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Retrato de una ciudad en tres tiempos

Retrato de una ciudad en tres tiempos

Hay ciudades que llevan en la gloria su propia penitencia. Que se lo digan, si no, a Oviedo, que desde hace más de una centuria soporta a sus espaldas el peso de haber acogido la acción de una de las novelas más emblemáticas de toda la literatura española. A la capital asturiana le colgaron el apelativo de la bien novelada merced a la importancia que sus calles, su historia y su tejido social juegan en La Regenta de Leopoldo Alas Clarín ­-—cuya sombra no ha dejado de planear nunca sobre la conciencia de los ovetenses— y al Tigre Juan de Ramón Pérez de Ayala, una obra que en Asturias siempre ha gozado de más predicamento que el resto de títulos de su bibliografía. Hace algunos años, el catedrático José María Martínez Cachero propuso sustituir el sintagma habitual por otro, la muy novelada, que sustituyera la apelación a la calidad por una constatación de la cantidad. En efecto, la presencia de Oviedo trasciende con mucho el legado de los autores mencionados, aunque los resultados no hayan sido siempre tan excelsos. Ni siquiera fueron ellos los primeros en mencionarla en sus escritos. Más allá de los documentos a los que adjudicamos un carácter meramente historiográfico —como las crónicas del Reino de Asturias, las menciones de los peregrinos que en ruta hacia Santiago optaban por acercarse a San Salvador o la noticia que dio Ambrosio de Morales de su visita a la catedral—, no debe olvidarse que los primeros aires de la Ilustración soplaron en una celda del desaparecido monasterio de San Vicente, hoy sede del Museo Arqueológico, desde la que el benedictino Benito Jerónimo Feijoo escribió su Teatro crítico universal y sus Cartas eruditas y curiosas, ni que la primera obra de ficción propiamente dicha en que la ciudad hace acto de presencia fue la Histoire de Gil Blas de Santillana que Alain René Lesage alumbró allá por 1715.

La Regenta

"Si se traza una perspectiva general, da la impresión de que todos cuantos escribieron sobre Oviedo a partir de La Regenta lo hicieron entregándose a una pelea constante contra el referente de Clarín."

Sin embargo, nadie puede negar que fue Clarín quien, con su obra cumbre, legitimó literariamente a una ciudad que a partir de entonces apareció en tal cantidad de novelas que resulta casi imposible citarlas todas sin incurrir en olvidos involuntarios. La primera demostración de que la sombra de La Regenta es alargada la da el hecho de que, si Leopoldo Alas camufló la ciudad verdadera bajo el topónimo ficticio de Vetusta, muchos otros autores que llegaron después quisieron hacer lo mismo. Así, Armando Palacio Valdés la llamó Lancia en El Maestrante, Juan Ochoa Betancourt se refirió a ella como Robledo o Nuvareda en Su amado discípulo y Los señores de Hermida, Ramón Pérez de Ayala le puso el nombre de Pilares en la citada Tigre Juan y en El curandero de su honra y en Belarmino y Apolonio, la rebautizó Sala Suárez Solís como Fontán en Camino sin retorno y Un jardín y silencio, y Eduardo Méndez Riestra la denominó Rigordia en su Viage de los cavalleros sin rostro… A esa lista cabe añadir otros nombres que también encontraron inspiración en Oviedo y no dudaron en incluirla en sus libros con el nombre que le corresponde por derecho. Viene a cuento citar a Paco Ignacio Taibo (Para parar las aguas del olvido), Antonio García Miñor (La plaza), Francisco García Pavón (Cerca de Oviedo), José María Jove (Un tal Suárez), Alfredo Bryce Echenique (La vida exagerada de Martín Romaña), Gonzalo Torrente Ballester (Los años indecisos), Carmen Ruiz-Tilve (Pliegos de cordel), Eduardo Alonso (Villahermosa) o Tino Pertierra (¿Acaso mentías cuando dijiste que me amabas?).

Si se traza una perspectiva general, da la impresión de que todos cuantos escribieron sobre Oviedo a partir de La Regenta lo hicieron entregándose a una pelea constante contra el referente de Clarín y, como se imaginará cualquiera, no es fácil salir indemne de tal reto. En cualquier caso, hay entre las mencionadas obras muy notables, aunque si hubiera que buscar unos pocos títulos que no sólo resuman los avatares de la pequeña capital de provincias en determinados momentos históricos, sino que los conviertan en paradigmas extrapolables a un ámbito mucho más amplio, podríamos quedarnos con un tríptico esencial que parte de los inevitables paseos de Ana Ozores por El Espolón o La Encimada para pasar por difíciles tiempos que condujeron a la Revolución de 1934 y desembocar en las incertidumbres auspiciadas por el cambio de siglo. Se trata de un recorrido que demuestra que, pese a no andar errado Martínez Cachero en la reflexión que comentábamos al principio de este artículo, no se puede decir que a Oviedo le haya ido nada mal en esto de la literatura.

Cimadevilla

Leopoldo Alas Clarín. La Regenta. (1884 y 1885)

«La heroica ciudad dormía la siesta». La frase que inicia la novela, además de una de las más célebres de toda la literatura española, es también una declaración de intenciones. Vetusta, la ciudad imaginada bajo la que se agazapa el Oviedo real, es una aburrida capital provinciana que gusta de regodearse en los pormenores de su pasado glorioso y evita adoptar cualquier iniciativa ante el futuro. En una sociedad cerrada y mohosa, cuya burguesía mira con ojos desconfiados los asentamientos obreros que empiezan a crecer en el extrarradio, los estamentos clásicos se resisten a modificar sus costumbres y sus vicios mientras se entregan a un juego de apariencias que, a la par que garantiza su propio estatus, se erige en la causa principal de sus complejos y cainismos. Ana Ozores, mujer del regente de la Audiencia, vive enclaustrada entre la debida obediencia a las obligaciones impuestas por su condición y la inquietud que le procuran sus deseos carnales y vitales. El magistral Fermín de Pas, alma sombría de esa catedral cuya única torre es faro y vigía de las rutinas que se desarrollan a sus pies, y el seductor Álvaro Mesía, líder del casino provincial y heredero del ibérico mito de Don Juan, constituyen los otros dos vértices de un triángulo perverso cuyas tensiones acabarán por precipitar un final que desde el primer momento se presiente inevitable y terrible. Los representantes de las más venerables castas de la ciudad de Vetusta, corte en lejano siglo, asistirán entre maledicencias e hipocresías al desarrollo de una tragedia que ellos mismos alimentan con su vocación parasitaria y de la que se beneficiarán, de manera indirecta, al sentir que el fracaso ajeno no deja de ser una manifestación enrarecida de su triunfo.

"Hoy el idilio, tras tanto viaje, resulta más que evidente. Incluso hay quienes invocan el apelativo de Vetusta para destacar los atractivos de una ciudad idílica susceptible de construir un atractivo turístico."

Oviedo no sale nada bien parada en estas páginas, de ahí que en su momento la publicación de La Regenta —su primera edición salió en dos tomos, en 1884 y 1885— cayese como un tiro en la ciudad. Hubo quienes jamás le perdonaron a Leopoldo Alas Clarín (Zamora, 1852-Oviedo, 1901) la afrenta en la que, según ellos, incurría al desnudar con tanta saña las turbiedades más inconfesables de su ciudad adoptiva. Cuando, unos cuantos años después de la muerte de su autor, la Guerra Civil llegó a su término en Asturias y las nuevas autoridades franquistas tomaron la arbitraria decisión de fusilar a su vástago Leopoldo Alas Argüelles, a la sazón rector de la universidad ovetense, muchos pensaron, y dijeron, que la ciudad se cobraba su revancha haciendo con el hijo lo que no había podido hacer con el padre. El silencio que el régimen de Franco echó como una losa sobre la novela no impidió que ésta se acabara revelando como una de las cimas indiscutibles de nuestra literatura. Cuando la editorial Alianza la recuperó en la década de 1960, el realismo de corte naturalista con el que Clarín había dejado fiel constancia de su lugar y de su época, tan similares a los de cualquier otra parte de España en aquel mismo tiempo, volvió a maravillar a los lectores. Tuvo que llegar la Transición para que Oviedo empezara a reconciliarse poco a poco con la obra que le había concedido un lugar dentro de la cartografía de las letras universales. Hoy el idilio, tras tanto viaje, resulta más que evidente. Incluso hay quienes invocan el apelativo de Vetusta para destacar los atractivos de una ciudad idílica susceptible de construir un atractivo turístico o residencial, lo que evidencia que La Regenta, como ocurre con tantos otros libros, es mucho más citada que leída.

Tránsito Sta Barbara

Dolores Medio. Nosotros, los Rivero. (1953)

En principio, esta novela podría ejemplificar bien lo indicado en la introducción acerca de los escritores que decidieron convertir Oviedo en el escenario de sus ficciones después de que se alzara sobre la ciudad la gigantesca figura de Clarín. Si en la primera frase de La Regenta la capital asturiana, transmutada en Vetusta, era una ciudad heroica que dormía la siesta, el inicio de Nosotros, los Rivero no deja de parafrasear, de manera bastante notoria, aquella percepción que se había puesto negro sobre blanco hacía más de medio siglo: «Oviedo es una ciudad dormida». También la propia dedicatoria del libro («A la inmortal Vetusta con mi devoción sincera») ratifica esta impresión y podría dar pie a interpretar que nos encontramos ante una especie de reelaboración de uno de los platos fuertes, si no el principal, que supo cocinar el naturalismo español. Sin embargo, la novela pronto levanta el vuelo para adquirir su propia carta de naturaleza y, sin renunciar en ningún momento a sus ilustres referentes, consigue levantar un mundo tan personal como reconocible cuyas coordenadas se asientan en unos años convulsos. Es una narración de cariz autobiográfico en la que asistimos a la evocación de Lena Rivero, trasunto de la autora, cuando de vuelta a su ciudad recuerda su vida en ella y el tránsito que la condujo desde la niñez a la edad adulta en un lapso temporal que tuvo su gran momento crítico en la Revolución de 1934. Las historias familiares, las inquietudes derivadas de la difícil entrada en la madurez y la agitación política y social de un periodo histórico determinante conforman el marco de una narración tan encomiable como audaz que obtuvo en su momento muchísima más repercusión de la que teóricamente correspondía esperar de una novelista de provincias.

"Ahora, la novela original, sin recortes ni matices, ha desembarcado en las librerías, en una edición deliciosa que cuenta con ilustraciones de Rebeca Menéndez."

La irrupción en el panorama literario español de Dolores Medio (Oviedo, 1911-1996), fue toda una sorpresa. Era una absoluta desconocida, porque apenas había publicado nada, cuando en enero de 1953 el jurado del premio Nadal decidió conceder el galardón a Nosotros, los Rivero. Ni siquiera su autora, que por aquellos años malvivía en Madrid, acertaba a creérselo del todo cuando le comunicaron la noticia. Su novela se inscribía en un realismo social muy imbricado en su tiempo y se insertó en una tradición de la que ya formaba parte la Nada de Carmen Laforet y a la que pronto se sumaría Carmen Martín Gaite con Entre visillos, dos novelas que curiosamente obtuvieron también el galardón de la editorial Destino y que, al igual que Nosotros, los Rivero, estaban escritas por mujeres jóvenes que narraban la incorporación de sus personajes femeninos a un mundo empeñado en relegarlas. Hay en la obra de Dolores Medio, sin embargo, un factor que había permanecido oculto hasta ahora y que acaba de salir a la luz gracias a la labor acometida por Ángeles Caso y su editorial Libros de la Letra Azul: los problemas que el manuscrito original tuvo con la censura, que obligó a Medio a suprimir pasajes enteros en los que la autora dejaba constancia de su simpatía hacia la ideología socialista y la causa republicana. El encontrazo fue tan fuerte que la autora no hizo la menor alusión a él en vida, y sólo ahora que se han desempolvado los viejos expedientes se ha podido conocer hasta qué punto llegó el ensañamiento de los guardianes de la moral franquista con aquel texto que estuvo a punto de quedar para siempre arrumbado en un cajón. Ahora, la novela original, sin recortes ni matices, ha desembarcado en las librerías, en una edición deliciosa que cuenta con ilustraciones de Rebeca Menéndez, para que los lectores podamos apreciar las intenciones primigenias de la novela que consiguió ser comúnmente aceptada como la sucesora natural de La Regenta.

Plaza mayor

José Avello. Jugadores de billar. (2001)

«El mejor amigo de Álvaro Atienza siempre fue Floro Santerbás, pero ninguno de los dos sabía por qué». Si hemos hecho constar la primera frase de La Regenta para mostrar las intenciones desmitificadoras de Clarín, y también el arranque de Nosotros, los Rivero para evidenciar la deuda que gustosamente asumía Dolores Medio, debemos hacer lo propio con Jugadores de billar para dejar claro desde el primer momento que, en esta ocasión, la cosa toma otros derroteros. Publicada en los albores del nuevo siglo, la novela instala su epicentro sentimental en el espacio del Café Mercurio, ubicado en la calle de Mon, y perfila a través de las andanzas de cuatro amigos que se reúnen allí para jugar sus partidas de billar las vicisitudes rabiosamente contemporáneas de una pequeña capital de provincias en los tiempos de la globalización: un Oviedo que intenta renegar del nepotismo vetustense sin lograr sobreponerse del todo al abrumador peso de los referentes. Las rencillas provenientes un pasado que tuvo veleidades heroicas pero acabó diluyéndose en el conformismo del presente, los escarceos políticos y las incertidumbres personales, los enigmas cotidianos que terminan dando lugar a un sutil encadenamiento de azares que se concretan en conclusiones insospechadas, van tejiendo los laberintos de una trama que se contrae, se expande y se bifurca al compás de un estilo directo y dúctil. Habitada por personajes memorables, y dotada de una rara habilidad para comprender las preocupaciones y vocaciones de su tiempo, puede que Jugadores de billar sea, hasta la fecha, la última gran novela de cuantas han querido adoptar Oviedo como escenario. Es curioso que sea, de las tres citadas, la que menos se conoce o la que con más dificultad valoran los propios ovetenses. Acaso se deba a que la cercanía de su propio tiempo con aquél en el que se desenvuelve lo que en ella se narra impida tomar la adecuada perspectiva, pero puede que también tenga que ver en ello el carácter de su autor.

"José Avello publicó La subversión de Beti García, una novela con la que fue finalista del Nadal en 1983, y esta Jugadores de billar. No aportó más títulos a su bibliografía."

Hay que decir que José Avello (Cangas del Narcea, 1943-Madrid, 2015) fue un escritor casi secreto, un raro fenómeno en estos tiempos al que cabría admirar por su perseverancia en el silencio: aparecía cada veinte años, presentaba un libro y luego desaparecía sin dar pistas sobre su paradero ni emitir señales de humo. Publicó La subversión de Beti García, una novela con la que fue finalista del Nadal en 1983, y esta Jugadores de billar. No aportó más títulos a su bibliografía. Su primer libro salió con el sello de Destino y el segundo vio la luz en Alfaguara. Ambos resultan hoy inencontrables, aunque tal eventualidad tendrá pronto remedio: el año que viene serán recuperados por Ediciones Trea, en un gozoso rescate que deberán aplaudir los lectores agradecidos. No fue Avello un autor dado al autobombo ni se prodigó demasiado en actos sociales. No mucho antes de su fallecimiento, en diciembre de 2013, participó en un recorrido guiado por Oviedo que sirvió para repasar los escenarios reales que habían dado pie a los enclaves ficticios de su última novela. Se le preguntó entonces por qué no escribía más, cuál era la razón de que en sus sesenta años de vida tan sólo hubiera esas dos narraciones portentosas. Avello, inventor de jugadores de billar y, según dijo, buen jugador de billar él mismo, dio una respuesta inapelable: «Si en una partida has logrado hacer 140 carambolas, ¿para qué seguir jugando?» 

Palacio Valdés

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