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Sobre racismo y éxito literario

Sobre racismo y éxito literario

Hace varias semanas escribía un artículo acerca del magnífico ensayo En la ciudad líquida, de la traductora y escritora Marta Rebón, y me acordaba de una breve etapa de mi juventud en que quise dedicarme a la traducción literaria. Recordé cómo había abordado del modo más ingenuo y grandilocuente los cuentos de la Generación Perdida: Hemingway, Fitzgerald, Faulkner…

Tras publicarse mi artículo sobre En la ciudad líquida me puse a rebuscar aquellas traducciones en viejas carpetas del disco duro de mi ordenador y encontré una sin terminar. Se trataba de un cuento de Faulkner titulado “Septiembre seco”, que abordaba el racismo en Mississippi durante la Gran Depresión. El cuento se publicó originalmente en el número 89 de la revista Scribner’s, en enero de 1931.

Mi traducción solo llegaba al comienzo del relato. Por motivos que no alcanzo a recordar, sencillamente dejé de traducir. ¿Qué sucedió? Probablemente fuera el cansancio lo que me obligó a desistir aquel día de hace décadas en que cerré el archivo y ya no volví a abrirlo. O quizá fuera el desaliento ante la evidencia de que traducir no era tan sencillo como yo imaginaba, sobre todo a un autor como Faulkner.

"¿Cómo es posible que nadie denunciara semejante ignominia?, ¿cómo puede ser que la sociedad se contentara con aceptar la desaparición de aquellos jóvenes?"

Me resultó curioso que el tema del cuento, el racismo, ocupe todavía hoy la más candente actualidad desde la muerte en Minneapolis, a manos de policías blancos, del afroamericano George Floyd el pasado 10 de mayo. El hecho terrible de que las cámaras grabaran accidentalmente el homicidio convirtió las imágenes en virales y desató oleadas de disturbios por todo el país, que no respondían solo a la muerte de Floyd sino a décadas de violencia contra la población negra.

Dadas las circunstancias, decidí continuar mi traducción de “Septiembre seco” para publicarla durante varios sábados en Zenda Libros. Sería una inmersión en el pasado, pero con la mirada puesta en la actualidad. Mi decisión coincidió con la llegada a casa de Los chicos de la Nickel, de Colson Whitehead, una de las novelas de la temporada que yo mismo había pedido a Random House para reseñar también en las páginas de Zenda.

Los chicos de la Nickel cuenta la historia, entre la realidad y la ficción, de un imaginario reformatorio de Florida llamado Academia Nickel, trasunto de la verídica Escuela Dozier para Jóvenes, una institución del estado de Florida activa desde el 1 de enero de 1900 hasta junio de 2011. A este correccional, el más grande de los Estados Unidos durante décadas, llegaban centenares de adolescentes condenados por diversos delitos para aprender un oficio y reinsertarse en la sociedad. El escándalo se desató cuando, aparte de las denuncias reiteradas de malos tratos a los reclusos, se descubrieron, poco después del cierre de la escuela, los cadáveres de más de cincuenta niños y jóvenes enterrados en una fosa común clandestina, cuya existencia había sido un secreto a voces entre quienes habitaron el lugar a lo largo de décadas.

Esta última circunstancia es quizá lo más asombroso y desconcertante que Colson Whitehead, inspirándose en la Escuela Dozier, debe abordar en su relato ambientado en los años 60 en la Academia Nickel: ¿cómo es posible que nadie denunciara semejante ignominia?, ¿cómo puede ser que la sociedad se contentara con aceptar la desaparición de aquellos jóvenes, y los testimonios de quienes sabían lo ocurrido no trascendieran a la luz pública? Whitehead focaliza el problema del maltrato a los jóvenes marginales en el maltrato a los jóvenes negros, que duplica al de los blancos, y centra su narración en el afroamericano Elwood Curtis.

Durante las navidades de 1962, Elwood Curtis recibe el mejor regalo de su vida: un disco de vinilo titulado Martin Luther King at Zion Hill, que contiene los discursos por la igualdad del pastor de la iglesia baptista Martin Luther King. Desde Zion Hill, el doctor King habla a los afroamericanos en estos términos: “Tenemos que creer con toda nuestra alma que somos alguien, que somos importantes, que valemos. Tenemos que caminar a diario por las calles de la vida con ese sentido de la dignidad y ese sentido de ser alguien”.

"Los chicos de la Nickel me ha parecido un buen libro, pero no coincido con la revista Time en que sea una de las diez mejores novelas de la década"

Elwood es un muchacho “estrecho de espaldas, flaco como un pichón, preocupado por la seguridad de sus gafas, porque ha comenzado a soñar que se las parten a golpes”. Desde muy niño, lee un diccionario enciclopédico del cual solo posee el primer tomo, la letra A, pues el resto de tomos, que cogió en el hotel donde trabajaba tras olvidarlos allí el comercial de una editorial, estaban en blanco: eran ejemplares destinados a mostrar a los clientes la calidad de las encuadernaciones. En manos de Elwood, las enciclopedias en blanco se convierten en una metáfora que pretende evidenciar el difícil acceso a la cultura de los pobres y cómo éstos deben luchar duro por educarse. La formación de Elwood se completará en un kiosco donde trabaja tras dejar el empleo de botones en el hotel. Allí dedica todos los tiempos muertos a leer revistas, que se convierten en su ventana al mundo. Hasta que la fatalidad depara su internamiento en la academia Nickel…

Los chicos de la Nickel me ha parecido un buen libro, pero no coincido con la revista Time en que sea “una de las diez mejores novelas de la década”, ni tampoco con Barack Obama en que sea “una lectura necesaria”. Sobre la publicidad de la editorial estadounidense Doubleday, acerca de que Whitehead es el único escritor junto a Updike y a Faulkner que ha ganado dos veces el premio Pulitzer, se reía incrédulo de su suerte el propio Colson Whitehead. Probablemente porque, más allá de la noticia, él mismo sabe que la distancia entre su importancia literaria y la de Faulkner es estratosférica. En este sentido, me parece mucho más próxima a la realidad la afirmación del The Wall Street Journal, quien afirma de nuestro novelista que es “uno de los mejores del Estados Unidos actual”. Esto último parece más razonable.

"El estado de Mississippi, donde vivía Faulkner, era uno de los acérrimos defensores del veto al voto de color."

El éxito literario se nutre, no solo de la propia literatura, sino también de la realidad. Repasando las hemerotecas constato que el premio Pulitzer a Los chicos de la Nickel se concedió el 4 de mayo de 2020, una semana antes del homicidio en Minneapolis del afroamericano George Floyd, acaecido el 10 de mayo. Lo anterior evidencia, de una parte, la falta de oportunismo del Pulitzer, al conceder el premio a un afroamericano; de otra parte, el hecho de que el homicidio contribuyera a la visibilidad, al éxito de una novela ganadora que abordaba precisamente la marginalidad juvenil y el racismo, problema palpitante, todavía sin solucionar por el gobierno y por la sociedad misma que, a la altura de octubre, transcurridos cinco meses desde el 10 de mayo, sigue llenando de violencia las ciudades estadounidenses.

Incluso yo mismo me pregunto si recordé mi traducción fallida de “Septiembre seco” a raíz de mi reseña de En la ciudad líquida, o más bien fue tras ver en el telediario una urbe norteamericana en llamas, pasto de disturbios raciales. Mientras cavilo sobre ello, me pongo a buscar una foto de William Faulkner escribiendo, para insertar en este artículo, y me encuentro con otra que llama mi atención. Es una imagen del novelista sureño con la cantante afroamericana Billie Holiday. La instantánea la tomó en Chicago en 1956 Moneta Sleet Jr., fotógrafo de la revista Ebony y también premio Pulitzer, miembro del Movimiento pro Derechos Civiles y amigo personal de Martin Luther King.

El encuentro lo propició, al parecer, un amigo escritor de Billie Holiday que la ayudaba a escribir su autobiografía. Ella no deseaba conocer al premio Nobel de Literatura, pues ese mismo año había hecho unas controvertidas declaraciones respecto a los afroamericanos.

El problema en los años cincuenta, que pretendía paliar el Movimiento pro Derechos Civiles, era que, si bien la Constitución federal otorgaba el derecho a votar a las personas de color, este derecho era violentado más tarde por normas de los estados federados, o incluso por decretos de los ayuntamientos, que les impedían ejercerlo. El estado de Mississippi, donde vivía Faulkner, era uno de los acérrimos defensores del veto al voto de color.

"Todavía hoy asombra que un premio Nobel de Literatura, un hombre que formaba parte de la élite intelectual del país, protagonizara unas declaraciones propias de un cateto cualquiera"

Gracias a la lucha pacífica de Martin Luther King, que ganó el premio Nobel de la Paz, los afroamericanos consiguieron que el presidente Lyndon B. Johnson ratificara la Ley de Derechos Civiles en 1964, donde se abolía todo el entramado de normas inconstitucionales promulgadas o que pudieran promulgarse en el futuro por estados o ayuntamientos para obstaculizar el voto.

¿Cuáles fueron exactamente las declaraciones de Faulkner que molestaron a Billie Holiday? Faulkner había afirmado en una entrevista: “Mientras haya consenso, de acuerdo: acataré la ley (de derechos civiles). Pero si hubiera que luchar, lucharé por el Estado de Mississippi contra los Estados Unidos, incluso si esto significa salir a la calle y dispararles a los negros”.

Todavía hoy asombra que un premio Nobel de Literatura, un hombre que formaba parte de la élite intelectual del país, protagonizara unas declaraciones propias de un cateto cualquiera. Las palabras de Faulkner demuestran hasta qué punto el peso de la cultura constituye muchas veces un lastre irracional que dura generaciones y generaciones y llega hasta nuestros días.

Como evidencia la foto de la revista Ebony, el encuentro en 1956 se produjo finalmente. En la imagen, podemos observar a Faulkner con su sempiterna pipa y el bastón entre manos, algo rígido y sonriente, quizá debido a su timidez. En cambio, Holiday parece segura de sí misma: echa los brazos hacia atrás, saca pecho y mira al escritor con cortesía pero evitando la sonrisa, como si le afeara en silencio sus declaraciones racistas. Sin embargo, Holiday declaró que Faulkner le parecía un hombre educado y hasta encantador, de una gentileza exquisita.

"Frente a la utopía del bien de Martin Luther King y a la parafernalia sudista de Faulkner, se erige todavía hoy un monumento a la más terrible pesadilla"

La noche que terminé de leer Los chicos de la Nickel, obligué a mis tres hijos a ver en YouTube un documental de tres cuartos de hora sobre la vida de Martin Luther King; pero, conforme pasaban los minutos, los niños se quedaban dormidos porque se aburrían o no acababan de entender. Yo, en cambio, disfrutaba enormemente de los discursos del doctor King: del tono grave y profundo de su voz de predicador; de su poder de seducción; de sus infinitas repeticiones que buscaban enfatizar el discurso, plagarlo de emociones. Hasta que concluyó el documental y comenzó un segundo vídeo. Esta vez se trataba del famoso discurso de la marcha sobre Washington de 1963: “Tengo un sueño: que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su personalidad”.

Con la carne de gallina y los ojos humedecidos por la emoción, reflexioné que, en verdad, el discurso de King era un sueño, una aspiración al bien que todavía hoy, por desgracia, no se ha convertido en realidad pese a que la sociedad haya avanzado. Como sueño era irreal, producto de las emociones, al igual que las declaraciones de Faulkner. King soñaba con un futuro de igualdad; Faulkner soñaba con un pasado en el cual se veía a sí mismo cual caballero confederado que tuviera que salvaguardar las tradiciones del viejo Sur “disparando a los negros” alborotadores.

Frente a la utopía del bien de Martin Luther King y a la parafernalia sudista de Faulkner, se erige todavía hoy un monumento a la más terrible pesadilla, que por desgracia no es sueño sino verdad: la de las decenas de cruces blancas oxidadas en la pradera de la antigua Escuela Dozier para Jóvenes de Florida, testimonio de los adolescentes pobres masacrados impunemente durante décadas: jóvenes sin amor, a los que la vida no les concedió ninguna oportunidad, trasunto de los jóvenes de La Academia Nickel que le ha valido a Colson Whitehead su segundo premio Pulitzer de novela.

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