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Reíd, reíd, malditos

Los cinéfilos en general y más en particular aquellos que tienen una cierta edad, conservan con seguridad en su memoria una película dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por una entonces joven Jane Fonda, acompañada de Michael Sarrazin, que tenía un título sorprendente: Danzad, danzad, malditos. Para redondear la curiosidad, diré para los no iniciados que ese título que habían puesto los distribuidores españoles del filme no tenía la más mínima relación con el original, que —por otro lado— no era menos críptico: They Shoot Horses, Don’t They? (que podía traducirse como Disparan a los caballos, ¿no?)

Recuerdo que una de las cosas que más me chocó de aquella cinta fue que una actividad recreativa, lúdica y gratificante como la danza o el baile en general, se presentara bajo un sesgo oscuro, dramático, angustioso incluso. No diré nada más de aquella película, porque si la he evocado ha sido tan solo porque la lectura de los dos libros que me dispongo a comentar me han recordado ese contraste entre lo que en teoría o aparentemente tomamos como expresión satisfactoria y hasta placentera, y lo que en verdad se esconde tras ello.

"Risas y lágrimas no siempre se oponen sino que se suceden, se permutan y complementan. A menudo se usa la risa solo para despreciar o incluso para humillar al contrincante"

Suponemos habitualmente que la risa es expresión de una satisfacción interior. Aun cuando siempre fuese así, esa satisfacción puede ser debida a múltiples causas, no siempre caritativas, ni siquiera benévolas. Todos sabemos que no son pocos los que se alegran y se ríen del mal ajeno, tanto más cuando lo provocan ellos. En las películas y en las obras de ficción en general es proverbial la risa del malvado, expresión de una crueldad más refinada que un semblante serio. La risa del poderoso, que se complace y recrea en su poder, la risa lúbrica o, simplemente, la risa del idiota serían otras tantas variantes de la versatilidad con la que el ser humano puede exteriorizar su complacencia.

Pero es que además, como todos sabemos por experiencia, la risa no es solo una manifestación unidimensional de júbilo. Ni la alegría o el placer es por fuerza risueño, ni este último es un estado de gracia que suponga necesariamente bienestar o dicha alguna. Risas y lágrimas no siempre se oponen sino que se suceden, se permutan y complementan. A menudo se usa la risa solo para despreciar o incluso para humillar al contrincante. Desde la risa nerviosa o risa floja hasta la risa satírica, las modalidades y matices son casi inabarcables, como tantos otros signos de la condición humana.

"El libro examina la estela de la risa en la pintura occidental, desde el Renacimiento hasta los primeros compases del siglo XX"

Al demorarme en esa rica tipología de la risa, no me he apartado del contenido de los libros que nos ocupan aquí, sino todo lo contrario. Es lo primero que nos advierte Carlos Reyero en las páginas de la Introducción: «Asociamos la risa con la diversión. Por supuesto, los artistas la utilizaron para llamar nuestra atención. Reír produce bienestar. Pero toda risa es ambivalente y contradictoria. Muchas de las risas pintadas esconden vergüenza o sufrimiento. Nos sorprenderíamos de saber que puede haber más dolor en una risa que en una lágrima».

Es algo más que una declaración de intenciones, Es un aviso para comprender todo lo que sigue, pues el lector se ve obligado a romper sus expectativas, si estas eran, como podía ser previsible en muchos casos, pensar que un volumen que lleva por título Las risas del arte tendría básicamente un contenido superficial, optimista o sencillamente lúdico. Reyero nos muestra desde el principio que la risa es uno de los mecanismos más complejos del ser humano. Tratar de la plasmación artística de la risa supone ingresar en un campo minado, que descoloca cualquier prejuicio.

"Me atrevo a señalar, no obstante, que la mayoría de pintores y cuadros que se analizan y reproducen en estas páginas han sido un tanto relegados en las usuales historias del arte y no son por ello muy conocidos por el gran público"

El libro examina la estela de la risa en la pintura occidental, desde el Renacimiento hasta los primeros compases del siglo XX. Los diez capítulos que lo integran tienen la virtud de retratar —nunca mejor dicho— casi todos los tipos de risa que quepa imaginar. De este modo vemos que hay —¿quién puede dudarlo?— una risa convencional, asociada a la fiesta, la diversión, el baile o las celebraciones en general. Pero no deja de ser sorprendente que ese tipo de risa sea tan solo una —entre las muchas posibles— de las exteriorizaciones presentes en el universo risueño. Pues debe competir con la «risa equívoca de lo grotesco», la «risa del engaño», las «risas de la parodia», la «fisiología risible: orinar, vomitar y defecar» y hasta la propensión a tomarse la «muerte en broma».

Por supuesto, por aquí desfilan los grandes maestros clásicos —de Bellini a Rubens, de El Bosco a Rembrandt— y algunas obras maestras por todos conocidas. Me atrevo a señalar, no obstante, que la mayoría de pintores y cuadros que se analizan y reproducen en estas páginas han sido un tanto relegados en las usuales historias del arte y no son por ello muy conocidos por el gran público. Lejos de ser un inconveniente, se trata de un aliciente más de este excelente ensayo, al dar a conocer obras un tanto eclipsadas, pero de excelente factura expresiva e indudable calidad.

"Pero no se trata solo de ironía, que tiene una dimensión intelectual incuestionable. Más allá de esta, la risa cumple funciones tan complejas y polivalentes que por fuerza van a sorprender al lector incauto"

¿Se puede decir de la risa lo mismo o algo similar desde el punto de vista filosófico? Digámoslo sin ambages: sí, se puede. Lo demuestra Bernat Castany en Una filosofía de la risa. Pensar la risa: no, no se trata de una broma, un chiste, ni siquiera lo que los franceses llaman una boutade. Hablar de la risa en filosofía significa hablar de algo muy serio. No debe causar sorpresa. Lo sorprendente en todo caso es el escaso interés —en términos relativos— que una reflexión profunda sobre el tema ha despertado en los propios filósofos y los tratadistas de la filosofía. Más claramente: lo chocante o paradójico es que se emplee tanto el humor pero no se reflexione en la misma medida sobre su función en el pensamiento humano

Uno de los primeros puntos de partida puede ser la ironía socrática o platónica, una ironía que recorre los siglos y aflora no ya solo en los pensadores en estricto sentido sino en los grandes creadores literarios, de Montaigne a Cervantes. Empiezo por la ironía, no solo porque es una de las primeras cuestiones que suscita el autor, sino por su capacidad para desarmar con un ligero toque (touché!) conformismos, creencias infundadas, y hasta pomposas burbujas mentales. Y es que abriendo esa puerta desembocamos rápido en la función corrosiva del humor.

Pero no se trata solo de ironía, que tiene una dimensión intelectual incuestionable. Más allá de esta, la risa cumple funciones tan complejas y polivalentes que por fuerza van a sorprender al lector incauto. Bernat Castany se apropia de ese arma para hacer un recorrido por los pensadores cimeros de todas las épocas, de Demócrito o Diógenes a Nietzsche, Bergson o Freud. El autor maneja el bisturí interpretativo —¿podría decir aquí humorístico?— para exponer cómo el humor, más allá de la simple crítica, es indagación y resistencia, es ética y terapia. Y, en última instancia, el reducto supremo frente al dogmatismo. El resultado no es un manual al uso sino un punzante ensayo que pone a prueba, página a página, muchas de las convicciones —¿o convenciones?— de nuestra cultura.

"En definitiva, reír es un placer pero también una manifestación compleja, llena de ambivalencia, que inquieta y descoloca. Piensen sin ir más lejos en cómo recelamos muchas veces al ver reír al prójimo sin conocer sus razones"

Si han llegado hasta aquí, permítanme para terminar que regrese al punto de partida, pues ahora se entenderá mejor la referencia inicial. Por expresarlo en términos más concretos,  la risa puede ser manifestación de simpleza y superficialidad, pero otras muchas veces —no sé si la mayoría— no es así. Dando un paso más, aun permaneciendo en su vertiente positiva, la risa puede ser expresión de alegría auténtica, liberación o incluso catarsis. Pero con una escueta limitación temporal. Entendemos la risa pero desconfiamos intuitivamente cuando se prolonga en demasía, del mismo modo que desconfiamos de quien ríe mucho o a intervalos regulares. La risa es una explosión. La risa, como el humor en general, tiene su tempo. Es más, tras la risa, suele quedar un vacío que no sabemos cómo llenar, que unas veces nos sume en cierta perplejidad y en otras, desemboca en llanto.

En definitiva, reír es un placer pero también una manifestación compleja, llena de ambivalencia, que inquieta y descoloca. Piensen sin ir más lejos en cómo recelamos muchas veces al ver reír al prójimo sin conocer sus razones. Nos puede incomodar —o hasta sublevar— la risa del prójimo si no compartimos sus motivos para hacerlo. ¿Se reirá de mí?, solemos pensar. Si de facto es así, esa risa constituye una agresión que toleramos peor que la frialdad, el silencio o incluso un insulto. La risa es anárquica y corrosiva y como tal puede aniquilar cuanto toca o invade. Su capacidad para albergar un doble sentido la asemeja al agua, que encauzada satisface y torrencial, destruye. Es un arma de doble filo y, como tal, si no se maneja con cuidado, hiere a los demás como nos puede herir a nosotros mismos. Pero es tan consustancial al ser humano que la necesitamos para vivir. Sin ella, la vida humana sería mucho peor. La vida humana sin ella sería insufrible.

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Autor: Bernat Castany Prado. Título: Una filosofía de la risa. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

Autor: Carlos Reyero. Título: Las risas del arte. Editorial: Cátedra. Venta: Todos tus libros.

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