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Residente nº 1981-ESP: Álex Prada

Quizá lo que está volviendo a la narrativa española en los últimos años no es otra cosa que lo orgánico, es decir, el vocabulario. Comida y basura nombra sin pudor, como vemos, y lo hace con las cosas y no con las ideas, con primeros planos y no con panorámicas, atento al bullir sensitivo y muy lejos de la pasteurización literaria propia del siglo XXI: que todo sepa igual. Álex Prada ha hecho un libro raro que se lee como si fuera lo más normal del mundo, una cosa tan moderna que parece uno de esos libros viejos que aún teníamos pendiente de leer.

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—Tu primera novela parece adscribirse a una tendencia que, a pesar de un aspecto tradicional, tiene algo inequívocamente moderno o posmoderno, pues al recuperar la textura más carismática del idioma, y sonar a Delibes o a Ridruejo, en realidad parece estar jugándose al pastiche, estrategia que tiene un lugar destacado en lo que conocemos como posmodernidad. En suma, ¿qué hay detrás de un libro como Comida y basura?

"Aunque evidentemente hay trama y hay personajes concretos, la forma es uno de los pilares fundamentales de Comida y basura"

—En el libro hay una clara “lucha” con el lenguaje, una intención de trabajarlo hasta llegar a su expresión más concisa, a la vez que lírica. Vengo de la poesía, y creo que ese ritmo —esa exigencia— lo tengo interiorizado. Aunque evidentemente hay trama y hay personajes concretos, la forma es uno de los pilares fundamentales de Comida y basura, una forma al servicio de una atmósfera concreta. De hecho, así fue como empecé a escribirlo, buscando contar dicha atmósfera con una estructura concreta. Para llegar a esto uso ingredientes de todo tipo, digeridos por mi perspectiva actual, pero con un ojo siempre en lo que realmente me ha emocionado como lector: Delibes pero más Rulfo, Onetti, Caballero Bonald o, llevándolo a un paso más, Carpentier. Otro lenguaje que creo que tiene un papel esencial para mí es el cinematográfico, que quizá aporta ese ingrediente de frescura y dinamismo que hace que el libro respire más allá del pretendido “barroquismo” del lenguaje. Y si hablamos de cine y hablamos de “barroquismos” de la expresión, además de Almodóvar o Terrence Malick, salvando las distancias pero cogiendo de cada uno lo que me interesa, quiero parecerme sobre todo a Paul T. Anderson en esa capacidad, si queremos llamarla postmoderna, de poner el dedo en la llaga y conseguir como nadie contar lo que quizá muchos ya hayan contado antes.

—Intemperie, de Jesús Carrasco, o Los asquerosos, de Santiago Lorenzo, estarían en la misma balda que Comida y basura si tuviéramos que agrupar novelas por tonos y temas comunes. ¿Qué te lleva a hacer un libro así, siendo el primero, lejos de la inclinación primera de un debut, que suele ser escribir sobre entornos autobiográficos?

—Me veo incapaz de escribir algo autobiográfico, un libro catártico o que esté demasiado cerca de mí mismo. Tampoco es una literatura que me interese demasiado. Un honor si consigo subir a esa balda, porque me parecen dos de los títulos más importantes de los últimos años en nuestra literatura. Son clásicos ya. Hemos tenido la suerte de que ambos, Carrasco y Lorenzo, han leído ya Comida y basura y han dado su más sincera “bendición”, algo que me parece increíble. Creo que estos dos libros que comentas, que están, como el mío, enmarcados en una temática concreta, atesoran eso que tienen los grandes libros: que desbordan lo que cuentan con el propio lenguaje y van más allá gracias a, otra vez, su exquisita forma de contarlo. Rematan el “fenómeno” llegando además a un público amplio más allá del habitual consumidor de esa llamada “novela literaria”. ¡Ojalá que ocurra igual con Comida y basura!

—Al hilo de nombres y obras actuales, ¿cómo te ves en relación a autores de tus mismos años? ¿Sigues —o has seguido— las novedades en narrativa de los nacidos en los años 80?

"Tengo un problema que se llama Francisco Umbral. Es una montaña demasiado alta, por decirlo de alguna manera, y todo lo que leo siempre me parece por debajo de cualquier libro suyo"

—Tengo un problema que se llama Francisco Umbral. Es una montaña demasiado alta, por decirlo de alguna manera, y todo lo que leo siempre me parece por debajo de cualquier libro de Umbral. Aparte de esta fijación casi, o sin el casi, enfermiza, procuro estar al día de lo actual, y es cierto que sobre todo me emocionan libros que tienen ese perfil del que hablábamos antes. Un ejemplo creo que nítido con nombre propio: me gusta mucho lo que hace Iván Repila, pero infinitamente más por El niño que robó el caballo de Atila que por El aliado. Por el lenguaje, por el estilo, por las emociones. De lo último que he leído en el rango de esa edad, año arriba, año abajo, voy desde Galveias, de Peixoto, a la reciente Nuestra piel muerta, de Natalia García Freire, o incluso Invierno, de Elvira Valgañón, o Cervantes para cabras, Marx para ovejas, de Pablo Santiago Chiquero. Tengo a Irene Solá en la mesita de noche esperando. Ya os contaré.

—De hecho, es llamativo que tu debut en la novela suceda cuando casi cuentas 40 años. ¿En qué medida tu vocación es tardía, o era frustrada hasta ahora, o has tenido la suerte de empezar suficientemente tarde para no arrepentirte de tus primeras obras?

—No siento que es tardío, es más, tengo claro que en realidad es “justo a tiempo”. Tampoco creo que se tenga que considerar llamativo o frustrante. Este es mi quinto libro, y creo que todo ese proceso previo, basado fundamentalmente en la poesía, me ha dado ese trabajo concienzudo con cada palabra que ha sido tan útil en la novela. Luego hay que tener la suerte de dar con unos editores que te capten, que sean capaces de apostar por ti pese a que no sea una novela “fácil”, si se puede decir así. Eso no ocurre todos los días y a mí me ha ocurrido, con 37 años, quizá tarde o quizá justo a tiempo, pero el hecho importante es que ha ocurrido. Y encima con una editorial tan potente y que cuida tanto sus contenidos como Seix Barral.

—En Comida y basura aparecen, aunque nadie podría anticiparlo desde el título, muchos libros. «Los libros están», leemos. ¿Crees que los libros están, o están cada vez menos en este tiempo nuestro de competencia desmedida por la atención del público?

"Encontrarse con un libro, o con muchos, cada uno el suyo, es una de las experiencias más potentes a la que uno pueda aspirar"

—Comida y basura tiene muchas cosas que no se descubren hasta que no se entra bien profundo en la trama. Creo que es una de sus virtudes. Los libros, físicamente, están, en la novela y en nuestra vida en general. Por todas partes. Otra cosa es que sean, seamos, capaces de alcanzar al lector en su centro (no sé si se le estoy robando esto a Juan Ramón, precisamente, pero me suena a él), es decir, que como le pasa al personaje principal de Comida y basura, toda esa lectura esté dentro del lector, vivida, aprehendida, y le haga actuar de una forma muy distinta a lo que haría si no leyera. No hace falta que yo lo diga: encontrarse con un libro, o con muchos, cada uno el suyo, es una de las experiencias más potentes a las que uno pueda aspirar.

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Extracto de Comida y basura (páginas 15-16)

Cuando llegan a la plaza los sábados y los domingos, René se sienta, unos minutos antes de desembarcar la mercancía de la C15, a los pies de una de las palmeras washingtonianas que rodean el cuadrado circular de la plaza. Washingtonia filifera.

Amanecido a medias, todo está en silencio y así René puede disfrutar con más nitidez del sonido marítimo que le sale a la palmera con el viento. Algunas noches, después de lo de Braulio, se ha venido a escucharle la marea baja de la madrugada que en su cabeza es otra cosa distinta a este oleaje primero, más salvaje, todavía sin bañistas ni sombrillas. Cuando Rosario vuelve con el descafeinado de sobre tomado y el cortado de René en vaso de cristal con su cucharilla brillando y su sacarina, ambos se dan unos minutos todavía mientras van desembocando los fruteros, los charcuteros, los gitanos con sus libros a veinte duros y sus perfumes falsificados. René jamás le ha contado a Rosario que dentro de las palmeras está el patio del orfanato, con sor Rufina tirándole balones con el hábito remangado.

Hoy va a apretar la calor.

—Vamos a cogernos el reparo de la salida del parking y así nos pegará menos.

Fin de semana. Los abastos. A la izquierda del ayuntamiento, rodeando el Restaurante El Ancla, paran los gitanos. Montan sus tenderetes de color caqui y los llenan hasta los topes con un lío de ropas interiores, biografías de Kennedy, coleccionables de Estefanía, paquetes de calcetines, estuches de collares chapados y la sección de perfumes de marca. Más adelante, recorriendo el pasaje de las Heroínas, sus programaciones de concursos de canarios y sus perdices desorientadas. Debajo de los soportales de la izquierda se canta el género cárnico y a los pies del Hotel Comendador se esparce el frondoso escándalo de los viveros, «¡niña, las araucarias!» y la Botánica se hace mutante en el pregón, donde hay también «claveles para la solapa» y el laberinto de zapatos se montan donde el Balcón y los soportales de la derecha, dejando el centro de la plaza para la pelea de la frutas y los vegetales.

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Autor: Álex Prada. Título: Comida y basura. Editorial: Seix Barral. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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