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Recuerdos de Capablanca por su esposa Olga Clark (y IV)

Recuerdos de Capablanca por su esposa Olga Clark (y IV)

El juego de ajedrez compete a los dos hombres que lo juegan. Nada depende de la casualidad.

Ambos comienzan en el mismo terreno, con una ligera ventaja para quien juega con las piezas blancas. El cerebro del maestro crea estructuras lógicas llenas de brillantez y belleza. Puede también rodearlas con una inexpugnable defensa que conduce a las tablas si así lo desea.

"Meditar en el albor del gris amanecer era algo que le fascinaba. Ante él flotaban imágenes fragmentadas"

Por regla general, un maestro puede casi siempre asegurar las tablas si decide no arriesgarse en una ofensiva. Tal actitud hace las cosas más difíciles para quien juega a ganar, ya que debe obtener una ventaja ínfima de apertura. No sólo debe alimentar esta pequeña posibilidad con toda su paciencia e intuición, sino que también está obligado a afrontar todo tipo de peligros. Entretanto, su adversario acecha desde su nido de águila en busca de una oportunidad para cazarlo.

Pero los torneos no se ganan con empates.

El joven Capablanca reflexiona sobre ello mientras permanece solo en la cubierta del barco. Madrugador incorregible, esa mañana ya estaba levantado antes del amanecer. Tal vez al acercarse el final del viaje estaba tan nervioso que no podía dormir. Aunque no quería admitirlo, sentía cierta ansiedad que era incapaz de reprimir. Meditar en el albor del gris amanecer era algo que le fascinaba. Ante él flotaban imágenes fragmentadas.

"Unos pocos amigos pondrían a prueba su lealtad y ocultarían su desengaño con algunos comentarios animosos. ¿Y su familia? Estarían todos tan heridos como él"

«iCapablaca genial, príncipe hermoso!» era el comienzo de un poema escrito en honor a su victoria sobre Marshall. Ahora, esto le hacía estremecer. iCómo se agolpa la gente en torno al vencedor! Tan rápido como se retiran en caso de derrota. Sí, incluso los imbéciles se encogerían de hombros y lo mirarían con arrogante lástima. iLástima! Eso sería lo peor de todo.

Naturalmente, él no les daría esa satisfacción. Soportaría su fracaso, si le ocurriera, con dignidad. Con una sonrisa felicitaría a los vencedores, porque un caballero debe reconocer los méritos de sus rivales. ¡Nadie osaría cuestionar su sinceridad!

Unos pocos amigos pondrían a prueba su lealtad y ocultarían su desengaño con algunos comentarios «animosos» . ¿Y su familia? Estarían todos tan heridos como él.

"Muchos de los rasgos de la familia provenían del padre que, a pesar de tener un temperamento vivo, era siempre un caballero con la rectitud y la educación de la vieja España"

Una oleada de emoción le atenazó la garganta. Nunca podía pensar sin emocionarse ante la visión de aquellos ojos adorables, marrones oscuros, grisáceos, casi azules, los ojos de su hermano y sus hermanas. Su devoción nunca se perdería. Todos ellos eran semejantes en su apariencia y brillantez, en bondad y honradez, e inflexibles en su orgullo. Suspiró. Era difícil ser un Capablanca entre ellos.

De forma extraña, este pensamiento lo tranquilizó.

Muchos de los rasgos de la familia provenían del padre que, a pesar de tener un temperamento vivo, era siempre un caballero con la rectitud y la educación de la vieja España. Impecable en su honradez, inflexible en su trato, podía ser comprensivo y animoso si el momento lo requería. De mamá provenía una extraña clase de fuerza. Ante Raúl aparecían su rostro dulce, con grandes ojos negros, y su leve sonrisa, y despertaban los impulsos de la infancia, ya casi olvidados. Mamá, con tantos niños de los que ocuparse, había conservado la juventud del corazón y el amor por la belleza. Parecía poseer un tesoro de conocimiento. De ella aprendió a valorar la calidad de las cosas, que le hacían saltar las lágrimas cuando nadie miraba. Nadie vería jamás cómo la música y la pintura lo conmovían, ni tampoco mostraría a nadie lo asustado que se encontraba ahora.

"Era esa especie de libertad la que lo relajaba. Todo eso lo llenaba de un júbilo que lo envolvía, y cuando intentaba encontrar un nombre para ello, no podía pensar en otro que no fuera esperanza"

¿Asustado? La palabra se dibujó en su mente. ¿Acaso no había salido para tomar un poco de aire fresco? El alba aparecía sobre el mar con colores tan suaves y espléndidos que tuvo, inesperadamente, la sensación de ser admitido en un ritual sagrado. El milagro no era menos impresionante porque se tratara de un hecho que se producía a diario. Observó cómo el cristal del cielo cambiaba de matiz y se convertía en oro, derramándose sobre la desnudez del mar, y sus emociones ahogaron lentamente sus pensamientos.

Era esa especie de libertad la que lo relajaba. Todo eso lo llenaba de un júbilo que lo envolvía, y cuando intentaba encontrar un nombre para ello, no podía pensar en otro que no fuera «esperanza». Era tan evidente que parecía querer explicar todo cuanto deseaba. Quizá porque le llegó con el sonido de una gaviota. El sonido resquebrajó el aire, lo vivo de la mañana; y la frescura de algo nacido sobre la arena y las rocas le anunció que la costa europea estaba cerca.

París fue la primera parada en el continente y dio a Raúl toda la certeza de encontrarse en Europa. Su atmósfera, la combinación de algo antiguo junto con algo siempre tan nuevo, era lo que Raúl había esperado. Lo asimiló todo: las nieblas parisinas con su ligero olor a humo, la agradable vista de los tejados de las pequeñas casas, el crujiente sabor de las medialunas frescas cocidas al horno… ¡Todas esas cosas, pequeñas y grandes, se unieron para darle la inolvidable primera impresión de París! La débil familiaridad de ellas lo sorprendió y encantó, al igual que lo hacía el herrumbroso puente sobre el Sena, las arcadas, los bulevares…

Staunton y Saint Amant durante su segundo match de 1843.

Pasear a través de las viejas calles era como volver a vivir los relatos de las novelas antiguas, con el nostálgico tañido de la campana acompañando la monotonía del crepúsculo, el enrejado que rodeaba los secretos de los jardines, el repentino susurro de una falda de seda deslizándose por él… Éste era el París que Raúl siempre había anhelado desde su mundo.

Su hotel era bastante elegante. La habitación de lujo de la planta baja tenía el techo tallado y una araña de cristal como en los apartamentos familiares. Quizás ésta era la razón por la que no se calentaba lo suficiente.

Por la noche, Raúl había estado a punto de congelarse. El hotel, rodeado por el viejo camino zigzagueante, estaba enfrente al Palacio del Louvre y el parque de las Tullerías. También se hallaba bastante próximo al café de la Régence, un lugar que venían frecuentando tradicionalmente los jugadores de ajedrez durante cien años.

En la parte trasera del venerable café había una habitación, llena de humo, reservada para las partidas. Por ella habían pasado importantes personalidades. Allí, el impaciente Napoleón fue derrotado más de una vez; el joven Morphy obtuvo triunfos legendarios y José Raúl Capablanca recibió el bautismo de fuego en suelo europeo.

"El propio Raúl, debido probablemente a la edad del ruso, no le dio mucha importancia a esta experiencia. Al día siguiente partió hacia San Sebastián, que estaba a once horas de distancia desde París"

Al poco de su llegada, lo llevaron al famoso café y se le condujo ante el joven Nimzovich, un hombre flaco y nervioso, con bigote negro y modales insolentes. Nimzovich era ruso, de Riga, y uno de los mejores maestros invitados al torneo de San Sebastián, ya que había ganado reputación internacional como una naciente —aunque todavía prometedora— estrella en el firmamento de Caissa. Desafió a Raúl, de una forma más bien molesta, a jugar un duelo amistoso a tres partidas, desafío que fue aceptado al instante. Raúl sabía que Nimzovich pertenecía a ese grupo poco amistoso que se había opuesto a su participación en el torneo. De todos modos, estaba contento de que su primer adversario en Europa fuera un maestro sólo unos pocos años mayor que él. El duelo no duró tres rondas: Nimzovich perdió las dos primeras y abandonó. Estos rápidos acontecimientos que se desarrollaban antes del torneo no tuvieron publicidad, pero unos pocos asiduos a la Régence opinaban que el muchacho cubano iba a causar sensación.

El propio Raúl, debido probablemente a la edad del ruso, no le dio mucha importancia a esta experiencia. Al día siguiente partió hacia San Sebastián, que estaba a once horas de distancia desde París.

Café de la Regénce, París, histórico centro de reunión de los ajedrecistas de todos los países.

San Sebastián, asociado para siempre con el recuerdo del gran torneo, presentaba un escenario adecuado para el acontecimiento. No sólo porque la historia de la ciudad se remontaba a la Edad Media, sino porque es el lugar de recreo de la costa española más apreciado.

Se encuentra en el País Vasco, en la bahía llamada de «la Concha», «La Perla del Océano». Allí el clima siempre es suave, y el sol nunca calienta demasiado, debido a las brisas marinas y a los Pirineos que la protegen por la parte este. Es una ciudad pequeña, sólo tiene 75.000 habitantes, que ofrece una gran variedad de opciones, desde lujosos hoteles a la sencillez de sus hogares. Las casas son casi todas blancas, con travesaños y contraventanas de un rojo apagado. Las amplias avenidas están bordeadas de árboles. Uno puede pasear bajo la pérgola de tamariscos o tomar un coche a lo largo de la costa con la inolvidable vista de la bahía y de las montañas.

Cerca del bulevar, donde una orquesta toca los sábados, se alza, rodeado de jardines, un palacio con dos torres y una gran escalera, el Gran Casino. Desde principios de siglo fue el centro de recreo para la sociedad internacional. Muchas celebridades han cruzado sus salones que han visto romances, intrigas y dramas mezclados con la música y el champán.

Pero ninguna de las actividades del Gran Casino se puede comparar en importancia con el acontecimiento anunciado por la administración para el 20 de febrero de 1911: el Torneo Internacional de Ajedrez. Nada igual había ocurrido en España desde 1560, cuando se jugó el primer gran torneo de ajedrez. El rey español Felipe II, un gran entusiasta del ajedrez, había donado mil ducados de oro como premio. No tenía ninguna duda de que su profesor, Ruy López, lo ganaría. El español jugó con tres italianos: Polerio, Leonardo (Il puttino) y Pablo Boi, que ganó. De este modo Boi se convirtió en el primer campeón del mundo. (1)

Casino de San Sebastián, sede de los torneos de 1911-12. (M. Nepomuceno)

En esta ocasión, el único jugador que podía hablar castellano era el joven Capablanca, y ni siquiera esperaba ganar. De hecho, confesó a la prensa que, en su opinión, los tres primeros puestos serían para Schlechter, Rubinstein y Maroczy, añadiendo que si la suerte lo acompañaba confiaba en ocupar el cuarto lugar.

Los premios ofrecidos por los organizadores se entregarían en francos. Sin embargo, hay que considerar que los francos en 1911 tenían un valor mucho mayor que hoy y podían ser cambiados fácilmente por oro.

El primer premio era de 5000 francos (1000 $); el segundo, 3000; el tercero, 2000 y el cuarto, 1000 francos. El barón Albert de Rothschild donó un premio especial de 500 francos para la partida más brillante del torneo. Incluso los no premiados iban a recibir 100 francos por cada punto. Los gastos del viaje de cada maestro invitado también estaban cubiertos. Con la excepción del Dr. Lasker, campeón del mundo, los maestros más fuertes de siete países habían aceptado.

Estos eran, por Alemania: Dr. Siebert Tarrasch de Núremberg, campeón de Alemania, que venció al gran Pillsbury y que en el torneo de Ostende había derrotado a varios campeones europeos. Richard Teichmann, de Berlín; Rudolf Spielmann, de Múnich y P. S. Leonhardt, de Hamburgo. Francia. M. David Janoswky, campeón de Francia, que hizo tablas con el doctor Lasker en 1904 en Cambridge Springs. Austria-Hungría. Carl Schlechter, de Viena, campeón de Austria, que casi gana el duelo por el campeonato del mundo contra el doctor Lasker. El profesor M. Vidmar de Gratz, campeón de Bohemia. Geza Maroczy, de Budapest, campeón de Hungría.

Cuadro de Luigi Mussini, 1886. En él se idealiza el encuentro entre Ruy López y Leonardo en presencia de Felipe II y miembros de la Corte.

O.S. Duras, de Praga, quien en el torneo de San Petersburgo quedó sólo medio punto por detrás del doctor Lasker. Estados Unidos. Frank Marshall, de Brooklyn, Nueva York, campeón de los Estados Unidos. Cuba. J. R. Capablanca, campeón de América. Inglaterra. Amos Bum, de Liverpool, campeón de Gran Bretaña, que en el torneo de Breslau, 1890, ganó el primer premio por delante de Lasker y en Ámsterdam, 1889, batió al gran Chigorin de Rusia. A. Rubinstein, de Łódź, campeón de Rusia, que había compartido premios con Lasker; A. Nimzowich, de Riga; O. S. Bernstein, de San Petersburgo.

Quince maestros en total que iban a disputar otras tantas rondas, cada una de siete partidas en las que descansaba cada vez un maestro que pasaba por sorteo a la siguiente jornada.

¿Quién era el más fuerte?

Todos los países estaban interesados en saber la respuesta. El Berliner Tageblatt, refiriéndose al «Torneo de los Campeones» —como se denominó al acontecimiento— afirmaba que los quince tenían una fuerza aproximadamente igual.

Sólo una gran música, como tal vez el comienzo de la cuarta sinfonía de Chaikovski, podía expresar los sentimientos de Raúl mientras acariciaba el programa que la organización del torneo había repartido entre los participantes unas semanas antes. Para él, ese pedazo de papel era algo magnífico. Las visiones y sonidos con que lo asociaba eran como heraldos con trompetas y pajes desenrollando el pergamino anunciador del comienzo del «Torneo de los Campeones».

San Sebastián 1911, quinta ronda

Y allí estaba él, en medio de todos, un extranjero que había aceptado su desafío como un igual. Sólo existía una diferencia: tenía que demostrar ser más fuerte que ellos, arriesgar más para conseguir superar al resto de los maestros.

La misma sensación le asaltó cuando llegó y se detuvo por un momento en la terraza del Gran Casino. Sonidos y visiones, pasados y futuros, se agolparon en su cabeza, era difícil discernir. Sintió que por primera vez en su vida su corazón había dejado de latir. «Es posible que vaya a coger un resfriado», se dijo mientras se quitaba el sombrero negro de hongo.

El joven cruzó los alfombrados salones con tranquilidad. Muchos jugadores estaban ya allí sentados en grupo o jugando al ajedrez, como si fueran miembros de un club, reunidos para pasar el rato. La entrada del recién llegado, cuyo juvenil semblante y porte latino eran tan destacables, causó un ligero revuelo.

Algunos maestros sonrieron y lo saludaron, otros lo señalaron con la cabeza mientras permanecían abstraídos en sus partidas, pero todos lo estudiaban. La reputación de Raúl ya le había precedido.

Tuvieron que admitir que hasta ahora había causado una buena impresión. Su confianza estaba subrayada por la modestia y su indiferencia avivada por la sinceridad de su sonrisa. Nadie podía suponer que el joven luchaba contra su timidez y que todos aquellos hombres allí reunidos eran para él una leyenda, lo que le producía una tremenda confusión en su espíritu. ¿Tal vez en la vida de cada uno llega un momento en que de nada sirve recurrir a la razón?, pensó Raúl, y todo lo que un hombre puede hacer es mostrar autocontrol, escuchar educadamente y hablar tan poco como sea posible.

Pocos minutos después, con la mano derecha en el bolsillo, se acercó a una mesa para ver una partida rápida, de las que suelen jugar los maestros para practicar, como el calentamiento de los gladiadores antes del combate.

Entonces, algo infinitamente familiar lo retuvo: iLa visión de un tablero de ajedrez! Lo más extraño es que le parecía verlo por primera vez. Las piezas con su propio lenguaje —que era también el suyo, aprendido antes de que él lo conociera— eran como su patria chica, donde los intrincados caminos no suponían ningún problema. Instintivamente, él había tenido siempre esta sensación, ya que nunca antes se le fue revelada, desnuda como una perla en la palma de su mano abierta.

Entornó levemente sus ojos. ¡Lo que contempló era difícilmente creíble! Los dos famosos maestros a los que observaba estaban cometiendo errores tremendos. En pocos segundos podía encontrar jugadas mejores. Hizo un esfuerzo para no sonreír como le hubiera gustado hacer, pero, de súbito, se encontró agradablemente cómodo. Supo con certeza que nunca sentiría temor ante un tablero de ajedrez. Para bien o para mal ésta fue la verdad que percibió.

De izquierda a derecha: Maroczy, Nimzovich, Vidmar, Alekhine, Capablanca, el doctor Lederer, sentados: Spielman y Marshall. Torneo de Nueva York, 1927.

(1) Una de las mayores falacias de la historia de nuestro ajedrez. El tan afamado y celebrado torneo de El Escorial, que Felipe II organizó entre Polerio, Leonardo, Paolo Boi y Ruy López jamás tuvo lugar. Está documentado, contrastado y publicado que el torneo escurialense es una invención de Salvio para promocionar  a Leonardo de Cutri “Il Puttino”. En 1575, fecha del torneo, Ruy López estaba en Perú, donde murió hacia 1585. Se desconoce el año, pero su hermano en esa fecha testa y no le menciona ya. La carta de Felipe II a don Juan de Austria es otra fantasía de Salvio que en su libro Il Puttino: Il cavalliero errante del Salvio, sobre Leonardo de Cutri, dice: “El rey podía haber escrito una carta de este tenor…”, y se la inventa como ejemplo, pero jamás se escribió. Posteriormente ese conato de carta se toma como verdadero y se copia y difunde en todos los libros de historia del juego.

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