Roberto Alifano es una reliquia para los admiradores de Borges: la persona viva que mejor le conoció y más le trató durante los últimos doce años de la vida del escritor universal. Si en los viajes internacionales le acompañaba María Kodama, cuando regresaba a Buenos Aires esa relación se limitaba a dos momentos puntuales a la semana (martes y sábado). El resto del tiempo, Borges tenía su propia vida, en la que Roberto Alifano fue la presencia más constante, su fiel servidor, su interlocutor en las charlas, el que pasaba por su casa de Maipú 994 para ayudarle en sus trabajos. A sus casi 83 años acaba de publicar sus recuerdos y sus infatigables diálogos con el Borges cercano, el del día a día.
El último día en Buenos Aires, Borges trabajó con Roberto Alifano, y aguardó a que llegase María Kodama con los billetes de avión. Volaba hacia Italia, enfermo, derrotado, de la mano de esa mujer que le había apartado de su mundo; resignado, hondamente resignado. Ya había asumido dejar la ciudad que tanto había cantado y amado; ya había asumido dejar a amigos, familia, recuerdos, y hasta dejar un lugar (aún vacío) en el cementerio de la Recoleta, junto a sus padres y sus gloriosos antepasados. “Querido amigo, viajo a Italia, donde pasaré la Navidad, y luego iré a Ginebra a morir”, le dijo a Bioy Casares.
Murió a los seis meses, hace cuarenta años. Roberto Alifano, periodista, poeta, escritor y (su mayor orgullo) amanuense y amigo de Borges, con el que compartió debates públicos y traducciones, se acuerda perfectamente de aquel día y de los cientos de días que pasó junto a Borges en animada plática durante los últimos doce años. Ahora acaba de publicar el primer volumen de una trilogía, en la que rememora sus días con Borges, sus encuentros, los trabajos, las intimidades de una charla entre amigos, las lecturas, los versos recitados, la visión de tantos personajes que pasaron por su vida y la chismografía, porque de letra menuda está hecho también el tiempo de un hombre de genio.
El libro se titula Primer Cuaderno Borges (en alusión al Cuaderno San Martín); lo ha publicado la editorial española Renacimiento —que tiene un apartado Borges—, y comprende los tres primeros años (1974-1976) de su colaboración y amistad. Alifano confiesa en el breve prólogo: “Tuve el privilegio de pertenecer al reducido círculo de personas que trataron íntimamente a Borges, y evocar aquellos días encantan mi existencia. Fui el amanuense que registró para su obra literaria una parte de sus dictados, y, también, quien lo acompañó en diálogos públicos durante jornadas en las que viví, de manera casi familiar, imborrables experiencias anotadas en estos cuadernos. Que me haya elegido para escoltarlo en aquel tramo de su creación literaria es un regalo acaso inmerecido que no terminó de agradecer”.
Poco más se puede añadir antes de empezar con las preguntas, salvo recodar que Roberto Alifano es el único y último superviviente del mundo íntimo y cotidiano de Borges. Su memoria viva. Y estos Cuadernos Borges (si tenemos la suerte de que se publiquen los tres) son una obra fundamental en el estudio del escritor argentino, tan importantes como Esplendor y miseria de María Esther Vázquez o el Borges, de Bioy Casares, con el que guarda intenciones, pero presenta muy notables diferencias: Bioy se limita a apuntar, como un notario, brevemente sus cenas y charlas con Borges, mientras que Alifano escenifica los encuentros y, en vez de señalar el tema de lo que hablaron, recrea literariamente los diálogos mantenidos.
Roberto Alifano y yo mantenemos una estrecha relación, y han sido muchas horas y muchos días, a lo largo de cinco años en Madrid o Buenos Aires, lo que nos ha unido en una extensa conversación en la que siempre planeaba, de algún modo, la figura de Borges. Leí Primer Cuaderno Borges cuando aún era un original aproximado, y tengo horas grabadas y decenas de fotografías de este periodista, poeta, narrador y traductor (tradujo a Stevenson y Herman Hesse con Borges) de ascendencia italiana que ha conocido y convivido con los importantes personajes de la cultura de su tiempo, desde Marcelo Mastroianni a Pablo Neruda, incluido Martín de Alzaga de Unzué, el millonario argentino que inspiró a Scott Fitzgerald el personaje de El gran Gatsby, y cuyos recuerdos los recogió Alifano en un libro titulado Macoco, el primer playboy. Precisamente por tener tanta implicación y material grabado he preferido olvidarme de todo ello (al fin y al cabo, son conversaciones privadas) para centrarnos en el libro y, paradójicamente, no mantener una extensa charla, sino plantear un cuestionario de respuestas más breves, en el que se ha creído oportuno emplear el usted.
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—Usted, que vivió ese momento histórico del último día de Borges en Buenos Aires, ¿nos puede contar cómo se desarrolló?
—Como un día más. Cuando llegué a su casa me pidió que buscara un poema que me había dictado el día anterior para modificar un verso. Borges estaba de excelente humor, como siempre. Yo no recuerdo a Borges de mal humor.
—¿De qué hablaron?
—De literatura, como siempre lo hacíamos. Borges era un ser literario, cuyo tema dominante era ese. No recuerdo ahora de los escritores de los que hablamos, ya que esa charla se me mezcla con otras tantas y tantas que mantuvimos a lo largo de esos doce intensos y felices años de trabajo y amistad.
—¿Cuál fue el texto que le dictó?
—Un soneto precioso dedicado a la patria, que lo recuerdo de memoria y, si usted me permite, se lo digo.
—Por favor.
—No en el clamor de una famosa fecha,
roja en el calendario, ni en la breve
furia o fervor de la azarosa plebe,
la pudorosa patria nos acecha.
La siento en el olor de los jazmines,
en ese vago rostro que se apaga
en un daguerrotipo, en esa vaga
sombra o luz de los últimos jardines.
Un sable que ha servido en el desierto,
una historia anotada por un muerto,
pueden ser un secreto monumento.
Algo que está en mi pecho y en tu pecho,
algo que fue soñado y no fue hecho,
algo que lleva y que no pierde el viento.
—Curiosamente, ese poema no está recogido en sus Poesías completas. ¿Recuerda sus últimas palabras antes de despedirse?
—Bueno, creo que me dijo que me esperaba al día siguiente, como siempre lo hacía.
—¿Por qué ha tardado tanto en comentar esto?
—Porque fue un día como cualquier otro. Nada especial. O sí, muy especial, pues me dictó ese poema dedicado a la patria.
—¿Cuándo y cómo conoció a Borges?
—Fue en 1960. Yo estaba en la librería Ateneo y entró Borges. Entonces, el dueño de la librería, Francisco Gil, que era amigo y al que a veces ayudaba, me lo presentó. Me sabía de memoria poemas suyos y le recité alguno, lo que emocionó mucho a Borges, pero empecé a tratar más a su madre. Yo trabajaba en una galería de arte y ayudé a colgar los cuadros a Norah, la hermana, que estaba con su madre, y a partir de ahí empecé a ir a su casa y la acompañaba a exposiciones. Leonor Acevedo era una mujer menuda, pero firme y llena de energía, una criolla vieja, una gran dama, y en estas visitas solía ver y hablar de literatura con Borges.
—¿Ahí comenzó su relación continua con el escritor universal?
—No. Salí de Buenos Aires y pasé unos años en Chile (ahí traté mucho con Pablo Neruda) y Europa. A la vuelta fui a hacerle una entrevista a Borges, por una polémica que había surgido. Cuando ya me iba, me dijo: “¿Le puedo dictar un poema que se me ha ocurrido esta mañana?”. Me lo dictó. Luego comentó: “Guárdelo. ¿Puede venir mañana a la mañana y lo corregimos?”. ¿Se ha dado cuenta? Hablaba en plural, como si lo escribiésemos juntos. A partir de ahí empecé a trabajar regularmente con Borges.
—¿Como amanuense?
—Sí, era la persona que escribía los textos que por su ceguera no podía fijar en el papel, pero también fui mucho más: una suerte de secretario. Yo cumplía con esa función, además de leerle, acompañarlo y asistirlo en muchas cosas. Se convirtió en mi maestro, y eso se prolongó por más de diez años. Lo ayudé también en muchas traducciones, como las fábulas de Robert Louis Stevenson y la poesía de Hermann Hesse, por ejemplo.
—¿Qué tal fue trabajar con Borges?
—Algo maravilloso, un verdadero don que le debo a la vida, un regalo acaso inmerecido. A partir de ese momento lo acompañé y estuve a su lado en muchas charlas públicas. Durante un tiempo recorrimos Argentina dando charlas en formato de diálogo. Fue muy divertido. Una vez le dije: “No me explico cómo teniendo una madre tan devota, usted no crea en Dios”. “Yo tampoco”, me dijo. “¡Qué le vamos a hacer!”.
—¿Cambió su opinión sobre Borges una vez que lo conoció?
—Por supuesto. Cuando empecé a leerlo, primero lo imaginé como un personaje intocable, alguien que miraba desde una torre de marfil, pero cuando lo traté reconocí no sólo que era un hombre de genio, sino una persona amigable, amena y de fácil trato. Antes yo era su lector, y me convertí no solo en su amanuense y discípulo, sino en su amigo, porque Borges era un hombre de amigos, un ser gregario que le encantaba el trato con las personas.
—¿Qué opinaba María Kodama de que fuese usted su amanuense? ¿A la vuelta de sus viajes no seguía ocupándose de Borges?
—Esa opinión la desconozco. Pero María Kodama no trabajó con Borges. Él me confesó una vez que le gustaba que lo acompañara en sus viajes, pero trabajar con ella lo ponía muy nervioso.
—Usted es un hombre de mundo y una persona afable, pero tengo la impresión de que María Kodama rompió y acabó odiando a todos los que estaban cerca de Borges. ¿Es así?
—Mi relación con ella fue distante. Conversábamos muy de pasada. Nunca lo hicimos íntimamente. Era una persona más bien cerrada, que no tenía amigos.
—Está a punto de cumplir 83 años. No sé qué tal va de salud, pero los estudiosos y admiradores de Borges estamos muy preocupados por el resto de esta trilogía. ¿Cuándo estará acabada?
—Espero que muy pronto. El segundo tomo necesito releerlo otra vez y luego se lo enviaré a la editorial Renacimiento para que lo publique. ¿En cuanto a mi salud? Bueno, he tenido la imprudencia de vivir 82 años largos; espero tener algo más de tiempo en este mundo para completar lo que falta.
—El lector, que quizá conozca el volumen Borges, que escribió Bioy Casares, se preguntará las semejanzas y diferencias con su libro, que tendrá unas 1.600 páginas entre los tres volúmenes, una extensión parecida al de Bioy.
—Es cierto, por ahí andarán las páginas de mi trilogía, como dice usted. Las diferencias son evidentes, como comprobará el lector. En mi libro no anoto puntualmente, día a día, como Bioy, sino que trato de recrear literariamente escenas vividas y diálogos mantenidos con Borges.
—¿Había algunos temas que hablara con usted y no con Bioy?
—Sí, por supuesto. Fueron formas de amistad distintas. Bioy Casares, Adolfito, como lo llamaba Borges, era su gran interlocutor, su socio literario en muchos temas. Yo, su asistente o su simple amanuense.
—Creo que usted era mucho más. Borges, siempre tuvo mujeres que colaboraban con él, que leían y recogían sus dictados. ¿Por qué lo eligió a usted, precisamente, siendo hombre?
—No sé, quizá por el conocimiento que yo tenía de sus textos. Y por las circunstancias que lo hicieron posible. Yo empecé siendo amigo de su madre, doña Leonor, ya le dije. Me considero un lector apasionado de toda la literatura universal. Buena parte de mi vida la he pasado y la paso leyendo, y seguramente Borges lo valoraba.
—¿Qué le aportaba usted a Borges?
—En primer lugar, mi sincera amistad y lealtad. Luego mi admiración y respeto por su obra inconmensurable. Y hablábamos —le gustaba hablar— mucho de literatura.
—¿Qué es lo que le enseñó Borges, lo que más vivo le ha quedado después de estos cuarenta años de su ausencia?
—Su contagioso amor por el arte de la literatura; algo maravilloso. Borges era un ser literario. Nunca vi alguien que viviera todo el tiempo en función de la literatura.
—¿Corregía mucho Borges?
—Constantemente. Escribir es también corregir; a veces corregía lo que ya había publicado. Su primer libro, Fervor de Buenos Aires, me pidió que le ayudara a rehacerlo. “Pero ya está publicado hace décadas, ¿cómo lo va a corregir, Borges?”, argumenté yo. “Tengo derecho a rehacerme, soy el dueño de esos poemas”, me respondió. Y sí, lo corrigió casi cincuenta años después”.
—Usted visitó de continuo el departamento de Maipú 994, donde vivió casi cuatro décadas. ¿Estuvo Borges en su casa?
—Muchas veces. A él le encantaba el arroz con manteca que le preparaba mi mujer, pero lo inquietaban los niños. Y eso sucedía con mis hijas; yo lo notaba, y una vez se lo comenté a nuestra amiga común, Silvina Ocampo. Y ella me aclaró todo con pocas palabras: “A los chicos Borges los teme, le dan miedo”. “¿Cómo que le dan miedo?”, me sorprendí yo. “Sí, ellos no son una referencia fija, siempre se están moviendo, y eso a un ciego les produce miedo”. Silvina Ocampo era, sin duda, una mujer de genio con una capacidad de observación admirable. Así me lo hizo notar. Y tenía razón.
—¿Seguro que, cuando da charlas, todos le preguntan cómo era Borges en su trato diario, en su vida cotidiana?
—Sí, claro. Bueno, le comento que era una persona muy amable y divertida. Yo no lo recuerdo de mal humor. Esa actitud amable y ocurrente es lo que me llevó a escribir El humor de Borges, donde cuento sus anécdotas. No era para nada un hombre solemne, sino todo lo contrario.
—De todos sus amores, ¿de quién era del que más hablaba?
—Borges era un hombre muy reservado en ese asunto. Sé que estuvo enamorado de varias mujeres; yo diría que vivió siempre enamorado, pero no fue correspondido. Estela Canto fue el gran amor de su vida, pero ella era una mujer muy independiente y para nada se entendía con su madre, doña Leonor.
—¿Le comentó alguna vez con quién le hubiera gustado casarse?
—Borges le propuso matrimonio a Haydée Lange, pero ella no aceptó. Nunca reveló el nombre en concreto de otras mujeres. Era un caballero inglés, muy celoso de su vida íntima. Mejor dejémoslo ahí.
—Me acuerdo bien de su libro Borges, biografía verbal, que es una sucesión de diálogos mantenidos entre ambos. ¿Qué diferencia hay con este Cuaderno Borges?
—Bueno, como habrá notado, los diálogos son esenciales, es lo que da energía a casi todo relato. Y en mis Cuadernos están también incluidos los apuntes que yo tomaba de esos diálogos y de sus circunstancias.
—¿Cuáles han sido los libros que ha escrito sobre Borges?
—Tengo en total más de sesenta libros publicados y será más de diez los que he escrito sobre Borges. Mis diálogos con él se han traducido a distintos idiomas; también El humor de Borges, que se sigue publicando.
—¿Cuál el primer cuento de Borge que usted leyó y cuál es su favorito?
—El primero no lo recuerdo ahora… Quizá Pierre Menard, autor del Quijote; pero puedo citarle varios más, aunque si me tomo ese atrevimiento debería decir “todos”. Pero mencionemos también El inmortal, El jardín de senderos que se bifurcan, El Aleph, La casa de Asterión, Funes el memorioso… No sé, diría que todos, pues en cada uno siempre hay hallazgos. Borges era un narrador mágico; en cualquiera de sus textos nos asombra, hay elementos gloriosos. Es un caso increíble. En cada cuento de Borges hay siempre una revelación. Es un escritor deslumbrante con infinitos recursos literarios. En esa idéntica dirección está el poeta; no olvidemos al inmenso poeta.
—Borges era casi Funes, el memorioso, pero usted es un aventajado discípulo. ¿Cuántos poemas de Borges y de otros autores se sabe de memoria?
—Muchos, muchos, sin duda. De Borges y de otros poetas, también. La mayoría se los escuché a él y luego los memoricé. Era algo contagioso escucharlo decir poemas.
—De los cientos o miles de títulos que se han escrito sobre Borges, ¿cuál destacaría usted, tanto como biografía o como estudio sobre su obra?
—Hay muchos ensayos admirables sobre su obra; verdaderos estudiosos y excelentes biógrafos. Algunos aportan elementos que ayudan a entender su obra.
—Hay una breve escena en la que usted tiene un encuentro en Nueva York con Woody Allen y éste le dice que es un admirador de Borges. ¿Es así?
—Sí, Woody Allen además lo conoció personalmente y lo deslumbró.
—Usted conoció y trató a Pablo Neruda y también a Ernesto Sabato, con los que Borges mantenía una relación crítica. ¿Hablaron alguna vez sobre ellos?
—Por supuesto. Esas personas, a su manera, se quedaron deslumbradas con él. Borges era un hombre de trato muy agradable, un gran conversador, que le gustaba informarse de todo.
—Posiblemente el último cuento escrito por Borges sea La memoria de Shakespeare, pero María Kodama sostiene que su último cuento se lo dictó a ella y fue Silvano Acosta, un texto de menos de un folio que se publicó en el periódico La Nación hace algo así como cinco años. ¿Qué opina de este asunto?
—Tengo mis dudas, ¡qué quiere que le diga!
—Mucha gente está confusa y se pregunta: ¿María Kodama es o no es la viuda de Borges?
—Alejandro Vaccaro, que es uno de sus más importantes biógrafos, y que indagó como nadie en la vida de Borges, ha demostrado que no existió ese casamiento. Y lo ha hecho con documentos irreversibles. Fue algo arreglado pocos días antes de su muerte por una cuestión de herencia.
—Usted conoció bien a doña Leonor. ¿Cómo era esa mujer admirable? ¿Y Norah, su hermana?
—Doña Leonor, como usted dice, era una mujer admirable, una señora argentina deliciosa, y también otra gran interlocutora de su hijo. Y Norah era, además de una mujer íntegra, una extraordinaria artista plástica, con un estilo propio e inimitable.

El periodista José María Plaza con uno de los bastones de Borges que el escritor regaló a Alifano, después de la entrevista
—En los últimos años dejó de hablarse con sus sobrinos (Miguel lo atendió y le acompañó en varios viajes). ¿Le comentó alguna vez esta desavenencia? ¿Estaba arrepentido?
—Yo creo que ese distanciamiento le dolía. Pero eran asuntos de familia, en los que suele haber, en la mayoría de los casos, malos entendidos. Yo fui muy amigo de Miguel, un gran intelectual, asesor de don Gonzalo Losada, el editor español.
—A usted le tocó vivir la época en la que empezaron a morirse los buenos amigos de Borges: Ulyses Petit de Murat, Mujica Láinez, Manuel Peyrou.
—Los recuerdo bien y sé que le afectó mucho. Borges era un hombre sensible. Los poemas que les dedicó a esos amigos lo dicen todo.
—¿Se podría decir que Borges, a su manera, era un filósofo?
—Yo creo que todo gran poeta es un filósofo, y posiblemente la manera literaria de Borges de ver la vida y, quizá también de vivirla y sobrellevarla, lo hace un filósofo. Siempre tuvo un gran interés por la filosofía. Borges era un devoto de Schopenhauer, que aparecía constantemente en su conversación, lo mismo que Heráclito, Berkeley, Hume y Spinoza, a los que solía citar.
—Tengo entendido que era desprendido con el dinero.
—Es verdad, para nada le interesaba el dinero. Era un hombre sobrio y austero en todo. Su vida, como ya le dije, era la literatura.
—Usted tiene una hija en Barcelona. ¿No se ha planteado vivir en España o en Francia, donde Borges es tan respetado y querido?
—Sí, me lo planteo siempre, pero no es fácil. No cuento con recursos económicos para ello y, por otro lado, he cometido la imprudencia (como diría Borges) de cumplir 82 años, ya casi 83. Y a esta edad no es fácil cambiar de lugar. Como canta el gaucho Martín Fierro: “Vaca que cambia querencia / se atrasa en la parición”.




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