Tras el éxito de Los escorpiones, una de las novelas españolas más destacadas por críticos y libreros en 2024, Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) indaga en las miserias del mundo universitario y las relaciones abusivas entre profesores y alumnas en La chica más lista que conozco (Lumen).
La trama gira en torno a una joven de 18 años que deja su ciudad natal para estudiar Filosofía en Madrid, convencida de que la experiencia le cambiará la vida. Allí encuentra compañeros con los que hablar de libros y salir de fiesta, pero también se obsesiona con un profesor que le saca más de diez años. Barquinero indaga en los factores que la empujan a esa obsesión y en las flaquezas e inseguridades de la protagonista, muy preocupada por parecer “de provincias”, pero teniendo claro dónde está el peso de la responsabilidad.
“Una cosa es que una chica de 19 años se sienta atraída por su profesor y otra que un señor de 53 con un puesto público diga que palante, sobre todo después de haberlo hecho con otras diez chicas antes; si te gustan jovencitas búscalas en los bares, a ver si tienes suerte, yo creo que no”.
La autora considera que estos casos están más cerca de ser la regla que la excepción y no cree que sea casual la coincidencia de ficciones recientes que abordan el mismo tema, como la película Caza de brujas, de Luca Guadagnino, o la serie Vladimir, de Netflix. A su juicio, la ficción tiene una gran influencia en los roles que se asumen en las relaciones amorosas. “Hemos consumido muchas ficciones de niñas y adolescentes que van de enamorarse de un profesor, de enamorarse de un hombre mayor, de enamorarse de alguien que todo el mundo te dice que es problemático, pero ellas creen que pueden salvarlo, convertir al chico malo en bueno“.
La crítica que hace al mundo académico va más allá. Aunque en su momento se sacó el doctorado, con una tesis sobre lo sublime en Kant, Barquinero acabó odiando la filosofía. “¿Cómo puede ser que tengamos un sistema donde gente con auténtica pasión acabe odiando la disciplina?”. Entre sus principales problemas menciona la precariedad, tener que “pelear” por plazas de profesor asociado que se pagaban a 400 euros al mes; la extrema burocratización, la endogamia y las camarillas que “obligan a pasar cosas por alto para llevarte bien con quien conviene”.
Subtitulada “Un tratado sobre la vergüenza”, la novela tiene una estructura de tratado filosófico, donde combina un narrador en tercera persona con una voz crítica que anota observaciones sobre la trama, con un tono más cínico y cabreado y referencias a filósofos, en especial a Sartre, Barthes y Platón.
Sartre dedicó muchas páginas de El ser y la nada a hablar de la vergüenza, recuerda la autora, pero es un tema que está ahí también por otros motivos, como el lema feminista de que “la vergüenza cambie de bando” o su relación con la clase social. “Las personas que son de clases populares suelen tener más vergüenza de no estar a la altura”.
La amistad entre mujeres y el feminismo son otros temas que también toca, con voluntad de ser poco complaciente. Barquinero afirma que, más allá de la sororidad, existe un factor de competitividad dentro de la amistad entre mujeres. En cuanto al feminismo, asume que se ha desinflado algo desde 2018, pero cree que en parte se debe a que ha conseguido muchas de sus metas. “El feminismo ha sido el agente de politización de izquierdas más importante que hemos tenido en los últimos años”.



“Es como que admitimos que la educación superior pueda ser el coto de caza para señores mayores con barriga”: pico de oro. Por lo demás, o las declaraciones de la autora están muy mal escogidas o totalmente fuera de contexto, o estamos ante una persona que no brilla por su tolerancia (ni por su inteligencia, dicho sea de paso), por mucho doctorado en Filosofía que se haya sacado en la Complutense.
Como doctora en Filosofía y Letras por la UAM, con estudios en California University y en Teología por BYU, y tras haber sido profesora en varias universidades, diría que en algo se lleva un pequeño grado de razón cuando se habla de ciertas dinámicas universitarias.
En la universidad ha pasado siempre lo mismo que en cualquier otro ámbito humano: profesores que se enamoran de alumnas, alumnas que idealizan a profesores. La erudición también seduce. Yo misma idealicé a más de un profesor. Es parte del misterio del saber.
Sin embargo, también he sido amiga de personas muy mayores —incluidos algunos grandes académicos— y siempre desde otro lugar: la amistad intelectual. Quizá por mi carácter, algo masculino en el sentido clásico del término, siempre me ha interesado sobre todo compartir conocimiento. Nada más.
Hoy, además, la universidad está llena de mujeres doctoras. No creo que nos dediquemos a liarnos con alumnos —y menos aún con alumnas—. En realidad, lo que hay es lo mismo que en cualquier gremio: afinidades, simpatías, quizá algún favoritismo. Pero no más que en otros mundos profesionales.
Y conviene recordar algo importante: ni siquiera para ser enchufado basta con ser enchufado. Hay que tener méritos, publicaciones, ideas nuevas, acreditaciones de la ANECA… Hay que saber y demostrar que se sabe.
Eso, al menos, es lo que siempre me ha preocupado a mí: ir a lo mío.
Nunca tuve como meta “levantar una universidad”. He tenido otras elecciones y otros privilegios: una familia numerosa, vivir en el extranjero, investigar para la RAE, dirigir mi propia revista, publicar libros… y, entre todo eso, también ser profesora. Y quizá hasta no hacerlo mal.
Porque, a pesar de todo lo que se diga, entre esos pasillos universitarios sigue habiendo gente muy buena.
La universidad no es una casa de citas.Es un lugar endogámico, como tantos otros.Pero en algunas facultades sigue siendo, todavía, un verdadero templo del saber.
Salud.
Chapeau por la réplica, doña Rosa. Últimamente parece que todo vale para vender más libros, para ganar más votos. Los temas son muy viejos, el dinero, el poder, la autoridad, siempre han tenido su erótica. Desde la Biblia y el rey David. No hay por qué ensuciar el mundo académico. Un libro que no leeré.