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El rastro, de Andrés Trapiello

El rastro, de Andrés Trapiello
Andrés Trapiello nos invita a un viaje a El Rastro (Destino) que es también su homenaje a uno de los mercados ambulantes más emblemáticos del mundo. Podremos conocer a su gente y entender sus vidas a través de sus recuerdos y sus objetos. Una historia única de la ciudad de Madrid, su tradición y su cultura. El libro, profusamente ilustrado con fotografías que repasan más de cuarenta años de historia, está dividido en una primera parte donde se abordan cuestiones teóricas; una segunda y tercera más personales que podrían añadirse a una “Guía sentimental del Rastro”; y una cuarta parte repleta de fotografías y muchos fragmentos inéditos o escritos ex profeso para el libro, que el autor ha recopilado de sus diarios, y también de artículos y prólogos.
Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) vive desde 1975 en Madrid. Es autor de diarios, ensayista y autor de ocho novelas, muchas de ellas galardonadas con importantes premios como el Nadal, 2003; el de la Fundación José Manuel Lara, 2005; el Prix Littéraire Européen Madeleine Zepter, París, 2005, a la mejor novela extranjera, el premio de las Letras de la Comunidad de Madrid, 2003, y el de Castilla y León, 2011, al conjunto de su obra.
Zenda publica las primeras páginas de El Rastro.

Hay cierta fatalidad en que al Rastro se le llame Rastro, con esa palabra precisamente. Su origen está unido al arrastre de las reses, y alude a la actividad de unos mataderos cercanos. Pero rastro significa también huella.

Las descripciones clásicas del Rastro con las que contamos, desde las de Mesonero Romanos, Fernández de los Ríos y Galdós a las de Baroja, Blasco Ibáñez, Solana, Barea o Gómez de la Serna, son de impresionistas, y ninguna es tampoco sistemática, aunque Galdós y Baroja dieron unas pinceladas muy buenas sobre los personajes humanos que conocieron en el Rastro. Pero en general lo que se ha escrito del Rastro se queda en relaciones históricas someras y otras veces en enumeraciones y casuística circunstanciales, y aunque algunas son acertadísimas y emocionantes como apuntes y retratos, se quedan lejos de lo que a uno le interesa del Rastro, es decir, conocer la razón por la que buscamos en él lo que buscamos, y qué echamos en falta en nuestra vida para ir a buscarlo allí y no en otra parte. De ahí que me sienta ahora como alguien que va a internarse en unas tierras vírgenes mal equipado o equipado únicamente de sentido común y experiencia, que son a todas luces y para lo que me propongo, insuficientes.

Es curioso: para el libro que me gustaría escribir veo que me falta preparación, y aunque lo que decía Pla es gracioso («si quieres saber algo de un asunto, escribe un libro»), vale poco. Pero ¿qué podemos hacer? Empecemos, pues, por lo más sencillo, por describir el campo de batalla.

Historia y descripción del rastro
El Rastro está situado en los barrios bajos, o sea, al sur, de la ciudad. Madrid ha aportado a la lengua castellana los adjetivos barriobajero y rastrero, que originariamente no tuvieron las connotaciones inicuas que hoy les damos. Al contrario. Fueron sinónimo de bravura, recordada, durante la francesada, en las gestas patrióticas de muchos de sus vecinos («majos» y «manolos», origen de «la majeza madrileña», y andando los años, de los «chulos» o «chulapos» y sus correspondientes femeninos). Pero el desenfado y la vida arrabalera de algunos de los puntos que vivían en aquellos confines fue despintando de ambos calificativos sus entorchados dorados y dejándolos en jeribeques sombríos, reservados a hombres de malas trazas, fantoches y delincuentes, y mujeres agrias y de vida airada. Empezó a conocerse también aquel finisterre con el nombre un tanto infamante de «barrio de la Inclusa»,institución que se trasladó a la calle de Mesón de Paredes a comienzos del 800.
Esta parte de Madrid fue, desde sus inicios hasta mediados del siglo xix, el fin del mundo, como quien dice.
La mayor parte de los Rastros o «mercados de las pulgas» del mundo se situaban tradicionalmente a las afueras de las ciudades, en las puertas que franqueaban su entrada: Porta Portese en Roma, Porta Capuana en Nápoles, Puerta de Toledo en Madrid, en París las puertas de Vanves o Clignancourt, Portobello en Londres, la Feira da Ladra, de los ladrones u objetos robados, de Lisboa, al pie y fuera de las murallas… El crecimiento de las ciudades los ha incorporado a sus centros urbanos, pero en origen eran sus «afueras»,sus arrabales, cerca de los basureros. Y allí iban las cosas, como en una última parada antes de que gentes también arrabaleras encontraran para ellas una segunda vida.
A los pies del Rastro se hallaba el barrio de las Injurias, que noveló Baroja en La busca. Había unas cuantas tribus de gitanos, quinquis y desgraciados que vivían a la orilla del río en chabolas o debajo del puente de Toledo. De las Injurias salió Felipe Sandoval, el conocido anarquista que mandó a la tumba a unos cuantos durante la guerra civil y de quien Carlos García-Alix hizo un documental memorable. En el Rastro precisamente encontré hace años un informe de un médico higienista de principios del siglo xx donde aparecen unas cuantas fotos. Justifican por sí solas el nombre del barrio y ayudan a entender la desquiciada trayectoria de ese y otros injuriados e injuriantes. Los vecinos de los barrios bajos estaban dejados de la mano de Dios, eran, marginales y marginados, como un Madrid dentro de Madrid. «Siempre se puede plantear en el Rastro aquella pregunta del viejo literato: “¿Es el Rastro el que está en Madrid, o Madrid en el Rastro?”»,recordaba Gómez de la Serna en El Rastro.Y así lo había contado también antes Galdós en Fortunata y Jacinta y en algunos Episodios Nacionales.
El Rastro originario, situado en uno de sus cerrillos, se orienta hacia el sudoeste, y tiene a la vista, o tenía más bien, el río Manzanares.

De este río, el hazmerreír de los ríos del mundo, no voy a decir nada chistoso porque ya se han encargado de hacerlo otros muchos escritores, desde Quevedo y Lope a Villarroel y Arniches. Además, todo lo que fluye, aunque sea de la manera en que lo hace ese regato, merece un respeto, e incluso al Manzanares hay que tenérselo también. Conocemos miles de lugares en el mundo, y sin salir de España, que se perecerían por tener un río como el Manzanares, y aun peor. Hay fotos antiguas de ese río en las que se le ve a este sostener su caudal con muchísima dignidad, como un hidalgo pobre. Son fotos preciosas, llenas de vida, de cuando las lavanderas (la madre de Eugenio Noel, la de Arturo Barea) iban allí y ponían a secar las sábanas, y aquello parecía una pacífica flota de galeones. Por las fotos se aprecia la amplitud de las riberas del río, los dedos, más que brazos, que hacía el agua, las islitas con maleza, las charcas estancadas, propicias más a las ranas que a los peces… Algunas mañanas, especialmente silenciosas, todavía creemos oír la flauta del sapo al otro lado de la Ronda de Toledo, interpretando laPastoralde Beethoven. Todo eso, con su vida primitiva, lo hormigonaron en los años ochenta del siglo pasado para hacer la circunvalación de la M-30.Hay tres calles que acreditan la orientación geográfica del Rastro, las dos de Mira el Río (Baja y Alta) y Mira el Sol.

En los callejeros clásicos, copiados por los modernos, se busca al nombre de las dos primeras una explicación bastante peregrina echando mano de ciertas inundaciones del río, que habrían anegado las riberas del Manzanares. «Tan espantoso aparecía el río, que se asemejaba a un brazo de mar embravecido»,escribe Antonio Capmany y Montpalau en su Origen histórico y etimológico de las calles de Madrid (1863), así que los vecinos de Madrid acudieron en tropel a aquella eminencia del terreno, para exclamar: «¡Mira el río!».
El Manzanares no se ha desbordado en su vida.
En el plano de Witt, 1635, el primero que existe de la ciudad, no se les pone nombre a ninguna de las dos, y en el famoso de Texeira, de 1656, aparece con un error del grabador, que confundió la i con una t, «Mtral Río»,pero el de Chalmandrier, de 1761, vuelve a poner las cosas en su sitio, subsana la errata, y aparece como Mira al Río, o sea calle que mira hacia el río, orientada hacia él. La tercera, Mira el Sol, se encuentra al sur del Rastro, orientada a Levante. Pero a algún empleado municipal debió de parecerle demasiado sencillo, y echó a volar su imaginación. Si pudiera elegir cómo me gustaría ser recordado en los siglos venideros, que fuera por haber sido quien devolvió a las calles Mira el Río y Mira el Sol su nombre originario de Mira al Río y Mira al Sol, o mejor aún, Miralrío y Miralsol.

Parece que en el siglo xv, reinando Enrique IV, empezaron a levantarse ya algunas casas por allí, cuando se amplió la cerca (no llegaba a muralla) que incorporó nuevos terrenos a la ciudad. Una reciente asociación de comerciantes, Nuevo Rastro Madrid, acaba de editar unos folletos donde ponen: «Desde 1496». ¿Qué nos cuesta creerlo?

El Madrid antiguo se parecía bastante a una ostra. La perla sería el Alcázar, donde ahora está el Palacio Real, próximo a la bisagra musculosa que abre y cierra las dos valvas. El Alcázar, situado al oeste, sólo podía crecer hacia levante (y de ahí la Puerta del Sol), el terreno llano. Hacia el oeste no podía hacerlo, porque estaba emplazado en un altozano y tenía abajo el río. Primero se construyó una muralla, en tiempo de moros, en el siglo ix, pero cuando hubo necesidad de ampliarla, ya con los cristianos, se recurrió a una cerca que tenía más propósito arancelario que defensivo. Esta cerca se corrió varias veces de sitio hasta el siglo xix, siempre por razones de expansión demográfica.

En tiempos de Isabel y Fernando, Reyes Católicos, había en la ciudad tres mataderos, próximos al Alcázar, y las protestas de los vecinos, ante los problemas de salubridad, forzaron la orden real de llevarlos a los arrabales, detrás de la cerca. El Rastro fue el lugar elegido para los sucesivos mataderos. El primero de ellos, 1497, dicen, se encontraba en la calle de Toledo, próximo al hospital de Beatriz Galindo,La Latina, la amiga latiniparla de la reina Isabel, a quien aquella solicitó su traslado, por los malos olores. La señora Galindo lo movió de sitio, pagándolo de su pecunio, a la Puerta de Toledo.

También existía otro, en el Cerrillo del Rastro, junto a la plazuela del Rastro, en lo que hoy es la plaza de Vara del Rey, dedicado al sacrificio de carneros, hasta que en el siglo xix pasó a ser sólo para ganado porcino, acaso porque se abrió cerca un saladero (¿o fue al revés?). Funcionó hasta los años veinte del siglo pasado.

El que estaba junto a la Puerta de Toledo se levantó en la calle de los Cojos, que vivían en el albergue al que ya me he referido. Hubo una leyenda según la cual, aparte de Cervantes, les socorría una cofradía llamada la Ronda del Pan y Huevo, que les asistía con este sustento a ellos y a los demás pobres. Estas leyendas yo creo que se las inventan los académicos y los canónigos, que eran los que antiguamente tenían más tiempo para ello. Ese Matadero Nuevo se derribó y se levantó otro al lado, que se trasladó dos siglos después a Legazpi, en 1928.

Hoy la antigua calle de los Cojos lleva el nombre del desconocido capitán Salazar Martínez, quien sin duda habría preferido quedarse sin calle a morir como murió, joven, en el Barranco del Lobo, en una de las guerras coloniales.
La ubicación de los mataderos, según se hable de ellos en unos u otros libros, es fluctuante, y yo los coloco mentalmente de manera aproximada. Al igual que los años, el 1497 de un llamado Matadero Viejo, entre las calles de Embajadores o Maldonadas, o el de 1650, en el Cerrillo, que le sustituyó, con el nombre de Carnicería Mayor, como figura en el plano de Texeira.
Esos libros afirman también que la presencia de estos mataderos explica y justifica el subterráneo viaje de agua del arroyo del Alto Abroñigal, procedente de Canillas, hasta aquel barrio extremo de mataderos, necesitados siempre de un caudal regular y permanente.
La historia del agua en Madrid es fascinante, porque nunca anduvo sobrada de ella, y los madrileños se vieron obligados a minar la ciudad para llevarla de un sitio a otro, y así el viaje del Alto Abroñigal surtió las fuentes de Lavapiés, Cabestreros, Embajadores, el Rastro y el Matadero, la Fuentecilla, Ave María y Santa Isabel. Las fuentes de Madrid tuvieron una importancia y un protagonismo extraordinarios en la vida cotidiana de sus vecinos, asistidos en esos menesteres por los aguadores, tan literarios, tan indiscretos.
Tras la traída del agua, empezaron a trazarse las primeras calles y estas se llenaron de menestrales que atendían lo relacionado con los dos mataderos: Ruda, Juanelo, Cabeza, Encomienda, Espada, Esgrima, Tenerías, Arganzuela, Carnero…
El barrio conoció una rápida expansión: Embajadores, Lavapiés, Mesón de Paredes («el Broadway de los barrios bajos»,llamó Chueca Goitia a esta calle), Ave María, Abades, Rodas, Oso, Tres Peces… Con la gente vinieron los frailes y los conventos. El primero, el de los mercedarios, los frailes que rescataron a Cervantes del cautiverio de Argel, estaba en la plaza que se llamó antiguamente de San Isidoro, luego, en el siglo xix, del Progreso, y hoy de Tirso de Molina, en recuerdo de aquel fraile mercedario literato, autor de El burlador de Sevilla, el primer hito en la leyenda de don Juan Tenorio.

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Autor: Andrés Trapiello. TítuloEl Rastro. Editorial: Destino. Venta: Amazon