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Rafael, te voy a ser muy franca

Rafael, te voy a ser muy franca

Esta no va a ser una reseña al uso, ya aviso desde el principio. Ni el polifacético Rafael Soler ni lo que implica una lectura reposada de Las razones del hombre delgado pueden ajustarse a una interpretación habitual. Tampoco estamos ante una obra más de Soler: en mi opinión, es su poemario clave que retrata su esencia literaria en carne viva. El valenciano viene construyendo sin prisa y sin pausa una mirada que se inauguró con Los sitios interiores (sonata urgente) y que, cuarenta años más tarde, sigue perfilándose, ajustándose a la realidad poliédrica que supone vivir, manteniendo una absoluta vigencia.

Rafael, poeta con la mano permanentemente tendida y el corazón abierto a la amistad, transita los márgenes con habilidad de equilibrista y habla aquí con la muerte, de la muerte y desde la muerte. Una temática espinosa que pocos —y pocas— se atreven a nombrar valientemente, sin miedo, con normalidad; el último Brines o Mariluz Escribano son dos ejemplos excepcionales: con el testamentario Donde muere la muerte el maestro de Oliva, y con poemas como “Cuando me vaya” o “Escribiré una carta para cinco”, la andaluza. Ambos aceptan con serenidad la cercanía de la muerte, la nombran con naturalidad como parte del ciclo vital. Pero Rafael Soler da un paso más y, consciente como San Agustín o el Quevedo de “Muerte y entierro” de que “comienza a nevar / desde la cuna al nicho” (p. 17), va al detalle de los instantes póstumos entrelazando reflexión e ironía; así, con un lenguaje ausente de puntuación (cuando le interesa), jugando con mayúsculas y minúsculas con un posvanguardismo heredero de Huidobro o Vallejo, brillante desde su arquitectura atinada, dibuja desde el limbo ese proceso de separación alma-cuerpo y cómo la ‘res cogitans’ —en términos de Descartes— continúa su viaje de descubrimiento.

"La Muerte toma la palabra, le recuerda cuál es su nueva posición y lo ubica en el desconocido contexto"

Al margen de filosofía de Platón con sus interpretaciones posteriores y volviendo a la obra de Soler, mientras el poeta (que es el hombre delgado), asumida su suerte, se acerca poco a poco al lugar de los silentes incorpóreos guiado por la Muerte igual que Dante por Virgilio en La Divina Comedia, no abandona su perpetua y vivísima ironía: “háblese ahora del dueño y su sombrero / de su lento mirar introspectivo / su pan prestado su célebre saludo / mano que altanera se despide / cerrad la caja por favor / desorden nasal de los pañuelos / caramelos de menta por favor” (p. 28). Estamos sólo en el primer poema de la segunda parte (titulada “El reino de los Leves”), hemos terminado de aceptar lo que suponen las tres composiciones de su “Ensayo general con vestuario” y los lectores ya nos hemos quedado perplejos, aturdidos, incluso. Este hombre en tránsito (“la silente inquietud / de aceptar en soledad / desvestido y con sed / la dieta que me hará / más triste / más sabio / más delgado”, p. 71), nómada del filo temporal que no es cielo ni infierno (aún), intenta comprender el destino que supone el Más Allá. Acepta el fatum inexorable (“ya suena la edad que nos debemos / ya baja a su clausura el labio”, p. 27)  y, aunque duela y nos apabulle, lo asume con deportividad, sin angustia, sin complejos, “sabiendo que la vida fue un milagro” (p. 32), pero que ahora, cumplida esta etapa del viaje, tiene que acomodarse al otro lado del espejo (véase el decisivo “Busque acomodo si tiene a bien”), donde la Muerte toma la palabra, le recuerda cuál es su nueva posición y lo ubica en el desconocido contexto: “Cómo explicarle a usted / tan recién llegado con lo puesto / que esta nueva residencia / acogerá su estancia / con solvente discreción / que usted merece lo mejor / del perdedor” (“Cómo explicarle a usted”, p. 58). Obsérvese que los cierres de cada poema son contundentes, breves, como un impacto en la mandíbula que dejará noqueado al lector. Y, mientras, el tiempo, los años pasan para su esposa, tan consciente de la ausencia del poeta que es este hombre delgado. La viuda tiene que vivir con ella en la tercera parte, “Para fundar una distancia” del que recomiendo vivamente “Te voy a ser muy franca”.

Son una tríada de voces, cada una con su personalidad, con su fuerza, con sus matices que las identifican en cada soliloquio. Pero, al final, lo importante la valentía está en que hay que “Morir para contarlo”, que es como titula la última parte donde todas esas voces se enlazan: la Muerte (“Disculpe usted”), el hombre delgado (“Qué me quiere esta voz”) y su mujer/viuda (“anoche escribí y no te rías” donde cierra con estos tres versos: “a ver si ahora tan vestidita/la poeta poeta poeta/resulta que soy yo”, p. 129).

Por eso acierta el hombre delgado que, mientras se deshace, es voz de muchos, conciencia melancólica, finura estética, paz de espíritu; también la Muerte responde a lo esperable con su actitud aséptica e inalterable, como una buena ama de llaves con flema británica o, incluso, la esposa en esa soledad del recuerdo perpetuo que la habita. Por eso, una vez terminada mi lectura, yo también te voy a ser franca, Rafael. Tan directa y clara como este poemario abisal, decisivo y rotundo para tu trayectoria creadora, tal y como han apuntado tan claramente Gamoneda, Zurita, Teuco Castilla, Iván Oñate, Marco Antonio Campos, Rolando Kattán o Gabriel Chávez Casazola. Ya puedo decir, en este mundo nuestro con pocas certezas claras, pero sin temor a equivocarme tu verso: “usted perdurará”. Porque tengo ese convencimiento.

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Autor: Rafael Soler. Título: Las razones del hombre delgado. Editorial: Nueva York Poetry Press. Venta: Amazon.

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