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Nuestra propia destrucción

Nuestra propia destrucción

Quizá no haya época de la historia en la que la existencia, física e intelectual, fuera tan penosa como en el medievo. Y quizá tampoco haya una época que nos atraiga tanto. Es un temazo. Con sus harapos, brujas, damiselas, campesinos de dientes podridos, caballeros insufribles, frailes avaros y sus cerdos y gallinas corriendo entre los puestos del mercado. Así lo atestiguan cientos de miles de libros, películas y documentales. Eso y, quizá, los nazis.

Al igual que en el vértigo está la pulsión de morir, en la fascinación por lo tecnológico y el progreso, creo, está asimismo el gusto secreto y enfermizo por lo teocéntrico y lo inmutable. Por lo ignorante y lo cerril.
Aunque sospecho que hay algo más, algo inteligente, al menos más sofisticado, tras esa tendencia mórbida.
El progreso no es infinito. Tendemos a ello, es verdad, como tendemos a la eternidad, que tampoco existe, aunque hagamos todo pensando en ella. Nos enamoramos para la eternidad. Trabajamos para ella. Nos reproducimos.

Escribimos. Hablamos…

Pero la mente humana, creo, percibe la trampa. Sabe muy bien que no es verdad y que hay algo más poderoso que subyace bajo esa atracción. Porque nada puede progresar ad infinitum. ¿Es como el horizonte de Galeano, que se aleja en la medida en que nosotros avanzamos? ¿El bellísimo eterno retorno de Nietzsche? ¿O es solo una quimera, el truco burdo que han extraído de su sombrero de copa los poderosos?

Quizá, imagino, trampa y truco se resuelvan en el número final, cuando comprendamos micras de segundos antes del desenlace, que el paso postrero del progreso era nuestra propia destrucción. 💥 Será un espectáculo bárbaro, y aplaudiremos puestos en pie, arrepentidos y felices a la vez, hasta que el teatro se venga abajo, llevándonos con él.

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Era un domingo por la mañana, mes de septiembre. Yo había salido a pasear a Nera y tomaba un café en una terraza. A mi lado había dos chicos de veintimuchos, de esos que recién han empezado a comerse el mundo. Un BMW S1 con los warning esperaba en doble fila. Hablaban de las vacaciones y del piso que uno de ellos se iba a comprar. La conversación parecía comprada en Amazon. Enfrente de ellos, un cincuentón con pinta de no haberse acostado fumaba un cigarrillo acodado en una mesa alta, su pie posado en los travesaños del taburete. Tenía algo de ave zancuda. En el asiento había una bufanda del Madrid, y pensé que, después de la victoria de la noche anterior, la noche se habría alargado. Su cara se contraía en una mueca parecida a una sonrisa, y me miraba buscando mi complicidad. Yo me concentraba en Nera para no contactar visualmente. Al cabo, se incorporó. «No tenéis ni puta idea» —les espetó—, «estáis malgastando la vida, subnormales». Calló de forma abrupta y se llevó la mano a la boca, pensé que les iba a vomitar, pero en contra, lanzó un eructo prolongado y cavernoso. Los chavales contuvieron la risa. Nera se giró levantando un poco las orejas. «¡La felicidad lo da lo perentorio, coño!». Los chicos se miraron. «Follar, joder» —tronó—. «Y comer, beber, mear… ¿no veis que os están engañando?». «Nosotros follamos», dijo uno. «Ja», contestó. Volvió a su mesa, cogió su vaso de tubo, bebió un trago de un líquido ambarino y se encendió otro pitillo. «Lo que da la felicidad es lo que conjura la muerte, gilipollas».

«Joder con el socio del Madrid», pensé.

«¿Y el fútbol?», preguntó el otro al ver la bufanda. «¿Y viajar?», saltó su compañero sin dejarle responder. «¿Y los amigos?». «Toda esa mierda existe porque no podemos pasarnos el día jodiendo». «¿Y el amor?», remató uno. Él sonrió, parecía estar esperando esa pregunta. «En algo hay que gastar el tiempo, ¿no?». Y entonces se dirigió hacia mí. «¿No?». «Sí, sí», contesté.

El tipo meneó la cabeza y apagó el cigarrillo. «Me voy a mear».

Yo me levanté y seguí mi paseo. No sé si seguirían hablando, pero se me quedó grabada su mirada triste y descreída, y su enseñanza simple de que vivir consiste en no morir.

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Hay un término que, por su desarrollo semántico (y lo que este implica), siempre me ha maravillado. Se trata de la palabra «bárbaro».

El término viene del latín barbarus, que a su vez es una variación del griego bárbaros. Con esa voz, los helenos se referían a todos aquellos pueblos que quedaban más allá de su territorio y su cultura. Hasta aquí todo claro. Creo que no desvelo ningún arcano. Lo que no sé si es tan conocido es que el origen onomatopéyico de la palabra «bárbaro» es común a otros términos como «barbotar» o «balbucir». Y esto es así porque el habla de los foráneos era incomprensible para los antiguos, claro. Quizá, en este sentido, también los bebés, en tanto no están socializados, ni culturizados y no dominan el lenguaje, podrían considerarse también «bárbaros». Yo, como padre de tres, a veces lo he pensado. Aunque no es esto exactamente en lo que me quiero centrar.

Lo que me parece muy gráfico es que el término que se usaba en los albores para denominar a los extranjeros haya variado en (cito DRAE): «Fiero, cruel, arrojado, temerario, inculto, grosero, tosco». (Falto de cultura, en realidad). Lo que es obviamente legado de una concepción xenófoba del otro.

O, por el contrario, conviene recordar que esta acepción está más extendida en Latinoamérica: «grande, excesivo, extraordinario, excelente, llamativo, magnífico».

Dos sentidos, en cierta medida contrapuestos, que evidencian que el ser humano nunca ha tratado como un igual al diferente. A ver si, dentro de unos siglos, consigue variar hasta convertirse en sinónimo de «igual», aunque lo dudo.

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