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El crimen de Charlotte Corday

Otro trece de julio, el de 1793, hace hoy doscientos veintinueve años, en París no fue el trece de julio de 1793: fue el trece de mesidor del año I y cayó en tridi, nuevo nombre del tercer día de la semana, que había pasado a ser de diez jornadas. Impuesto el calendario republicano francés sobre el gregoriano, el pasado veintidós de septiembre, el día que Marie Anne Charlotte Corday d’Armont vivirá su momento estelar es el trece de mesidor.

Llegada a París el pasado día nueve procedente de Caen, firma y se hace llamar Marie, pero Charlotte es el nombre con el que pasará a la historia cuando cometa el asesinato preceptivo. Aún no se ha afirmado categóricamente, pero para quienes la estudian y la conocen, la Historia se viene percibiendo como una sucesión de crímenes desde los nueve libros de Heródoto.

"Charlotte es girondina, pero su idea de la revolución también es absoluta, toda una cosmovisión"

Tras la muerte de su madre —Jacqueline-Charlotte-Marie de Gontier d’Autiers—, su padre —François de Corday d’Armon—, un gentilhombre de provincias, de recursos muy limitados pese a que fue teniente en el ejército del rey, se ha visto obligado a enviar a sus hijas a uno de esos conventos, donde se forman las descendientes de la nobleza arruinada. Quiere esto decir que la muchacha tiene veinticuatro años cuando se dispone a convertirse en una de las grandes asesinas de la Francia revolucionaria. Con todo, cuando los jacobinos comiencen a ser perseguidos tras la caída de Robespierre el nueve de termidor del año II, Charlotte Corday será convertida en una heroína de la revolución.

Por el momento, mientras aún mantiene su cabeza sobre los hombros, dentro de ella bullen ideas absolutas: nación, federalismo, constitución. Pero si puede definírsela como una auténtica revolucionaria, la girondina más entregada, es por su afán de sacrificio, de muerte prematura. “Los revolucionarios no tienen frío”, aseguran las madres jacobinas a sus hijos si el niño se muestra aterido.

Charlotte es girondina, pero su idea de la revolución también es absoluta, toda una cosmovisión. Ciertamente, por su afán de servicio al nuevo orden, será guillotinada unos días después. En el convento la iniciaron en las lecturas ordenadas. Han sido los textos de Montesquieu y Rousseau, atesorados en la biblioteca de su padre, los que han dado que pensar a la, ya en breve, asesina.

"Charlotte ha decidido pasar ella misma a la acción tras tener las primeras noticias del terror impuesto por los jacobinos"

Olimpia de Gouges, dramaturga, panfletista, ensayista y también revolucionaria, a quien la Historia habrá de recordar como una de las precursoras del feminismo francés, escribe con encomiable acierto: “La sangre, incluso la de los contrarrevolucionarios, al ser derramada con crueldad y profusión, contamina eternamente una revolución”.

Es ahora, con la primera revolución de nuestra era, la que habrá de servir de molde a todas las demás, cuando empieza a comprenderse que no son ningún ejercicio estético, ningún acto de amor, ningún acuerdo comercial. Son la alteración del curso de la historia mediante un baño de sangre, y cuanta más corra mejor. Las revoluciones se imponen mediante el terror, los jacobinos —la Montaña en la Convención— lo saben bien. De modo que la guillotina no sólo aguarda los monárquicos, nostálgicos del antiguo régimen y reaccionarios en general.

Charlotte ha decidido pasar ella misma a la acción tras tener las primeras noticias del terror impuesto por los jacobinos. Una de las matanzas que más le han impresionado fue la degollina ordenada entre la servidumbre del rey cuando el monarca fue detenido el último diez de agosto. En efecto, todos los lacayos que intentaban escapar con él han acabado en la guillotina. La joven girondina no puede creer que Jean-Paul Marat, El amigo del pueblo según su “diario político e imparcial”, haya sido uno de los impulsores de la matanza. Esta nueva indignación ha ido a sumarse a la animadversión que ya le profesaba al considerarle uno de los principales impulsores de la represión desatada contra los girondinos.

"Más tarde o más temprano, todos los revolucionarios acaban matándose entre ellos mismos. Cuando se convierten en policías"

Pese a moverse entre los círculos monárquicos de Caen, Charlotte Corday nunca ha ocultado sus simpatías por los girondinos. Como todos ellos, es contraria a la pena de muerte, lo que no será óbice para que esté a punto de dar muerte ella misma a uno de los más grandes impulsores del terror.

Más tarde o más temprano, todos los revolucionarios acaban matándose entre ellos mismos. Cuando se convierten en policías, destino último de todos ellos para la salvaguarda del nuevo orden impuesto por la revolución, no dudan en acabar con la vida de quien hasta ayer mismo era su camarada. Los años de lucha compartidos se quedan en nada cuando el antiguo compañero resulta estar en la facción con la que hay que acabar. Jean-Paul Marat va a morir. Charlotte Corday lo va a matar. Crimen que, entre innumerables obras de gran belleza plástica —recuérdense las de Baudry (1860), Santiago Rebull (1875) y Josep Weerts (1880)—, este mismo año inspirará un óleo de Jacques-Louis David, La muerte de Marat, que será a su vez la ilustración por excelencia de esta página de la Historia.

“Descendió del coche en el lado opuesto de la calle, frente a la residencia de Marat. La luz comenzaba a bajar, especialmente en ese barrio oscurecido por altas casas y por estrechas calles”, escribe Alphonse de Lamartine en su Historia de los girondinos (1847). Resuelta a todo, como cualquier juramentado que va a matar, entra en el número veinte de la rue des Cordeliers. Los impedimentos con los que intentan detener a Charlotte Corday la portera de la finca y la criada de El amigo del pueblo no sirven de nada. Antes al contrario: Marat, ante la algarabía —la visita acusa a voces a los enemigos de Francia—, ordena a su sirvienta que deje pasar a su asesina.

"Los guardias de la revolución tienen que aplicarse con contundencia para salvar a la joven asesina de la ira de las masas"

Cuando se vio obligado a esconderse en las catacumbas parisinas, para escapar de la venganza de los ofendidos por las críticas de su diario, Marat contrajo una dermatitis seborreica que sólo se ve atenuada por largos baños, que toma mientras escribe nuevas entregas de El amigo del pueblo. El que le ocupa, mientras recibe a Charlotte Corday, va a ser el último. Apenas termina de preguntarle el nombre de los nuevos infelices que en breve irán a morir, la girondina saca un cuchillo de sus ropas y convierte a Marat en un mártir de la revolución.

Simone Évard —esposa de la víctima— y su ama de llaves detienen a Charlotte hasta que llega la policía. Estos guardias de la revolución tienen que aplicarse con contundencia para salvar a la joven asesina de la ira de las masas —quieren lincharla—, mientras la llevan a la prisión de la Abadía. Saldrá de ella para ir a la guillotina cuatro días después.

"El momento estelar de Charlotte Corday inspirará tanta literatura como pintura"

“Mi deber es suficiente. Lo demás no es nada para mí”, escribe en una carta que se le encuentra. Con ese afán de sacrificio, que no cambia en los revolucionarios, ya vayan al suplicio o a torturar ellos mismos a los reaccionarios, se enfrenta al tribunal y a cuantos interrogatorios le quieren hacer. Sin embargo, dudan de su ardor revolucionario. Tanto es así que, hasta que no realizan la autopsia a su cadáver y ven que conservaba la virginidad, no acaban de admitir que ha matado por la causa girondina, que no obedeciendo órdenes de un amante.

El momento estelar de Charlotte Corday inspirará tanta literatura como pintura. Alejandro Dumas (padre) recogerá su ajusticiamiento en una bella pieza, La bofetada a Charlotte Corday. Verá la luz por primera vez en 1849, dentro de Los mil y un fantasmas, la más célebre compilación de lecturas inquietantes de Dumas. Está basada en un hecho tenido por verídico. Desde luego, parece plausible.

Se dice que, una vez degollada la joven Charlotte, el verdugo le propinó un par de bofetadas a su cabeza una vez seccionada del tronco. Con su último aliento, las mejillas se ruborizaron ante una afrenta a la que su cuerpo no podía responder. El miserable ejecutor de la justicia, que dijo ser maratista y haber actuado así por ello, fue condenado a tres meses de cárcel. Así se escribe la historia.

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