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Recuerdos quebradizos

Esta foto es de cuando vivíamos en una comuna hippie en un pueblo de Mallorca. Mis padres se habían mudado allí con un grupo de amigos, después de haber estado viviendo en Inglaterra. El grupo estaba formado fundamentalmente por economistas de toda Europa. Sobre todo había británicos y alemanes, pero también franceses, holandeses, suizos, algunos catalanes y un italiano.

Mi padre se pasaba el día analizando textos fundamentales como El capital, El capitalismo histórico, El imperialismo o El manifiesto comunista. Y mi madre nos llevaba a la escuela a caballo, de esta guisa.

Mis recuerdos de aquella época son muy quebradizos e inconsistentes, son casi una impresión confusa al fondo de mi alma, que sirve de telón a mis sentimientos. Pero sí consigo recrear olores y sensaciones difusas: el canto del gallo que cada día nos despertaba, jugar con los perros y los gatos y alborotar a las gallinas y romper los huevos que quedaban desperdigados por el suelo. Me encantaba la tibieza líquida que explotaba dentro de mi puño.

Aquella época duró poco. No llegó ni a dos años, creo. Pero al ver esta foto imagino una vida muy diferente a la que luego he tenido. ¿Quién sabe? Quizá hubiera sido un trotamundos o un titiritero, o quizá me hubiera dedicado al circo o echaría el trapo y vendería figuritas de miga de pan en el rastro de alguna ciudad del mundo… aunque ahora que lo pienso, tampoco estoy muy lejos de eso. Al menos no dentro de mis sueños.

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Hace unos años, una autora (a la que he pedido permiso para contar esto), compartió conmigo lo que le dijo su abuelo poco antes de morir.

Sucedió en la guerra civil, era invierno y el escuadrón en el que servía sufrió una emboscada en el Pirineo oscense. Todos sus compañeros murieron menos él, que consiguió escapar.

A los días despertó en una cama rodeado de personas desconocidas. Una familia lo había encontrado y salvado de una muerte segura. Como no recordaba nada, ni quién era, ni su nombre, ni llevaba el uniforme, decidieron mantener la situación así hasta que el joven recobrase la memoria. El matrimonio que lo había recogido tenía un hijo un poco más joven que él con el que el soldado amnésico empezó a trabar una intensa amistad. Una amistad que pasó a ser algo más íntimo. Mucho más íntimo. Fuera del ámbito castrense y en la libertad de las montañas, rodeado por una nieve que nunca antes había visto (él, que era de Huelva), dio rienda suelta a sus querencias por primera vez en su vida.

A las pocas semanas, desafortunadamente, se presentó un alto mando del bando nacional reclamando al joven soldado desconocido. El abuelo de mi autora no supo disimular su sorpresa (y es que en realidad hacía días que había recobrado sus recuerdos y lo único que buscaba era escapar de su destino). Aquel coronel franquista era su suegro. Y él estaba comprometido con su hija Rosita, que esperaba ansiosa noticias sobre él desde Burgos.

En su lecho de muerte, aquel joven soldado le confesó a su nieta que jamás había olvidado a ese muchacho, ni a esa familia que, a pesar de ser marcadamente republicana, nunca sufrió represalia alguna. Y que siempre que veía la nieve una lágrima indiscreta conseguía caer por su rostro.

Y yo, cuando veo la nieve (como la de esta foto que me envía mi amigo Nacho desde Liébana como felicitación navideña), recuerdo esta historia, a esa autora y a su abuelo.

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La sonrisa de la navidad.

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