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Rosa Parks sigue sin poder sentarse en el autobús

Rosa Parks sigue sin poder sentarse en el autobús

El 1 de diciembre de 1955 Rosa Parks dijo basta. No fue la primera en hacerlo, ni la última; pero su caso es el más conocido. Aunque nos parezca prehistoria, ese pasado es demasiado reciente; está a la vuelta de la esquina. Hace solo unas cuantas décadas, si eras negro en Estados Unidos no podías sentarte libremente en el transporte público. Cuando a Rosa le dijeron que debía ceder su asiento a un blanco dijo un NO más grande que todo el estado de Alabama. No se levantó. No se fue con la cabeza gacha hasta la parte de atrás. Esa chispa fue el comienzo de un incendio, del gran fuego de la lucha por los derechos civiles que arrasó una nación, y que hoy sigue candente. En 2020 a un hombre lo mataron varios policías por haber pagado con un billete falso de 20 dólares en una tienda; por ser un negro que pagó con un billete falso de 20 dólares en una tienda. Termino la última página de la magnífica novela de Colson Whitehead Los chicos de la Nickel, y pienso en Parks y en Floyd y en que quizás el problema es que en USA no han hablado de ello. Se ha pasado de las plantaciones repletas de esclavos a las matanzas en Tulsa, de no dejarles ocupar un banco por el color de su piel a reconocerles, por fin, que son personas con el mismo valor y derechos, que merecen dignidad y respeto —aunque algunos sigan teniendo sus dudas—. Pero en este proceso el arrepentimiento no entró en la ecuación. Y en esas estamos: algunos hincan la rodilla, como Derek Chauvin, pero no para pedir perdón sino para estrangular, para asesinar.

"Colson no se suma a la protesta fácil en su libro. En cada capítulo hay espoletas que se van activando hasta crear una gran explosión en las manos del lector"

Con Los chicos de la Nickel Colson Whitehead ganó el Pulitzer, un nuevo reconocimiento a su carrera después de haberlo conseguido, unos pocos años antes, con su anterior novela, El ferrocarril subterráneo —que retrata la huida hacia la libertad de una joven esclava de una plantación de algodón en Georgia—. Enrique Turpin reseñó —de forma certera y brillante— el libro de Whitehead en Zenda. No pudo elegir mejor título para su artículo: La impunidad en cada esquina. La obra, basada en hechos reales —en 2014 se descubrieron los cadáveres de más de 50 jóvenes en un reformatorio de Florida— nos cuenta la historia de Elwood y de Turner. De cómo ambos enfrentan su realidad en la Nickel, de forma optimista el primero —guiado por los «sueños» del reverendo King—, y más pragmática el segundo. No hay un discurso de odio, no hay revancha. En Los chicos de la Nickel lo que se muestra es la indefensión, la incomprensión. ¿Por qué un ser humano no acepta a otro por el color de su piel? ¿Por qué esa crueldad con el que es diferente? La rabia se apodera del escritor cuando sale a la luz este macabro caso, y los medios de comunicación —para supuestamente evitar avivar el fuego de las protestas raciales de Ferguson— no señalan que la mayoría de los cuerpos carbonizados que se encontraron en el reformatorio de Florida eran de chicos negros. Ricardo Lladosa también escribió en esta página web sobre la novela. Se preguntaba en su post cómo fue posible que nadie denunciara semejante ignominia si lo que ocurría en la Escuela Dozier era un secreto a voces. Esta reflexión me lleva a uno de los momentos claves de la obra, cuando Whitehead nos muestra que el terrible legado de Jim Crow —»separados pero iguales»— ha seguido vivo durante mucho tiempo en la sociedad norteamericana, y de qué manera lo han interiorizado generación tras generación de norteamericanos, dando por buenas esas reglas, esas leyes que segregaban por tener una pigmentación diferente en la piel, esas normas que impedían a Elwood, el protagonista de la ficción, su acceso a la educación, a la cultura.

Colson no se suma a la protesta fácil en su libro. En cada capítulo hay espoletas que se van activando hasta crear una gran explosión en las manos del lector. El autor es más combativo en las entrevistas, cuando habla con los periodistas y les explica como él también ha sido cacheado y esposado por estar en el lugar equivocado. Algo que también les ocurrió —con peores consecuencias— a «Los cinco de Central Park», cuya historia quedó reflejada en la serie de Netflix When They See Us (Así nos ven). Durante cuatro episodios nos cuentan la historia de unos muchachos negros que, de forma más o menos relevante, participaron en una algarada en Central Park. La policía hizo detenciones a las pocas horas entre ese grupo de adolescentes. Esa misma noche se produjo una terrible agresión en el mismo lugar: una corredora blanca fue asaltada y abandonada medio muerta. Los detectives enseguida relacionaron ambos casos para tener unos culpables. Unos interrogatorios en unas condiciones lamentables pusieron de manifiesto el racismo y la corrupción del sistema policial y judicial. La ficción lo refleja de maravilla y hace que el espectador empatice con los muchachos desde el primer segundo. Pero la polarización de la verdad que han causado años, décadas, siglos de racismo, provoca que la serie olvide los matices, que no enfrente el problema con una visión amplia: la víctima no importa porque es blanca; da igual que la resolución de su caso sea tan rocambolesca como la detención de los jóvenes; el ataque de los muchachos de Harlem a los paseantes de Central Park parece más una tierna excursión de escolares que una agresión violenta que causó el ingreso en coma de dos de los transeúntes.

"No se habló de cómo se mantuvo el racismo durante tantos años, no se pidieron disculpas, no hubo una conversación sincera con el fin de las leyes segregacionistas"

Cuando llegué a Brooklyn en la estación me recibió un yonki, temblando y orinándose encima. Lo siguiente que vi, al salir de la estación, fue un café en el que una mujer me observaba a través del cristal. Llevaba una camiseta que ponía «Black Lives Matter». En dos manzanas estaba en mi Airbnb, el ecosistema neoyorquino ya no era el mismo. Brooklyn es ese barrio en el que cambias de un videoclip de gansta rap al idílico mundo del Girls de Hannah Horvath en solo unos metros. Aquí el racismo escuece, pero la otra prioridad es la seguridad. Eric Adams, policía retirado y presidente de este distrito, va a ocupar —con casi total seguridad— en unos meses la alcaldía de Nueva York con un discurso pensando en la clase trabajadora: acabar con la delincuencia. Porque esa es la gran necesidad para ellos y no otra. La globalización del movimiento «Black Lives Matter» a raíz de la muerte de George Floyd no ha sido tan idílica como quizás lo hemos percibido a través de las redes sociales. El propio Adams criticó que los «blancos de izquierdas» se adueñaron del discurso. Él es negro y ha vivido y sufrido el racismo, pero también conoce la delincuencia de las calles de NY. Por eso triunfó entre los vecinos de su barrio y lo hará entre los de la Gran Manzana.

Volvemos a evitar el diálogo. No se habló de cómo se mantuvo el racismo durante tantos años, no se pidieron disculpas, no hubo una conversación sincera con el fin de las leyes segregacionistas. Y ahora el progresismo —el que usa eufemismos como «gente de color» para no llamarles negros— ha creado un nuevo escenario en el que el blanco es siempre culpable y el negro inocente. Nicolás Melini escribió un estupendo artículo en Zenda en el que explica cómo los movimientos identitarios son bienes de consumo. El capitalismo todo lo absorbe y modela para asumirlo como propio: Patrisse Cullors, una de las fundadoras del movimiento ha sido acusada por varias asociaciones de enriquecimiento personal. Antes comprábamos ropa, comida y electrónica para sentirnos bien, para crearnos una imagen, ahora compramos ideas, conceptos que reafirmen nuestra personalidad, nos diferencien y sirvan para ser aceptados en Instagram y Twitter. Releo las últimas páginas de la novela de Whitehead. Vuelvo a ver la miniserie de los Cinco de Central Park. Aquellos lodos trajeron estos barros, y los que están por venir. Quizás la cordura venga con gente como Adams. Puede que la memoria de los chicos de la Nickel solo pueda estar a salvo con gente como él. Estamos a tiempo de hablar, pero parece que no queremos hacerlo. La sociedad americana avanza por el siglo XXI como un viejo matrimonio que sabe que hubo una infidelidad en el pasado, pero no quiere hablar de ella para poder seguir juntos. Entre el silencio de los unos y los gritos de los otros, Rosa Parks sigue sin poder sentarse en el autobús.

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