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Santiago Lorenzo: “A las adicciones que no te matan hay que cuidarlas”

Santiago Lorenzo: “A las adicciones que no te matan hay que cuidarlas”

Foto de Cecilia Díaz Betz

Me gustan los libros que hacen aflorar las miserias propias, por muy íntimas, inconscientes y/o microscópicas que estas sean. Esos que se manifiestan como reversos oscuros de los volúmenes de autoayuda y que, en la práctica, hasta pueden resultar mucho más eficientes. Leyendo —devorando— Los asquerosos (Blackie Books, 2018), de Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964), se me ha activado una alerta mental, parece que permanente, con respecto al uso del verbo “disfrutar”. Por manoseado, por vacío, por artificial. Sus mochufos no paran de disfrutar o, más bien, de decir que disfrutan. Y, Dios bendito, qué repelús dan. A mi amigo el escritor David Jiménez Torres le pasa algo similar con la tropa que anega las conversaciones con un poco.

Breve paréntesis: “anegar” viene del latín necare. Significa “matar”. Uso “anegar” a conciencia: la cantidad de conversaciones que se matan con estas morcillas —cuando no nacen, directamente, muertas— es abrumadora.

Los asquerosos, decía. Es la cuarta novela de Lorenzo, para quien “todo han sido alegrías” desde que cambió el cine —suya es Mamá es boba— por la literatura. En la obra, Manuel, un tipo de unos veintitantos, hiere de gravedad, en defensa propia, a un policía de los que van moliendo a palos al personal cuando las manifestaciones se descontrolan. Con la ayuda de su tío, el joven huye a Zarzahuriel, un pueblo de la “Laponia española” donde sobrevive austero y feliz… hasta que llega La Mochufa, una gente que “más que personas son secuelas”, que pone a sus chavalines “unos nombres de vergüenza ajena” y que —volviendo al principio— no para de alardear de su disfrute.

El libro se lee de un tirón. No es ni autobiográfico ni ecologista. Engancha como un thriller y genera sonrisas de las que rascan. Bien puede celebrar su autor su acogida: la crítica lo aplaude y los lectores lo compran.

Los asquerosos, pues, justifica esta conversación con Santiago Lorenzo:

—Santiago, ¿en qué narices consiste ser un “autor de culto”? Le confieso que, tras leer Los asquerosos, este tipo de expresiones me recuerda al disfrutar de sus mochufos.

"Nadie sabemos en que consiste ser un autor de culto"

—No lo sabemos nadie. Como no se sabe qué significa, lo mejor, si te lo endosan, es pensar en positivo. En incienso, retablos, sagrarios bien provistos, etcétera. Es que si no, a saber qué te están llamando.

—Acláreme también esto: en la nota biográfica se dice que Los asquerosos es su novela más “pura”. ¿En qué sentido? ¿Sus anteriores novelas eran más impuras? ¿Eran menos novelas?

—Esas cosas las ponen las editoriales. Mientras tanto, la novela contiene pasajes de verdadera impureza, en el sentido católico del término. Pone unas guarradas sexuales que me matan de vergüenza cada vez que me acuerdo.

—En la misma nota leo que dejó el cine harto de sus tejemanejes y que, desde que empezó a escribir novelas, “todo han sido alegrías”. En primer lugar, ¿cómo eran esos tejemanejes?

—En que nunca se tejía ni se manejaba nada. Y en que cuando tocó hacer la segunda película, todo fueron unas sobradas que uno no tiene por qué aguantar. Recuerdo una panda de sosos empeñados en meter en la película sus chistes de cuartel, que para eso ellos eran los que mandaban. Me largué, y no sé cómo no me largué antes.

—Y, en segundo, ¿cómo son esas alegrías? Igor Paskual, un músico y compositor magnífico, celebra que el artista sea alegre, divertido, que no sea un cenizo. En ese sentido, comulgo con él. ¿La literatura feliz está infravalorada?

"Si no es alegre ni divertido el artista, que lo sean sus obras"

—Yo también estoy de acuerdo. Y si no es alegre ni divertido el artista, que lo sean sus obras. No sé si está infravalorada esa literatura feliz. Yo infravaloraré mucho a quien la infravalore.

—En Los asquerosos, Manuel llega a Zarzahuriel “forzado por las circunstancias y un destornillador”. ¿A dónde le han llevado a usted las circunstancias?

—A mí me gusta mucho la vida que llevo. Pero mucho. Me pasa desde hace años. No entiendo qué he hecho yo para merecer esto.

Los asquerosos no es una novela ecologista.

—El ecologismo está para practicarlo fuerte. Escribiéndolo se adelanta poco. Yo lo practico muy a lo bestia, y lo recomiendo porque eso sí que da alegrías. Y eso que no tengo hijos. No entiendo tenerlos y no practicarlo y exigírselo a los demás, aunque sólo sea por la salud de la descendencia. Ahora bien, escribirlo, eso ya está hecho.  Lo escribo otra vez, por si alguien no se ha enterado, y ya que no está en la novela: si seguimos haciendo el guarro, viviremos en la guarrería.

—Manuel no es un Crusoe ni un Thoreau: él no vive con la lengua fuera, sino en “abundancia andrajosa”.

—Todo lo tocante al asunto de los bienes materiales es tan relativo…  A este de la novela le va muy bien. Desde su perspectiva, que es la que a él le importa.

—Y, en su casa de Zarzahuriel, Manuel lee libros de la colección de Austral y escribe espantosas obras de teatro. Cuénteme sobre esto.

—Yo soy un apasionado de la arquitectura. Pero sería un arquitecto penoso porque no sé hacer una ecuación de segundo grado. A este le pasa algo parecido. Lo que está claro es que sólo leer es mejor que escribir.

—¿La soledad puede ser adictiva?

—A las adicciones que no te matan hay que cuidarlas. Acogerlas y mimarlas. Sean la de estar solo o la de estar rodeado de mil personas.

—En el ecuador de la novela, a Zarzahuriel arriban los mochufos, que no son exactamente los asquerosos. Explíqueme esta distinción.

"La mochufa es un subconjunto de (lo que yo creo que son) los asquerosos. Es la vertiente estética, y plenamente subjetiva, de la asquerosidad"

—La mochufa es un subconjunto de (lo que yo creo que son) los asquerosos. Es la vertiente estética, y plenamente subjetiva, de la asquerosidad. Son la mara que pega gritos y ve basuras en la tele. Que ve Telecinco en su franja de tarde, vamos. Y en la de mañana, y mucha de noche. Ahora se presenta a presidente de Gobierno un pimpollo que tardó siete años en sacar tres cursos de Derecho y uno en sacar dos, coincidiendo con el momento en el que le apadrinó no sé quien. Uno que confíe en ese pavo es mochufa claro y carne de timo.

—”Más que personas, son secuelas”. Me encanta esta definición.

—Muchas gracias. No sé qué decir. Que muchísimas gracias.

—Escribe que sus chavalines tenían nombres que daban “vergüenza ajena”. Hace unos meses, conocí a una tipa que se presentó como “Loba”. Su perro se llamaba “Benito”.

—¡Estupendo esto que cuentas! Cuántas ganas hay de tirarse el pisto.

Foto de Cecilia Díaz Betz

—En esta novela, ha escrito sobre cosas que le dan mucho asco. ¿Se ha desahogado bien?

—He guardado mucho para la siguiente novela.

—¿Queda alguien libre de pecado?

—Yo no hago más que encontrarme con gente con un volumen de pecados muy pequeño. Y veniales. Cosa muy agradable. Quedan peor en novelas, pero les da absolutamente igual. Si sales en una novela, malo.

—Vamos terminando. ¿Sigue construyendo maquetas?

"Yo no estoy inventando nada en materia de literaturas"

—Con delirio. Yo no estoy inventando nada en materia de literaturas. Pero construyendo maquetitas de tanquecitos y camioncitos sí tengo el pálpito a veces de dar algún paso que podría considerarse como medio innovador. Utilizar esmaltes podridos, usar pintura de intemperie para pintar a 1:35, cosas así muy fascinantes de hacer pero muy aburridas de leer.

—Y, para rematar: ¿le ha llamado Alfonso Arús para entrevistarle en su programa de LaSexta?

—Nunca he visto el programa. Si me ha llamado, no me ha pillado en casa. De lo cual me alegro, porque no soporto la sonrisa eternamente forzada de ese falso.

—Muchísimas gracias, Santiago. Arriba Zarzahuriel.

—Gracias a ti, Jesús. Ha habido preguntas que me ha costado mucho contestar. Señal de que estaban bien hechas.