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Rayuela, que algo queda

Rayuela, que algo queda

He tomado otra vez Rayuela, después de muchos años, con la saludable intención con que uno abre una medicina amarga: esperando el bien prometido, o recordado, y temiendo el sabor de ahora. He salido, no curado, sino con la sospecha de que el viejo frasco venía vacío y el prospecto escrito en francés.

Dicen que es novela, y tal vez yo también lo dije; sostengo hoy que es un mueble de Ikea sin tornillos, que exige del lector una fe activa y una llave Allen metafísica. Se nos invita a saltar capítulos como quien cruza charcos: no por necesidad, sino por deporte. El resultado es que uno acaba empapado de referencias, citas y humo intelectual, con la elegante sensación de haber participado en algo importante sin saber muy bien en qué.

"Rayuela parece escrita para lectores que disfrutan del acto de leer como otros disfrutan del yoga extremo: no por placer, sino por la satisfacción moral de haber sobrevivido"

Porque Rayuela no se lee: se padece. No se avanza: se deambula. No se comprende: se consiente. Es un libro que no se conforma con ser libro, como si eso fuera poca cosa, y decide convertirse en método, en desafío, en postura vital y, si se descuida, en secta. El lector ya no es lector: es cómplice, acróbata, saltimbanqui, y a ratos víctima voluntaria de un experimento cuya hipótesis nunca se nos explica del todo.

Se nos propone un “juego”, palabra que siempre despierta sospechas cuando viene inserta en un prólogo largo. Porque cuando un adulto insiste demasiado en que algo es un juego, suele tratarse de trabajo no remunerado. Aquí el juego consiste en desordenar el orden, como si el caos fuera una virtud en sí misma y no una consecuencia. Se nos invita a leer de mil maneras, todas ellas igualmente inútiles para resolver la pregunta básica: ¿qué demonios está pasando?

Los defensores dirán que no importa el qué, sino el cómo. Grave excusa. Con ese criterio, también podríamos celebrar un discurso político sin ideas, siempre que la entonación sea sugerente. Rayuela parece escrita para lectores que disfrutan del acto de leer como otros disfrutan del yoga extremo: no por placer, sino por la satisfacción moral de haber sobrevivido.

"No es misoginia, sino algo peor: abstracción. Y nada cansa más que ser una idea cuando una solo quiere ser persona"

Los personajes, por su parte, tienen la virtud de hablar mucho y decir poco, lo cual los hace perfectos tertulianos pero pésimos seres humanos. Conversan como si cada frase debiera pasar primero por un comité filosófico antes de salir al mundo. No dialogan: se exhiben. No se escuchan: se admiran mutuamente en el espejo de su propia inteligencia. Y cuando alguno parece a punto de sentir algo auténtico, se detiene para analizarlo, diseccionarlo y finalmente matarlo de aburrimiento.

El protagonista —ese espécimen de hombre moderno, brillante y desorientado— es la prueba viviente de que pensar demasiado puede ser una forma de no hacer nada. Busca el sentido de la vida con la misma intensidad con que evita cualquier responsabilidad concreta. Ama con comillas, sufre con notas al pie y vive como quien toma apuntes para una vida que empezará más adelante. Si este es el héroe de nuestro tiempo, no extraña que el tiempo esté cansado.

Y las mujeres, ay, las mujeres, Maga incluida: criaturas etéreas, símbolos andantes, musas despistadas y, en ocasiones, personas de carne y hueso que el libro parece no saber muy bien qué hacer con ellas. Se las quiere mucho, pero siempre a distancia; se las idealiza tanto que se las vuelve irreales. No es misoginia, sino algo peor: abstracción. Y nada cansa más que ser una idea cuando una solo quiere ser persona.

"El autor parece enamorado de su propia agudeza, y ese amor, aunque comprensible, resulta agotador para terceros"

El estilo, ese gran fetiche, es una mezcla de brillantez y exhibicionismo, como un orador que habla con palabras tan hermosas que uno acaba sospechando que se habla a sí mismo. Hay frases memorables, pero están colocadas con la misma generosidad con que un avaro reparte monedas: una aquí, otra allá, nunca suficientes para pagar el peaje del tedio. El autor parece enamorado de su propia agudeza, y ese amor, aunque comprensible, resulta agotador para terceros.

Y luego están las referencias, las citas, los guiños cultos, los nombres propios que caen como migas de pan para que sepamos que estamos en territorio ilustrado. El lector que no los reconoce se siente culpable; el que sí los reconoce se siente superior; y el libro, satisfecho, observa cómo ambos olvidan preguntar si todo eso sirve para algo. La cultura se convierte en decoración, como una biblioteca enorme que nadie usa pero que queda muy bien en la foto.

El famoso desorden estructural, presentado como un acto revolucionario, termina siendo una tiranía nueva. Porque no hay nada más autoritario que un libro que te dice: “Eres libre… pero lee como yo quiero”. La supuesta libertad del lector viene acompañada de instrucciones precisas, advertencias solemnes y una sensación constante de estar fallando en el método correcto. Es el anarquismo con manual de usuario.

"Rayuela es una obra que se sube a la rayuela del ingenio, salta con gracia, pero olvida que el juego termina cuando alguien se cansa"

Se dirá que Rayuela rompió moldes, que abrió caminos, que fue hija de su tiempo. Todo eso es cierto y, como muchas cosas ciertas, insuficiente. También los primeros automóviles eran incómodos, ruidosos y poco fiables, pero no por eso hoy los sacaríamos a pasear orgullosos por la autopista. La innovación no exonera del aburrimiento, ni la osadía justifica la pesadez.

Hay, sin embargo, un mérito innegable: el libro logra que el lector se sienta inteligente por el mero hecho de seguir leyendo. No tan a lo bestia como leyendo a Joyce, pero por ahí deambula. Y eso, en un mundo inseguro, es un regalo tentador. Uno no termina Rayuela satisfecho, pero sí convencido de haber participado en algo importante, como quien asiste a una conferencia incomprensible y aplaude con fervor para que nadie sospeche.

Y en fin, cuando cierras el libro, te queda una vaga sensación de haber sido sermoneado con elegancia. De haber escuchado a alguien muy brillante explicarnos durante horas por qué la vida es compleja, mientras nosotros asentimos, cansados, pensando que quizá la vida sería menos compleja si habláramos un poco menos de ella.

Concluyo, como el buen crítico decimonónico que me gusta aparentar ser: Rayuela es una obra que se sube a la rayuela del ingenio, salta con gracia, pero olvida que el juego termina cuando alguien se cansa. Un libro que invita a la libertad intelectual con la severidad de un maestro de álgebra; que predica la espontaneidad tras una cuidadosa coreografía. Léalo quien quiera sentirse moderno, profundo y un poco culpable. Yo, por mi parte, prefiero los libros que no me exigen acrobacias para decirme algo sencillo: que la vida, a veces, se entiende mejor cuando se vive en línea recta.

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