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Residente número 1979-ESP: Agustín Márquez

Residente número 1979-ESP: Agustín Márquez

Todo en La última vez que fue ayer va contracorriente. Novela social cuando ya nadie cree en la novela social. Debut tardío cuando lo obligado es publicar con veinte años y sin haber leído mucho. Influencias, de hecho, esquinadas (Édouard Levé, Agota Kristof), no sea que, por casualidad, nos pongamos de moda. Agustín Márquez firma una gran sorpresa literaria sobre cruzar la carretera que separa el barrio del bienestar, la gasolina del agua embotellada. El negativo, en suma, de Madrid Central.

—Dos anomalías encuentro en tu debut como novelista. La primera es que lo haces con 40 años recién cumplidos. La segunda, que llegas a escritor después de ser editor en tu propio sello, La Navaja Suiza. Me parece mucho más valiente y difícil establecerse como editor que como escritor, la verdad. Empecemos con lo de editor.  ¿Cómo se da ese paso? ¿Era una forma de retrasar tu verdadera vocación o convivían a la par?

"Mentiría si dijera que siempre me he sentido escritor o editor: lo que siempre he sido y me he sentido es lector"

—Mentiría si dijera que siempre me he sentido escritor o editor: lo que siempre he sido y me he sentido es lector. Desde muy pequeño he leído una enorme cantidad de libros, como otras muchas personas, y he vivido en ellos. Con el tiempo, ya de adulto, comencé a escribir algunos relatos de manera espontánea, no existió un momento en el que dijese: «Ahora voy a ser escritor». Sencillamente escribí porque necesitaba plasmar por escrito algunas historias que rondaban en mi cabeza. Desde entonces nunca he dejado de escribir, sobre todo relatos, y una pésima novela negra. Años más tarde, Pedro y yo creamos un blog literario que se llamaba Libros: instrucciones de uso, en el que hacíamos reseñas, entrevistas, artículos sobre edición, juegos, etcétera. Recuerdo que cuando hacíamos entrevistas a editores nos decían que por qué no creábamos una editorial. Al principio nos hacía gracia, nada más; pero a medida que nos lo decían más y más nos lo empezamos a plantear seriamente. En ese momento de dudas, entró a formar parte de nuestras vidas Bárbara, que pasó a ser parte del blog, y a la que le comentamos acerca de nuestro pensamiento sobre crear una editorial, a lo cual ella nos dijo que se apuntaba y que adelante, y así creamos La Navaja Suiza. Pero antes de la creación del blog y de la editorial ya estaba escribiendo la novela que hoy en día es La última vez que fue ayer. De hecho he tardado unos seis años en tener la versión definitiva de la novela. Quiero pensar que todo se ha dado de forma natural, que la vocación, que sí creo tener, ha ido surgiendo sin etapas marcadas, sin prisa.

—Nacido en los 70, hay varios referentes de tu novela que comparto. No sé si te sientes cercano a la generación literaria de nacidos en los 70. Con Fernández Mallo (nacido en el 67) sí que compartes algunas cosas, aparte de nombre y sello de debut. 

—Me siento cercano. Los que nacimos en los 70 en nuestra etapa de paso a la adultez vivimos importantes cambios sociales (más que políticos). Ese es nuestro prisma. Esto no quiere decir que los que nacimos en esa década hagamos —o al menos en mi caso no es la intención— novelas puramente sociales, pero sí está ese prisma ahí. Por eso me siento cercano a los nacidos en esa década, e incluso a los que nacieron a principio de los 80.

—Tu novela empieza como un relato sencillo del extrarradio de la gran ciudad pero, a pesar de su brevedad, acaba estallando en multitud de recursos y estrategias. ¿Novela social experimental? ¿Passolini pereciano?

" No me parece justo cuando se muestra a los habitantes de los barrios como si fueran personas sin futuro, sin esperanza"

—La novela está marcada por tres puntales básicos: quería escribir sobre algo que me preocupaba, y me preocupa, como es el concepto de progreso; por otro lado quería enmarcar esa preocupación en algún momento y lugar que conociera, pero sin escribir de mí; y por último, quería marcarme ciertos retos estilísticos. Aunque, como decía anteriormente, no la considero una novela social, al menos no es la intención, pero sí que está escrita con esas lentes. Y por último, quería mostrar el barrio no como un espacio en el que únicamente existen personas que están todo el día diciendo tacos, escupiendo, drogándose, etcétera, porque esa no era la realidad de los barrios. En los barrios vivían personas obreras, que leían periódicos, que hablaban sin estar todo el tiempo soltando exabruptos, incluso comenzaba a normalizarse el estudiar una carrera universitaria. No me parece justo cuando se muestra a los habitantes de los barrios como si fueran personas sin futuro, sin esperanzas, porque no era la realidad. Y en la novela eso está presente: a algunos se les presenta un futuro, pueden salir del barrio. Lógicamente, tampoco todos en los barrios tuvieron un futuro mejor. El progreso no es sinónimo de prosperidad para todos, cosa que creímos, porque a algunos el progreso les dio un porvenir, pero a otros les atropelló.

—¿Crees que el relato de los humildes y desatendidos, a día de hoy, forma parte del pasado, que sólo se escribe de urbanitas pijos y modernos y de sus cuitas de plástico?

"Debemos escribir de los barrios actuales, porque son una realidad existente tapada por una estética de clase media"

—Creo que los barrios continúan siendo iguales. Han cambiado estéticamente, pero en esencia no han cambiado demasiado. Ahora hay urbanizaciones preciosas, centros comerciales con todo tipo de espacios de ocio, pero los problemas de los barrios periféricos no han mejorado mucho, o para ser más justos, no han cambiado lo que estéticamente aparentan haber cambiado. Por eso creo que escribir de los barrios es algo actual. Debemos escribir de los barrios actuales, porque son una realidad existente tapada por una estética de clase media.

—En La Navaja Suiza habéis publicado hasta ahora un puñado de libros muy variados (estadounidenses, latinoamericanos, autoras olvidadas, la apreciable Al final uno también muere, de Roberto Valencia…). ¿Cuál dirías que es el camino que seguís para reunir a un grupo fiel de lectores alrededor de un pequeño sello?

—Hace poco me echaron la “bronca” porque dije que nuestra línea editorial está marcada por ser libros exigentes, y quizás quien me echó la “bronca” lleve razón, porque parece que diciendo esto se dice que son libros difíciles, casi imposibles de leer. En realidad lo que queremos decir es que los libros que publicamos necesitan participación del lector. El lector no es un mero espectador, sino que tiene que ser partícipe del libro. Sabemos que al ser una línea editorial tan poco marcada costará más que los lectores nos sitúen, pero a la larga creemos que esa participación del lector que queremos que se dé se acabará viendo.

Extracto de La última vez que fue ayer, de Agustín Márquez

Junto al colegio hay una gran valla publicitaria que nunca anuncia nada, solo quedan los restos de campañas olvidadas. Algunos la utilizan para colgar galgos.

En medio del descampado, a modo de oasis, hay dos pinos gigantes, sus troncos sirven como tablón de aventuras sentimentales: Chivo V corazón Chica W, Chico W corazón Chica X. Chico X corazón Chica Y (tachado). Te quiero Chica Z. Te odio Chico Z.

El resto del descampado es un sola de tierra compacta donde se sobrebebe, donde la lluvia cae sobrecogida y el sol decolora los futuros desechados, donde se estacionan coches y se aparcan problemas, donde el balón de los niños y la comba de las niñas levantan polvo, jeringas y heces, donde el papel de plata tiene precio de oro, donde una caja de cartón y algunas malas hierbas son un chalet adosado con jardín, donde follar es fe de erratas de quererse, y donde roedores y cucarachas son los animales de compañía del barrio. El descampado es un límite rebasado que tiende a infinito con resultado de nada, donde se aprende que la realidad no es más que un continuo de los sueños de otro. El descampado es un mundo de mierda, pero esa mierda es Nuestro Mundo.

(La última vez que fue ayer, Candaya, pag. 23-24)

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