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‘Sabotaje’: Falcó en su apogeo

‘Sabotaje’: Falcó en su apogeo

En 1996, 97 y 98, Arturo Pérez-Reverte publicó El capitán Alatriste, Limpieza de sangre y El sol de Breda, las tres primeras novelas de la saga Las aventuras del capitán Alatriste. En aquel entonces, el escritor cartagenero tenía 45 años de edad, y podía prometer (y prometió) más entregas de la serie, adelantando incluso los títulos posteriores, que irían siempre intercaladas con otros libros. Empezó con seis, se ha llegado a siete y el plan incluye nueve. Dos décadas más tarde, también esta otra saga, Falcó, va a quedar en barbecho tras sus tres primeras aventuras, según ha anunciado su propio creador, que a los 67 años que cumplirá el mes próximo, va siendo más cauto con la promesa de nuevos proyectos. Por de pronto, ya ha dicho que, como siempre hace, en cuanto acaba de escribir un libro, empieza el siguiente, y su próxima publicación de narrativa será algo de ambiente histórico, pero no será ni un cuarto falcó ni un octavo alatriste.

Mientras, la trilogía se cierra con esta tercera entrega, Sabotaje, donde Lorenzo Falcó, un espía y agente de campo al servicio de un servicio secreto fascista en la España de 1937, se desplaza a París para dos misiones simultáneas (más la prórroga si se tercia), consistentes en neutralizar a un comunista francés a base de desacreditarlo ante sus peligrosos camaradas soviéticos, y también evitar que un cuadro del pintor malagueño Pablo Picasso, el Guernica, sea expuesto en público como ayuda propagandística en favor del gobierno de la república española.

Como ya sabemos por los dos primeros libros de la serie, Falcó es un chico de rica familia jerezana (su segundo apellido se nos revela en esta novela como González-Osborne) pero, habiendo salido guapo, calavera y adicto al peligro y a las mujeres, llega a los 37 años de edad con un bagaje vital lleno de viajes, peligros, muertes, actividades como contrabandista, conquistas sexuales y misiones más o menos cumplidas, a menudo en ambientes de lujo, pero sabiendo también bajar al fango cuando es necesario. Si en este aspecto la segunda novela, Eva, subía la apuesta respecto a la primera, en la tercera las fichas se amontonan aún más sobre la mesa. En Eva la ciudad de Tánger daba una atmósfera exótica, diferente e intoxicadora para los sentidos, y cuando en la tercera hablamos de la París de los 30, se puede imaginar que no falta de nada: “Fueron a Montparnasse, al Dôme. La terraza bullía de gente como una sartén de patatas fritas, así que entraron a situarse en la barra, pidieron cocktails boston-flip y bebieron en grupo, fumando y charlando con animación mientras Petit-Pierre se quedaba en la puerta. En torno se oía hablar en varias lenguas, y Falcó pensó que, en aquellos tiempos agitados, esa babel internacional parecía organizada por una agencia de relaciones públicas norteamericana libre de complejos raciales o políticos. Como los cantos rodados de un torrente, refugiados y fugitivos de toda Europa, lejos temporalmente de las alambradas, las fronteras inciertas y los fusiles, se mezclaban allí con los turistas. A Falcó le gustaba el ambiente abigarrado de los cafés de París, donde tan frecuente era pasar inadvertido como, un minuto después, saludar a todo el mundo”. Ignorando que falta poco para un violento fin de fiesta, cosa que Falcó sí ve acercarse, la ciudad bulle de restaurantes, locales de copas, estrellas del cine y la literatura, y tres nuevas mujeres para la cama de Falcó: una pareja de norteamericanas y una espectacular cantante negra. Como le dice el Almirante, su superior, mentor y padre sustituto, “has conseguido lo que pocos consiguen en la vida: aparentar exactamente lo que eres, y que parezca que lo aparentas”.

A estas alturas de su carrera, esta frase seguramente podría aplicársele también al propio Pérez-Reverte, aunque imagino que habría discrepancias entre cada lector (u opinador de los que opina sin leer más allá del titular) sobre qué es exactamente lo que creen que él es o aparenta ser. Cuando presentó La Reina del Sur, allá por 2002, Pérez-Reverte dijo que “escribo porque tengo historias que contar, y he tenido una vida que me ha dejado una serie de puntos de vista sobre el mundo que me apetece ordenar en forma de novelas y jugar con ello; vivir vidas que no he podido vivir, ajustar cuentas con mi memoria, amar a mujeres que no amé, matar a hombres que no maté…”. Esta forma de concebir la escritura se deja ver en toda su obra, pero en Falcó se presenta de manera especialmente aguda, e incluso podría decirse que en Sabotaje aún más.

Falcó es alguien que vive la vida a tope, que “apuraba hasta la última gota de la botella, un desafío, en fin, a la vida y también a la muerte, en espera de la carcajada final”, y en este sentido su cosecha parisina es de las que hacen época: un retrato de Pablo Picasso, un beso de Marlene Dietrich, una paliza a un trasunto de Ernest Hemingway, una mortífera jugarreta a otro de André Malraux, un trío con el equivalente de Peggy Guggenheim… Y después de eso, salir de todo ello con el pellejo intacto y preparado para la siguiente… aunque quizá esa siguiente sea el prometido encuentro de un Falcó octogenario, retirado en Buenos Aires, con el argentino Remil creado por Jorge Fernández Díaz, gran amigo y hermano del alma de Pérez-Reverte. Mientras, Falcó seguirá siendo un hijo de puta (aunque “era un relativo consuelo, concluyó divertido, comprobar que, aparte uno mismo, había infinidad de hijos de puta sueltos por el mundo”) adicto a la adrenalina: “Nada peor que el lento avance del minutero de un reloj. Por el contrario, saberse en el filo del cuchillo le producía una lúcida felicidad, semejante al efecto de dos cafiaspirinas ingeridas con un sorbo de coñac; la sensación de caminar como un guerrero antiguo bajo un cielo sin dioses, dispuesto al combate, sin necesitar nada ni a nadie. Era la espera, el barajar cartas y mantenerlas ocultas demasiado tiempo, lo que lo exasperaba”.

Aparte de este deseo de hacer ficción con la realidad, las novelas de Pérez-Reverte también se caracterizan por la minuciosidad de su proceso, sobre todo cuando tratan de llevar a cabo misiones planeadas anteriormente: cada paso está pensado de antemano y cada pieza tiene su función. Luego viene el encaje de bolillos de colocar, en la misma obra, una trama de acción clara y autoconclusiva, junto con la descripción de ambientes históricos, la presentación de personajes y el espolvoreado de ideas y convicciones, con las que hay que tener mucho cuidado, porque el hecho de que un personaje de un libro las diga, no significa que eso mismo sea lo que su autor piense o defienda. “Mi corazón está con la República —dice Falcó—. Pero no me hago ilusiones sobre mis compatriotas. Destruyeron una primera república y una monarquía, y destruirán la república de ahora… Si le soy sincero, tanto miedo me da la barbarie de los moros de Franco y los mercenarios de la Legión como el analfabetismo criminal de las milicias anarquistas y comunistas. En los dos bandos me han fusilado a familiares y amigos”. Algunos llaman a esto, peyorativamente, “equidistancia”. Pérez-Reverte lo considera ecuanimidad. Cuando visite la Exposición Internacional de París, “Falcó, inclinado el panamá sobre los ojos, alzaba el rostro para contemplar los pabellones alemán y soviético, situados a cada lado de la avenida: una enorme torre de cemento bajo un águila dorada con la esvástica entre sus garras y también en el círculo blanco de dos grandes banderas rojas, ante una escultura de casi treinta metros con una pareja de obreros, hombre y mujer, hoz y martillo en mano, anunciando un glorioso futuro proletario. Dos totalitarismos frente a frente”.

¿Más puntos de vista sobre el mundo, decíamos? “Creo que un tajo en la ingle, sobre la arteria femoral, no hay torniquete que lo pare”. “Puestos a ello, todos podemos ser peligrosos”. También se llevan lo suyo gente que va “pavoneándose en los cafés sin haber visto el frente más que de visita”, sean del bando que sean. Ingleses, franceses y americanos no se van de rositas tampoco: “Francia está podrida. Que no os despiste que ahora gobierne el Frente Popular. Sus generales son reaccionarios y antisemitas. Si los alemanes atacan, la mitad de los franceses se pasará al enemigo. Y tendréis que largaros de nuevo. (…) Hasta los ingleses coquetean con Hitler. Y [en Estados Unidos] se lavan las manos”. Por otro lado, está el homenaje al escritor sevillano Manuel Chaves Nogales, al usar su novela La bolchevique enamorada como clave para cifrar y descifrar mensajes, y también una cita de Somerset Maugham. A pesar de todo esto, no se convierte a Falcó en un erudito diletante: ignora quiénes son Diderot, Kandinsky o Spengler, y no nos queda muy claro si de verdad una vez Somerset Maugham le regaló una novela firmada, que perdió. Suena a broma, pero le pegaría que hubiera ocurrido de verdad.

En cuanto al tema de las mujeres, la novela está llena de personajes femeninos que se abren camino por sí mismas, que no dependen de hombres para vivir, que toman decisiones de acuerdo con su propia convicción y que, en suma, tienen agencia propia. Falcó es sin duda muy aficionado a las mujeres, y cuanto más guapas mejor, y a mucha honra (“no había en ningún lugar del mundo, pensó una vez más, mujeres tan hermosas como en París”), pero aquí demuestra haber ido usando su tiempo con ellas para observar y entender mejor: se fija, por ejemplo, en las imágenes de la fotógrafa británica Eddie Mayo (traslado literario de Lee Miller) que “mostraban el cuerpo humano como un sugestivo laberinto de rincones por visitar y enigmas por resolver, animando a visitarlos y resolverlos”. “Miran así todas… Otra cosa es que sean capaces de expresarlo”. ¿Y en qué basa esa afirmación? “En siglos de silencio. Nadie gestiona el silencio como ellas… Tienen práctica biológica, supongo. Y eso les educa la mirada. (…) Cuestión de sentido común. Sólo me pongo delante, y miro”. Más adelante, Falcó, seguramente añorando a su amante y contrincante Eva Neretva, reflexionará que “la Historia, acelerada en su modernidad, imponía una selección natural donde la mujer, sin duda, emergía como nueva heroína del siglo. Ellas hacían cosas que nunca habían hecho antes, y las abordaban con más disciplina, con más fe, con más crueldad, incluso, que los propios hombres. Tal vez porque aún no habían tenido tiempo de construirse una retaguardia, y lo sabían. Para ellas, en esa fase todavía peligrosa, derrota equivalía a aniquilación. La debilidad, la piedad, eran lujos que no podían permitirse. Y quizá las supervivientes, las que viesen amanecer tras la noche negra que se extendía por Europa y el mundo viejo, fuesen la verdadera raza superior, después de todo. El futuro”. Según su jefe, el Almirante de Betanzos con el ojo de cristal, “para Falcó sólo contaban dos clases de mujeres: las que se había llevado a la cama y las que se podía llevar. Pero en eso el Jabalí se equivocaba. Existía una tercera clase, y él llevaba cierto tiempo ocupado en analizarla”.

A pesar de esto, Eddie, nuevo ejemplo de mujer en una obra de Pérez-Reverte que tiene o se viste con un toque “deliberadamente masculino”, se andará con mucho tiento alrededor de Falcó, y desde luego no va a ser de las que se le desmayen en los brazos. Hablando con su amante, el escritor, aviador y aventurero malrauxiano Leo Bayard, Eddie cuestiona con firmeza las opiniones políticas de su pareja sin achantarse (“se creen las atrocidades del enemigo y niegan las de los suyos”) o defiende a Picasso ante las afirmaciones sobre él que hace el propio Bayard: “El público no está preparado para eso. No lo van a entender. Un cuadro de guerra es un cuadro de guerra. El suyo, en cambio, podría significar cualquier cosa. (…) Le echa teatro como quien echa sal en la sopa. Hay algo de estafador en él. Ha dado con el mecanismo y lo explota a fondo. (…) Pero también es un truhán muy listo. Y un cínico. La mitad de los motivos de ese cuadro ya los tenía pensados para otros asuntos. Va a llamarlo Guernica como podría llamarlo Terremoto en Lisboa. (…) Ya se lo he dicho. Se me rió en la cara y dijo que en materialismo histórico ando bien, pero que de arte no tengo la menor idea”. A Faulques, el pintor de batallas, por cierto, tampoco le gustaba el Guernica. “Picasso nunca vio una guerra en su vida”.

Además de Eddie, María Onitsha, la cantante emigrada y refugiada del África Sudoccidental alemana, se vale por sí misma, en público y valientemente, navegando la atmósfera de odio racista y homófobo que de repente ha empezado a vaciar los cabarets de Berlín, encontrando por ahora acomodo en París y, cuando a ella le apetece, en la cama de Falcó. “¿Quieres saber por qué las negras somos tan cariñosas? Porque hubo un tiempo en que a nuestros hombres los vendían o mataban, y nunca sabíamos cuánto tiempo íbamos a estar con ellos”. Antes de que nadie se ponga a hacer juicios con esta frase, que sepa que se la dijo a Pérez-Reverte en persona una mujer negra y espléndida, que además ha publicado en Zenda. Por su parte, Nelly Mindelheim pasea por Europa sus modales de rica heredera judía norteamericana, y también a su amante Maggie, escogiendo ella misma la compañía que desea. Y así en toda la novela. Seguramente, el tiempo y el lugar (París, 1937), favorece la concentración de fauna de las mismas convicciones (o falta de ellas), pero sin duda los platos femeninos de este libro son de los mejor condimentados.

En definitiva, si algo se nota en esta novela es que Arturo Pérez-Reverte se siente cómodo en ese ambiente que ha visitado y recreado durante los últimos tres años, y también se siente a gusto con las características de su personaje. En esta última entrega, además, puede decirse que si Picasso usó una variada gama de grises para pintar el Guernica, Pérez-Reverte también la ha usado para dibujar a sus personajes. En ellos la ideología se mezcla con el dinero, la política con el encanto personal, el amor con el rencor o el deseo con las ambiciones personales, y esas mezclas rara vez producen algo puramente blanco o negro.

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