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El resto de la vida

El subtítulo de este libro, al menos tal como suena en nuestro idioma, no puede ser más contundente. Trae ecos apocalípticos, distópicos, madmaxianos. Es más, nos recuerda que hay una encrucijada a la vuelta de la esquina que no ha podido tener mejor introducción: olas de calor y huracanes, un Ártico por primera vez navegable y otros tantos síntomas de que las cosas no van bien; de lo caro que nos va a salir el cortoplacismo, por mucho que se trate de “una tendencia darwiniana de nuestro cerebro”. Hemos olvidado lo que Dios le dijo a Job —y que Wilson se apresura a recordar puntualmente— sobre lo poco que sabemos de la Naturaleza en realidad. En cualquier caso, Our Planet´s Fight for Life no tiene la fuerza de La lucha por las tierras salvajes en la era de la Sexta Extinción. Júzguelo el lector por sí mismo, al hilo de las evocaciones que una frase como esta desate en su imaginación.

"Nuestra historia no tiene nada de especial si pensamos en que todas las especies tienen una. O tal vez sí, pero en tal caso deberíamos contar con la megafamilia filogenética a la que nos debemos."

Sin embargo, no puede decirse estrictamente que Medio planeta sea un libro tremendista. No lo es más allá de lo que los datos sobre la biodiversidad puedan sugerir por sí mismos y que, por no ser precisamente poco, no precisan en absoluto de ninguna carga de tintas. Que la actividad humana haya conseguido una tasa de extinción de especies mil veces superior a la del nivel prehumano es uno de aquellos. Por suerte, aún quedan bastiones salvajes, aunque gravemente amenazados, “pero se pueden salvar para las futuras generaciones si las generaciones actuales tienen la voluntad de actuar en su favor”. Previa puesta en su sitio tanto a los ideólogos del Antropoceno como a quienes han decidido darse por vencidos, fijados los hitos intelectuales de nuestro problema de especie, Wilson recomienda una suerte de consejo de sabios para proponer puntos calientes desde los que salvar al máximo de especies de nuestra soberbia desarrollista.

Nuestra historia no tiene nada de especial si pensamos en que todas las especies tienen una. O tal vez sí, pero en tal caso deberíamos contar con la megafamilia filogenética a la que nos debemos, lo que supondría todo un cambio de conciencia; todo un Despertar, aunque no necesariamente en clave New Age ni leftie, sino mucho más pragmáticamente, con la información que siglos y siglos de observación de la Naturaleza han puesto en nuestras manos. En el capítulo así titulado, E. O. Wilson plantea sin ambages nuestras dos opciones: prepararnos para manejar el planeta como si fuese una nave espacial o ponernos a salvar los muebles ya mismo. Por desgracia, necesitaríamos a unos cuantos como él para empezar a movernos rápidamente en esta última dirección, especialmente cuando el propio autor reconoce que “a menos que no se orqueste una nueva Revolución Verde, el consumo humano pondrá en riesgo la mayor parte de la biodiversidad terrestre”.

Veamos ahora más detalladamente lo que el biólogo norteamericano plantea. Lejos de lo que su título pueda llegar a sugerir, no pretende una división de la Tierra en sendas mitades ni en grandes extensiones diferenciables, sino que los “fragmentos” salvajes terrestres y marítimos permanezcan intactos y sean susceptibles de incrementarse. Tiene en cuenta que la desaceleración demográfica occidental ayudaría a conseguir tal objetivo, toda vez que la «selección k» se ha impuesto sobre la «r»; la opción de tener poca descendencia bien atendida sobre la de que sea más numerosa y peor preparada. También confía en que dejemos de demandar tanto espacio —en la reducción de nuestra “huella ecológica”— y en que la economía evolucione hacia modelos intensivos en lugar de extensivos: más prestaciones y menos consumo per cápita de materiales y energía. La ecuación sería correcta siempre que resultara en una liberación de espacios y recursos que devolver al resto de la vida.

"Y quizá sea esta la madre del cordero; un complejísimo debate sobre medios, fines y límites, o una definición convincente sobre qué significa exactamente un precepto moral trascendente."

Y todo va así de bien hasta Salir del atolladero, que es justo el momento en el que Edward nos conduce a él, relacionando la biodiversidad con la neurociencia y otras tantas disciplinas tecnocientíficas, e invitando a su edén a un inquietante elemento fáustico y su corte. Lo hace en nombre de “una ciencia de la ecología auténtica y predictiva” o de un censo digital de la diversidad global, y nos dice que el problema de Silicon Valley y sus sueños —que bien pueden ser goyescos en el sentido infausto que todos conocemos— es no haber incluido en ellos a la biosfera. Lo salvaje entabla entonces una conversación bastante extraña con una especie de intervencionismo ilimitado. Dicho más poéticamente, todo se vuelve demasiado luminoso. Por supuesto, nada de esto enturbia la voluntad genuinamente conservacionista de Wilson, y mucho menos su preocupación por el resto de la vida. Y quizá sea esta la madre del cordero; un complejísimo debate sobre medios, fines y límites, o una definición convincente sobre qué significa exactamente un “precepto moral trascendente”. De todos modos, y aunque solo sea por la cantidad de llagas sobre las que pone el dedo y por la calidad tanto de la escritura como de la traducción, Medio Planeta solo puede ser recomendado.

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Autor: Edward O. Wilson. Título: Medio planeta. La lucha por las tierras salvajes en la era de la Sexta Extinción. Editorial: Errata naturae. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro

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