una beca para la Universidad de El Cairo junto a su hermana, su novia y Háfez. «El hecho de ser palestinos de familias pobres y procedentes de campos de refugiados despertaba en ocasiones admiración, incluso compasión, pero la mayoría de las veces desprecio». En la primera “intifada” los tanques arrollan a sus abuelos y los soldados matan a su hermano, y la segunda le hace salir a la calle y acaba en prisión. Veinte años que pasó leyendo y añorando a los suyos. A su regreso, en 2006 la situación había empeorado todavía más. «Estábamos exangües, sitiados como los troyanos. Vivíamos constantemente amenazados. A los cohetes respondían los ataques aéreos, a los túneles los bombardeos. Éramos los rehenes de esa batalla sin fin». Y a principio de 2009, el apocalipsis, con la operación Plomo Fundido. Sus libros y Háfez es lo único que le queda. Cuando Julien regresa, en 2025, la librería ha desaparecido. Solo encuentra unas hojas de papel en las que reconoce un poema de Mahmud Darwish.
Con un estilo sobrio, frases cortas y tono evocativo, Rachid Benzine concentra en 126 páginas la historia de un pueblo que parece condenado a ser chivo expiatorio de las culpas y errores de otros.
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—¿Qué le impulsó a escribir este libro y por qué eligió el recurso narrativo de un fotógrafo y una foto imaginaria?
—La idea de escribir este libro surgió a partir del 7 de octubre de 2023, cuando se inició la deshumanización del pueblo palestino y el consentimiento de la violencia. Elegí la ficción y no el ensayo porque los análisis solo sirven para añadir más argumentos al conflicto; en cambio, la novela es la mejor manera de preservar la humanidad de los protagonistas.
—La vida de Nabil refleja la del pueblo palestino, pero solo la de una parte, pues no todos reaccionan con la sabia resignación de santo Job que muestra el narrador. ¿Ha pensado en contar la otra versión?
—Tenemos ya suficiente de la otra versión difundida por los periódicos, televisiones y otros medios. Una visión preponderante que olvida la vida diaria de los palestinos y los tilda de terroristas o víctimas. Yo he querido ofrecer la versión hoy más necesaria del conflicto, la de la aceptación y la resignación.
—“Caos, humillación y destrucción. Muchos palestinos no habían conocido otro trato en toda su vida. Y muchos israelíes, también en toda su vida, no habrán visto a los palestinos más que como terroristas. Esas imágenes invertidas explican la imposibilidad de la reconciliación”. ¿Pese a esas palabras de Nabil, ve luz al final del túnel?
—Espero que sí, porque plantearse el futuro de otra manera hace la vida casi imposible. En medio de tanto caos y destrucción, no podíamos plantear la historia de otra manera.
—¿Hay hombres justos en ambos bandos, como reflexiona Nabil? ¿Por qué no llegan a ponerse de acuerdo después de tantos años?
—Hay hombres justos, pero eso no es suficiente para ponerse de acuerdo. Harían falta unos recursos institucionales y un seguimiento mayoritario de la población. Bastaría un par de hombres justos para frenar el conflicto si se dieran esas condiciones que he señalado.
—Los libros son los grandes protagonistas de la historia. ¿Cómo cree que ayudan a afrontar el horror?
—Los libros no nos salvan de las bombas ni nos devuelven a los muertos, pero ayudan a mantener la humanidad en situaciones límite. Es bien sabido que bajo tiranías o regímenes de terror, los presos han podido resistir mejor gracias a la lectura. El ser humano es un ser de lenguaje, y si dejamos de confiar en las palabras las sociedades se derrumban. Mantener abierta una librería en medio del caos, como hace Nabil, es una forma de resistencia para no quedarse reducido a condición de víctima.
—¿Le complace el título de la edición española, El librero de Gaza, distinto de la francesa?
—Es un motivo de satisfacción y un orgullo para mí que aparezca el nombre de Gaza en el título. En Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña no ha sido así y el libro se titula de una forma más vaga, El hombre que leía libros.
—En España existe un apoyo mayoritario al pueblo palestino. ¿Qué ocurre en el resto de Europa?
—En el conjunto de Europa no sabría decir, pero en Francia hay una gran polarización sobre el conflicto. Incluso manifestarse a favor de Palestina o enarbolar su bandera puede ser motivo de detención.
—¿Sabe que muchos creímos que Julien y la foto de Nabil ante su librería eran reales?
—Eso demuestra el gran poder de la ficción.



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