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Resurrección, de Lev Tolstói

Resurrección (Reino de Cordelia), de Lev Tolstói (1828-1910), se publicó por entregas en el periódico Niva hace ciento veinte años. Además, fue la última novela publicada en vida del autor de Guerra y paz y Anna Karénina. Cumplidos los setenta años, Tolstói refleja su preocupación por la búsqueda de una sociedad más justa que corrigiese los privilegios de la aristocracia rusa sobre la población campesina, prácticamente esclavizada, la misma obsesión que siente el protagonista de la novela, el joven príncipe Nejliúdov, quien asiste como miembro del jurado al juicio contra la que fuera un amor de juventud, Katia Máslova, que será condenada por envenenamiento a una cárcel siberiana.

Zenda publica la introducción del traductor de esta obra, Víctor Andresco.

Unidad y diversidad en Lev Tolstói

¿Quién toca, pues, las campanas de Roma?
El espíritu de la narración
THOMAS MANN

I

Con sesenta años cumplidos, Tolstói llega a 1889 sin ser ya el mismo autor de Guerra y paz o de Anna Karénina. Ese año comienza a redactar el primero de muchos borradores destinados a contar la tormentosa historia del príncipe Nejliúdov y su antigua criada Katia Máslova, para lo que necesitaría varias versiones y todo un decenio hasta dar con la versión definitiva de Resurrección (1899). Toda la actividad social del escritor —diversificada hasta entonces en la pública denuncia de la injusticia, la búsqueda de una nueva pedagogía y la inquietud por la fractura entre la emergente cultura urbana y la dominante tradición rural en Rusia— reflejará con precisión durante esos diez años su más honda preocupación espiritual, entendida como sinónimo de humana. Tolstói ya no es el mismo cuando decide escribir Resurrección y esta constatación, tan próxima a la lógica y sin embargo tan insistentemente subrayada por la crítica cuando se refiere al autor de La muerte de Iván Ílich, lleva implícita la no menos importante evidencia de que cuando terminó de escribir la que se considera como «la última de sus tres grandes novelas» —dejando de lado que entre su obra posterior figura incluso Hadjí Murat—, tampoco era ya el mismo. En otras palabras, Resurrección, como su autor, es también —entre otras muchas virtudes que la convierten en una de las obras maestras de la literatura universal— la demostración de que ni siquiera el lector es ya el mismo cuando termina de leer un libro, aunque para dotar de pleno sentido a la conocida afirmación haga falta que la obra, como las palabras sobre las que se ha generado, sea un sistema lleno de contenido o, cambiando de proveedor de imágenes, que esté dominado por el espíritu de la narración.

La historia de Resurrección es la historia de la aristocracia rusa puesta contra las cuerdas de su inconsecuencia y el papel reservado a Nejliúdov como protagonista es el relato de la oportunidad perdida por la clase dominante para revisar su límbica situación, abolida la esclavitud, en un siglo que canta su fin en cada episodio de su sangriento transcurso.

El héroe que se sobrepone a sí mismo y a su circunstancia a lo largo de la novela consigue serlo de forma efectiva, como la propia trama, a partir de ese señorito apuesto y malicioso que está a un paso de ingresar en el selecto club del hombre superfluo (líshni che lovek) al que Goncharov había dado carta de naturaleza con Oblómov en 1859. Solo su encarnación del espíritu de la narración le permite salir del marasmo al que estaba condenado y gracias al cual el mismo Tolstói saca adelante un proyecto que durante mucho tiempo no pasó de eso, lejos de ser argumento suficiente para una novela de cuatrocientas páginas. Se atribuye precisamente al momento en que el escritor comprende el sentido global de la transformación del protagonista frente a Máslova en la agónica autarquía del imperio ruso, el impulso definitivo para la elaboración de Resurrección como la novela del arrepentimiento, de la toma de conciencia, de la catarsis.

Sobre este valor catártico se han vertido ríos de tinta en los que se dibujan las más variadas opiniones (y entre ellas, felizmente, los imprescindibles análisis de los mejores críticos de todo el siglo, des de Romain Rolland hasta George Steiner, pasando por György Lukács o lsaiah Berlin), pero quizá no esté de más recordar la idea que Georges Nivat desarrolla en su prólogo a la edición francesa de la novela. Recuperando la expresión de Stefan Zweig según la cual las novelas tolstóianas son «curas de desilusión», Nivat explica la evo lución de las versiones de la novela entre 1890 y 1899: en todas ellas Nejliúdov es el joven heredero que sirve de eje a la narración —como había sucedido en toda la obra mayor de Tolstói— pero al final, ante la redacción definitiva, además de funcionar como protagonista acaba cediéndole su puesto al motor de su historia. Nejliúdov podría haber terminado por triunfar o fracasar, pero la ausencia de rencor, su resurrección en el nuevo producto de una realidad tan real en la novela como irreal en la vida le otorgan personalidad propia y bien singular como protagonista de un siglo que comienza sin que se haya liquidado el anterior (fenómeno que por otro lado tendrá sus consecuencias más visibles a ojos del mundo entero en la propia Rusia y durante muchos años). La mejor imaginación liberal se había puesto al servicio de una utopía demasiado necesaria.

II

Precursor de la urbanización democrática, Tolstói da a conocer Resurrección en la revista literaria Niva, conmocionando enseguida a buena parte de una sociedad no acostumbrada a digerir peripecias biográficas como la de Nejliúdov y aún menos a que el telón de fondo del relato fuesen las sangrientas diatribas con que Tolstói despacha a la troika del poder en Rusia: «curas, banqueros y milita res», por utilizar una figura de honda raigambre también en nuestro siglo.

Si al menos Tolstói hubiera renunciado a algo de su calculado y vitriólico sentido del humor, la ira de la jerarquía —sobre todo eclesiástica— habría podido encontrar mejor acomodo ante el éxito de la novela, pero su autor no ahorró un solo matiz de su preciso verbo para retratar los contextos de la relación entre Máslova y Nejliúdov. No solo no lo hizo sino que continuó su cruzada personal en forma de cartas y opúsculos contra la burocratización de la Iglesia y en 1901 fue excomulgado por el Santo Sínodo.

El descarnado sentido del humor que late a lo largo de la obra deja al descubierto todo el absurdo sobre el que descansa el orden social contra el que Nejliúdov agota sus fuerzas. Precisamente cuando el héroe se siente desfondado ante la resolución sobre el indulto de Máslova y la crítica situación carcelaria, casi al final de la narración, Tolstói aprovecha la menor descripción para constatar, casi a lo Moratín, que en Rusia una grande dame «hablaba el francés a la perfección y bastante mal el ruso» mientras el inglés que estaba invitado en su casa hablaba «extraordinariamente bien y con gran elocuencia su propio idioma». Todo retrato de la aristocracia conlleva su dosis de brutalidad, pero el que hace aquí Tolstói es, además, una crónica sin concesiones sobre esa clase que al hablar se limita a «satisfacer una necesidad fisiológica —aparte de comer— de mover los músculos de la lengua y la garganta».

Fue, sin embargo, la arrolladora recepción de Resurrección en todo el mundo lo que marcó un hito en la novela moderna y lo que situó a Tolstói en los orígenes de la perspectiva contemporánea de la literatura como elemento formador de la conciencia. Si es más conocido entre nosotros el entusiasmo que la obra provocó en Francia, Inglaterra y Alemania (en España, Clarín la consideró en 1900 —contra la renuente opinión de muchos críticos— la más conseguida de las novelas de su autor), bueno es recordar que las traducciones se multiplicaron en muy pocos años a la mayor parte de lenguas y que por ejemplo en Japón ya en 1908 Resurrección era utilizado como libro de texto incluso en las academias militares. El crítico K. Riejo atribuye al hecho de que Tolstói contase lo sucedido a sus héroes desde el mismo punto de vista de millones de desposeídos (y evidentemente, y de forma fundamental, de las mujeres) el que en algunos países las versiones de la novela circulasen con títulos diferentes al original, como en el caso de Corea, donde se llamó La terrible historia de Katiusha o de Turquía, donde recibió simplemente el nombre de Katia.

En todo caso, Resurrección es una de esas novelas que determinan la complejidad de los límites entre los siglos XIX y XX, factor que en Rusia tiene una importancia esencial por su proximidad a esos epicentros de la modernidad política y artística tan claros para la humanidad como las revoluciones de 1905 y 1917, o la asombrosa transformación de la herencia decimonónica en un abanico de van guardias que hoy siguen manteniendo un deslumbrante diálogo con artistas de muy diversos lugares y disciplinas.

III

Después de una larga e intensa vida, pródiga en enunciados y en actos, Tolstói parece convencido por la aseveración de que la esencia de la fe es ser parco en palabras y abundante en hechos y se vuelca en una serie de proyectos literarios, entre los que se incluye Resurrección, capaces de materializar su anhelo de una sociedad más justa. Para ello renuncia a la mayor parte de sus derechos de autor y en el caso concreto de la novela cede los beneficios a los dujobory (luchadores del espíritu que continúan la tradición racionalista surgida en Ucrania en el siglo XVIII), a los que le une el re chazo de las formas tradicionales de culto religioso y con quienes comparte la certeza de que la revelación de Dios se produce en el interior del hombre, por lo que la vida de cada persona es la primera prueba de una existencia superior. Esa es, además, la base del principio de la excelencia personal, uno de los pilares básicos de la fe entendida como doctrina común revelada a lo largo de la historia a la vez que como estudio y vía de conocimiento, y representa, sin duda alguna, la más antigua y fértil de las obsesiones personales del escritor de Yásnaia Poliana.

A su modo también, Tolstói defiende que la fuente de toda erudición es el conocimiento de Dios, y así se vuelca en el desarrollo de planes pedagógicos que han merecido opiniones de muy diversa índole pero que han dejado una referencia inequívoca de la voluntad purificadora de Tolstói, síntoma al fin de un momento de cambio crucial en la sociedad.

El camino de perfección de Nejliúdov, que comienza siendo un aristócrata en el límite del parasitismo social y termina transformándose por completo y triunfando al menos en su pretensión de cambiarse a sí mismo, si no es capaz de cambiar la sociedad, constituye un hecho muy importante cuya sombra se cierne sobre la mayoría de las tentativas revolucionarias del siglo XX, organizadas desde la idea de que cambiar la sociedad es viable sin cambiar a quienes la componen.

La obsesión de Tolstói por la unidad —tanto en el plano de la creación literaria en general como en la narración novelística en particular, por un lado, y en el campo del pensamiento filosófico y de la armonización de las certezas de tipo espiritual, por otra— estaba irremediablemente condicionada por la diversidad que él mismo representaba. Su origen, su medio social, su inquietud, el largo y hondo trabajo de investigación y creación prosística, sus incursiones —verdaderamente exploradoras, con independencia de los resultados— en el terreno de la pedagogía, sus averiguaciones sobre las condiciones de reforma social —también al margen de lo que dieran de sí en los años inmediatos—, su creciente y nunca extinto magnetismo, le convirtieron muy pronto, como le había sucedido a Pushkin en el concreto ámbito de la poesía rusa, en el primer y singular fruto de la diferencia. Todas las teorías, como la que postula la coexistencia de dos personalidades antagónicas en un Tolstói bicéfalo, o la que se ha esforzado en oponer a Tolstói y Dostoievski a lo largo del tiempo, deben tamizarse por este factor ineludible de su realidad como escritor y como hombre, y por consiguiente como figura pública de amplísimo espectro. Su lucha por la unidad es la encarnación del principio mismo de la diversidad, y todas sus contradicciones no son más que apuntes, atisbos, llamadas de atención hacia la complejidad, la hondura y la calidad de uno de los prosistas más intensos y de uno de los espíritus más productivos de la cultura rusa de todos los tiempos.

VÍCTOR ANDRESCO
Dublín, 2019

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Autor: Lev Tólstoi. Traductor: Víctor Andresco. Título: Resurrección. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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