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Rafael Barrett, el caos fecundo

Rafael Barrett, el caos fecundo

Pocas biografías hay más extrañas y apasionantes que la de Rafael Barrett, un cántabro que allá por los primeros compases del siglo XX se convirtió en una suerte de mito canalla para la intelectualidad latinoamericana y terminó exhalando su último suspiro en un hotel de Arcachon, en Francia, al que había ido para curarse la tuberculosis. Ni aparece su nombre en los manuales escolares —aunque es muy cierto que los manuales escolares en España apenas prestan atención a la literatura de la otra orilla del Atlántico— ni se supo por acá mucho de su existencia hasta que Gregorio Morán publicó Asombro y búsqueda de Rafael Barrett (Anagrama, 2007), un amplio ensayo en el que reflejaba la búsqueda de un autor al que su país natal prácticamente había olvidado mientras sus tierras de adopción lo veneraban. «Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy», escribió en su día Augusto Roa Bastos; «nos introdujo vertiginosamente en la luz rasante y al mismo tiempo nebulosa, casi fantasmagórica, de la «realidad que delira» de sus mitos y contramitos históricos, sociales y culturales.»

"¿Pero cómo llegó el hijo de una familia adinerada de Torrelavega a hacerse un nombre en la otra punta del mundo?"

¿Pero cómo llegó el hijo de una familia adinerada de Torrelavega a hacerse un nombre en la otra punta del mundo? El viaje, en realidad, empezó en Madrid, adonde se trasladó con veinte años para estudiar una ingeniería. En la ciudad trabaría amistad con Pío Baroja, Ramiro de Maeztu y Ramón María del Valle-Inclán y se ganaría merecida fama de señorito bohemio al que no pocas veces sacaban de sus casillas unos intempestivos arrebatos de mal genio. Empezó a escaparse de cuando en cuando a París, y en la capital francesa obtendría su primer gran disgusto al agredir a un alto miembro de la nobleza, el duque de Arion. La historia tiene su miga: Barrett lo había retado a un duelo y el noble había rechazado alegando que no pensaba enfrentarse a un homosexual; Barrett acudió a seis médicos, consiguió otros tantos certificados de virginidad anal y fue en busca del duque. Cuando al fin se encontró con él, le dio una paliza. El incidente —o la sucesión de incidentes, por decirlo con más exactitud— causó tanto revuelo que al joven pendenciero, que contaba por aquel entonces veintiséis años, no le quedó otro remedio que hacer el equipaje y poner tierra, o más bien agua, de por medio. En 1903 desembarcó en Argentina, donde comenzó a escribir para varios periódicos. Uno de ellos, El Tiempo, lo envió al año siguiente a Paraguay para cubrir como corresponsal la revolución liberal que por aquellas fechas se ponía en marcha en el país. Barrett contactó con jóvenes intelectuales que se mostraban partidarios de la insurrección y junto a ellos entró en Asunción, donde quedó instalado de inmediato. En aquel tiempo experimentó los primeros síntomas de la tuberculosis que acabaría poniendo fin a sus días.

El Palacio de López, en Asunción, a principios del siglo XX.

Tras pasar un año en Asunción, intentó instalarse nuevamente en Buenos Aires, pero durante una visita a la ciudad terminó pegándose con Juan de Urquía, a la sazón diputado por el Partido Conservador Español, en una discusión en la que Barrett defendía a Ricardo Fuente, periodista republicano que se encontraba también por allí. Como consecuencia de este nuevo affaire, Barrett se vio desterrado de Argentina y tuvo que resignarse a continuar en Asunción. Contrajo matrimonio en 1906 con Francisca López Maíz y al año siguiente nació el que sería su único hijo. Barrett trabajaba ya entonces en la Oficina de Estadística y dirigía el periódico anarquista Germinal, que en 1908 comenzó a publicar informaciones sobre los abusos y las torturas perpetrados por los responsables del golpe de Estado que derrocó al presidente Emiliano González Navero. Las fuerzas del nuevo orden lo detuvieron por socorrer a unos heridos en los asaltos a las comandancias y, tras encerrarlo varios meses en la cárcel, volvieron a exiliarlo, esta vez al Matto Grosso. Nuestro hombre tuvo que entregarse a la mendicidad para ir obteniendo el dinero necesario con el que llegar hasta Uruguay. Una vez allí, se reunió con su familia en Paysandú antes de trasladarse todos juntos a Montevideo, donde su firma encontró hueco en algunas cabeceras. En febrero de 1909 el clima político de Paraguay se relajó y los Barrett-López regresaron, con ciertas garantías, al país en el que habían fundado su familia. No se instalaron esta vez en Asunción, sino en Areguá, aunque la estabilidad no duraría demasiado. En 1910, tras mantener correspondencia con el doctor Quinton, que le ofreció seguir en su clínica un tratamiento contra la tuberculosis, Rafael Barrett se trasladó a Francia en el que fue su último viaje. El 17 de diciembre de aquel año falleció en el hotel Regina Forêt de Arcachon, acompañado por su tía Susana Barrett. Tenía treinta y cuatro años y estaba muy lejos de su familia, que se había quedado en Paraguay, pero se encontraba más alejado aún de su tierra natal, que comenzaba a no muchos kilómetros de su último destino.

Asombro y búsqueda de Rafael Barrett, de Gregorio Morán

"El resto de su obra fue viendo la luz cuando él ya no estaba en este mundo, y en esencia consistió en recopilaciones de los textos que había ido alumbrando en los distintos periódicos en los que colaboró"

Porque de Rafael Barrett nadie se acordaba ya en España, por más que cuando en 1919 se publicaron algunas de sus obras en Madrid sí hubo quien evocó tímidamente a aquel bohemio aficionado a las broncas que había frecuentado los ambientes culturales de la capital en el arranque del siglo. En realidad, Barrett no publicó en vida más que un único volumen, Moralidades actuales, que salió de la imprenta en 1909 y obtuvo un gran éxito en Uruguay. El resto de su obra fue viendo la luz cuando él ya no estaba en este mundo, y en esencia consistió en recopilaciones de los textos que había ido alumbrando en los distintos periódicos en los que colaboró a lo largo de su vida. Los lectores fueron conociendo así El dolor paraguayo (1911), Cuentos breves (1911), Mirando vivir (1912), Al margen (1912), Estudios literarios (1912), Ideas y críticas (1912) o Diálogos, conversaciones y otros escritos (1918), por poner sólo algunos ejemplos. El influjo que dejó en los dos países que más y mejor gozaron de su talento, Paraguay y Uruguay, hacen que allí esté considerado como uno de los indispensables. También Jorge Luis Borges, que lo calificó como un «espíritu libre y audaz», valoró en su juventud la obra de Barrett, al que decía preferir a las «ñoñerías» de Giusti o Soiza Reilly. Perfecto representante de la crisis de valores que presidió la mudanza del siglo XIX al XX, Barrett consideraba la filosofía como «la trayectoria que sigue el centro de gravedad de nuestro espíritu» y combinó el vitalismo de Bergson con el antipositivismo que definía las esencias modernistas, el movimiento al que adscribió sus escritos netamente literarios. Si su pensamiento político pasó del individualismo al anarquismo solidario, nunca dejó de oponerse al racionalismo y de coquetear, por tanto, con un idealismo fronterizo con ciertas lindes espirituales. «La humanidad es hoy un caos, sí, pero un caos fecundo», escribió en uno de sus textos. También su vida fue caótica, el poco tiempo que pudo disfrutar de ella, y también dejó unos frutos que quizá no se hayan paladeado tanto como merecen, pero que siguen estando ahí para quien quiera recogerlos.

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