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Reclutando a una libertaria

Remil es el protagonista de una exitosa trilogía literaria de espionaje político escrita por el periodista y escritor Jorge Fernández Díaz. La nueva serie del escritor, Política Ficción que lleva un lema sarcástico: “Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad”, se publicará todos los martes en Zenda. A continuación, compartimos la última entrega, “Reclutando a una libertaria”.

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La dama de plata, como le decimos en clave, nos reúne en su suite del Hilton a pocos días de asumir plenamente la dirección de la agencia privada, nos explica con frialdad que desarrollará una gestión menos defensiva y nos pide que le presentemos lo antes posible una lista de potenciales candidatos: pretende reclutar a alguien dentro del bloque libertario que funcione como un topo y la mantenga informada. Es una idea audaz, marca el nuevo estilo de la compañía y sugiere contar con un mayor caudal de fondos para estas operaciones secretas. Desempolvamos nuestros archivos y preguntamos a nuestras fuentes durante quince días: hay en ese grupo mucha gente con historia y experiencia de “casta” y también mucho debutante sin méritos y con pasado risible o dudoso. Taylor lee los informes y parece vacilar entre dos o tres legisladores, pero Leandro Cálgaris la saca de toda duda: la señorita Elíptico —así la denominaremos internamente para no filtrar su identidad ni siquiera en los mails protegidos por los mejores cortafuegos del mundo— llegó al planeta libertario de la mano de un proveedor de materiales de construcción que se cansó de cantar la marcha peronista, que se cruzó a tiempo de vereda y que cotizó fuertemente en la campaña inicial del mesías en ascenso: está casado por iglesia en su pueblo con una paisana, pero Elíptico funge como su amante fija en Buenos Aires, después de haber sido una simple escort de lujo. El amor no conoce límites. “Suena bien pero no es diputada de la Nación —le advierte nuestra socia—. Apenas una asistente o asesora. Una empleada”.

"Taylor viene de las guerras de Medio Oriente y de luchar contra el terrorismo islámico y, por lo tanto, se sorprende un poco con estas menudencias provinciana."

El coronel le pide permiso para encender su pipa y la flamante directora se lo permite, pero con algo de fastidio. “Tiene acceso permanente a todo lo que se habla, porque es amiga y mano derecha en ese despacho fundamental —señala mientras le da tiradas cortas y rápidas a la boquilla—. En esa posición tiene más información que muchos ‘termos’ que primero votan y después leen los proyectos”. Taylor se extraña: “¿Termos?” Acudo sin que me llamen: “Fanáticos ciegos y orgullosos de acatar cualquier orden que les imparta su amado líder, por más absurda que parezca”. Cálgaris amplía: “Muchos diputados son aleatorios y están más en las redes o en los medios que en las comisiones. La señorita Elíptico, que no es ninguna lumbrera, tiene sin embargo más datos y acceso al nido que esos tarambanas. Sabe realmente lo que se cocina”. La dama se acaricia el pelo blanco, con un rictus de escepticismo, y dice como para sí misma: “En Estados Unidos con ese simple antecedente prostibulario ya la podríamos presionar, es raro que todavía no haya saltado todo”. Cálgaris niega: “Es difícil de probar, porque nadaba en una zona gris: era una “acompañante de viajes” y también una especie de modelo de segunda —dice el coronel—. Hay que cavar más hondo”.

A la directora no le termina de convencer, así que Cálgaris descarga toda su munición: “La están preparando para integrar las listas del año próximo. La mandaron a la escuelita. Tiene un buen presente, pero el futuro luce todavía mucho más promisorio. Estaríamos haciendo una buena inversión”. Quiere saber la dama de plata qué demonios es la “escuelita”. “Un curso caro e intensivo para ignorantes —dice Cálgaris entornando los ojos—. Les dan clases de historia reciente y de educación cívica, y les enseñan el uso del reglamento de la Cámara. Después aprenden oratoria y comunicación no verbal, y media training, y marketing político y militancia en redes sociales. Al final, les cambian hasta el look”. Taylor viene de las guerras de Medio Oriente y de luchar contra el terrorismo islámico y, por lo tanto, se sorprende un poco con estas menudencias provincianas: “¿El look?”. Cálgaris menea la cabeza removiendo las cenizas calientes de la cazoleta: “Le bajan el tono, para que sea menos estridente”. Ahora la directora lo pisa: “Vulgar”. El coronel le sonríe: “Colores más neutros, accesorios menos ostentosos, maquillaje más natural. Parlamentaria europea, estadista”.

"Nada parecía más rentable que los books de los grandes hoteles y de los vínculos comerciales en círculos altos"

Se quedan en silencio un buen rato, mientras la jefa mira sin ver una foto de la candidata. Al final suspira ruidosamente y la arroja sobre la mesa como si fuera un naipe de descarte. “Prueben”, dice. Y probamos. El coronel ya no frecuenta, después de tanto tiempo de intensa relación, a los alcahuetes y cafishios de la prostitución vip, pero los activa con generosas transferencias y comienza la búsqueda silenciosa. Elíptico tiene cuarenta años y lo primero que surge es su recuerdo como falsa “promotora” en el ambiente automovilístico, con muchos clientes en La Pampa, Rafaela y Entre Ríos. Un piloto de Turismo Carretera la presentó luego a un mediocre manager de pasarela, pero la chica no era ni demasiado alta ni muy original, ni tenía suficiente disciplina: apostó sin suerte al asunto y sin abandonar el oficio más viejo del mundo; apareció fugazmente en algunas revistas, novió con uno o dos futbolistas de perfil bajo, pero no llegó nunca a ser famosa. Nada parecía más rentable que los books de los grandes hoteles y de los vínculos comerciales en círculos altos. No habían quedado registros de esa actividad, incluso habían pasado bajo el radar de la DGI: le habría resultado difícil justificar ante el fisco los ahorros, los relojes y joyas que le regalaban y algún coche que le puso a su nombre un fogoso cliente habitual.

"Y que si esta película girara en X o fuera parcialmente publicada por un medio opositor, ella pasaría a ser un cadáver político y una apestada"

Cuando Taylor ya comienza a impacientarse, surge el asunto del DVD: parece que Elíptico ha incursionado también en la pornografía de la mano de un productor de segunda de la ciudad de La Plata, pero la película es de 2011 y ya no existe. Buscamos al productor, que está retirado del circuito: alquila ahora su estudio para programas “periodísticos” de streaming. La conversación es amenazante, y el tipo se da cuenta de que su salud peligra. Confiesa que el contratista le pagó una fortuna para retirar y recomprar a alto valor todas y cada una de las copias y después destruirlas. Al año, cuando verificó que había cumplido con su palabra, le pagó otra suma suculenta. Cálgaris lee mi informe y lo visita: “En su lugar, yo me habría guardado al menos una —le dice—. Usted, como yo, es un hombre muy previsor”. El veterano sabe que estamos armados y tiene bajos umbrales de dolor, así que admite que en una caja fuerte, en el altillo de su casa de City Bell, almacena esa y otras doce películas de antiguas actrices que quisieron borrar su pasado fílmico. Vemos la cinta y la dama de plata se convence de apretar el acelerador. Editamos un recorte de cuatro segundos y le enviamos un mensaje de visualización única. Lo abre y se le borra, y a continuación es citada en el despacho de un abogado amigo. Llega a tiempo, con un gesto de preocupación que le deforma la boca siliconada y con muchas ínfulas: amenaza con el poder del contratista y de sus camaradas parlamentarios. Cálgaris le explica, con paciencia didáctica, que el amante tiene en la provincia varias causas abiertas —“están cajoneadas, pero ese juez es vulnerable a los servicios”— y por supuesto, una hermosa familia muy conservadora. Y que si esta película girara en X o fuera parcialmente publicada por un medio opositor, ella pasaría a ser un cadáver político y una apestada. Patalea, llora. Taylor le alcanza un pañuelo, y le explica que no pretendemos hundirla. Toma el mando de la reunión y demuestra gran experiencia como reclutadora; el coronel apenas interviene para ajustar algún detalle. El proceso no se resuelve tan rápidamente. Nunca. Pero al cabo de idas y vueltas discretas —no le revela nada ni siquiera a su amante— acordamos una rutina. No habrá comunicaciones directas: cada martes entregará un parte o un documento, o recibirá instrucciones en un “buzón muerto”, que en este caso es un locker de un gimnasio de Palermo Chico. La señorita llamativa y voluptuosa llegará con su cartera de lujo y sus calzas de marca, y hará una hora de ejercicios con un personal trainer; luego se quedará un rato sudando en el elíptico. Yo iré por las tardes a hacer fierros, y retiraré del armario el fruto de su trabajo. Esta chica hará una gran carrera. Ha nacido una estrella.

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Otras entradas de esta serie:

La Navidad de los corruptos

Hay que salvar al Presidente

El trabajo de toda una vida

Una sorpresa en el tren fantasma

Operación zapatos sucios

Un espía bolivariano

La dulce debilidad del gobernador

El testaferro se presenta a cobrar

Persecución en los Pirineos

Una foto así nunca desaparece

Una ardiente guerra fría

Pacto secreto en el Llao Llao

Relatos publicados en el diario La Nación de Argentina

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