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Riñas fútiles

Tuve un maestro, al que todos ustedes conocen, pero que no es necesario nombrar. Me enseñó a meter entre insultos los halagos, así te libras antes de los tontos. A ignorar la bilis del prójimo, pues uno no produce suficientes sales biliares. Y a ignorar a quienes no conozco ni me conocen. Lo echo de menos. Ojalá hubiera podido hablar de esto con él. Y de paso llevarme un capazo de insultos.

"No se atreva usted a opinar de lo que otros creen conocer, será lapidado"

La opinión es una cosa curiosa. Se ejerce sin conciencia y sin cuidado. Como el borracho que mea sobre los coches que pasan. La orina está ahí y tiene que salir, y pobre del que se ponga por en medio, porque nadie le librará de la mancha. Nos encanta sentirnos entendidos de las disciplinas más sencillas, las que no requieren especialización ni están reguladas por consejo alguno que indique quién es experto y quién no. Ser un entendido de verdad en algo requiere tiempo, esfuerzo y, esta es la parte más difícil, silencio. Y para qué, ¿no? Si en 280 caracteres podemos aliviarnos. Como el borracho de arriba. Otro tema que evitamos, que guardamos con vergüenza en el cajón, como el arma de un crimen o a saber qué, es nuestra conciencia. Excrecencias, pereza y culpabilidad. Cuando estos componentes se mezclan en una batidora social, una placa de Petri incomparable para pequeños experimentos, se puede disparar una catástrofe. No se atreva usted a opinar de lo que otros creen conocer, será lapidado. Mejor manténgase relegado a temas más importantes pero que despiertan menos pasiones. Degeneración moral, muerte cultural, cambio climático, destrucción de ecosistemas y extinción de especies. Esos son los temas que se le permiten. ¿El motivo? Nadie los entiende bien, pocos quieren mancharse las manos con ellos, implicaría mirar en el pantalón propio, a ver si la mancha de orina tuviera en ellos el origen. La triste horda de goblins que erra por los confines de las redes le linchará si se sale de su guion. No podemos vivir sin opiniones, o más bien no queremos. El problema está en que tampoco deseamos comprender que cada uno tiene las suyas. Que no está justificado apalear a alguien por no estar de acuerdo. Nos decimos muy demócratas —y mejor no entro en el verdadero significado de la palabra—, nos creemos progresistas y usamos la palabra fascista como adjetivo para todo lo que no nos guste. Pero constituimos la sociedad más fascista de la historia. Tampoco está arraigado el asuntillo de desarrollar la comprensión lectora. Es natural que leer en una pantalla afecte a la retentiva y la capacidad de raciocinio de muchos, a mí me pasa. Tengo, entre otros muchos, ese pequeño retraso. Con este mejunje, la catástrofe está servida en cuanto cuatro amebas junten sus membranas y celebren su pequeña Eucaristía. Mi entrega sobre los tipos de magia en la literatura de fantasía llegará pronto, pero con la actitud que afrontamos los problemas verdaderos, y la virulencia de anticuerpo loco que desatamos ante quien no es de los nuestros, no me extrañaría que alguna otra epidemia nos sacuda de nuevo. Y esta vez para siempre.

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