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Cuando fui un genio del mal (V): “Pones mal libros para que se hable de ti”

Cuando fui un genio del mal (V): “Pones mal libros para que se hable de ti”

Les hablaba como quien dice ayer de una memorable reseña de Francisco Solano en Babelia donde, a buen seguro por primera vez en la historia de este suplemento, se sacaba a colación la mayor o menor actividad autopromocional del autor atendido, siendo que la mía era verdaderamente infatigable, según este señor.

La reseña incorporaba pronto una noción de mucho interés, como es la del crédito o prestigio literarios, la reputación o, digamos, el valor en bolsa de un escritor. El mío era limitadísimo, algo que no sorprendía al reseñista, que consignaba esta carestía con enorme placer. Sin embargo, hemos de preguntarnos qué es el crédito literario, y sopesar si no es un halo que se consigue justamente haciéndose promoción, pisando moqueta, entablando amistades y lazos, consintiendo servidumbres, midiendo adulaciones, pactando premios y tragándose todo malestar o disidencia. O vendiendo libros. No sé si Solano pilla la contradicción de su propio planteamiento. Este autor no para de promocionarse, pero no ha conseguido ser promocionado. Yo creo que habría que darle una vuelta a esta calumnia, don Francisco, engrasar incoherencias.

"Sólo faltaría que una vida entera dedicada a los libros dependiera de la opinión de un portero de discoteca"

También es verdad que, después de 25 años leyendo, y de casi los mismos escribiendo, y de ir publicando en fin donde buenamente se ha podido, sería un poco triste andar a la espera de una palmadita en la espalda, de un carnet o una credencial que te diga (¡a ti mismo!) si lo diste o no todo por la literatura. Sólo faltaría que una vida entera dedicada a los libros dependiera de la opinión de un portero de discoteca.

“¿Quién eres tú para evaluarme a mí?”, cantaba Kase O.

Hace años que entendí, de hecho, que todo lo que conocemos como prestigio literario, derivado mayormente de la mucha o poca presencia de un autor en los medios de comunicación, no es otra cosa que un placebo que se administra el mundo literario a sí mismo como remedio vano contra una sola desgracia: no ser leído. A fin de cuentas, no he conocido un solo escritor literario en toda mi vida que no pensara que su libro era muy bueno. Incluso los cientos de autores rechazados creen que su manuscrito era muy bueno.

Así las cosas, cuando ese libro extraordinario que hemos escrito se publica y nadie lo lee (mil personas con suerte en un país de 35 millones de adultos: ojo), el autor mira a ambos lados y ve reseñas, entrevistas, suplementos, festivales, y necesita que todos ellos le quieran. La literatura, en fin, es una minusvalía de la vanidad.

“No eres nadie”, arranca un brutal y memorable texto de Eugenio d’Ors, que concluye: “Hay fiestas y a ti no te invitan. No eres nadie”. Ahí empezamos a entender realmente de qué hablamos cuando hablamos de créditos y prestigios; hablamos de ser alguien y de ser invitado. El autor no leído necesita exactamente lo que consigue el autor que es leído de forma masiva: ser alguien y ser invitado. A fiestas y festivales, a dar su opinión, a aportar un cuento a una antología. ¡Qué felicidad cuanto esto pasa! ¡Qué gloria bendita cuando, con treinta años, te incluyen en alguna cosa! Ay.

"Uno no se puede fiar nunca de nada de lo que se diga sobre su libro, y mucho menos si son cosas buenas"

Pasados los 40, y no digamos cercano a los 50, como me comentaba por mail a otros efectos Juan Bonilla, todas estas parcelas literarias se tasan en su verdadero valor: uno minúsculo. Comparado con haber escrito un gran libro, la vanidad del invitado es fosfatina.

Pero el mundillo se arma con todos estos pequeños autoengaños, ferozmente defendidos además, y así no me parece tan inverosímil este caso: un autor prestigioso escribe un libro que su editor publica sin leer (pues lleva treinta años con él y el libro es lo mismo de siempre), que un crítico halaga sin abrir (pues es su amigo y le debe una reseña, pero el libro tenía 500 páginas), que un puñado de lectores compra y cierra sin llegar a la última página (porque el libro es insoportable) y que incluso puede acabar en la lista de mejores libros del año (pues entre los que votan hay cuatro o cinco que le guardan cariño al viejo autor). Ahí tenemos un autor prestigioso: nadie leía sus últimos libros, pero murió satisfecho de sus logros, que eran esos mismos: no ser leído y tener mucho prestigio.

Uno no se puede fiar nunca de nada de lo que se diga sobre su libro, y mucho menos si son cosas buenas. Por hacer un repaso rápido, he visto: autores que presentan libros y que, ya en el bar, los consideran “una mierda”; autores jóvenes que te elogian y citan cuando estás de moda y te olvidan dos años después; reseñas positivas motivadas por el deseo del reseñista de publicar en el sello que publica el libro; inclusión de autores en las páginas de agradecimientos que, luego, también en el bar, el mismo autor considera muy malos; encargos de reseñar positivamente a la mujer de un hombre poderoso; por supuesto, reseñas de amigos a amigos; por supuesto, reseñas de enemigos a enemigos o a enemigos de amigos; cómo no, reseñas sin haber leído el libro (mi novela Alabanza en ABC: “Su mejor novela”); obviamente, halagos e invitaciones derivadas de noches de amor (de esto estoy a favor); amén de la consabida inclinación de todo el mundo a hablar bien de todo el mundo por lo que pueda pasar. A lo mejor a éste le hacen jefe o a aquélla, directora de algo.

"¿Ustedes saben en qué se basa de hecho toda mi labor como crítico literario? En no mentir. Si mintiera, estaría acabado"

Luego está la práctica, de la que me habló Juan Manuel de Prada, de ensalzar a un autor de una generación posterior a la tuya para evitar que el autor realmente bueno de la misma te haga sombra. Esto me resulta tan maquiavélico que no me lo acabo de creer.

Lo que se ve muy poco en el mundo editorial es un crítico o un escritor que vaya a una librería, abra un libro, le llame la atención, se lo lleve, lo lea y —sin conocer a su autor o autora ni deberle nada a la editorial— diga en su columna que, modestamente, le parece un libro extraordinario. Que es exactamente en lo que debería consistir la crítica cultural.

¿Ustedes saben en qué se basa de hecho toda mi labor como crítico literario? En no mentir. Si mintiera, estaría acabado. Y en tener curiosidad. Me da curiosidad lo que vende y lo que se alaba, y lo que no vende nada y lo que alguien publica en Palencia. Luego, si lo leo, digo abiertamente qué me ha parecido. Tan simple como la guillotina.

Mis primeras prácticas como comentarista de libros partieron del blog Lector Mal-herido (primero en La Coctelera, luego en Blogger, luego en WordPress y hoy en malherido.com), actividad no remunerada y de muy bajo perfil, pero que es justamente por la que Solano me imputa el cargo “muy afanoso en la autopromoción”. Publicaba unas tres reseñas a la semana: afanoso era, sí. Solano y sus colegas, que han escrito toda la vida en El País con la admirable habilidad de no buscarse nunca un solo problema, consideran “autopromoción” que un tipo se abra un blog entre los quinientos millones de blogs que había entonces y que lo lean mil personas. Cualquier artículo cultural en cualquier cabecera nacional online es leído como mínimo por diez mil. Además, me permito recordarles o aclararles que Lector Mal-herido era un blog bajo seudónimo, y que nunca apareció mi nombre en él, nunca en diez años. ¿Cómo es eso de hacerse autopromoción sin que nadie sepa quién eres? Es como decir que Robert Del Naja utiliza Banksy para promocionar Massive Attack, cuando de hecho aún no está claro que Del Naja sea Banksy.

"Leo un libro, me gusta, miro a ver si gusta a mucha gente, si es así soy capaz de escribir contra mi propio criterio y hasta de argumentar por qué un libro que me ha gustado no me ha gustado"

Dentro de su modestia, el blog se hizo popular, apareció en algunos medios. ¿Quién iba a pensar que un blog donde se habla de libros sin intención de hacer amigos era justamente lo que le debíamos a los lectores? Increíble. Esta, en verdad, microscópica popularidad puso en marcha el mecanismo reinterpretativo que aún hoy me fascina: no es que una bitácora sincera sobre literatura gustara a la gente, sino que la falsedad absoluta era lo que había tenido éxito. Así, descubrí cuál era mi estrategia: si un libro era alabado unánimemente, yo decía de forma automática que era muy malo, por lo que todo el mundo acudiría a leer mi reseña negativa, por ese morbo que da siempre la sangre. Uno de los momentos más tristes de mi vida literaria tiene que ver con esta interpretación. Constantino Bértolo, en una charla compartida, dijo en público eso mismo: “Pones mal libros para que se hable de ti”.

Dense cuenta de lo que estamos hablando, prácticamente de un psicópata (yo). Leo un libro, me gusta, miro a ver si gusta a mucha gente, si es así soy capaz de escribir contra mi propio criterio y hasta de argumentar por qué un libro que me ha gustado no me ha gustado. Entonces me hago un poco más famoso. Y así durante diez años, todos ellos leyendo libros y jugando con dos barajas, calculando si me conviene ir a favor o en contra, y recordando además, en mi fuero interno, si me gustó un libro del que he dejado constancia que me horrorizó, pues a fin de cuentas mi propia literatura se alimenta de los libros que me complacen. Amén de inverosímil, es una acusación tan abyecta.

Así que en realidad adoro toda la obra de Roberto Bolaño, hasta los dibujitos esos que hacía con el Paint. Sólo digo que no comparto vuestro entusiasmo por su literatura para darme aires, y que os quedéis con mi nombre. Y lo mismo ahora con Karl Ove Knausgaard.

Me habéis pillado.

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