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La metamorfosis de Madrid

De un tiempo a esta parte, me vengo dando cuenta de que Madrid ya no es la misma. Está sufriendo una metamorfosis lenta, casi inapreciable. Como un deshielo o una descomposición, que se hace evidente solo si se ve a cámara rápida. Pareciera que un parásito mora en sus entrañas y la posee poco a poco, modificándola. El colegio en el que estudié ya no existe, pero sí se mantiene en pie su edificio en la calle de Serrano. Pero es ya una cáscara vacía. Como la piel de las serpientes cuando mudan. El hospital de San Rafael, en la misma calle, donde me llevaban de niño cuando me rompía o fisuraba algún hueso, ya no es ese hospital amable y leve, donde no existía la muerte: ahora está cubierto con un velo de tristeza, porque allí estuvo mi padre poco antes de morir. Da vértigo ser testigo del cambio de la fisonomía urbana. Deja sin aliento.

Las calles de Malasaña ya no son aquellas calles en las que bebía y fumaba y experimentaba la euforia de la juventud y la belleza. Ahora ni fumo ni bebo ni juventud ni belleza. Ahora el descafeinado de máquina, el aperitivo y olisquear el humo del cigarrillo de los demás.

Las canchas de fútbol en las que jugué ya no son nuestras. Los parques. Las tiendas que antes eran cines. Los teatros que ahora son bares y que serán en breve chinos. Los restaurantes en los que comimos y ya nunca comeremos… fantasmas de hormigón, cristal y metal. Ecos de voces que jamás recobraremos.

Ya llevo tres casas en mi biografía personal más otras tres que habité con mis padres, seis. Una, la segunda de esas seis, ya ni existe. Cuatro portales en los que ha quedado prendido mi pasado.

Así, poco a poco, edificios, calles e incluso barrios se van cubriendo de un polvo gris, invisible para todos. Solo lo veo yo. El polvo.

Madrid antes era nueva. Virgen. Excitante.

Ahora es como ese amigo, querido, pero al que a veces quieres evitar.

Madrid ya no es una ciudad. Es una historia llena de historias. Ya es mía. Yo soy ese parásito, ese gusano que la va devorando por dentro. Ya soy ella.

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Los exfumadores nos fumamos los suspiros.

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Desde que el dream team griego de la filosofía, Sócrates, Platón y Aristóteles, cada uno pupilo del anterior, sentaran las bases del conocimiento occidental y fundaran, por así decir, nuestra civilización, hemos vivido con un implacable mandato de aprendizaje y progreso (no es baladí, en este sentido, que el mayor filósofo de la sospecha, Nietzsche, fuera un convencido presocrático). Quizá seamos los occidentales los más tercos organizadores del mundo, por una parte y, por otra, los más obstinados en tratar de iluminar todos aquellos lugares umbríos del conocimiento, una aspiración absurda por irrealizable y dolorosa porque solo nos ha de llevar a la decepción.

Yo, que llevo seis años improvisando tirando a mal en esto de ser padre, he llegado a la conclusión de que, aunque vaya en contra de nuestra estructura mental, habríamos de empezar a desaprender. O, mejor dicho, a aprender a desaprender.

Cargamos las formas y modos de nuestros padres, que a su vez adquirieron de los suyos, y así de una forma casi interminable y atávica. Quizá educamos hoy a nuestros hijos, en algunos aspectos, como en el siglo IX. Les inoculamos, de forma involuntaria, la pretensión del conocimiento absoluto. La adicción a lo unívoco. Y les negamos así, el placer secreto que proporciona el misterio. La libertad de sentirse insignificante. Les traspasamos la necesidad, quizá no fatal, de progresar. Les transmitimos, como cantaba Serrat, nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción.

Es difícil dar el primer paso, criar en contra de todo, pero quizá deberíamos de hablarles de conservación, antes de progreso, de bondad antes de éxito, de amor antes de conocimiento. Hablémosles de la maravilla de no saber. Desaprendamos. Regalémosles la posibilidad de ser más libres que nosotros.

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