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Salón de belleza, de Karina Sainz Borgo

Salón de belleza, de Karina Sainz Borgo

Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982) es una de las periodistas más inteligentes y mejores entrevistadoras que conozco. Además, la tipa escribe, y cómo. Su debut literario, La hija de la española, es uno de esos rarísimos libros en los que intentas compadecer lo que estás leyendo con la foto de la autora, preguntándote dónde está el medio siglo de diferencia.

En este relato, Karina se salta a la torera la única norma que les puse a los autores antes de mandarles a escribir. Haciendo, por tanto, lo que le salió de su *$%& moreno. Y cumpliendo, de una extraña manera, con el propósito del libro. La literatura tiene, a veces, caminos misteriosos. Cualquiera que trace Karina, merece la pena recorrerlo. (Juan Gómez-Jurado)

En la pausa que transcurre entre una clienta y la siguiente, Eloísa barre unos restos de cabello mojado. Son unas pun­tas apenas, pero dan mala impresión. La peluquera hace un montoncito, recoge los trozos con una pala de plástico, guarda la escoba en el armario y bebe a toda prisa un vaso de agua.

Dos señoras esperan su turno: Herminia, la vecina del seis, una mujer de ochenta años que de pronto olvida el castellano y se arranca a hablar en catalán y a la que sus hijos le han impuesto una cuidadora; y, justo después, la abogada de la notaría de la esquina. Todos la conocen, porque igual litiga un divorcio que firma una hipoteca o ejecuta un embargo.

Doña Herminia aguarda, sentada con aspecto de una lechuza en el mueble lavacabezas. La abogada mira su re­loj de pulsera. En una hora tiene que validar un contrato y luego reunirse con el acreedor de un cliente, pero su pelo está sucio y así no hay quien firme ni una letra. Se lleva las manos a la cabeza, cambia de sitio algunos mechones y resopla. Cabello, lo que se dice cabello, no tiene. Ape­nas una pelusilla con aspecto de algodón de azúcar.

—Ya casi tengo melena, ¿a que sí, Herminia?

La anciana está sorda como una tapia. La cuidadora repite la pregunta dando voces, hasta que al fin Herminia se entera.

—Me gustaba cuando lo llevabas largo —respon­de señalando a la mujer con su dedo índice de aspecto artrítico.

La abogada trata de disimular, pero le sale una sonrisa deshilachada.

—Fue la quimio. Han pasado ya seis meses. Es pron­to, pero ha crecido rápido, ¿no le parece? —insiste, mi­rándose al espejo.

A Herminia no le interesan su historia, su pelo ni su quimio. Ni siquiera le interesan su propia sordera ni sus olvidos. A veces no sabe en qué hora ni en qué día vive, pero le da igual. De importar, ya no le importan ni sus hijos, piensa la anciana, subida a la parra de su propia soledad.

—Herminia —la voz de la cuidadora la hace volver en sí—, la señora le pregunta qué opina de su cabello, que si le parece que está largo o corto.

Tens quatre grenyes de merda.

«Ay, dios, ha vuelto catalán», se dice Eloísa, que ob­serva la escena desde la estantería donde almacena los tintes.

—¿Qué dice? No la entiendo.

—¡Que ya quisiera ella tener su pelo! —interrumpe la cuidadora.

Herminia bosteza y enseña una prótesis floja que se desprende de las encías rosadas. Una llamada de teléfono rompe el silencio que coloniza los treinta metros cuadra­dos de una peluquería de barrio. Eloísa se abalanza sobre el aparato.

—Salón de belleza, diga.

La peluquera habla de pie, sembrada sobre unas pier­nas firmes. Este año hace cincuenta, aunque luce mucho más joven. Viste una camiseta de tirantes y un pantalón oscuro, una malla que deja a la vista una levísima piel de naranja y un nudo de venas enmarañadas en sus tobillos.

—¿Qué te vas a hacer? ¿Lavar, peinar, teñir, depilar?

Eloísa sostiene el inalámbrico encajándolo entre la mandíbula y el hombro, mientras remueve en un cuenco el chorretón de tinte que acaba de exprimir de un tubo, agua oxigenada y cincuenta gramos de polvo decolorante.

—Teñir y peinar, vale. ¿Cuándo te viene bien…? —aguarda, en silencio— ¿A las dos, dices?

La peluquera mira el reloj de pared. Va justa de tiem­po. Cuando pudo permitírselo, contrató a una ayudante, pero después de que su marido usara parte de los ahorros para montar un bar que quebró en nueve meses, Eloísa apenas tiene para pagar el sueldo de la esteticién y el al­quiler del local.

—¿Podría ser a las dos y cuarto? —sugiere.

Eloísa suelta el cuenco y coge un bolígrafo. Abre la agenda y escribe con fuerza, como si en lugar de apuntar la hora intentara repujarla sobre el papel.

—Dos y cuarto, perfecto. Te veo en un rato, bonita —se despide con una sonrisa de dientes blancos y cua­drados, como si la clienta al otro lado de la línea pudiese verla.

Hoy Eloísa tampoco comerá. Desde que dejó de ma­quillar y peinar a destajo y abrió su propio salón de be­lleza, apenas tiene un respiro. Ni fumar puede. Cuando lo consigue, lo hace con media parte del cuerpo dentro del local y la otra en la calle. Pero ella no renuncia a la idea de su propio salón de belleza. Quiere mantener a los suyos sin trasnochar para maquillar a los figurantes de las galas de Año Nuevo, ni pringar los fines de semana haciendo moños y recogidos a novias que se divorciarán en un año o madrugar para peinar a las presentadoras de los infor­mativos. Eloísa quiere ser dueña de su tiempo, incluso aunque no le pertenezca.

La peluquera no ha terminado aún de apuntar la cita cuando llega Lola, la esteticién, una mujer de unos sesen­ta años que trabajó en los mejores salones de belleza de Madrid. Pintó las uñas a ministras, periodistas, escritoras y juezas. Cuando quiso retirarse de aquella vida que en­callece los dedos y deforma las cervicales, Lola montó junto a su marido una casa de comidas, pero la viudez repentina y las deudas con el banco la obligaron a cam­biar de planes. Ahora vive con su hija menor, en un piso en el extrarradio. Noventa minutos le toma llegar a la pe­luquería: doce paradas de metro, con tren de Cercanías e intercambiador incluidos.

—No quedaba ni una caja de antigripal. ¡A todos les ha dado por enfermarse en estos días! —dice la esteticién, que se abre paso con una bolsa repleta de botes de crema.

La peluquera pasa la mano sobre su frente.

—La farmacéutica me mandará un mensaje cuando llegue el pedido. En una hora, como mucho.

Después de repartir besos y dejar las cremas en el mostrador, la esteticién se acerca a una clienta que la es­pera con la cabeza envuelta en papel de plata, mientras hojea con desgana una revista.

—¿Qué hacemos hoy, Mari? ¿La francesa? ¿O solo manicura y brillo?

La mujer chasquea los dientes. No le gustó la última manicura, dice. Por eso ha traído sus propios esmaltes. La esteticién acerca un taburete y se sienta con la espalda en­corvada. Mientras Eloísa retira a toda prisa el albal, Lola frota con acetona hasta arrancar la laca roja que cubre las uñas de la clienta.

—Quítamelo bien —la instruye—. Sácame esta as­pereza, pero no con esa lima, con esa otra, que es mejor.

La esteticién sonríe, coge la mano derecha de la mu­jer y la introduce en un cuenco de agua tibia.

—¡Lola! —grita Eloísa, otra vez con el inalámbrico apoyado sobre el hombro y con las manos ocupadas—. Pregunta Mónica si puedes depilarla hoy a las seis. ¿Te da tiempo?

Lola levanta la mirada, asiente y vuelve a lo suyo. La campanita anudada al pomo de la puerta no para de sonar, anunciando a cada rato la llegada de alguien más. El chico del quiosco, que recita la clasificación de la liga de fútbol. El camarero del bar de al lado, que deja la llave porque va a comprar el pan para los aperitivos. También el portero del ocho, que aparece con un paquete a nombre de quién sabe, pero que la peluquera acepta guardar hasta que pasen a recogerlo.

Las pulseras de Eloísa chocan entre sí cada vez que agita los brazos. El tintineo aumenta mientras lava con energía el cabello de Herminia, que se aferra a los reposa­brazos, tensa. «Es el agua», piensa Eloísa. La calienta un poco más, pero la anciana aún tiembla. Aclara el cabello lo más rápido que puede, envuelve la cabeza de Herminia con una toalla y la conduce cogiéndola de ambos brazos hasta la silla donde compondrá, uno a uno, los rulos en el cabello. Tras ofrecerle una revista, Eloísa cubre la cabeza de Herminia con una campana plástica.

Vuelve a sonar el teléfono, esta vez su móvil. La pe­luquera se seca las manos en el delantal y contesta a toda prisa.

—¿Encontraste el antigripal? Te dije que estaba en el cajón de la derecha. ¡No ése no! Arriba del todo, junto a la caja de bastoncillos.

Eloísa imparte instrucciones mientras coloca una toa­lla en los hombros de la abogada y la acomoda en el la­vacabezas.

—¡Pero si yo misma lo dejé ahí la última vez! ¡No me hagáis subir a buscarlo, por Dios! ¡Pásame a tu padre!

La peluquera baja la voz, se acerca a la ventana y cu­chichea. Después de colgar, exprime un bote de champú sobre la cabeza de la abogada, que se revuelve en la silla. En quince minutos debe registrar el aval para un piso y a este paso no llega.

—¿Todo bien por casa? —pregunta para disimular, mientras Eloísa aclara el jabón que cubre el pelo ralo y escaso.

—¡Ah, no es nada! Marina, la menor, que está consti­pada. Ya sabes que en esta época todo el mundo se conta­gia. ¿Está bien el agua o la quieres más caliente?

En la última tanda de enjuague, Eloísa se queda con un mechón de pelo en la mano y lo esconde lo antes po­sible.

—¿Quieres que te aplique una ampolla revitalizante y una anticaída?

—¿Crees que la necesito?

—Es para prevenir —miente.

Lavar. Peinar. Teñir. Moldear. Cortar. Cada quien vie­ne por algo distinto, pero todas desean lo mismo: alcanzar versiones mejoradas de sí mismas o al menos parecidas a lo que alguna vez fueron. En estos treinta metros cuadra­dos buscan lo que ya no tienen, y aunque el champú no hace milagros, al menos redime.

Tras retirar los treinta rulos de metal de la cabeza de Herminia, aparece una mujer vestida con ropa deportiva. Es la profesora de zumba del gimnasio de enfrente.

—¿Qué pasa, Rebe? —pregunta Eloísa.

La abogada mira boquiabierta a la recién llegada. Es joven, delgada y alta como un muro. El cabello le llega a la cintura y no para de llorar.

—¡Tengo un nudo de pelo! ¡Uno enorme! —tiene acento dominicano— ¡Quítamelo, Eloísa! ¡Quítamelo!

En lugar de amainar, el llanto empeora. La peluquera sujeta a la chica por el brazo y la sienta en una butaca. Le ofrece un vaso de agua e intenta tranquilizarla. Suena el teléfono, otra vez.

—Salón de belleza, diga…

Eloísa hace una seña con su dedo índice y el pulgar. En un minutito estará con ellas. La anciana, la abogada y la profesora de zumba esperan.

—¿Tinte y rizado, para hoy?—la peluquera arma su propia tormenta de hojas en el cuaderno—. Tengo un hueco a las cuatro, ¿te viene bien? ¡Genial, te veo ahora, guapa!

La noche pasada, Eloísa soñó que afeitaba yeguas con una máquina eléctrica. Les arrancaba las crines a cientos de potras de pelo rojo. Tras dejarlas peladas como a ove­jas, la peluquera echaba a correr descalza. Y aunque en sus sueños aún era invierno, Eloísa huía arrancándose la ropa, afeitándose a ella misma con la cuchilla del cansancio.ç

Rodeada de pinzas, rizadores, peines, batas, limas y botes de crema, la imagen del sueño vuelve a su mente como una coz de angustia. Cuando está a punto de mol­dear y cardar el cabello de la abogada, su móvil vuelve a repicar. Eloísa lo coge porque no tiene opción, porque sin ella esa casa de desmorona.

—Marina, hija, ahora no puedo subir. ¡Ponme con tu padre! —la peluquera se acerca de nuevo al ventanal— Ese cajón no, es el otro, arriba del todo.

La profesora de zumba llora desconsolada, la aboga­da mira su reloj y la anciana del sexto hunde sus uñas amarillas y escamadas en el brazo de la cuidadora. To­das parecen aterradas, excepto la esteticién, que esparce crema en las manos de la clienta de las mechas con papel de plata.

—Eloísa, ¿no vas a revisar el tinte? No quiero que suban demasiado.

Sobre la mesilla se alza una montaña de revistas del corazón, papel para envolver los que laten desaforados en el pecho de quienes cruzan el umbral de una peluquería de barrio. Ese lugar al que todos acuden para depilar sus angustias.

Mientras Eloísa examina el pelo embadurnado de de­colorante para mechas, la abogada revisa su melena.

—Quizá necesite una peluca —piensa mientras esbo­za una sonrisa rota ante el espejo.

Luego de extender un billete de veinte euros, la clien­ta suelta dos besos y sale a toda prisa. Sólo al doblar la esquina deja caer una lágrima tibia que va enfriándose con el viento. Prefiere no limpiarla, el maquillaje quedaría peor. Al llegar a la notaría, no queda ni rastro, pero el sur­co permanece en su interior, profundo como el costurón sobre el cráter del pecho ausente.

Eloísa guarda el dinero en una pequeña alcancía y se vuelve hacia la profesora de zumba, que no para de retor­cerse el cabello con los dedos.

—¿Qué te has hecho, Rebeca?

—¡No lo sé! Cuanto más intento desenredarlo, más se enmaraña. ¡No quiero cortarlo, por favor!

La asalta otro espasmo de llanto. Eloísa aparta las manos de su pelo, lo recoge en una media coleta y aplica crema sobre el apretado muñón de cabello.

—En veinte minutos estoy contigo. Tranquila, no hace falta cortarlo.

Miente, otra vez.

El reloj de la pared marca las dos y cinco. Le quedan diez minutos, quizá pueda subir ahora a casa. Sin quitarse el delantal ni coger siquiera un jersey, Eloísa camina a toda prisa hacia la puerta, pero se topa de frente con la clienta de las dos y cuarto.

—¡Qué bien, qué puntual! —disimula—. Espera, te cojo el abrigo.

No ha colgado aún la gabardina en el perchero cuan­do un latigazo de calor atraviesa su rostro. El sofocón no remite y siente una gota de sudor deslizándose sobre su espalda. Aunque desearía arrugarla y deshacerse de ella como una servilleta, la ansiedad estalla. «Ya estamos», piensa con la percha aún en la mano. La peluquera corre al botellón y se sirve otro vaso de agua. Lola, que ha ter­minado la manicura, se levanta y saluda a la nueva clienta.

—Pensabas depilarte, ¿verdad?

—No, pero ya que lo dices… Aprovecho y mato dos pájaros de un solo tiro.

—Tengo hueco ahora, pasa de una vez.

Lola guiña el ojo a Eloísa, que ya siente cómo el ma­reo se diluye y el calor remite. Del sofoco queda apenas un sudor perlado que ella limpia con el dorso de la mano. Si no sube a casa ahora no le dará tiempo. Pero en el se­gundo intento, se cruza con Herminia, que espera para pa­gar con un pequeño monedero entre las manos.

—Son doce con cincuenta.

La anciana se queda, de pie, ante la caja registradora. Sin decir palabra.

—Herminia, cariño, son doce con cincuenta— repite Eloísa, más alto.

La cuidadora repite la cantidad, en voz muy alta. En­tonces Herminia saca un billete de diez del monedero y comienza a buscar los dos euros con cincuenta para pagar el monto exacto. Eloísa sonríe, mientras se pregunta, ¡por Dios!, cuánto tardará. A este paso no podrá ir a casa. El antigripal está arriba del todo, no hace falta comprar otro. «Tengo que subir yo a buscarlo», se dice a sí misma mien­tras ayuda a Herminia con el abrigo.

Una vez que la anciana se marcha, Eloísa sale a toda prisa, cruza la calle y entra a su edificio. Esquiva al porte­ro, que quiere hablarle de los nuevos horarios para sacar la basura, y entra en el ascensor. Gira la llave y abre la puerta. Marina, la menor de sus tres hijos, está tumbada en el sofá. Ve la tele.

—¿Te ha subido la fiebre? ¿Has comido? Ve a la co­cina a por un bollo o un poco de leche, y después te tomas la medicina.

Eloísa se pierde por el pasillo dando instrucciones en voz alta. Entra al cuarto de baño, se trepa a la tapa del wáter y rebusca en la estantería más alta. Ahí está la me­dicina, justo en el lugar donde la dejó la última vez.

—¡Lo sabía, si no llego a subir yo, nadie lo ve! ¡Nadie!

Su marido y su hija están plantados en el umbral de la puerta. La miran como si estuviera loca.

—¿Te pasa algo, cariño? ¿Qué haces allí arriba?

—¿Tan difícil era buscar en la balda más alta? ¿Tan difícil? —la peluquera blande la caja de antigripal —¿Ten­go que dejar yo a las clientas esperando porque ustedes no son capaces de conseguir una caja de paracetamol en vuestra propia casa?

—Mamá, cálmate. Me pones de los nervios.

—¿De los nervios? ¿De los nervios, dices? —Eloí­sa resopla—. ¡Hazme el favor, Marina, comes cualquier cosa y te tomas esto!

Aún subida al wáter, mira a su marido.

—¿Serás capaz de asegurarte de que tu hija se eche algo al estómago y disuelva esto —blande la caja, de nue­vo— en una taza de agua hirviendo? ¿Será posible?

Elevada sobre ese podio doméstico, el lavabo desde donde controla el orden y la intendencia, Eloísa se siente ridícula. Se pregunta incluso si se está volviendo loca. Si es ella la que exagera o ellos quienes la ignoran. Al bajar del wáter, extiende la caja de antigripal a su hija y sale a toda prisa del cuarto de baño.

—Tu madre está demasiado nerviosa, ¿no crees?

—Ni me digas… ¡qué rollo!

La peluquera alcanza ya la mitad del pasillo cuando los escucha. Se daría la vuelta para mandarlos al demo­nio, para tirarse del pelo ella primero y a ellos después. Si tuviera tiempo, si no fuesen las dos y veinte, y no la espe­raran tres clientas para teñirse y peinarse, giraría sobre sí misma… y … Pero Eloísa no hace ninguna de esas cosas que ahora cruzan su mente. Ninguna.

Sale del portal, cruza la calle con sensación de ahogo. El suelo se mueve bajo sus pies. Siente el galope furioso de todas y cada una de las yeguas a las que ella arranca el pelo en sueños. Ya son las dos y media de la tarde. En el salón de belleza, la esperan todas, hasta la clienta de las cuatro, que ha llegado antes porque quiere adelantar su turno.

—Sin problema, guapa, algo haremos. Siéntate, ahora estoy contigo.

La peluquera sonríe, coge el abrigo de unas y otras, los cuelga en el perchero, y se aproxima a la maestra de zumba, que gimotea tocándose el nudo. «Venga, Rebe, vamos a desenredar eso».

Hoy tampoco comerá Eloísa.

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Autores: Elia Barceló, Espido Freire, Luz Gabás, Arturo González-Campos, Alaitz Leceaga, Manel Loureiro, Raquel Martos, José María Merino, Bárbara Montes, César Pérez Gellida, Blas Ruiz Grau, Karina Sainz Borgo, Mikel Santiago y Lorenzo Silva. Título: Heroínas. Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Ilustraciones: Fran FerrizDescarga gratuita: en Amazon y Fnac

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